
En 1983 Ricardo Gareca era una especia de figurita de moda del momento. Temible goleador en Boca y convocado por Bilardo a la selección, al Flaco (como se lo apodaba entonces) le llovían ofertas para rajarse.
Y encima tenía como representante a otra figurita de esos años: Guillermo Cóppola. Entonces Guillote no dudó y tiró líneas para todos lados. Hasta que picó el Torino de Italia. Los tanos se embalaron como locos y dieron el visto bueno por teléfono. Hasta se organizó una fiesta en el departamento de Cóppola para festejar el pase. Y ahí es donde vemos la foto en la que Gareca se sacó el gustó de ponerse la camiseta del que iba a ser su nuevo club.
Pese a todo, al Flaco le pintó la nostalgia al decir «…si Boca pudiera pagarme algo así, acercarse por lo menos a lo que agarraría firmando para el Torino, no lo pienso dos veces y me quedo…».
El pase era un hecho y pese a que incluso ya estaba todo arreglado para que el empresario Félix Latrónico acompañado por directivos del Torino vengan a cerrar la operación, la pretensión final de Boca de 1.200.000 verdes limpios (sin incluir comisiones a Guillote, Gareca e impuestos) fue la que mandó todo a pique.







