
La pendeja se había encaprichado, quería tener a un jugador de Boca como padrino de su fiesta de quince años. Los padres, que no toleraban ver triste a la nena, hicieron todo lo que tuvieron a mano para cumplirle el deseo. Llamaron a Márcico pero el Beto se excusó diciendo que ese día tenía que hacer un tratamiento para dejar la Coca Cola. Telefonearon a Navarro Montoya, pero en medio de la conversación se cortó la luz y por las dudas no siguieron adelante.
Cuando parecía que el sueño era imposible, a la madre se le prendió una lamparita «¡Ya está, llamemos a Giuntini! Ese seguro agarra por dos mangos«
Así fue como lo citaron para un domingo y el rubio aceptó. Despistado como pocos, el defensor no se percató de que ese día jugaba un partido ante Vélez. Para no quedar mal con la familia que lo había contratado, no le dijo nada a sus compañeros y ni bien terminó el match se puso la bermuda rayada, agarró el botinero multicolor y salió rápidamente hacia el salón. Una vez en la puerta, se sacó una foto con la cumpleañera, saludó a un típico fan xeneize y volvió a Liniers para hacer el control antidoping del encuentro que había jugado minutos antes. Cuando llegó se encontró un panorama desolador. El médico no estaba y sus compañeros tampoco. Sólo un ácido plateísta velezano lo vio perdido y le gritó «¡Giuntini, te vas a comer 4 meses de suspensión!«. ¿Por llegar tarde?», contesto el pelilargo. «No, por vestirte así, hijo e’ puta«.