Asencio Martín

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Hugo Martín Asencio (El Principito)

Cualquiera que haya terminado el colegio secundario sabe que la mecánica emocional para todos es básicamente la misma: uno arranca con todos los ánimos y las ilusiones del mundo –en el afán de contraer nuevos conocimientos, experiencias y minitas– y luego, aburrido anque apabullado por el tiempo, los profesores y la rutina, termina llegando con los últimos resabios de su cerebro para finalmente acabar -junto a tipos que en el 90 % de los casos no soportás y a quienes no volverás a ver en tu vida- abrazado en Grisú y repitiendo cual idiota: “Bariló, Bariló… Nos vamo´ a Bariló” aunque, paradójicamente, ya te encuentres en la propia ciudad.

El camino inverso, claro, es el que hizo Hugo Martín Asencio (02/02/1982). Barilochense de nacimiento, allá por fines de 1999 llamó la atención del Diario deportivo Olé por ser el único neuquino rionegrino de todas las divisiones inferiores de AFA. Y por supuesto, también le hizo el examen pedagógico: “Arranqué en Martín Guemes de mi ciudad y después pasé por la Academia Duchini. Me dijeron de una prueba en River y vine. Cuando me dijeron que había quedado no lo podía creer. Ahora tengo que estar un día arriba del micro para ver a mi familia. En Bariloche no se le da bola al fútbol, además a los jóvenes de allá lo único que les interesa es la joda”, declaró dejando en evidencia su condición de oreja del curso (?).

En febrero de 2001, El Tolo Gallego le dio la gran chance de debutar en la Primera del Millonario. Y como para demostrar que este enganche o mediapunta había arrancado su carrera a todo gas, no en cualquier partido, sino que nada más y nada menos en el Superclásico de verano en Mendoza. River perdió 1 a 0 contra Boca con un gol del Pollo Esteban Herrera y Asencio entró a los 68 minutos por El Hachita Daniel Ludueña. Además, nuestro pupilo se dio el gusto de errar dos goles casi hechos, dándole, probablemente, la chance a Cavenaghi de ir al banco de suplentes en el recordado debut del Torito frente a Estudiantes (6 a 2) cuatro días después.

Tras dos años y medio esperando en vano su debut oficial con El Manto Sagrado y cansado de traerle chocolates y fotos con el perro San Bernardo al resto del plantel, El Principito supo que se iba a tener que esmerar en sus tareas y aceptó pasar a préstamo a Gimnasia y Esgrima de Concepción del Uruguay del Nacional B (2003/04), donde metió 18 partidos y descendió al Argentino A. Después, pasó por el rectorado de River Plate, donde quedó libre por amonestaciones. Ya no era considerado un prodigio

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En ese duro momento apareció en su vida Omar Labruna, quien lo conocía de su paso por Núñez, y se lo llevó primero a Huracán (2004/05, Nacional B, 27 partidos y 3 goles) y luego a Olimpo (2005/06), donde Asencio, por fin, debutó de manera oficial en la primera victoria del Aurinegro sobre River en Bahía Blanca (2 a 1). Al cabo de una temporada, disputó 15 encuentros (14 como suplente), convirtió 1 gol (a Colón) y descendió (al Nacional B).

Después de ese mal trago, otra vez Omar Labruna, ya casi su profesor particular, lo agarró como a una cometa y se lo llevó al Deportivo Cali de Colombia (2006), donde a los pocos meses fue aplazado y separado del plantel por sus bajos rendimientos. Ya sin ganas de quemarse las pestañas, Asencio apenas dio el presente por Los Andes (2007/08), Central Córdoba de Santiago del Estero (2008/09) y Defensores de Belgrano (2009) de categorías del ascenso.

En 2010 y ya con 28 pirulos, El Principito sintió que ya no debía rendirle exámenes a nadie y se volvió a su ciudad natal para jugar tanto en Cruz del Sur (2010/13) como en Estudiantes Unidos (2013), tras lo cual se retiró del fútbol, se fue a vivir a Chile donde puso una escuela de fútbol y se sacó una cuenta de Twitter para utilizar en los recreos.

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Claro, el hecho de mandar mensajes sin arrobar tanto a estrellas internacionales como a clubes capitalinos, dieron las claras que El Principito todavía debía alguna materia. Por tal razón, a mediados de 2014 volvió a la actividad en Cruz del Sur para jugar el Torneo Argentino B, pero se fue luego de no ver minutos de acción durante el torneo.

Y ahí si, por fin, nuestro querido Martín Asencio se recibió de baldosero y pasó a buscar su diploma de honor como uno de los más altos promedios del curso. Aplauso, medalla y beso. Enhorabuena. ¿A dónde van los barilochenses cuando egresan?

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Noya Hebert

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Hebert Omar Noya Cabrera

“Noya es el nuevo refuerzo de Independiente”, decían los diarios allá por julio de 2005. No se trataba del hoy ya veinteañero con eterna cara de niño, fanático del Rojo, sino de un lateral derecho uruguayo de prolongada trayectoria en equipos chicos del paisito, pero desconocido de este lado del Río de La Plata.

Nacido en el departamento de San José en julio de 1976, Noya hizo sus primeras armas en Miramar Misiones (1997 a 1999), antes de sumarse a Defensor Sporting. En el cuadro violeta, donde jugó entre 1999 y 2002, sumó experiencia al lado de jugadores reconocidos como el Ruso Pérez, Gonzalo Sorondo, Marcelo Saralegui y Marcelo Tejera, entre otros.

La siguiente escala fue Deportivo Colonia (2003 a 2005), donde conoció a Emiliano Díaz y al Zinho trucho y que le sirvió para acumular el coraje necesario para tomarse el buque y probar suerte del otro lado del charco. Así fue que a mediados de 2005 llegó a la Argentina para probarse en Independiente.

Julio César Falcioni había asumido la dirección técnica del cuadro de Avellaneda y dejó en manos del presidente de aquel entonces, Julio Comparada, una lista de refuerzos: un lateral derecho, un lateral izquierdo, un volante central, un carrilero y un enganche. “Falcioni me llama cada quince minutos. Lo que pasa es que cada vez que pedimos cotización por alguno, nos piden fortunas”, se quejaba públicamente Comparada. Eran épocas austeras y en los cofres del Rojo no había mucha plata para gastar en contrataciones. “No pediremos nada que esté fuera de las posibilidades del club. Eso es fundamental para la llegada de los refuerzos. Creo que con orden, inteligencia y sacrificio podemos disimular otras cosas”, decía el Emperador Julio César.

Así fueron llegando jugadores sin demasiado cartel. Primero aparecieron Bernardo Leyenda y Esteban Buján, dos viejos conocidos de Falcioni. Más tarde se sumaron, entre otros, el uruguayo Marcelo Méndez, Martín Pautasso, Mariano Herrón y Emiliano Armenteros.

En ese contexto, donde cualquiera dispuesto a ponerse la camiseta roja era bienvenido, cayó el defensor Hebert Noya, de 29 años. El lateral estuvo a prueba varios días y, aunque en un momento su contratación parecía un hecho, no le dio el piné para superar el test. Antes de finalizar la pretemporada, Falcioni le dio las gracias y lo apartó del plantel junto a los defensores Rubén Salina, Víctor Gorrasi, los mediocampistas Fernando Lorefice y Hernán Losada y el atacante Mauro Fanari.

Cabizbajo, juntó sus cosas y regresó a Deportivo Colonia (2005/06) donde lo esperaban Marcelo de Souza, Carlos Camejo y Yair Rodríguez. Sin embargo, no estuvo mucho tiempo. El club pasaba por una durísima crisis económica que lo llevó a desaparecer a mediados de 2006.

Ya en el ocaso de su carrera, Noya colgó los botines tras dos temporadas sin demasiado brillo en Rampla Juniors (2006 a 2008), al lado del brasileño Tilico. Desde entonces, se dedicó a la dirección técnica de equipos del interior uruguayo como River, San Lorenzo, Río Negro y Universal.

González Adrián

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Adrián Héctor González

Allá lejos y hace tiempo, por mediados de la década de los noventa, comenzó en mi vida, junto a la tediosa y obligatoria concurrencia al colegio secundario, una costumbre que luego se convirtió en obsesión: robarle plata a mi vieja… claro, el inicio de la adolescencia trajo un sinfín de necesidades vacías e inocuas de las cuales yo no podía quedarme afuera bajo ningún concepto ni punto de vista. Entonces la rutina se repetía miércoles y domingos, sin excepción, mientras escuchaba los partidos en un viejo y destartalado equipo de música.

Y así, sin darme cuenta, tras no poder devastar el producto de mi travesura en la inversión de cigarrillos y discotecas, un día me encontré con una obscena cantidad de dinero que solo se pudo disimular con un acontecimiento que marcó un antes y después en mis días: el regreso de Diego Maradona a Boca Juniors.

Por supuesto, lo mío no pasó por ir a Corea del Sur ni a La Bombonera a ver como El Diez hacía expulsar a Toresani. Mi parte pasó, tras inventarme el “encuentro de una billetera”, en blanquear el dinero comprándome la camiseta marca Olan conmemorativa del nonagésimo aniversario de la institución; edición que se había atrasado de Abril a Octubre, precisamente a la espera de que acaben los coletazos de la efedrina de Cerrini…

La casaca -hermosa como toda primer pilcha oficial que tenés en tu vida- vino acompañada por un póster oficial que estuvo en mi pieza durante más de una década, hasta que un día, claro, desapareció por arte de magia (?). Pero durante ese tiempo inmaculado, mientras crecía la panza que deformaba la vieja camiseta Olan, la diversión consistía en mirar a los héroes de mi juventud y recordar que había hecho cada uno de ellos por el fútbol. Y ahí había de todo, como puede haber si revisás la vida de 25 personas…

Y claro, digo 25, por que hubo uno de ellos del que jamás supe nada. Hasta ahora. Adrián Héctor González (14/01/1974), el que se encuentra, incrédulo, posando su anatomía entre las de Fabián Carrizo y Roberto Cabañas. ¿Y quien fue? Un pibe surgido en La Candela, que jugaba de defensor y cuyo máximo mérito en Boca Juniors fue el haber disputado un amistoso contra Nueva Chicago en 1996 (victoria por 4 a 1), acompañado por Yorno; Saldaña, Medero ( Walter Del Río) y Matellán; Silvio Rivero, Giunta, Raúl Peralta ( Alejandro Farías) y Pico ( Luppino); Christian Eduardo Giménez y Tchami ( Fabio Márquez). La gran mayoría de ellos, claro, no sabían que participaban de ese encuentro por ser el desecho de Carlos Salvador Bilardo, quien ya preparaba su tan mentado “Dream Team”…

La vida del tercer Adrián González de nuestro fútbol continuó, en forma de revelación, por: San Miguel (1996/98), Almirante Brown (1998/2001) Brown de Arrecifes (2002/03), Sarmiento de Junín (2003/04), Comunicaciones (2004/08) y otra vez San Miguel (2009) oscilando siempre entre el Nacional B y la Primera C, equipos en momentos donde, suponemos, el sueldo no llegaba ni a la mitad de lo que yo le afanaba a mi vieja (?)…

Ahora si, puedo contar algo sobre los 26 humanos del póster…

Especiales: Luther Blissett, tu ingrato nombre

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De ser un pobre futbolista sin suerte, a convertirse en una leyenda que atravesó las fronteras del deporte para instalarse en la cultura popular. ¿Quién fue y qué es Luther Blissett?

A esta altura del partido, todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de un baldosero: un jugador que promete y que no concreta. Hay miles de casos que podemos recordar, muchos de ellos expuestos en este sitio. Pero incluso antes de la creación de En Una Baldosa, el concepto estaba instalado en muchas partes del mundo, como en Europa, donde llegó a tener nombre y apellido.

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Luther Blissett fue un futbolista inglés de origen jamaiquino, que supo brillar en sus comienzos en el Watford, entre finales de los 70 y comienzos de los 80, cuando el club era comandado por el músico Elton John.

Con los Hornets hizo una gran cantidad de goles, primero en el ascenso y luego en la First Division (en ese entonces, la Primera), donde fue subcampeón de la temporada 1982/83, consagrándose como máximo artillero.

En el pico de rendimiento, fue convocado a la selección inglesa, donde le tiraron la camiseta 10 para que debutase en un partido dificilísimo (?): ante Luxemburgo, en Wembley, por la clasificación a la Euro de 1984. ¿El resultado? Un apabullante 9 a 0 para los locales, con un hat-trick de Blissett, que la metió hasta pifiándole. Evidentemente, tenía una estrella.

Con tanta exposición, el Milan puso 1 millón de libras en 1983 y se lo terminó llevando. Pero claro, en Italia nada fue color de rosa, salvo las páginas de La Gazzetta dello Sport, que primero lo endiosó y después lo terminó matando por su nivel en el Rossonero. Es que al delantero lo habían recibido con una gran expectativa, pero sólo anotó 5 goles en 20 partidos.

Para peor, un mito decía que en realidad los dirigentes tanos habían querido contratar a John Barnes, otro gran atacante del Watford, pero que se habían confundido de negro (?). Una mentira que mucha gente creyó.

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Las burlas del público, por supuesto, no se hicieron esperar. Los tiffosi empezaron riéndose de cada una de sus intervenciones, pero después se pusieron un poquito más pesados y comenzaron a agredirlo con dichos racistas. Luther Blissett, deprimido, comenzó a darse cuenta de que no iba a triunfar fuera de su país. Y peor aún, que su nombre jamás volvería a ser tomado en serio.

Para colmo, jugó otros 13 partidos para Inglaterra, pero no volvió a convertir. Sí, de meter 3 en su debut, a no mojar nunca más. A Blissett algo le pasaba.

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En 1984, regresó al Watford por la mitad del dinero que lo había pagado el Milan. Ahí siguió jugando hasta 1992, convirtiéndose en el jugador con más presencias y también en el goleador histórico. Evidentemente, ese era su lugar en el mundo.

Además, vistió otras camisetas como las de Bournemouth, West Bromwich Albion, Bury, Derry City, Mansfield Town y otros conjuntos falopa del bajofondo inglés, pero nunca más pudo salir de ese microclima.

Lo curioso sin embargo, es lo que ocurrió con su nombre, que extrañamente cobró vida a través de un grupo de activistas de izquierda denominado Luther Blissett Project, que a mediados de los 90 comenzó a realizar diferentes tipos de manifestaciones contestatarias, para dejar en ridículo a las instituciones, sobre todo a los medios de comunicación.

¿A qué se dedica esta gente? Desde anunciar la presentación de un chimpancé artista en la Bienal de Venecia, pasando por una crear una empresa que promueve compartir el cable en Argentina, hasta diferentes tipos de sabotajes informáticos. Todo es posible en el universo Luther Blissett, que se transformó en uno de los tantos nombres multiusos que existen en el mundo.

Incluso, Luther Blissett también aparece como autor de Q, una novela italiana que tuvo un singular éxito comercial en Europa. ¿Y las regalías? ¿y el éxito? ¿y la fama? ¿Quién se queda con todo eso?

Hace unos años, el mismísimo futbolista Luther Blisset, el de verdad, se tomó en joda el asunto en un programa de televisión, quitándole dramatismo y dejándonos una enseñanza: “Cualquiera puede ser Luther Blissett”.

Cerutti David

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Luis David Cerutti

Recordado delantero de características similares a las de Claudio Paul Caniggia (rubio, veloz, con escaso poder de gol) que amagó mucho más de lo que concretó. Y viendo la foto, al reconocer a su lado a Abelardo Eliseo Vallejos, es fácil imaginar el porqué: una lesión lo sacó de las canchas cuando estaba pasando su mejor momento. Si bien esta afirmación es correcta, el ex defensor de Racing no tuvo nada que ver. Fue otro baldosero, Gastón Vales, de All Boys, quien supo romperle los ligamentos de una artera patada. Y desde allí, nada fue igual para Cerutti, que nunca terminó de explotar.

Su mejor etapa la tuvo en sus inicios, en Belgrano, donde jugó entre 1996 y 2001. Y lo mejor de lo mejor (?) los mostró en sus primeros años, cuando el Pirata jugaba el Nacional B. Su rendimiento comenzó a decaer luego de la mencionada lesión, producida en 1997. “Si eso no pasaba, tal vez hubiera sido otra mi vida. Me contaron después de esa lesión que estaba casi lista una transferencia a España”, contó el delantero años después, en el sitio Día a Día. Y agregó, como para que no queden dudas: “Seguro que en lo futbolístico esa lesión me marcó”.

También tuvo palabras con respecto a su agresor: “Vales nunca me llamó, ni para preguntarme si estaba bien. No es que yo quería que me pidiera perdón, aunque fue una falta durísima y quizá de mala leche. En esa época jugaba Palito Manrique en Belgrano y conocía a Vales. Le habló y le dijo que me llamara, pero nunca me llamó. Es más, una vez sonó como refuerzo de Belgrano. Me acuerdo que vino el Loco Tito (el jefe de la barra de Belgrano) y me preguntó: “¿Qué querés que hagamos con Vales?”. Así de calientes estaban todos con él. Obvio que no arregló con Belgrano y que no pasó nada y que lo de Tito fue una broma, pero las cosas fueron así”.

Con Belgrano consiguió el ascenso en 1998, pero para jugar en la máxima categoría tuvo que esperar hasta el 26 de febrero de 2000, cuando debutó en una derrota frente a Vélez, reemplazando a Cristian Carnero a los 9’ del segundo tiempo. Esa temporada disputó dos encuentros más (en todos los casos, ingresando desde el banco de suplentes), dejando el club a mediados de 2001 con estos números: 51 partidos oficiales (sólo 3 en la A), 7 goles. Todo en 5 años. O sea, un promedio de poco más de 10 partidos y un gol por año. Si esa fue su mejor etapa, imaginen el resto…

Con el cartelito de “promesa eterna” colgado, volvió a la categoría que lo había visto brillar fugazmente, el Nacional B. Juventud Antoniana (entre 2002 y 2004) y Chacarita (2004/05) lo cobijaron. Luego de su paso por el Funebrero, se le presentó la oportunidad de volver a Belgrano. No se dio. Así lo explicó: “Me hice la revisación médica y el doctor Rodolfo Visconti quedó en llamarme y nunca me llamó. Estaba descansando y vino mi señora llorando para decirme que la radio estaba diciendo que Belgrano no me contrataba porque no había aprobado la revisación. Imaginate, me puse loco. ¡Si estaba sano!”. Otro cartelito para Cerutti: “jugador roto”.

Más allá del malentendido (?) con la gente del Barrio Alberdi, el blondo delantero regresó a Córdoba, para jugar el Argentino A con General Paz Juniors (2005). A continuación, tuvo su primera experiencia internacional en Ecuador, cuando jugó en el Olmedo (2006). Regresó al país para ponerse en un puñado de partidos la camiseta de Sarmiento (2006) y luego marchó a Bolivia, donde defendió los colores de Universitario de Sucre (2007), San José de Oruro (2008) y The Strongest (2009), donde se retiró luego de un paso previo por 9 de Julio de Morteros, su ciudad natal.

Una vez que colgó los botines, intentó ganarse la vida como representante de jugadores pero no tuvo demasiado éxito. Posteriormente, regresó a las canchas, para formar parte del cuerpo técnico de Julio Cesar Toresani, acompañándolo en clubes como Deportivo Madryn, Textil Mandiyú y Alumni de Villa María. No debe faltar mucho para que se largue a dirigir solo. Y seguramente hará una buena carrera. Salvo que se le cruce Vales.

López Claudio

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Claudio Manuel López

Que hizo historia, no caben dudas. Y para eso no necesitó hacer un gol en el Maracaná ni tirarle centros a los Jumbo. Ni siquiera precisó ser mayor de edad, o dedicarse al fútbol de manera profesional. Exactamente, fue el conflicto de los jugadores de River con los dirigentes en 1983, lo que le permitió quedar en los libros: con sólo 16 años, 4 meses y 24 días, se convirtió en el futbolista más joven en debutar con La Banda.

Dicho acontecimiento se produjo el 10 de julio de aquel año (derrota 3 a 0 frente a Unión), en el primer partido en el que los pibes pusieron la cara. Y así lo recordó años más tarde: “Pensar que con edad de Séptima estuve en Primera… y lo más llamativo es que era mi segunda temporada en el club. La distancia en el juego fue tremenda y en lo físico, aún mayor. Es que no trabajábamos en el gimnasio con complementos de pesas. En una me agarró Pablo de la Mercedes Cárdenas y me pegó un manotazo que me sacó como si nada”. Esos chicos eran verdaderos desconocidos. Tal es así, que regresaron a sus hogares por sus propios medios: “Cuando me fui a tomar el 28 para volverme a casa, mucha gente me preguntaba si era el que recién había usado la 7.”

Aquel fue el único partido de López en el Millonario. Tampoco volvería a jugar en la máxima categoría. “Cuando uno es chico y está en un club como River, lo primero que piensa es en estar en la Primera. A mí me tocó enseguida, no sé si fui consciente de lo que significaba”, relató. “Quizás hubiese sido mejor ir subiendo escalón por escalón. Encima, al año siguiente tuve otro golpe anímico: quedé afuera de la Selección que en el 85 iba a viajar al Sudamericano Sub 20 de Paraguay. Estos tropezones me pegaron fuerte.” A esa altura, su ciclo de vida en el club estaba por concluir: “En el 86, cuando estaba por firmar contrato, River tenía casi 40 profesionales, ¿cómo hacíamos los de abajo para llegar?”.

Como volante de creación, tuvo una trayectoria más extensa en el ascenso, donde jugó el Nacional B para Nueva Chicago (1992/93, 31 partidos y 6 goles) y Talleres de Remedios de Escalada (1993/94, 24 partidos). También pasó por la Primera B Metropolitana, vistiendo las camisetas de Estudiantes de Buenos Aires (1991/92), Deportivo Armenio (entre 1996 y 1999 y 2001/02) y Almirante Brown (1999/2000). No solo recorrió el conurbano: también sumo millas jugando en Palestino (Chile), Ararat Erevan (Armenia) y Olmedo (Ecuador).

Una vez que colgó los botines, se dedicó a la dirección técnica. Aunque en su CV ya no puede poner que sea dueño de un récord: el 10 de diciembre de 2006 Mateo Mussachio, con 16 años, 3 meses y 14 días, hizo su debut con La Banda y lo destronó. Y así, Claudio López, a pesar de haber sido una leyenda (?) en su momento, pasó a ser un NN más en la historia de River.

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Roberto Hernán Salvatierra (Pimpo)

Bolívar, ese desconfiable pedazo de tierra bonaerense que tanto aportó para la simbiosis del ser nacional contemporáneo, también contribuyó obsequiando su granito de arena para el éxito rotundo e incuestionable de esta página (?). Hoy, a pedido de nadie, el homenaje a Roberto Salvatierra (28/10/1984), alguna vez sindicado como la mayor promesa futbolística jamás surgida de la ciudad a la que hizo famosa Enrique Sacco (?).

Volante central como así también volante derecho o lateral por la misma banda, El Pimpo se inició en su ciudad natal jugando tanto para Boca Juniors como para Empleados de Comercio. Siendo la vedette a encamar (?) por varios cazatalentos de esos “que te llevan a probar a Buenos Aires”, a nadie le extrañó cuando, de buenas a primeras, el pibe recayó en las divisiones juveniles de Banfield.

Su aparición en Primera División ocurrió el 23 de abril de 2006, cuando El Gatito Leeb lo puso como titular en una victoria por 2 a 0 sobre Instituto en el Florencio Solá. En El Taladro y al cabo de un año y medio, Salvatierra pudo meter 35 partidos en los que convirtió un gol (a Independiente, victoria 2 a 1), beneficiado por la partida de Christian Leiva al Anderletch de Bélgica. Además, participó tanto de la Copa Sudamericana como de la Libertadores. Hasta ahí, tudo bom – tudo legal (?). Por tal razón, no se entendió cuando la dirigencia de Carlos Portell le entregó el pase en su poder. Aunque, pensándolo bien, tal vez fue por su parecido físico con José Chatruc, que inesperadamente le generó una ovación en la cancha de Racing.

En libertad de acción y tras un breve coqueteo con Estudiantes de La Plata, Salvatierra convenció al Pacho Maturana y se unió a Gimnasia y Esgrima (2007/08) a préstamo por un año. En El Lobo arrancó con todo, tal es así que en sus primeros 4 partidos convirtió 2 goles. Pero después se contagió de la irregularidad de aquel equipo de Falcioni y, tras una expulsión frente a Vélez, arrancó el Clausura 2008 como suplente y jamás volvió a ser titular. Su vínculo con El Tripero, obviamente, no se prorrogó, pero al menos se dio el gusto de irse expulsado por una patada criminal al tobillo de Enzo Pérez en el último minuto del clásico (victoria Pincha por 2 a 1).

Sus números finales en Primera dan 35 partidos (con 1 gol) en Banfield y 24 encuentros (con 3 tantos) en Gimnasia, que hacen un total de 59 apariciones y 4 gritos en la elite. A partir de ahí, El Pimpo comenzó con un derrotero irregular por el ascenso que lo llevó por Olimpo (2008/09) Sportivo Italiano (2009/10) y Ferro (2010/13), donde jugó poco durante el primer año y luego sufrió dos operaciones (rodilla y meniscos) que lo alejaron definitivamente de las canchas.

Y así, tras no superar una prueba de Caruso Lombardi en Argentinos Juniors, Roberto Salvatierra anunció su adiós de la práctica profesional del fútbol y añadió una nueva frustración para la condenada ciudad de Bolívar en su intento de redención con el resto de la Argentina. Es que, por más que se esfuerce y envié a sus mejores especímenes, a esa tierra no la salva nadie…

Márcio Peres

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Márcio Vaucher Peres

Los noventa, la convertibilidad y el “deme dos” lograron que cualquier cosa que tuviera la etiqueta “Made in Brazil” se instalara, de manera casi incuestionable, en nuestro país. Así, sin darnos cuenta, y con suerte dispar, nos invadieron Xuxa, Axé Bahía, Terra Samba, É o tchan!, Derek López, As Meninas, Mara Maravilha, el Guaraná, pastores evangelistas a mansalva y, fundamentalmente, baldoseros con ganas de hacerse unos mangos, aprovechando la fortaleza del peso argentino frente al alicaído cruzeiro brasileño.

En 1993, Rosario Central, dirigido por Vicente Cantatore, no quiso quedarse afuera del fenómeno del momento y se llevó a cuatro brasucas al precio de tres. Así arribaron a Arroyito Alex Sandro Rossi, Juca y Fabio Giuntini, todos debidamente homenajeados en este sitio. Apenas el primero, que hoy lucha día a día contra su adicción al crack, pudo hacer pie en el fútbol argentino. Los otros debieron conformarse con sumar un sellito en su pasaporte antes de volver a casa.

Lo que desconocíamos hasta hoy era al último integrante de ese cuarteto brasileño que trató de tomar Rosario por sorpresa y fracasó en el intento. Con ustedes, Márcio Vaucher Peres.

Surgido de las divisiones inferiores del Grêmio de Porto Alegre, donde coincidió con Roberto de Assis Moreira, el hermano de Ronaldinho Gaúcho, Peres hizo sus primeras armas en el fútbol profesional como lateral por izquierda en Botafogo de Río de Janeiro en la segunda mitad de la década del 80.

Sin embargo, en el conjunto carioca nunca pudo afianzarse y años después encontró su lugar en el mundo dentro de su Río Grande do Sul natal con los colores de Internacional. ¿De Porto Alegre? Nah, uno un poco más modesto, el Esporte Clube Internacional de Santa María, un tradicional equipo gaúcho más acostumbrado a gambetear el descenso que a pelear campeonatos. Allí se convirtió en un histórico de la defensa y alternó buenas y malas con Alex Rossi, quien podría haber oficiado de nexo para su llegada a Arroyito.

Solo se alejó dos veces de Santa María, ambas en 1993. Primero cuando disputó el campeonato gaúcho para el Esporte Clube Guarani de Venâncio Aires y a mediados de año cuando estuvo a prueba en Rosario Central.

Son casi inexistentes los recuerdos que dejó en la Chicago argentina. Sin pinta de futbolista, apenas dijo presente una vez, en un amistoso ante Cerro Porteño de Paraguay, disputado en el Gigante. Pocas semanas más tarde estaba de nuevo en el Inter de Santa María, donde, suponemos, se retiró.

Recién volvimos a tener noticias suyas casi 15 años después, en 2008, cuando lo encontramos trabajando para la Academia de Futebol Ronaldinho Gaúcho, siempre de la mano del hermano de Dinho. Assis también fue el que lo llevó al Porto Alegre Futebol Clube como coordinador del programa Joga Alegre, dedicado a buscar jóvenes talentos en barrios carecientes de esa ciudad.

Hoy, alejado de los medios, vive en su Alegrete natal y se dedica a la venta de autos. Y así pasaba la historia de Vaucher Peres, un defensor brasileño entrado en kilos por el que nadie ponía un peso. Ni siquiera en épocas de vacas gordas.