El Betito Carranza aún era un pibe que soñaba con hacer feliz a la gente de Racing, jugar 1000 partidos con esa camiseta y retirarse en el Cilindro de Avellaneda. Hasta que un dÃa lo agarró Ruben Paz y con la mano en el hombro le dijo: “Mirá, pibe, vos que sos joven tenés que aprovechar. Una vez que pases los 25 años y veas que ya diste todo, empezá a cambiar de club cada 6 meses, no le hagas asco a ninguna liga. Y si podés, no te retires nunca, bo“. El uruguayo era de dar consejos pero no de tirar flores. Las tenÃa todas en la malla.
El larva Saturno, quizás el jugador más antiestético de los 90′s. Viejo, pelado con pelo largo y barba. Cuerpo anormal, trayectoria errante, pero una particularidad que lo hizo único: la bicicleta. Esa jugada lo llevó al estrellato, lo hizo firmar para Boca, formar parte de Los Halcones y enfrentarse a Las Palomas, enceguecerse con los flashes, las mujeres, los excesos, ser perseguido por la prensa aún cuando estaba en la playa, vistiendo sólo una malla rosa fluo con un reloj pulsera y eligiéndole un pañuelo a su amorcito. La fama.