Fuera de stock: Bielsa con traje

Si uno tiene que imaginar a Marcelo Bielsa vestido (no vamos a ser tan hijos de puta de imaginarlo desnudo), no cabe otra posibilidad que imaginarlo en jogging, joggineta, equipo de gimnasia, pantalón de buzo (?) o como quieran decirle. La asociación no es caprichosa. En las últimas décadas, al DT lo hemos visto empilchado de esa manera. Cómodo, deportivo, casi de entrecasa. Aunque claro, existen algunas excepciones que quizás expliquen esta conducta.

No son muchas las imágenes del Loco como futbolista. Algunas pocas en Newell’s, algunas menos en Instituto y Argentino de Rosario. Siempre serio, no muy bien predispuesto a la gilada esta de inmortalizarse (?). De su época de juventud, ha circulado en los medios una foto de los años 70, camisa y saco de solapa ancha, bien de esos años. Como el pelo largo, antes de que llegaran los milicos.

Ya más grande, siendo entrenador de La Lepra, el rosarino llegó a dirigir en camisa, en una inusual muestra de formalidad, que tiraría a la mierda (?) cuando se subió a caballito de uno y exclamó ¡Newell’s, Carajo!

La camisa también la utilizó en su paso por México, pero después ya decididamente se volcó por la ropa deportiva. Remeras, buzos, camperas. Una chomba, a lo sumo, podía ser lo más elegante de Bielsa. Así lo vimos en Vélez, Espanyol, la selección argentina, Chile, Athletic de Bilbao u Olympique de Marsella.

De convicciones firmes, el DT argentino ha llegado a negociar su vestimenta, quedando a mitad de camino entre lo que le gusta a él y lo que el contexto indica. Fue así como pudimos verlo de saco y remera en su presentación oficial como técnico de la Selección, allá por 1998. Y repitió la fórmula en 2011, cuando fue presentado en el Athletic de Bilbao, aunque esa vez prefirió una chomba para usar debajo del saco.

¡Qué tragedia!

Existe, sin embargo, una mancha en el historial informal del Loco. El 14 de noviembre de 1999, el seleccionado argentino jugó un amistoso ante el Espanyol de Barcelona. No era un día más para los Periquitos. Celebraban su centenario (en realidad, cumplirían 100 años en 2000) en el estadio Olímpico de Montjuïc, por eso se vistieron de gala para recibir a los nuestros. Todos, desde el presidente del club, hasta el técnico Miguel Ángel Brindisi. Adentro de la cancha, otros argentinos como Pablo Rotchen, Mauro Navas y el Cholito Posse mostraban la nueva indumentaria blanquiazul.

Esa noche, Marcelo Bielsa no pudo escapar al protocolo y tuvo que trajearse por completo. Fue la única vez que lo vimos con corbata, aunque en un tramo del partido llegó a ponerse la campera del traje. Para colmo, Argentina jugó muy mal, nos embocó Posse, Ortega le pegó una piña a Rotchen y ganó el Espanyol 2 a 0. Y aunque se trataba sólo de un amistoso, fue la excusa perfecta para que Bielsa volviera a la simpleza del jogging.

Fuera de stock: la cerveza Boca Juniors

El fútbol y la birra, dos grandes pasiones populares en nuestro país. ¿Por qué no juntarlas?, se habrá preguntado algún cráneo del marketing, seguramente impulsado por un mercado que ofrecía buenas expectativas de ganancia.

A principios de los dorados años 90, en la Argentina se vivía el furor del coleccionismo de latas. El 1 a 1 cambiario permitía la importación de cualquier tipo de bebida. Desde la yanqui Dr Pepper, pasando por la francesa Orangina, hasta la cerveza japonesa Sapporo. Esas, por nombrar algunas de las más comunes. También existían otras rarezas, intomables la mayoría, que igualmente tenían fanáticos. Generalmente no importaba la calidad del contenido, lo que se valoraba era el envase.

En las repisas o estantes de cualquier casa de familia, rápidamente volaron los libros o adornos, para darle lugar a las latas importadas, pero vacías. Exhibidas como si fuesen trofeos de guerra. Ni más ni menos que envases que habían costado centavos y cuya única función, con el correr de los días, era juntar polvillo. Mugre, bah.

De ese hobby que rozaba el cirujeo también se desprendió otro hábito despreciable, aunque practicado sólo por los ñiños y adolescentes: juntar las chapitas de las latas en un collar. Hasta a un hippie le daría vergüenza, pero en aquel momento estaba aceptado socialmente. Modas son modas.

No fue extraño, entonces, que en ese contexto apareciera la cerveza Boca Juniors, una bebida alcohólica fabricada en Estados Unidos, pero vendida en la Argentina allá por 1993, cuando todavía duraba la efervescencia por el título local conseguido por el Xeneize un año antes.

La colección constaba de latas auriazules de 473 ml, con imágenes que homenajeaban a los jugadores de aquel plantel, como Navarro Montoya, Soñora, Simón, Giuntini, Mac Allister, Mancuso, Márcico, el Manteca Martínez y el Beto Acosta.

Además, existían otras latas blancas (tenían su versión de 355 ml) con la imagen del equipo titular, en la que extrañamente aparecía el baldosero Fabio Talarico y la infaltable mascota xeneize de esa época. Sí, un niño en una lata de birra, aunque esas no tenían alcohol, vale aclarar. Demasiada tierna para ser “La cerveza de la N° 12”.

¿Más curiosidades? La lata de Giuntini decía “Giutini”. Y como si fuera poco, una leyenda te invitaba a completar la formación del equipo para participar de una sorpresa. Y eso que en Boca todavía no jugaba Chávez. Aunque sí el Mono (?).

Del sabor de la cerveza poco podemos decir, porque nosótros todavía estábamos con el Nesquik (?) y no conocemos a ningún valiente que la haya probado, pero lo cierto es que no duró mucho en las góndolas y pronto pasó al olvido, quizás perjudicada por esa época de Boca, que no volvió a salir campeón hasta 1998.

Más info en:

Las latas de Miguel.
Imborrable Boca.

Fuera de stock: la camiseta blanca de Argentina

Celeste y blanca a bastones, la titular. Azul con vivos blancos, la suplente. Pueden variar los modelos, los diseños y las marcas de las camisetas; y hasta el color de los pantalones y las medias, pero más o menos hay una idea instalada de cómo se viste la selección argentina de fútbol. Sin embargo, durante muchos años la AFA contó con un tercer kit que salía a la cancha en ocasiones especiales. Recordemos la vieja y olvidada casaca blanca.

Desde sus inicios, el seleccionado nacional tuvo una camiseta albiceleste, que solía alternar con otra completamente blanca en los partidos donde era necesario diferenciarse del rival. No eran tiempos de la televisión, entonces cambiar de camiseta no era algo habitual. Se jugaba con lo que había, las exigencias comerciales no existían.

Fue así que Argentina siguió actuando durante varias décadas con su uniforme titular a bastones, que rara vez tenía que cambiar, como le sucedió en 1958, cuando tuvo que usar la camiseta amarilla del Malmö de Suecia en su choque ante los alemanes, en el Mundial.

Años más tarde, la camiseta suplente de Argentina pasó a ser azul (ya la había usado antes, pero su debut mundialista fue ante Inglaterra, en 1962) y así la conocemos hasta el día de hoy, obviando aquellas veces en las que nuestro seleccionado volvió a vestirse de blanco. Veamos en detalle:

En la década del 70, con César Luis Menotti como director técnico, la Selección disputó muchos amistosos de cualquier índole. Se enfrentó a los representativos de otros países, sí, pero también a equipos y combinados, de acá y de afuera.

Para esos partidos de menor envergadura, la AFA utilizaba su camiseta alternativa (una regla que se cumplió bastante, pero que no siempre fue respetada), que podía ser la clásica azul…o la blanca, como vemos en esta formación de 1977, en un partido ante Cipolletti de Río Negro. La misma fue utilizada en un amistoso frente a Boca, en Mar del Plata. E incluso otra versión, con tres tiras celestes en forma vertical, también hizo su aparición en un match ante Talleres de Córdoba.

Ya para fines de 1978, la camiseta blanca pasó a tener el logo de adidas y las tres tiras en azul. Y se vistió, por ejemplo, en el amistoso ante la Liga de Corrientes.

En los años 80, ya con Le Coq Sportif como proveedor, se hizo más frecuente la tercera equipación. Salió a la cancha, por ejemplo, en amistosos ante Fiorentina, Barcelona, Hércules, Combinado de Salta y Nápoli. Incluso la Selección de Capital Federal llegó a usar esa casaca.

Lo más curioso, sin dudas, es que en 1986 la utilería nacional llevó a México ese juego de camisetas blancas, pero nunca las llegó a utilizar. A fines de ese mismo año, Le Coq Sportif presentó otro modelo, con una franja vertical azul sobre el margen derecho. Esa casaca sólo fue mostrada por la Selección juvenil en unos amistosos previos a los Juegos Odesur de Chile. ¿La mayor? Sólo la utilizó en los entrenamientos.

En los años 90, la Selección recurrió casi siempre a la camiseta albiceleste y en contadas ocasiones a la azul. De hecho, hay camisetas alternativas que se fabricaron según los templates de la época, pero que nunca salieron a la luz. Si a eso le sumamos que los enfrentamientos ante clubes o combinados regionales fueron escasos o prácticamente nulos, la existencia de una camiseta blanca no tenía sentido.

De todos modos, hubo un modelo blanco confeccionado por adidas, que contaba con vivos celestes y negros. La camiseta salió a la venta entre 1996 y 1997, pero no fue usada oficialmente por la selección argentina de fútbol, aunque sí por la de voley y por el arquero de Comunicaciones. Rarezas.

La última aparición de la no tan famosa camiseta pura fue en mayo de 2005, cuando la Selección Sub 20 de Argentina derrotó 5 a 3 a Chile, en un amistoso disputado en Santiago. Ese día, para la albiceleste hicieron goles David Abraham, Gustavo Oberman, Rodrigo Archubi y Pablo Vitti, en dos oportunidades. Suficiente para retirar la camiseta (?).

Fuera de Stock: los laterales con el pie (1993)

No deben ser muchos los que tengan en la memoria el Mundial Sub 17 de Japón 1993. Primero, porque todo sucedía en la otra punta del planeta, simulatáneamente con nuestras madrugadas. Segundo, porque la selección argentina no tuvo un buen desempeño. Y tercero, porque ese torneo se disputó hace más de 20 años. Sin embargo, hay algo de aquella competencia que ningún futbolero debería olvidar jamás: los laterales con el pie. Aquí el recuerdo de aquella extraña regla.

Así como el Mundial de Italia 1990 nos marcó eternamente gracias a la valentía de aquel equipo argentino que llegó a la final sin que le sobrara absolutamente nada, también para la FIFA significó un antes y un después. La exageración del juego defensivo produjo la escasez de situaciones de peligro. Se empezó a ponderar el trabajo de los entrenadores por sobre los jugadores. El promedio de gol de esa copa fue pésimo, el más bajo de la historia: 2.21 por partido. Evidentemente, había que hacer algo para que el gran negocio del fútbol también resultara atractivo y entretenido, más allá del resultado.

Uno de los grandes flagelos a combatir era el de la pérdida de tiempo. Y no hablamos sólo de esconder pelotas, cagones (?). Los arqueros demoraban muchísimo, gracias a que por aquel entones era posible tomar la pelota con las manos después de un pase con el pie de un compañero. Se tenía que terminar con eso. Por eso es que en el Mundial Sub 17 de 1991, también en Italia, se probó aquel primer gran cambio, sobreviviente de muchas otras variantes que distintos jugadores, entrenadores, árbitros, dirigentes y periodistas especializados habían sugerido para que la International Board modificara el reglamento.

Luego del experimento, en el que los arqueritos se acostumbraron rápidamente a jugar con los pies ante un pase, la FIFA no tardó mucho en integrar esa regla al resto de sus competencias. Ya para 1992 y a pesar del instinto natural de cualquier portero, agarrarla con las manos en esa situación dejó de ser una costumbre. Bue, para todos no (?).

En el camino quedaron otras modificaciones, que también se implementaron aquel año, pero que nunca funcionaron: como la zona de la posición adelantada, que no arrancaba desde la mitad de la cancha, como estamos acostumbrados a ver, sino que partía desde el área grande, hasta el final de la cancha: 16,5 metros de largo. Para que quedase más claro cuál era la zona del offside, además, la línea frontal del área se extendía hacia los laterales. Nadie entendió nada, todos estaban atentos a no quedar en fuera de juego y los partidos fueron más horribles que lo habitual. Se descartó.

También en 1991, pero en el Mundial Sub 20 de Australia, nació “La muerte súbita”, que ya recordamos en este sitio. La regla no tardaría en morirse, paradójicamente.

Sin lugar a dudas, el cambio reglamentario que más llamó la atención en esa época tuvo que ver los los saques de banda, que desde 1882 tomamos Branca se habían hecho con las manos. ¿Por qué había que cambiarlos? Según la gente del CIHEFE, el que tiró la idea (o la bronca) fue el entrenador del Arsenal, Arsène Wenger, cansado de los vivos (?) como Rory Delap, un especialista en laterales-centros. Algo así como Alcami en Atlanta o el uruguayo Rosano en los equipos de Caruso Lombardi. La efectividad, discutible. Pero sacaban fuerte, eso sí.

El Mundial Sub 17 de 1993 sirvió, entonces, para probar algo que parecía (y sigue pareciendo) increíble: los laterales con el pie. No se podía marcar un gol directo mediante un saque de banda, pero sí se podía enviar centros peligrosos al área, favorecidos además por la ausencia de posición adelantada. Para tal acontecimiento novedoso, mandamos a nuestros mejores hombres (?).

José Burtovoy, Fabricio Fuentes, Federico Domínguez, Milton Acosta, Rodrigo Vilariño, Norberto Orrego, Nicolás Diez, Andrés Grande (el hombre encargado de los laterales por la derecha), Leonardo Biagini, Mauro Cantoro, Kurt Lutman, José Ramírez, Ariel Ruggeri, José Manuel Moreiras, Emiliano Romay, Rubén Cantero, Pablo Rodríguez y Fernando Della Sala fueron los conejillos de Indias (?). Argentina fue eliminada en la fase de grupos, detrás de Nigeria y Australia.

Los resultados de la nueva regla, a nivel general, no tardaron en llegar. Por esa vía se marcaron 4 tantos en la competición, lo mismo que a través de los saques de esquina. Además, los equipos trataban de mantener la tenencia del balón para evitar un lateral en contra, que suponía una situación de riesgo. Sin embargo, no todo era color de rosa.

Cada pelota que se iba afuera por las bandas, terminaba en una pérdida de tiempo, porque cada equipo tenía uno o más especialistas, que se preparaban como si fuesen a ejecutar el tiro libre de sus vidas, pedían distancia y no hacían otra cosa que demorar el trámite del partido. Insoportable.

Como si fuera poco, ese capricho de los laterales con los pies casi deriva en algo que hubiese sido difícil de superar: Chile campeón del mundo (?). Por suerte, el sueño de los trasandinos sólo llegó hasta semifinales y los laterales volvieron a ser con las manos.

El mundo mantiene su equilibrio.

Fuera de Stock: La Copa Conmebol

Fue, durante casi una década, el estímulo internacional de los equipos chicos y el consuelo de los pocos grandes que no podían aspirar a la Libertadores o a la Supercopa. Festejada por aquellos que la consiguieron, ninguneada por aquellos que no la ganaron o que ni siquiera la disputaron. Con ustedes, la historia de la olvidada Copa Conmebol, la Champions de los pobres.

A comienzos de la década del 90, la Confederación Sudamericana de Fútbol tenía la intención de de crear una copa que fuese similar a la UEFA y que de alguna manera se instalara como el torneo de mayor relavancia para aquellos equipos que en sus respectivas ligas se ubicaban detrás de los clasificados a la Libertadores. Ya existía la Supercopa como segunda competición, pero era demasiada exclusiva. Se necesitaba, entonces, una copa parecida a la de los europeos, con clasificación abierta y eliminación mano a mano, en partidos de ida y vuelta.

Fue así cómo surgió la Copa Conmebol, un mimo para los clubes menos favorecidos en el plano internacional. El premio por ganar este trofeo, además, se multiplicaba, porque en algunas oportunidades otorgaba la chance de disputar la Copa de Oro Nicolás Leoz (la que obtuvo Boca) y hasta la Copa Master de la Conmebol (no confundir con la Master de la Supercopa, esa que también ganó Boca). Todo un rejunte de hojalata del que era difícil enorgullecerse si uno era de un equipo grande.

1992

Vélez Sársfield, Deportivo Español y Gimnasia y Esgrima La Plata fueron los representantes argentinos de la primera edición, en 1992. En los octavos de final, El Gallego despachó al Fortín, luego de ganarle 2 a 0 en el segundo partido, con goles de Parodi y Sassone. Aunque luego, Español terminaría perdiendo con Olimpia de Paraguay en la definición desde el punto del penal.

El que llegó más lejos de los nuestros fue El Lobo, que luego de vencer al O’Higgins de Chile y a Peñarol de uruguay, en semifinales cayó por penales con el Decano paraguayo. El campeón terminaría siendo el Atlético Mineiro de Brasil, que de esa manera obtuvo su primer lauro internacional.

1993

En la segunda edición se produjo el estreno de Huracán, que rápidamente quedó afuera, luego de perder en el global con el siempre copero Peñarol. El Deportivo Español fue otro que quedó afuera en la primera ronda, perdiendo en el cruce con Sportivo Luqueño de Paraguay. El único de los argentinos que más o menos hizo algo digno fue San Lorenzo, otro debutante en esta copa.

El Cuervo barrió a Danubio de Uruguay y luego a Sportivo Luqueño por penales, para después caer en semis con el Manya, por la misma vía. Los uruguayos terminarían perdiendo en la final con el Botagofo, otro brasileño que usó la Conmebol para desvirgarse en competencias sudamericanas.

1994

Huracán volvió a aparecer en la tercera edición, con la secuela de aquel gran equipo que había peleado el título hasta la última fecha del Clausura, en el primer semestre del año. El tema es que se comió 4 con Cerro Corá, de local. Después el Globo ganó 2 a 1 en la revancha, pero no le alcanzó para acceder a los cuartos de final.

El que sí accedió a la segunda fase fue San Lorenzo, que eliminó al debutante Lanús, luego de empatar los dos partidos y triunfar desde los 12 pasos. Después se encontró con la Universidad de Chile, que le dijo adiós para siempre. El campeón en 1994 fue San Pablo de Brasil, que le ganó a Peñarol. A esa altura, los uruguayos eran los eternos perdedores de la Conmebol.

1995

El Gimnasia de Griguol y el Rosario Central de Angel Tulioi Zof accedieron a la Conmebol de 1995, después de haber terminados 3º y 6º en el torneo local, respectivamente. Lo del Tripero fue bien modesto, quedando eliminado de entrada con Sud América de Uruguay. Y no, lo de GELP no son las copas.

Lo del Canalla, en cambio, fue heroico. No sólo porque eliminó a Defensor Sporting, Cobreloa y Colegiales de Paraguay, sino porque le ganó una final histórica al Atlético Mineiro, después de haber caído 4 a 0 en Brasil. Tanto la remontada como los penales, tuvieron tintes épicos. Obviamente, estamos hablando de una Copa Conmebol y no de una Libertadores, pero poco importa cuando se trata de festejar.

1996

Para la quinta edición, los clasificados de nuestro país fueron Rosario Central (último campeón) y Lanús, segundo en el plano local. El conjunto rosarino intentó repetir la hazaña y estuvo cerca, luego de dejar afuera al Cobreloa y al River uruguayo, pero en semifinales se cruzó el Granate, que venía de eliminar al Bolívar de Bolivia y a Guaraní de Paraguay, apoyado en sus figuras: Roa, Serrizuela, Siviero, Mena, Hugo Morales, Ibagaza y el Chupa López, entre otros.

Contra todos los pronósticos, un equipo de Cúper no perdió la final. Se impuso ante Independiente Santa Fe, luego de ganar 2 a 0 de local y perder 1 a 0 en Colombia. Lanús fue el segundo club argentino en ganar la Conmebol y otro de los tantos que en Sudamérica se sacaron la leche con esta copa.

1997

En 1997, hizo su aparición Colón de Santa Fe. Inesperadamente, despachó a la U de Chile y a Danubio de Uruguay (ambos por penales, con Leo Díaz como protagonista), pero en semifinales se cruzó con Lanús, que lo derrotó por 3 a 1 en el global y entonces pasó a la final.

En el último cruce, el Granate chocó con el Atlético Mineiro, que venía de pechear escandalosamente el año anterior y no se podía permitir algo similar. Por eso puso todo en esas dos finales. Sobre todo en la primera, cuando el equipo de Emerson Leao ganó 4 a 1 como visitante y canchereando un poco, desatando un escándalo que jamás olvidaremos, pese a que se trataba de una Conmebol.

“Varios jugadores de Mineiro nos cargaban, en el segundo tiempo, diciéndonos ole ole cada vez que tocaban la pelota. Y el peor de todos fue el capitán, Jorginho, que un minuto antes del final me dijo ole argentino hijo de p… Esto me hizo reaccionar mal”, dijo Ruggeri después de aquel gran hit de su carrera. Y agregó: “Ahora, después del cotejo, más calmo, reconozco que me equivoqué, pero en ese momento lo quería destrozar. Por eso lo seguí hasta el banco de suplentes, donde se fue a refugiar. Ahí me salió al cruce Leao, a quien no le pegué. El me separó al tiempo que me gritaba pará, pará, dejalo. Y después vino todo lo demás por una reacción lógica de mis compañeros, que estaban tan irritados como yo por las cargadas de estos rivales, que en verdad me sorprendieron porque de tantas veces que jugué contra equipos brasileños nunca tuvieron una actitud así”.

Otro que habló fue el golpeado técnico Leao, que por aquellos días comenzábamos a enterarnos de su aberración por los argentinos:“Los jugadores de Lanús son unos animales. Si fuesen hombres me hubiesen pegado de frente. Además no se dan cuenta de que todavía tienen que ir a Brasil. Esto era sólo un partido de fútbol. En la cancha demostramos legítimamente que somos superiores”.

En la revancha (sí, porque hubo revancha), empataron 1 a 1 y los brasileros se llevaron la copa.

1998

Gimnasia y Central fueron los protagonistas nacionales en la Conmebol de 1998. Los platenses tuvieron que recurrir a sus jugadores juveniles, ya que los grandes estaban de gira por Norteamérica. Fue así como surgieron los ya olvidados Lobitos, unos pibes que estuvieron al borde del milagro, pero perdieron con el Jorge Wilstermann de Bolivia. Una prueba más que clara de la poca importancia que le daban los clubes a esta copa, incluso aquellos que no tenían (tampoco ahora) trofeos internacionales.

El Canalla, en cambio, volvió a apostar al mismo camino que le había dado una alegría tres años antes. Eliminó a Audax Italiano de Chile, Huracán Buceo de Uruguay y Atlético Mineiro (sí, otra vez los brasucas), antes de llegar a la final con el Santos, que se terminó colgando la medalla de campeón, después de vencer 1 a 0 en Brasil y empatar 0 a 0 en el Gigante de Arroyito.

1999

La última edición de la Copa Conmebol fue la de 1999, con la participación de Rosario Central y Talleres de Córdoba. Los rosarinos entraron directamente a cuartos de final, pero marcharon con el Deportes Concepción de Chile. Lo de los cordobeses, en cambio, fue sufrido pero exitoso.

La T eliminó en cadena a Independiente Petrolero de Bolivia (por penales), Parana de Brasil (por penales) y Deportes Concepción (3 a 2 en la serie), pero se encontró con un rival brasileño durísimo (?) e inesperado en la final: Centro Sportivo Alagoano. Un club de Maceió, un eterno equipo del ascenso que en aquel momento estaba en tercera división. ¿Y cómo había llegado a esa instancia? Cosas que los brasuca sólo saben explicar.

Lo cierto es que el Azulão do Mutange se impuso por 4 a 2 en la ida, tirándole toda la presión al team de Gareca en la vuelta. Finalmente, Talleres ganó 3 a 0 en La Docta, con goles de Ricardo Silva, Darío Gigena y Julián Maidana sobre la hora.

¡Un equipo cordobés campeón de algo! Suficiente para que la Confederación Sudamericana de Fútbol tomara cartas en el asunto y terminara con la fantochada de la Copa Conmebol, que nunca ganó prestigio, pero que de alguna manera sentó las bases para que se agrandara el cupo de participantes en la Libertadores y para que surgiera, años más tarde, la Copa Sudamericana, luego de los experimentos de la Mercosur y la Merconorte.

Desde acá, nuestro homenaje a aquel torneo internacional que dejó algunos gratos recuerdos para los equipos chicos y algunos viejos cantitos hirientes para los equipos grandes. Todo fuera de stock.

Fuera de stock: las vendas por encima de las medias

Durante gran parte de los 80 y los 90, cuando el fútbol todavía era mucho más estético en el juego que en la indumentaria, los tobillos de algunos jugadores fueron protagonistas de una tendencia que hoy nos parece lejana y hasta nos genera algo de nostalgia: las vendas por encima de las medias. Es buen momento de recordarlo.

Si hay algo que diferencia a los futbolistas profesionales de los amateurs, además de que no tienen que pagar para jugar (salvo que los dirija el Richard), eso es el cuidado físico, que muchas veces implica la prevención en partes del cuerpo que son más sensibles o que simplemente están más expuestas a las lesiones. Los tobillos, en ese sentido, forman parte del podio entre las zonas delicadas.

La mayoría de los jugadores se vendan, por no decir todos. Sin embargo, no todos lo hacen de la misma manera. Existen diferentes técnicas y también puede variar la cantidad de vueltas, la presión que se ejerce sobre el pie (intentando no cortar la circulación sanguínea), si es interna, si es externa, y un montón de variables más, sin tener que llegar necesariamente al colmo de Pablo Michelini, que siempre prefería vendarse la cabeza antes que los pies (?).

Vendarse por encima de las medias (o usar tobilleras, en su defecto), fue una de las prácticas que más prendió entre los futbolistas de hace 20 o 25 años. Por comodidad, necesidad o simplemente por moda, algunos jugadores de nuestro país probaron el extraño método. Algunos, lo hicieron un par de veces hasta que se dieron cuenta de que no los favorecía en nada. Otros, por el contrario, lo adoptaron como un ritual más y utilizaron ese tipo de vendaje por el resto de su carrera. Y quedaron en la historia, claro.

Juan José El Yaya Rossi, aquel que brillara en Newell’s y Banfield, fue uno de los más representativos adeptos de esta costumbre. No era el único que usaba las vendas por encima de las medias en La Lepra, pero sí uno de los que se nos viene a la memoria recurrentemente.

Otro al que es muy difícil recordar sin los tobillos blancos (y la rodilla sana) es al Negro José Luis Villarreal. El ex de volante de Belgrano, River y Boca, mantuvo el estilo, incluso en el final de su carrera, cuando las nuevas generaciones miraban con cara rara y algo de desprecio a esa tendencia que venía del siglo anterior.

El Chino Carlos Daniel Tapia, actor de reparto en el Mundial 86, fue protagonista de las medias vendadas en la década del 90. Después tuvo que ver como su hija aparecía en #ElProgramaDeFantino, pero ese es un tema que otro día desarrollaremos (?).

El actual técnico de la selección argentina, Gerardo Martino, fue otro prócer de este hábito en los 80 y 90. Imaginarse al Tata sin las vendas visibles es muy difícil. Recién en el tramo final de su trayectoria, en el Barcelona de Ecuador, se lo pudo ver con las medias impolutas.

Sin ser un especialista en la materia, Diego Armando Maradona jugó varios partidos con el vendaje externo, tanto en Boca como en el Nápoli. Y también en Newell’s, como muchos de sus compañeros en esa época. Incluso uno puede recordar jugadas históricas en las que el Diego le dio a la pelota vendado de esa manera: la rabona frente a Islas, por ejemplo. Y cómo no mencionar su penúltimo encuentro en la Selección, ante Grecia, donde las vendas blancas acompañaban a los botines totalmente negros.

Hay algo fundamental que no mencionamos: para que las vendas blancas se hayan destacado, siempre fue necesario la utilización de medias de otro color. El contraste de equipos con medias oscuras, favoreció a algunos jugadores de esa época. Y si uno ve, por ejemplo, los partidos del Mundial 94, se dará cuenta de que Maradona también usó vendas por encima de las medias ante Nigeria.

Para destacarse, en ese caso, había que hacer la gran Sensini y clavar unas tobilleras azules. Porque incluso teniendo al Diego al lado, algunos intentaban ser diferentes.

Con los años, la costumbre fue desapareciendo de las canchas nacionales, aunque algunos pocos intentan revivirla cada tanto. En tiempos donde se privilegia lo estético por sobre cualquier otro aspecto, parece difícil que aquella tendencia vuelva para instalarse. Igual, no perdemos la esperanza y confiamos en la justicia, que tiene los ojos vendados.

Fuera de stock: La Copa Libertad, fútbol de tres (1993)

Hace algunos años, en esta misma sección, recordamos los torneos de 45 minutos que intentaron revitalizar el fútbol de principios de los años 90. La aparición de imágenes casi inéditas de aquellos extraños triangulares de pretemporada, nos obliga a reabrir el tema para seguir recolectando pruebas hasta que se haga justicia (?). Con ustedes, la Copa Libertad de 1993.

El torneo, organizado por la empresa Telemarket y transmitido por Canal 9 Libertad, bajo el slogan de “Fútbol de tres”, tuvo dos episodios en aquel verano. En la cancha de Huracán, el local recibió Newell’s y a Nacional de Montevideo. Los uruguayos, después de igualar en cantidad de puntos con los rosarinos, se terminaron quedando con la copa gracias a ¿los penales? No, gracias a los córners sin arquero. El único que convirtió fue Wilson Núñez.

El otro capítulo de aquel experimento lo protagonizaron Racing, San Lorenzo y Peñarol de Montevideo, el 24 de enero por la noche, en el estadio José Amalfitani. Un ménage à trois futbolístico desde el vamos, sobre todo visualmente, ya que los tres equipos salieron a la cancha de forma simultánea. Sí, señor, 33 jugadores. Aunque siempre quedaban 22 adentro y los restantes 11 (más los suplentes) esperaban afuera.

La Academia, en primer turno, venció a Peñarol por 3 a 0, con un gol de Ademir y dos de Claudio El Piojo López, que sería destacado como la relevelación del certamen. Un rato más tarde, El Ciclón derrotaría a los charrúas por 2 a 1, clasificando para la final, que contaría con algunas particularidades.

El reglamento decía que si Racing y San Lorenzo igualaban en el encuentro de 45 minutos, el desempate debía hacerse mediante ejecuciones de arco a arco (?). De persistir la paridad, la cosa de trasladaba a los tiros desde la esquina. Y si después de todo ese quilombo los hijos de puta seguían sin sacarse ventajas (?), la definición se hacía con remates desde la mitad de la cancha, con la salvedad de que la pelota no podia picar antes de entrar. Todo esto sin arquero, claro.

Finalmente, todos esos pasos quedaron sin efecto, porque el partido lo ganaría Racing por 1 a 0, con gol de Ruben Paz. Y sí, como en muchos torneos amistosos, el cuadro de Avellaneda gritó Dale campeooooo, Dale campeooooo.

Más de 20 años han pasado desde aquella vieja Copa Libertad y el fútbol ha cambiado mucho. Aunque pensándolo bien, siguen transmitiendo el Bambino Pons y Fernando Niembro. Dejen, no dijimos nada.

Fuera de Stock: El 1 de Navarro Montoya

Si uno recuerda a Carlos Fernando Navarro Montoya como futbolista, no puede dejar de pensar en una tragedia su particular estilo, en su pelada con pelo largo, en los jeans Vanquish, en su incansable lucha para ser convocado a la selección argentina y, por supuesto, en su clásico buzo del camión. Sin embargo, hubo otro detalle, quizás menos llamativo, que acompañó al arquero durante toda su trayectoria: el número 1. Pero no cualquier uno. Conozcamos la historia.

Nacido en Colombia, pero formado futbolísticamente en Argentina, el Mono debutó en Vélez Sársfield en 1984 y desde sus comienzos se mostró como un jugador distinto. No sólo ocupar el arco y por aceptar a temprana edad el llamado de la selección cafetera, sino también por otras cuestiones que tenían que ver con la imagen, aspecto poco explotado por aquel entonces.

La indumentaria de Navarro Montoya siempre estuvo signada por un número 1 bastante extraño, gordo, de forma irregular y bien grande. Presente en la espalda, en el pecho y en el short. Único y personal. Cuando uno veía ese 1, sabía que pertenecía al Mono. Algo parecido a lo que sucedía con Fillol, con esa especie de I latina uno en números romanos. Ni más ni menos que una marca registrada.

En Independiente Santa Fe, en Vélez, en Boca. Podía cambiar de club o de buzo, pero el 1 siempre se mantenía. Incluso algunos intentaron cambiárselo, pero él se negó siempre. El empresario y diseñador Oscar Tubío, autor de algunas camisetas célebres del fútbol argentino, recuerda el motivo: “Él vino a hablar conmigo una vez. A mí el camioncito no me gustaba y el 1 no me dejaba tocarlo, porque lo había hecho la mamá. A mí me recordaba al pingüino de vino que le servían a mi papá en el bar”.

En 1996, la imagen personal del arquero comenzó a chocar con la institucional del Xeneize. Mientras el club continuaba su relación con Olan, el Mono se mostraba con un buzo de la firma danesa Hummel. Unas semanas más tarde, Olan pasó a ser Topper y entonces el colombiano comenzó a usar un buzo verde, sin marca aparente, pero con el 1 de siempre.

Ya para octubre de ese año, Nike comenzó su relación con Boca, poniéndose firme con la indumentaria del guardavallas. Navarro Montoya, sabiendo de las exigencias comerciales que se venían, mandó a bordarle el logo de Nike a su buzo verde. Los de Nike se le cagaron de risa y fueron contundentes: nada de diseños caseros, ni números raros. Todo debía seguir el patrón de la marca de la pipa, sin contemplaciones.

El Mono finalmente tuvo que rendirse y aceptar el buzo blanco con el impersonal número 1 de fábrica, en el debut de la empresa yanqui, con empate 0 a 0 ante Racing, por la Supercopa.

También le tocaría usar el buzo negro, que mantenía el template de la camiseta: la franja amarilla y las polémicas líneas blancas criticadas por Maradona.

Cansado por estas cuestiones, pero sobre todo por su relación con el técnico Bilardo, el arquero se marchó a España, para vestir los colores del Extremadura. Y si bien el Mono se dio el lujo de volver a usar el buzo del camión, se le complicó a la hora de mostrar el 1, porque de entrada le dieron el 25.

Recuperó el 1 en el Mérida, pero después le dieron el 24 en el Tenerife. Lo que no cambió fue la costumbre de irse al descenso, ya que bajó con todos.

Tras pasar por el fútbol chileno, regresó a la Argentina para jugar en Chacarita, Independiente, Gimnasia, Nueva Chicago y Olimpo, donde siguió alimentando su fama de jugador descendente. Incluso en el medio tuvo tiempo para actuar en el Atlético Paranaense de Brasil, para finalmente retirarse en Tacuarembó FC de Uruguay. Siempre con el 1 parecido a un pinguino de vino.

Hoy, con el Mono abocado a su tarea de Director adjunto (?) de las divisiones inferiores de Boca, se lo extraña en las canchas argentinas. Sobre todo ahora, que no hay descensos.