En el afán de buscar historias donde no las hay poco recordadas o inéditas, nos topamos con este partido que, por diferentes variables, fue un verdadero Pearl Harbor a las retinas.
La victoria Argentina en México ’86 fue la reivindicación de un fútbol especulativo, amarrete y tácticista, que valoraba la subordinación y el orden por sobre la inspiración y las libertades individuales pese a que, paradójicamente, aquella Selección de Bilardo contaba con el mejor y más desequilibrante jugador que vio cualquier edición de la Copa del Mundo: Giusti Maradona.
Como siempre, las vueltas olímpicas marcan tendencia. Entonces, durante el lustro siguiente, tanto equipos de liga como selecciones se dedicaron a plagiar ese modelo, adaptándolo, levemente, a la figura de algún jugador, ya sea por cualidad, negocio o clamor popular.
De esta manera, varios equipos cambiaron su idiosincrasia: Inglaterra dejó de jugar a los centros, la Holanda de Leo Beenhakker olvidó el romanticismo y Brasil experimentó en su mediocampo con Dunga, un señor sindicado, por aquellos días, de encarnar al certificado de defunción del Jogo Bonito. Ni que hablar de Francia, que apostó al Catenaccio y se quedó afuera de todo. En ese tablero global, equipos utilitarios como Irlanda, Checoslovaquia, Escocia, URSS, Yugoslavia y Rumania equipararon fuerzas y fueron protagonistas de diferentes competiciones con mayor o menor suerte.
Italia ’90 fue el punto cúlmine de esa manera de sentir el fútbol, con un Mundial aburrido, con pocos goles y espectáculos lamentables. Aunque la canción, los penales del Goyco, los goles del Cani y las lagrimas de Diego nos hagan sentir lo contrario. Italia ’90 fue aberrante. Y si los de arriba no daban el ejemplo… ¿Qué se le podía pedir a los de abajo? En ese mar de intrascendencia, se encontraban Bélgica y Corea del Sur.
Los equipos antes mencionados tenían la obligación de abrir el Grupo E, donde también se encontraban España y Uruguay. Los asiáticos contaban con lo de siempre: un grupo de futbolistas toscos y elementales, donde sólo destacaba la figura del Caballo Loco Kim – Joo Sung. Por su parte, los europeos presentaban a algunos de los héroes que habían logrado el cuarto puesto en el ’86, aunque ya desgastados como equipo y como grupo: Eric Gerets, Franky Van der Elst, Enzo Scifo, Michel De Wolf, Georges Grun y Jan Ceulemans, entre otros.
Sin embargo, quien se llevó toda la atención fue el legendario Michel Preud’ Homme. El arquero, quien sufría de glaucoma, había padecido una infección en sus ojos en la previa al Mundial, lo cual le impedía usar sus lentes de contacto habituales. Como solución, el portero le solicitó a la FIFA el permiso para utilizar unos anteojos plásticos ahumados para protegerse de los rayos ultravioletas.
Contrariamente a lo que se suponía, el organismo aprobó la petición del arquero, dejando, eso sí, la última palabra a criterio de los diferentes árbitros. Preud’ Homme, feliz como una diva, se paseó con sus nuevos juguetes tanto en entrenamientos como en ruedas de prensa. El genial portero del Malinas estaba seguro de, ante Corea del Sur, hacer historia grande en las Copas del Mundo. Aunque de una manera periférica, claro.
Lamentablemente para él, aquel 12 de junio lloviznó molestamente sobre Verona y fue el propio arquero quien desistió de la idea de usar los anteojos, ya que era peor el remedio que la enfermedad. El resto de los partidos de Bélgica en ese Mundial fueron en horario nocturno, excepto uno: ante España por primera ronda. Entonces, ¿Por qué no usó sus gafas Preud’ Homme? Simplemente, por que no lo dejó el Pichi Loustau quien, por ese hecho, fue señalado como el principal responsable de la derrota belga con perdida del primer lugar en el grupo incluida.
En 1994 el arquero volvió a solicitar aquella extravagancia a la FIFA pero, en esa ocasión, le dieron un no enorme como sus cataratas. Será en la próxima vida, Michel…
El que tenía problemas peores en los ojos, no pidió nada y jugó como un campeón fue el delantero surcoreano Lee Tae – Ho. Es evidente que los asiáticos son todos iguales y que apenas se le ven los ojos. Por eso, al ver su figurita nadie se percató que al jugador le faltaba el ojo izquierdo y que en su lugar tenía una canica, sin (?).
En efecto, Tae Ho había sufrido una patada en la cara en 1988 defendiendo al Daewoo Royals, su equipo de toda la vida. En principio, el atacante perdió la visión de dicho ojo y meses después fue necesario vaciarle el globo ocular, pese a lo cual su técnico, Lee Hoe – Taik, lo incluyó en la lista mundialista.
Y así, el tuerto Lee Tae Ho ingresó a los 63 minutos del partido ante Bélgica y hasta le remató dos tiros a Preud’ Homme. Claro, estaba en juego una caja de Colirio (?). De esta manera, el surcoreano hizo historia al ser el primer jugador con una mutilación facial en disputar una Copa del Mundo y el segundo con un faltante físico después del uruguayo Héctor El Divino Manco Castro. ¡Como para que Salvador Cabañas sueñe con Brasil 2014!
Tae Ho no volvió a ver acción en esa Copa y tras el Mundial se retiró. Luego se convirtió en director técnico y recibió varias distinciones como “ejemplo de vida”. Muy lindo, aunque todos se olvidan de la peor parte: los tuertos no pueden ver cine en 3D. Será en la próxima vida, Lee…
Ah, nos olvidábamos de algo. En el que fue elegido como el peor partido de Italia ’90, Bélgica le ganó a Corea del Sur por 2 a 0. Un asco. Aunque a varios ya le dolían los ojos de antemano…
Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa
A mediados de 2010 y al estar tapado por otros delanteros, el entonces jugador de Lanús, Cristian Menéndez, aceptó pasar a préstamo al Emelec de Ecuador, donde ni bien llegó, un confuso episodio le hizo ganar un curioso y original apodo: “Facebook”.
Todo comenzó cuando en una cuenta a su nombre en dicha red social apareció el saludo del jugador hacia todos sus contactos por el día del amigo: “En desearles feliz día a todos pq no salude a nadie pq no tengo manera de comunicatme pq estoy en Ecuador y la re puta madre que los parió a estos ecuabolivianos del orto…” (SIC).
Por supuesto, el jugador se excusó argumentando que esa cuenta se la había creado un amigo y que a este se la habían hackeado. Inmediatamente sufrió el rechazo de toda la sociedad ecuatoriana y hasta se creo una cuenta para que todo aquel que se hay sentido ofendido por sus palabras lo pueda insultar con tranquilidad (?).
Aunque cumplió buenas actuaciones con El Ballet Azul, el rubio fue etiquetado de racista y un muro impenetrable lo separó del cariño popular, pese a lo cual Emelec le envió la solicitud para renovar el préstamo, cosa que no fue aceptada. Luego añadió a su biografía un paso por Libertad de Paraguay y a principios de 2013 cambió su estado a jugador de Quilmes. Bien, pero bien lejos de otros países sudamericanos. Eso, a Cristian Menéndez le gusta.
Diego Iván Bogado
Afirman, quienes frecuentan el fútbol amateur de River Plate, que este pibe realmente era un pichón de crack. Tal es así que Marcelo Fracaso Bielsa lo llevó como sparring a la Copa América de Perú 2004. Lateral derecho por instinto, pero también lateral izquierdo o volante por ambas bandas, para resumir sus cualidades deportivas en los dominios de Alan Schlenker se afirmaba: “Es como Clemente Rodríguez… pero rubiecito, claro”.
Nacido el 23 de febrero de 1986, Diego Iván Bogado apareció en la primera del Millonario a mediados de 2006, cuando el equipo de Passarella ganó la ansiada Copa Diario Uno al vencer por 3 a 1 a Independiente Rivadavia en Mendoza, en aquel partido que marcó el regreso del Burrito Ortega al club de Núñez.
Se mantuvo entrenando con el primer equipo y volvió a ver acción recién un año después en el marco de otra copa. El 25 de mayo de 2007, River perdió en su estadio la Copa Volkswagen ante el Wolfsburgo alemán. Esa tarde El Millonario jugó con la reserva y lo más recordado es la minita que se ganó el auto que se sorteó en el entretiempo. Bogado fue titular junto a Fernando Pellegrino, Matías Díaz, Matías Menseguez y Tulio Etchemaite, entre otros.
Una vez destituido El Kaiser, nuestro homenajeado tuvo su única oportunidad de firmar la planilla de Primera División. Fue por la última fecha del Apertura 2007, cuando El Tapón Gordillo lo llevó al banco de suplentes en la derrota ante Banfield por 2 a 0. Esa tarde, en la que River hizo de local en el Amalfitani ya que el Monumental estaba hecho un chiquero tras los recitales de Soda Stereo, Bogado fue suplente del colombiano Carlos Valencia y, por supuesto, no disputó ni un solo segundo.
Con la llegada de Simeone, el jugador estuvo en los planes junto al resto de los proyectos que, por aquellos días, pedían cancha a gritos. Lamentablemente, los únicos gritos que se escucharon de Bogado fueron lo que tiró cuando se cortó el tendón de Aquiles en una práctica. Tras una larga recuperación y sin entrar en los planes de Gorosito, ni de Astrada, ni de Cappa, ni de nadie (?) su nombre desapareció por completo de los primeros planos. ¿Qué hizo Bogado durante ese tiempo? Se recuperó de la lesión, entrenó en soledad y contó su historia en una entrevista casera en la que no deja de mover los pies en un claro signo de ansiedad.
En junio de 2010 se le ofrendó el pase y tras entrenar con los jugadores libres de Futbolistas Argentinos Agremiados, a fines de ese año pasó al Bogor Raya FC de Indonesia, junto a los también ex River Oscar Alegre y Luciano Rimoldi. Allí consiguió regularidad, fue modelo para publicitar los encuentros y hasta participó de la campaña “Change The Game” de la liga Premier de ese país.
Tras seis meses en el PS Mojokerto Putra, a mediados de 2012 volvió a la Argentina para una prueba en Atlético Tucumán, pero Ricardo Rodríguez le bajó el pulgar. Perdido por perdido, se sumó a Atlético Policial de Catamarca del Argentino B. Allí comenzó de gran manera, tal es así que a los tres meses le surgió la posibilidad de irse al Treviso de la Tercera División de Italia. Bogado no lo dudó y abandonó el equipo de la noche a la mañana. Lamentablemente, el transfer internacional jamás llegó a destino y el jugador volvió con el caballo cansado al club de Catamarca, donde se mantiene, hasta el día de hoy, luchando por intentar volver a ser eso que nunca fue pero que pudo haber sido. ¿Se entendió? Yo tampoco…
Se dice que los pioneros nunca se llevan la gloria. Ellos se dedican a transgredir las normas y a romper los paradigmas, para que las generaciones venideras disfruten las mieles del éxito gracias al camino por ellos allanado.
En los albores de la década del noventa, dos jugadores argentinos mostraron sus condiciones en el Barcelona sin exigir hormonas de crecimiento, guita ni otras excentricidades (?). Con nosotros: Walter Mery y Roberto El Lute Oste.
El tema se inició en agosto de 1991, cuando la dirigencia Culé se planteó la por aquellos días innovadora idea de traer jugadores extranjeros para nutrir a sus equipos juveniles. Como conejillo de indias se utilizó al plantel del Barcelona B, el paso necesariamente previo al primer equipo catalán.
La metodología a implementar era clara: uno o dos jugadores por semana para poder examinarlos bien a todos. El que anduviese bien, se quedaría. El que no, muchas gracias y hasta nunca.
Aquel exigente jurado le bajó el pulgar al croata Ivica Molnar, a los finlandeses Jyrki Huhyamaki y Jukka Runhanen, al yankee Henry Gutiérrez, al uruguayo Paolo Balla, a los brasileros Gilmar Da Silva y Ronaldo Alexaidre Alves y hasta al paraguayo Miguel Ángel Benítez, entre otros.
Y así, de la mano de los empresarios José María Minguella y Horacio García, llegó Walter Mery a la Ciudad Condal. El tipo jugaba de volante ofensivo y decía haber sido internacional con Newell’s en la Copa Libertadores dato que, por supuesto, era tocuén. Había sido Leproso si, pero sólo en divisiones menores. En nuestro país había jugado para Instituto de Córdoba y para el Deportivo Maipú de Mendoza, siempre en categorías del ascenso.
Volviendo a La Masía (?), Walter Mery sorprendió gratamente volanteando y asistiendo al hispano – danés Thomas Christiansen y al hispano – holandés Johan Jordy Cruyff, siempre con Pep Guardiola a sus espaldas. Tomá mate. El diagnóstico de los entrenadores fue claro: “el argentino se queda”.
Aunque, por tratarse de un jugador extranjero, Mery debía pasar por un último filtro para poder quedarse: El Flaco Johan Cruyff, quien, en estos casos, siempre tenía la última palabra. El técnico holandés lo vio jugar un rato y fue contundente: “el chaval se queda”. Pero claro, había un problemita en el que nadie había reparado hasta ese momento. Aquel “Chaval” tenía 24 años, por lo cual no tuvieron otra alternativa que despacharlo al finalizar la práctica. La ilusión de Walter Mery duró cuatro gloriosos e inolvidables días.
El otro jugador que también tenía guardado el secretito es Luis Roberto El Lute Oste, quién con 20 años apareció por Barcelona justo cuando Mery se estaba despidiendo. El delantero, que venía de pelearla en Atlanta y Defensa y Justicia, también llegó como una apuesta de empresarios porteños desesperados por agarrar un pleno.
“Me encuentro bien aunque sigo a la espera de que el míster me comunique algo respecto a mi situación”, le confesó El Lute al diario El Mundo Deportivo en su edición del 4 de septiembre de 1991.
Tras diez días de entrenamientos al delantero le llegó la mala noticia. El Barcelona había decidido no ficharlo por no mostrar nada extraordinario que no se viera en la plantilla Culé. De esta manera, El Lute se quedó con las ganas de hacer buenas migas con Guardiola, Pinilla y Mariano Angoy y se volvió al país para jugar en Nueva Chicago. Un año después Oste se sumó a San Lorenzo y se sacó las ganas de vestir la blaugrana (?), para luego completar una trayectoria en miles de equipos y categorías que lo llevó a estar posteado en este sitio y hasta a recibir el indulto.
¿Y Mery? Tras la negativa del Barca, el jugador estuvo un mes entrenando en el under para Sadabell, donde le cerraron las puertas el día del cierre del libro de pases. Ahí desapareció de todo registro hasta el día de hoy. Si no lo encontramos para fin de año, desde En Una Baldosa le deseamos una Mery Christmas (?), esté donde esté.
A todo esto, ninguno de aquellos dieciséis purretes evaluados permaneció más de diez días en el plantel y la dirigencia fue ampliamente cuestionada por gastar más de un millón de pesetas en alojamiento y alimentación para los futbolistas. ¿Qué para que hicieron las pruebas? Sólo para disfrutar el malicioso placer de hacer ilusionar gente al pedo. ¿Qué duda cabe?

En infinidad de ámbitos se suele afirmar, con total justicia (?), que casi todos los colorados, los rengos, los jóvenes calvos y los petisos son tremendos hijos de puta. Dicho esto, claro está, en un sentido totalmente callejero, mundano u arrabalero, por así llamarlo.
A los antes mencionados se los sindica de usar un hiriente e injustificado humor negro al extremo en todos lados; de estar siempre a la defensiva para contraatacar con una crueldad meditada ante cualquier comentario que se les haga y de intentar irse siempre a las piñas, más aun, si su contrincante es una persona que, intuyen desde el vamos, jamás les va a meter una mano. Son victimas de una especie de resentimiento de adoquín. Y concientes de ello, lo usan para beneficio y deleite personal, claro. Ahora bien, cuando chocan dos especimenes de esta clase ¿terminan abrazados? Por lo general si, aunque a veces suceda lo contrario.
Diciembre de 2001, el mes de los 250 pesos por semana, nos dejó otra clara muestra de ello, aunque en este caso se trataba de enanos. El día 2 de ese mes mientras Roberto Parra ganaba Gran Hermano; Los Pumas lograban otra derrota digna ante los All Blacks; Pelé le decía al mundo que nuestra Selección compartiría el grupo F con negros, pálidos y albinos y la prensa nacional lloraba la imposibilidad de un Argentina – Francia en la final del Mundial (?); en el Cilindro de Avellaneda se jugaba un nuevo clásico. Aunque no era un clásico más, claro.
Esa tarde, en un partido casi sin precedentes, se enfrentaron por la jornada 16 del Apertura: el miedo paralizador contra el cagazo irrefutable. Aunque estaban disfrazados del River del restituido Ramón Díaz y del gerenciado Racing de Mostaza Merlo. Y los dos equipos estaban atemorizados. Uno tenía temor de hilvanar su tercer subcampeonato al hilo y el otro tenía chances claras de salir campeón luego de 35 años, situación que les daba, a los racinguistas, la misma cantidad de ilusión como de cagazo.
El clima bélico entre el puntero, Racing, y su escolta a 5 puntos, River, se inició el fin de semana anterior en La Noche del Domingo, donde Maximiliano Estévez, en compañía de José Chatruc, le afirmó a Gerardo Sofovich: “A Comizzo le voy a hacer un gol con el culo”. El Chanchi no pudo esperar hasta el partido y comenzó a mostrar su orto ahí mismo ya que le sacó una moto al Ruso jugando al Jenga, vehículo que ambos futbolistas se terminaron disputando en una paradójica apuesta al campeón de la Copa Mercosur (el fanático de Huracán, Estévez, le fue a San Lorenzo y Chatruc, quién luego jugó en El Cuervo, se inclinó por el Flamengo).
Martín Cardetti siguió echándole nafta al fuego y afirmó que ese Racing era una escueta sombra de su River y que a ellos siempre les hacía goles, como los dos que les hizo el día de su debut con La Banda. En un clima de final del mundo ambos equipos salieron a la cancha y se seguía notando el pánico. Basta con repasar la tensión con la que Cambiasso y Bedoya gritaron sus tantos y como Merlo le pidió el final del partido a Baldassi tras el 1 a 1 aunque aún faltaban 5 minutos y el descuento. Tal era el miedo que empataron.
Y victima de ese miedo al que algunos llaman estupidez y otros llaman viveza, sobre los 90 minutos, El Chanchi comenzó a burlarse del Burrito Ortega cuando estaba por ejecutar un tiro libre. Estévez le fruncía la cara, se tocaba las axilas, le jadeaba como un animal. El mensaje no era del todo claro. Mono, gorila, orangután, macaco, primate, cavernícola. Sólo el diminuto delantero lo sabe.
Por supuesto, tras el 1 a 1 final y con todo Racing festejando, Ortega le metió un sopapo a Estévez mientras este era hostigado por Garcé. Cuando El Chanchi intentó ir tras el jujeño más por circo que por otra cosa, Cardetti apareció por ahí abajo y le metió una piña desde atrás. Y parece que esta si le dolió, ya que instantáneamente perdió los estribos y ni se percató que D´Alessandro le metió otro golpe y Coudet una patada. Estévez le tiró una piña a Cardetti pero, por supuesto, se quedó corto.
Y en ese instante, como aquellos que temen ser victimas del mismo veneno con el que tratan de herir a los demás, Maximiliano Estévez le dejó sus inmortales palabras a Marcelo Benedetto, quién justo andaba buitreando (?):
- “Pero bueno, estamos bien, seguimos a 5 puntos y bueno se lo quiero dedicar a Cardetti que fue un terrible cagón”.
- “¿A quién?”
- “A Cardetti que es un cagón mala leche y encima la mujer lo hace cornudo”.
Cuando se enteró de los dichos de su enemigo, Cardetti dio su palabra en un clima cercano al velorio y hasta se le quebró un poco la voz.
- “Lo único que quiero decir es que si me tiene que agredir que me agreda a mi pero en este caso está agrediendo a mi esposa y a mis dos hijas, que ahora voy a tener que ir a casa y seguramente comentarle a mis hijas que es lo que dijo este personaje. Así que bueno, nada más que eso. Después se verá en los abogados que dicen”.
Esa misma noche y obligado por Fernando Marín, un ¿arrepentido? Estévez apareció flanqueado por Macaya y Araujo en la apertura de Fútbol de Primera y con visible desprecio congoja le pidió perdón a la familia del Chapulín. Los indulgentes conductores lo felicitaron y mostraron su satisfacción por tan valiente actitud. Solo una vez más se cruzaron Cardetti y Estévez en un campo de juego (Racing – Olimpo, Clausura 2005) pero la cosa no pasó a mayores y apenas se saludaron. Lamentablemente, hasta el día de hoy, todos nos seguimos fumando a Marcelo Araujo.
Por supuesto, en una Argentina con los ánimos tan caldeados como aquella, el Tribunal de Disciplina de la AFA, el Juez de Paz de Avellaneda y el Comité de Seguridad en Espectáculos Deportivos sancionaron a Cardetti, Ortega y Estévez con 5, 4 y 3 fechas respectivamente… en mayo de 2002, cuando Argentina ya se había ido a la mierda, Racing había salido campeón, Cardetti había arreglado su incorporación al Paris Saint Germain tras estar seis meses colgado, River también había salido campeón, Ortega estaba por irse a Turquía y El Chanchi se encontraba lesionado.
Para que nadie diga que en 2001 la justicia tenía los ojos vendados. No, no, eso no sucedió en ningún ámbito.
¿Ganador?