/ * En Una Baldosa - El veraz del fútbol

Medri Ariel

Ariel Raúl Medri

Hay jugadores que quedan inscriptos para siempre en la historia de un club: los máximos goleadores, los futbolistas con más partidos jugados, los entrenadores que ganaron mayor cantidad de títulos. Pero también está la otra cara, los menos, que igualmente forman parte de la semblanza de una institución. Y así, a la sombra de un Labruna, un Amadeo Carrizo o un Ramón Díaz, se puede colar algún apellido ignoto, pero que comparta un pedacito de grandeza riverplatense. Este es el caso de Medri, récord absoluto por la cantidad de minutos jugados en River Plate: uno y medio.

Aquel 2 de mayo de 1987, última fecha del campeonato, se definía el torneo. Y también que equipo descendería. El Millonario no estaba involucrado en ninguna de las dos disputas, pero sí lo estaba su rival de esa tarde: Platense. El Calamar luchaba, como era habitual, por forzar un desempate para mantener la categoría, y lo lograría gracias a un polémico triunfo. Nuestro héroe (?) ingresó al campo del Monumental en reemplazo de Salaberry, cuando faltaban 90 segundos para la finalización del partido. Ese fue el debut y la despedida de este delantero del equipo que dirigía Héctor Veira.

Comenzaba una nueva temporara, el violeta Bambino dejó su cargo y asumió Carlos Griguol. Medri fue dado a préstamo a Talleres (1987/88), donde jugó poco y nada en un equipo que terminó último y que se salvó del descenso gracias a los promedios. Más adelante acreditó pasos por Villa Dálmine (1990) y Macará de Ecuador (1991).

Nunca volvió a River, pero su nombre ya estaba escrito en la historia. “No sé si hay mucha gente que sabe que jugué un minuto y medio. En mi currículum, en mi mente y en mi corazón lo tengo presente. A mí me sirve, no para andar diciéndolo. Lo valoré mucho. Eso sí, hubiese querido tener la posibilidad de jugar por lo menos diez partidos para demostrar si podía andar, porque siempre a uno le queda la duda”, aseguró hace un tiempo. Por lo menos, acá lo tuvimos en cuenta. Felicitaciones (?).

Re Partidos: Bélgica – Corea del Sur en Italia ´90, un dolor de ojos

En el afán de buscar historias donde no las hay poco recordadas o inéditas, nos topamos con este partido que, por diferentes variables, fue un verdadero Pearl Harbor a las retinas.

La victoria Argentina en México ’86 fue la reivindicación de un fútbol especulativo, amarrete y tácticista, que valoraba la subordinación y el orden por sobre la inspiración y las libertades individuales pese a que, paradójicamente, aquella Selección de Bilardo contaba con el mejor y más desequilibrante jugador que vio cualquier edición de la Copa del Mundo: Giusti Maradona.

Como siempre, las vueltas olímpicas marcan tendencia. Entonces, durante el lustro siguiente, tanto equipos de liga como selecciones se dedicaron a plagiar ese modelo, adaptándolo, levemente, a la figura de algún jugador, ya sea por cualidad, negocio o clamor popular.

De esta manera, varios equipos cambiaron su idiosincrasia: Inglaterra dejó de jugar a los centros, la Holanda de Leo Beenhakker olvidó el romanticismo y Brasil experimentó en su mediocampo con Dunga, un señor sindicado, por aquellos días, de encarnar al certificado de defunción del Jogo Bonito. Ni que hablar de Francia, que apostó al Catenaccio y se quedó afuera de todo. En ese tablero global, equipos utilitarios como Irlanda, Checoslovaquia, Escocia, URSS, Yugoslavia y Rumania equipararon fuerzas y fueron protagonistas de diferentes competiciones con mayor o menor suerte.

Italia ’90 fue el punto cúlmine de esa manera de sentir el fútbol, con un Mundial aburrido, con pocos goles y espectáculos lamentables. Aunque la canción, los penales del Goyco, los goles del Cani y las lagrimas de Diego nos hagan sentir lo contrario. Italia ’90 fue aberrante. Y si los de arriba no daban el ejemplo… ¿Qué se le podía pedir a los de abajo? En ese mar de intrascendencia, se encontraban Bélgica y Corea del Sur.

Los equipos antes mencionados tenían la obligación de abrir el Grupo E, donde también se encontraban España y Uruguay. Los asiáticos contaban con lo de siempre: un grupo de futbolistas toscos y elementales, donde sólo destacaba la figura del Caballo Loco Kim – Joo Sung. Por su parte, los europeos presentaban a algunos de los héroes que habían logrado el cuarto puesto en el ’86, aunque ya desgastados como equipo y como grupo: Eric Gerets, Franky Van der Elst, Enzo Scifo, Michel De Wolf, Georges Grun y Jan Ceulemans, entre otros.

Sin embargo, quien se llevó toda la atención fue el legendario Michel Preud’ Homme. El arquero, quien sufría de glaucoma, había padecido una infección en sus ojos en la previa al Mundial, lo cual le impedía usar sus lentes de contacto habituales. Como solución, el portero le solicitó a la FIFA el permiso para utilizar unos anteojos plásticos ahumados para protegerse de los rayos ultravioletas.

Contrariamente a lo que se suponía, el organismo aprobó la petición del arquero, dejando, eso sí, la última palabra a criterio de los diferentes árbitros. Preud’ Homme, feliz como una diva, se paseó con sus nuevos juguetes tanto en entrenamientos como en ruedas de prensa. El genial portero del Malinas estaba seguro de, ante Corea del Sur, hacer historia grande en las Copas del Mundo. Aunque de una manera periférica, claro.

Lamentablemente para él, aquel 12 de junio lloviznó molestamente sobre Verona y fue el propio arquero quien desistió de la idea de usar los anteojos, ya que era peor el remedio que la enfermedad. El resto de los partidos de Bélgica en ese Mundial fueron en horario nocturno, excepto uno: ante España por primera ronda. Entonces, ¿Por qué no usó sus gafas Preud’ Homme? Simplemente, por que no lo dejó el Pichi Loustau quien, por ese hecho, fue señalado como el principal responsable de la derrota belga con perdida del primer lugar en el grupo incluida.

En 1994 el arquero volvió a solicitar aquella extravagancia a la FIFA pero, en esa ocasión, le dieron un no enorme como sus cataratas. Será en la próxima vida, Michel…

El que tenía problemas peores en los ojos, no pidió nada y jugó como un campeón fue el delantero surcoreano Lee Tae – Ho. Es evidente que los asiáticos son todos iguales y que apenas se le ven los ojos. Por eso, al ver su figurita nadie se percató que al jugador le faltaba el ojo izquierdo y que en su lugar tenía una canica, sin (?).

En efecto, Tae Ho había sufrido una patada en la cara en 1988 defendiendo al Daewoo Royals, su equipo de toda la vida. En principio, el atacante perdió la visión de dicho ojo y meses después fue necesario vaciarle el globo ocular, pese a lo cual su técnico, Lee Hoe – Taik, lo incluyó en la lista mundialista.

Y así, el tuerto Lee Tae Ho ingresó a los 63 minutos del partido ante Bélgica y hasta le remató dos tiros a Preud’ Homme. Claro, estaba en juego una caja de Colirio (?). De esta manera, el surcoreano hizo historia al ser el primer jugador con una mutilación facial en disputar una Copa del Mundo y el segundo con un faltante físico después del uruguayo Héctor El Divino Manco Castro. ¡Como para que Salvador Cabañas sueñe con Brasil 2014!

Tae Ho no volvió a ver acción en esa Copa y tras el Mundial se retiró. Luego se convirtió en director técnico y recibió varias distinciones como “ejemplo de vida”. Muy lindo, aunque todos se olvidan de la peor parte: los tuertos no pueden ver cine en 3D. Será en la próxima vida, Lee…

Ah, nos olvidábamos de algo. En el que fue elegido como el peor partido de Italia ’90, Bélgica le ganó a Corea del Sur por 2 a 0. Un asco. Aunque a varios ya le dolían los ojos de antemano…

Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa

Bordón Adolfo

Adolfo Enrique Bordón

Jugadores que vistieron las camisetas de dos equipos históricamente enfrentados los hubo y los habrá siempre. Acá y en cualquier lado. Pero si se trata de recordar futbolistas que únicamente acrediten pasos por esos clubes, la cosa se complica. Y si hay que hacerlo de memoria, sin la ayuda de Google, Wikipedia o aunque sea la Encarta, la tarea es titánica.

Y así resultó el caso de este marcador de punta, con una trayectoria tan breve como extraña. Surgido de las inferiores de Racing, debutó en 1981 como alternativa del Vasco Olarticoechea, Osvaldo Pérez o  Enrique Veloso. En la Academia acumuló 33 partidos oficiales hasta 1983 y se dio el mayor gusto de su carrera: compartir la tapa de El Gráfico con Maradona. De espaldas, medio cortado y mientras Diego se aprestaba a gambetearlo, eso sí.

Con Racing descendido, se consumó la traición (?): llegó a Independiente en 1984 para reforzar un equipo que jugaría los torneos Nacional, Metropolitano y la Copa Libertadores. Bordón sólo lo hizo en las competencias de cabotaje, algo lógico teniendo en cuenta las presencias del Loco Enrique, Rodolfo Zimmermann y Néstor Clausen. Apenas disputó 10 partidos, en su mayoría acompañando a los pibes que le daban descanso a los que disputaban la copa.

Después, la nada misma. En los diarios de la época, no figura. En la red de redes, no hay noticias sobre su paradero. Y en la mente de los hinchas, su apellido se esfumó. Desconocemos si a Bordón le importará algo todo esto. A veces, hay cosas que es mejor olvidarlas.

Acosta Fernando


Fernando Martín Acosta

El paseo que se comió en México ante las Chivas de Guadalajara y el posterior escándalo unos días más tarde en La Bombonera no hicieron más que apurar la salida del Chino Benítez de la dirección técnica de Boca Juniors.

El manotazo de ahogado tras la renuncia de Miguel Ángel Brindisi (que había salido bien porque el Xeneize había ganado la Sudamericana 2004) terminó abruptamente, unos ocho meses después, en medio de escupitajos faciales photoshopeados y un clima de tángana digno de la Libertadores.

Como se disputaban las últimas fechas del torneo Clausura 2005, y Boca no tenía más aspiraciones que cumplir con sus compromisos de la manera más digna posible, la dirigencia del club de la Ribera apeló a lo que tenía más a mano mientras craneaba la llegada de un técnico que los pudiera sacar de ese mal momento.

Y el marido de la esposa de Abel Alves parecía ser la mejor opción. El Chueco era del riñón del club y conocía a los pibes de inferiores. En ellos -los juveniles- confió, mitad por motu proprio, mitad por obligación, para afrontar los últimos encuentros de aquel campeonato, en el que Boca terminó decimoquinto.

Ante Quilmes -que tenía a los baldoseros Agustín Lastagaray, Pablo Bastianini y los mufas Gabriel L*b*s y Raúl S**vedr*-, por ejemplo, por la fecha 18 y en el estadio de San Lorenzo (La Bombonera estaba suspendida por los incidentes en la Libertadores), mandó a la cancha a Ezequiel Medrán; Fernando Acosta, Matías Silvestre, Aníbal Matellán, Matías Cahais (también debutante); Matías Donnet, Eduardo Casais, Pablo Ledesma, Luis Miguel Escalada; Edgar Espíndola y Mauro Boselli. En la segunda mitad, cuando el cero parecía irreversible, ingresaron Rodrigo Palacio, Guillermo Barros Schelotto y, bien sobre la hora, el Bombón Baiano. El partido tuvo varias situaciones de gol para los dos equipos, pero no salieron del cero.

Para Fernando Acosta, nacido en Avellaneda y lateral por derecha de profesión, esos 87 minutos que trascurrieron hasta que lo reemplazó el brasileño fueron los únicos que tuvo oficialmente con la camiseta azul y oro. Y ojo, las crónicas del día siguiente lo dejaron bastante bien parado. Es que el pibe, de 18 años recién cumplidos, se destacó con sus proyecciones y sus saques laterales que, al menos, generaron algo de peligro. La única perla negra fue el calambre que lo sacó de la cancha antes de tiempo.

Después no hubo mucho más. La llegada de Alfio Basile implicó el arribo de un container de jugadores experimentados con los que el Xeneize ganó todo y Acosta tuvo que conformarse con alternar entre juveniles y reserva. Las cosas no cambiaron durante la nefasta era Lavolpe ni con el enfermo del $exo Miguel Ángel Russo ni mucho menos con Chirolischia Carlos Ischia. Recién volvimos a leer su nombre en un diario a comienzos de 2007, cuando Hugo Tocalli lo desafectó de la selección argentina que disputó el Sudamericano Sub 20 en Paraguay.

Para mediados de 2008 ya sabía que ni de casualidad volvería a ponerse el manto sagrado y por eso ni dudó cuando le preguntaron si quería ir a probar suerte a Portugal, donde llegó con otros dos compañeros de las inferiores de Boca como Maximiliano Asis y Nicolás Scoppa. Estuvo entrenando en Leixões y Portimonense, pero no convenció a nadie y retornó a la Argentina un año más tarde, en septiembre de 2009, para sumarse a Deportivo Merlo, aunque ninguna crónica registra actuaciones suyas.

En 2010 su nombre sonó con fuerza como posible refuerzo de Mandiyú de Corrientes. Es más, lo esperaban para firmar el contrato, pero adujo un problema familiar y nunca apareció.

Como para agregar más misterio a su ya extrañísima carrera.

Placard: la camiseta de Chile que no quería la FIFA

15 mayo 2013

Después de 16 largos años de ausencia, en los que incluso sufrió una severa sanción de la FIFA, en 1998 la selección chilena volvió a participar de una Copa del Mundo y lo hizo de forma aceptable, llegando hasta los octavos de final. Lo que no era aceptable era su camiseta, un modelo bastante viejo que tuvo que ser acondicionado para la gran cita. Aquí la historia.

Hacia comienzos de la década del 90, la firma Reebok, históricamente relacionada con el calzado y la indumentaria de aeróbic, puso un pie en el mundo del fútbol para tratar de competir en un mercado difícil que dominaba adidas y en el que también luchaban Umbro y Puma, entre otras. Fue así como la marca de origen inglés, con sede en los Estados Unidos, se convirtió en el sponsor técnico de algunos seleccionados de segundo o tercer nivel, como Rusia y Ecuador. Y a todos les tiró por cabeza un template no demasiado rebuscado, cuya única intención era mostrar bien grande el logo.

En aquel 1993 Reebok cumplió el cometido. Sus equipos eran fácilmente identificados, gracias a un diseño que, con el tiempo, se convertiría en un clásico. Pero no todo sería color de rosa.

Ya ese año, la FIFA puso el grito en el cielo porque el reglamento prohibía exhibir un isotipo de semejantes dimensiones en la camiseta de un seleccionado nacional. Rusia, por ejemplo, fue advertida de esto y ese mismo año tuvo que presentar un modelo provisorio, que le alcanzó para llegar hasta el mundial de USA ’94, donde presentó aquella casaca con la que Oleg Salenko le hizo 5 goles a Camerún.

Ecuador, por su parte, siguió usando aquel modelo porque, al no estar clasificado para la Copa del Mundo, su caso no era relevante para los intereses de João Havelange y compañía. Incluso en 1995 ganó la Korea Cup con esa camiseta.

Chile profundiza el modelo

Lo curioso es que, después de mucho tiempo en el que el polémico diseño ya había sido discontinuado, a mediados de 1996 Reebok volvió a la carga con su nueva incorporación: la selección chilena de fútbol. Primero le confeccionó una camiseta sobria, sin demasiados firuletes, para el Preolímpico de ese año. Pero después retornó a las fuentes con el template anti FIFA.

La casaca en cuestión terminó haciendo historia en las Eliminatorias para Francia ’98, aquellas en donde la dupla de Marcelo Salas e Iván Zamorano hizo la diferencia, clasificando al equipo de Nelson Acosta. Ya en 1997, cuando el Mundial estaba en el horizonte, la gran publicidad de Reebok se empezaba a transformar en un problema a futuro, por eso la marca se vio obligada a cambiar el mítico diseño. ¿Solución? Sacarle los dos bastones blancos del margen izquierdo y listo. Nada de andar complicándosela mucho.

Con ese diseño, levemente alterado para la Copa del Mundo (se modificó el escudo y se agrandaron exageradamente los números), Chí-Chí-Chí Lé-Lé-Lé (?) llegó hasta los octavos de final, donde finalmente fue vapuleado por Brasil, aunque a esa altura poco importaba.

Reebok había cumplido el objetivo: robar 15 años con el mismo modelo. Y sino miren a Gambia en 2002 o a Tití Henry en su visita a Chile en 2008. ¿Hasta cuándo, juez? ¿Hasta cuándo?

Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa

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