Resaca: el spa cervecero del islandés Aron Gunnarsson

No tenemos ni la más puta idea de si existe el paraíso, pero en caso de que sí, debe ser lo más parecido a Islandia por estos días. Y no es que nos guste la música de Björk (ndr: quien escribe estas líneas preferiría mutilarse un testículo antes que escuchar uno de sus discos), quizás su máxima celebridad. Desde la Eurocopa del año pasado, cuando dieron el batacazo y dejaron en el camino a Inglaterra en los octavos de final, a la reciente clasificación directa para Rusia 2018, su primer Mundial, parecen ser todas buenas noticias.

Hace algunos meses, Árskógssandur, un pueblito remoto en el norte del país, a unos 400 kilómetros de la capital Reykjavík, celebró la apertura de Bjórböðin. Se trata del primer spa cervecero de Islandia, ubicado en un terreno lindero a la fábrica de la birrería Bruggsmiðjan, dueña de la marca Kaldi.

Uno de los accionistas de este emprendimiento, algo bastante común en países como República Checa, es nada más y nada menos que Aron Einar Gunnarsson, el capitán de la selección islandesa de fútbol. Un borrachín divino al que le fallan un par de cables y que juega como mediocampista en el Cardiff City galés.

Bjórböðin cuenta con siete bañeras (con capacidad para una o dos personas) llenas de cerveza, agua, lúpulo y levadura, y dos jacuzzis al aire libre con una vista de la concha de la lora espectacular. Obviamente, no se puede tomar su contenido (creemos que nadie sería capaz de hacerlo). Pero está todo pensado, eh: cada una está equipada con su propia chopera.

Los baños duran 25 minutos e incluyen otros 25 de tratamientos a base de cerveza. Todo esto a partir de los 50 dólares. Según el website del Bjórböðin, bañarse en birra “tiene un efecto extremadamente poderoso entre el cuerpo y la piel. Este tratamiento es a la vez para la limpieza de la piel y muy positivo para la salud”.

Skál!

Etiquetas: Deportivo Español con Bieckert (1984 a 1994)

Fundado el 12 de octubre de 1956, el Club Deportivo Español vivió su momento de gloria en la década del 80, cuando llegó a contar con más de 25 mil socios y regresó a Primera División tras 18 años de ausencia.

Es imposible hablar de la época dorada del cuadro de la colectividad española sin mencionar a su presidente más famoso, Francisco Ríos Seoane, el Jesús Gil y Gil de esta parte del mapa, y sin recordar aquella mítica camiseta con el sponsoreo de la cervecería Bieckert, que estampó su marca entre 1984 y 1994.

Amado u odiado, pero jamás indiferente, Ríos Seoane llegó al poder en 1978 y solo lo abandonó en 1996. En el medio, fue una pieza clave para la inauguración del estadio España en febrero de 1981 y su posterior ampliación en 1996. También se hizo conocido por mandar a prender fuego vivo al dirigente opositor Ignacio Torres, ser detenido cuando se quería escapar en lancha a Uruguay o alegar demencia para no terminar sus días en prisión. Situaciones con los que se enfrenta cualquier hijo de puta vecino.

En 1984, con el logo de Bieckert (que en 1986 sería comprada por Ríos Seoane a la alemana Henninger) en el pecho, Español fue una maquinita: le sacó 16 puntos de ventaja a Racing Club y volvió a Primera, donde había actuado por única vez en 1967. Dirigidos por la dupla técnica de Oscar López y Oscar Caballero, en ese equipo brillaron, entre otros, Pedro Catalano, Guillermo Zárate, Norberto D’Angelo, Héctor Clide Díaz, Lorenzo Ojeda, Julio Crespo, Luis Alberto Correa, Fernando Donaires, César Lorea, Luis Moreno y el Puma José Luis Rodríguez.

Al año siguiente, en 1985, los gallegos realizaron la mejor campaña de la historia de un recién ascendido hasta entonces (Rosario Central los superaría luego con el título de la temporada 1986/87): fueron segundos junto a Newell’s Old Boys, detrás de River Plate, hecho que los clasificó a la Liguilla Pre Libertadores, algo que igualarían en 1989, 1990 y 1992.

En la 1988/89, con 68 puntos, Español fue tercero detrás de Independiente y Boca Juniors. También peleó arriba en el Clausura 1992 cuando, al igual que Vélez Sarsfield, terminó a dos unidades de Newell’s. En ese equipo se destacaban el uruguayo Charly Batista, Daniel Ergo, Marcelo Caviglia, Walter Parodi y un jovencito Pablo Michelini.

Ese mismo año, se dio el gusto de participar por primera vez de un certamen internacional, la Copa Conmebol, ocupando la plaza que había sido rechazada por Boca Juniors. Tras eliminar a Vélez Sarsfield en los octavos de final, el Gallego cayó por penales en cuartos ante Olimpia de Paraguay. Repitió en 1993, esta vez por el sexto puesto en la tabla general de la temporada 1992/93, aunque no pudo superar la hazaña. Se quedó afuera en octavos frente al Sportivo Luqueño paraguayo.

En 1994, a través de su empresa Estrella de Galicia, Ríos Seoane vendió Bieckert a la bodega Peñaflor y la marca cedió su espacio para el ingreso de Medicorp, recordada por estampar su logo en la camiseta de España.

Fue el principio del fin.

Chapitas: Sócrates

Dicen los que siguieron su trayectoria de cerca que el Doctor apenas fue profesional una sola vez en la vida: en 1982, en las vísperas del Mundial de España, el primero que disputaría con la casaca verdeamarelha.

Antes y después, Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, el hijo de Guiomar y Raimundo, el hermano de Sóstenes, Sófocles, Raimundo filho, Raimar y Raí (que brilló en São Paulo y PSG, y campeón del mundo en 1994), fue una especie de talento desperdiciado. Un jugador de una técnica e inteligencia pocas veces vista, no muy afecto a los entrenamientos, y obsesionado por dos tentaciones que lo persiguieron durante toda su carrera: las mujeres y la cerveza.

Nacido en Belém de Pará, al norte de Brasil, en febrero de 1954, debutó 20 años más tarde, alternando entre volante por derecha y atacante, en Botafogo de Ribeirão Preto (1974 a 1978), en el interior de São Paulo, donde su familia se había mudado durante su infancia debido al empleo de su padre.

Con la camiseta tricolor del Fogão rápidamente empezó a demostrar que la cosa iba en serio, incluso dando ventajas: muchas veces se perdía los entrenamientos porque Seu Raimundo lo había obligado a priorizar sus estudios de Medicina. Más de una vez llegó sobre la hora a un partido y tuvo que hacer un escándalo en la puerta para que lo dejaran pasar.

Ya recibido, en 1978, fue transferido al Corinthians (1978 a 1984), uno de los clubes más populares del país, donde no tardaría en convertirse en ídolo. En el Timão se reencontraría con un viejo conocido, Geraldão, aunque sus días de gloria los vivió al lado de Palhinha y Walter Casagrande, su gran compañero de noches, con el que conformó una dupla tóxica.

Enseguida, en 1979, llegarían sus primeras convocatorias para la selección nacional, dirigida por Cláudio Coutinho. Esa misma temporada, Sócrates conquistaría su primer título importante con la camiseta del Corinthians: el campeonato paulista, eliminando en semifinales al máximo candidato, el Palmeiras de Telê Santana.

En 1982 se preparó físicamente como nunca para el Mundial de España. En la primera fase, Brasil avanzó con puntaje ideal frente a la Unión Soviética, Escocia y Nueva Zelanda, pero en la segunda ronda no pudo hacer pie ante Italia, tras dejar en el camino a la Argentina de un tal Diego Armando Maradona. Cuentan los que lo conocieron que nunca lo vieron tan triste como después de aquella recordada derrota por 3 a 2 ante los tanos.

De regreso en Brasil, sumergido en una cruenta dictadura militar desde 1964, Sócrates se convirtió en uno de los emblemas de la lucha por la democracia, dentro y fuera de la cancha. En el verde césped, de la mano de la Democracia Corinthiana, un movimiento liderado por el sociólogo Adilson Monteiro Alves, Wladimir, Walter Casagrande, Zenon y el propio Sócrates, que generó una verdadera revolución.

Decisiones como la contratación de jugadores o entrenadores, la necesidad de concentrar o no antes de los partidos, o la posibilidad de zafar de una gira si un futbolista recién comenzaba un noviazgo eran discutidas entre todos, plantel y cuerpo técnico. Aquel Corinthians fue reconocido por su valentía, por ejemplo, para salir a la cancha y jugar con camisetas con leyendas como “Día 15 vote” (en referencia a las elecciones para gobernador, senadores y diputados del 15 de noviembre de 1982, las primeras por voto popular en 20 años) o banderas como “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Los resultados deportivos también acompañaron: el Timão fue bicampeón estatal en 1982 y 1983.

En abril de 1984, un acto en el Vale do Anhangabaú, en pleno centro de São Paulo, convocó a más de un millón y medio de personas. Pedían que el Congreso Nacional aprobara una enmienda constitucional que convocaba a elecciones directas para presidente por primera vez desde 1960.

Esa noche, al lado del periodista Osmar Santos y su amigo Casagrande, Sócrates, que tenía una jugosa oferta de la Fiorentina italiana, agarró el micrófono y juró que se quedaría en el país si Brasil volvía a las urnas. Unos días más tarde, aquel traspié lo deprimió y terminó yéndose.

La carrera del Doctor tras su salida del Timão estuvo plagada de controversias y polémicas. Además, su estilo de vida agitado ya empezaba a pasarle factura. Apenas resistió un año en la Fiorentina (1984/85), donde conoció a Daniel Alberto Passarella (con el que, obviamente, no se llevaba muy bien), antes de volver a casa.

Tenía todo arreglado para jugar en Ponte Preta, bancado por el mediático Luciano do Valle (una especie de Marcelo Tinelli de la época), e incluso llegó a posar con la casaca de la Macaca para la tapa de la revista Placar. Sin embargo, la plata no apareció y terminó en Flamengo (1985 a 1987), otra vez al lado de uno de sus ídolos, Zico.

“No quiero ningún partido homenaje. Sólo puedo asegurar que voy a retirarme interrumpiendo un entrenamiento en la Gávea. Voy a poner un barril de cerveza en la mitad de la cancha para que todo el mundo brinde en mi despedida”, decía en aquella época. Las lesiones se hicieron una constante y la idea del retiro empezaba a sobrevolar la cabeza del Doctor, que aun así defendió una vez más la verdeamarelha en la Copa del Mundo de México 1986, donde Brasil se quedó afuera por penales ante Francia en cuartos de final. Sócrates, al igual que Julio César, erró su ejecución desde los doce pasos.

Recuperado de una lesión que lo tuvo alejado durante buena parte de 1987 y con algo de magia todavía para regalar, Magrão cumplió el sueño del pibe cuando se sumó al club de sus amores, Santos (1988/89), aunque disputó mayoritariamente partidos amistosos en giras por el exterior que traían billetes frescos a las necesitadas arcas del club de la Vila Belmiro.

Los últimos trotes del crack fueron en el mismo lugar donde empezó todo, en Ribeirão Preto, con la camiseta del Botafogo (1989), que enseguida lo anunció como DT, en 1990.

Tras un impasse en el que aprovechó para dedicarse a la medicina, instalar un moderno complejo médico en Ribeirão Preto e incluso coquetear con la política, en 1994 regresó al fútbol, aunque en un nuevo rol. La rebautizada cadena deportiva de cable SporTV, del grupo Globo, lo contrató como comentarista para los partidos del campeonato local. Pero Sócrates nunca se destacó por su profesionalismo y tampoco encajaba con el establishment. Llegaba a la cancha sobre la hora, generalmente en un estado etílico indisimulable y sus acotaciones estaban exentas de cualquier tipo de imparcialidad, especialmente cuando le tocaba cubrir al Corinthians. Duró poco.

En 1996, la Liga Deportiva Universitaria de Quito le dio una nueva oportunidad como técnico. Sócrates intentó instaurar un sistema similar al de la Democracia Corinthiana, pero resistió apenas un puñado de encuentros. Su última experiencia como entrenador fue de la mano de un viejo conocido de la selección, Leandro, mítico defensor del Flamengo, que a fines de los noventa gerenciaba al Cabofriense de Río de Janeiro. Y otra vez la misma historia.

Durante su última década, el Doctor bancó públicamente a Luis Inácio Lula da Silva y otros políticos del Partido dos Trabalhadores (PT), volvió al fútbol por un rato con la camiseta del Garfoth Town (2004) de la octava división inglesa, tuvo cierta actividad en diversos medios de comunicación alternativos y, principalmente, acentuó su problema con el alcohol.

Recién a mediados de 2011, tras varias internaciones, reconoció su enfermedad. Destrozado por el vicio, en los últimos tiempos había reemplazado la cerveza, su eterna compañera, por el vino. Aunque, claro, se bajaba una botella.

“Quiero morir un domingo y con Corinthians campeón”. Puta casualidad del destino, Sócrates murió en la madrugada del domingo 4 de diciembre de 2011, víctima de una cirrosis hepática tan anunciada que no sorprendió a nadie. Esa tarde, por la última fecha del Brasileirão, Corinthians enfrentaba a su clásico rival, Palmeiras, y apenas necesitaba un punto para consagrarse.

Antes del inicio del partido, los jugadores del Timão y sus miles de hinchas lo homenajearon con el brazo derecho en alto y el puño cerrado, aquel festejo que repitió tantas veces en el Parque São Jorge, en el Pacaembu y otro montón de estadios a lo largo y a lo ancho de Brasil. Con el 0 a 0 definitivo, Corinthians conquistó su quinto título a nivel nacional.

Etiquetas: Everton (2004 a 2017)

Antes que los Beatles, sí. Y antes que su vecino rojo, también. El Everton Football Club fue el primer gigante de la ciudad de Liverpool y tuvo a la cerveza como protagonista en tramos importantes de su historia.

Nacidos en 1878, The Toffees no solo ganaron varias copas en el siglo XIX. También adquirieron popularidad. Y crecieron de tal manera que tuvieron que alquilar un estadio acorde a la gente que movían. Fue así que en 1884, el Presidente del Everton, Johm Houldin (empresario cervecero que llegó a ser Alcalde de la ciudad), contactó a su amigo John Orrel, otro empresario de la cerveza que tenía un escenario ideal para la práctica del fútbol: un tal Anfield. La birra comenzaba a fermentar.

Ese mismo año, los azules debutaron en su flamante casa con un triunfo 5 a 0 ante el Earlestown, marcando el inicio de una era que se rompería en 1891, cuando el ambicioso Houldin le compró el estadio a Orrel y decidió aumentar el alquiler en un 150%. ¿Razones? El tipo era fundamentalmente un emprendor que fabricaba cerveza artesanal en Palermo hombre de negocios y miembro del Partido Convervador, que veía en el club la posibilidad para crecer políticamente.

El resto de los directivos del Everton, mayormente liberales e impulsadores del movimiento abstemio, no soportaron semejante atropello del cervecero y decidieron pegar el volantazo para mudarse en 1892 a Goodison Park, su actual hogar. ¿Y Houldin? Se quedó absolutamente solo, pero con Anfield en su poder, así que no dudó en fundar su propio club para ocuparlo. ¿El nombre? Everton Athletic, que por cuestiones legales no tardaría en cambiar su denominación a…Liverpool FC. Ese mismo día nació el derbi de Merseyside. La birra se pudrió.

Sin los éxitos internacionales de su vecino, el Everton es de todos modos uno de los 4 clubes más ganadores de la Primera División, teniendo además el récord de temporadas disputadas, nada menos que 114. ¿Cuántas ligas ganó? Nueve, teniendo su pico de esplendor en la temporada 1984/85, cuando además obtuvo la Recopa de la UEFA.

Tras varios años en los que no cosechó demasiadas alegrías, el Everton comenzó a reposicionarse en el plano local a partir de la temporada 2002/03, coincidiendo con la aparición de un pibe blanquito de cachetes colorados, casi como cualquier borrachín británico que uno puede encontrarse en los pubs de Liverpool. ¿Su nombre? Wayne Rooney. Solo tardaría dos temporadas en ser transferido al Manchester United.

En 2004, The Toffees retomaron aquella primera relación con la cerveza, cuando firmaron un contrato con la tailandesa Chang. Sí, esos elefantitos que se vieron en la camiseta azul durante 13 años (una de las relaciones comerciales más extensas), decoraron la última etapa del club, en la que pasó de todo. Desde la llegada de Fellaini hasta Stallone transformándose en el hincha más famoso después de Paul McCartney. Todo, menos campeonatos (?).

Pero si de momentos baldoseros hablamos, tenemos que centrarnos en lo que pasó en agosto de 2012, cuando el Everton recibió al AEK de Grecia. El partido estaba 3 a 1 para los locales, cuando el histórico Tonny Hibbert (más de 300 partidos en el club) tomó la responsabilidad de ejecutar un tiro libre. Hasta ahí nada raro, salvo por el detalle de que el defensor jamás había hecho un gol y nadie sabía por qué había agarrado la pelota. O sí.

Unos años antes, los hinchas del Everton habían prometido que si por algún milagro Hibbert algún día la metía, invadirían la cancha. ¿Y qué pasó? Basta con darle play al video.

Obviemos el detalle que el partido era un amistoso para homenajear al propio Hibbert. Siempre es buen motivo para festejar.

Etiquetas: América de Cali (1995 a 2000 y 2013)

Mucho antes de convertirse en el hazmerreír del fútbol colombiano, el América de Cali supo ser uno de los cucos del continente. Y no hablamos de Julio César Falcioni, su arquero durante casi toda la década del ochenta, cuando el cuadro caleño disputó (y perdió) tres finales de Copa Libertadores consecutivas.

En 1995, después de nueve temporadas con el sponsoreo de gaseosas Colombiana en el pecho, Cervecería Bavaria, la más importante del país, se hizo cargo del espacio principal en la casaca del América y estampó la marca de uno de sus productos estrella: la Cerveza Poker, que en apenas 18 meses desfiló por uniformes de proveedores tan disímiles como Umbro (que no se olvidaba de poner el escudo como pareciera en la imagen de arriba, sino que el diablo era considerado mufa por buena parte del plantel y lo sacaban a propósito), Torino, adidas y Nanque.

Sin embargo, fue Cerveza Águila, también del grupo Bavaria, la que se llevó todos los flashes cuando en 1996 los Rojos llegaron a su cuarto subcampeonato continental, el segundo frente a River Plate en 10 años. Ese logo lo vistieron, entre otros, viejos conocidos como Óscar Córdoba, Jorge Bermúdez, Arley Dinas, Wilmer Cabrera, Alfredo Berti, Giovanni Hernández y… el Pitufo Antony de Ávila. Eso explica todo.

En 1997, ya con Topper como proveedor de indumentaria, la Mechita utilizó una pilcha idéntica a la de Independiente, con un diablo de tamaño considerable sublimado en el centro de la camiseta, que generó cierto disgusto entre los hinchas. ¿El sponsor? Otra vez Cerveza Poker, que se mantuvo hasta fines de 1999, cuando los colombianos conquistaron la Copa Merconorte, vestidos por Fila.

Ya entrado el nuevo milenio, la desconocida Lusti Sports sorprendió a todos cuando confeccionó los uniformes de los dos equipos más grandes de la ciudad, América y el Deportivo. Sin embargo, fueron apenas unos pocos meses. Ese mismo año, el Rojo volvió a gritar campeón con el logo de Cerveza Águila, en un diseño de la italiana Kappa.

En 2013, después de que el conjunto caleño saliera de la Lista Clinton, Cervecería Bavaria, de la mano de Águila, regresó a la camiseta puntualmente para los cuadrangulares semifinales del Torneo Finalización de segunda división. Allí, América debió enfrentar en encuentros de ida y vuelta a Fortaleza, Universidad Autónoma y Real Cartagena. El acuerdo, además, estipulaba que se extendería automáticamente por todo 2014 si los escarlatas lograban el ascenso. Con 8 puntos (producto de dos victorias, dos empates y dos derrotas), quedaron en segundo lugar, sin chances de clasificar a la final del año. ¿Quién había vuelto algunos meses antes? Sí, sí, el diablo. Para el deleite de su gente…

Resaca: Birra Moretti y el fútbol

Fundada por Luigi Moretti en Udine en 1859, y aunque desde 2006 pertenece al grupo holandés Heineken, la Birra Moretti es reconocida mundialmente, no solo por ser una de las más tradicionales de Italia, sino también por su particular logo, con un hombre de traje verde, bigote y sombrero, empinando una cerveza, al que denominan Baffo Moretti.

Otra de las características de la cervecería es su fuerte vinculación con el fútbol, que viene de antaño. Desde 1924 y hasta la mudanza a Friuli en 1976, el Stadio Moretti fue la casa del Udinese Calcio. Allí, el cuadro albinegro tuvo la mejor campaña de su historia, cuando alcanzó el subcampeonato en la temporada 1954/55, aunque ese mismo año descendió porque se comprobó que, sumamente comprometido en la tabla de posiciones, había arreglado (guiño guiño) su permanencia en la máxima categoría en la última fecha de la temporada 1952/53.

Entre 1997 y 2008 la marca fue sponsor del Trofeo Birra Moretti, un campeonato triangular en el que se jugaban partidos de 45 minutos, cuyas primeras ediciones fueron en Udine y más tarde se trasladaron a Bari (de 2000 a 2004) y Nápoli (de 2005 hasta su desaparición). Juventus se quedó con el título en 6 ocasiones, Inter en 3, mientras que Nápoli, Udinese y Parma se coronaron una vez cada uno.

En la previa del Mundial de Brasil 2014, Moretti innovó su emblemática etiqueta en siete botellitas coleccionables con el viejo y querido Baffo Moretti imitando festejos de gol: el dedo pulgar en la boca (al mejor Francesco Totti), las manos formando un corazón (a lo Funes Mori) o tocando el violín (a lo Alberto Gilardino), los índices apuntando al cielo o los pulgares señalando el número de la camiseta, entre otros. La acción, titulada Campeones de la emoción, fue un golazo… pero no trajo mucha suerte que digamos. En el grupo de la muerte, Italia quedó tercera, detrás de la sorpresa, Costa Rica, y Uruguay, apenas superando a Inglaterra.

Algo parecido ocurrió el año pasado, con la excusa de la Eurocopa, cuando Moretti lanzó una edición especial de siete porrones que incluían en su etiqueta a viejas glorias del Calcio: los Campioni col Baffo. Todos bigotones, claro: Giuseppe Bergomi, Roberto Pruzzo, Stefano Tacconi, Pietro Paolo Virdis, Renato Zaccarelli, Franco Causio y Sandro Mazzola.

La campaña publicitaria estuvo a cargo del Baffo Moretti y el trío de comediantes Gli Autogol (los mismos que hicieron el tema musical del Papu Gómez), y tampoco fue un talismán. Los tanos armaron las valijas en cuartos de final, tras caer por penales ante Alemania.

Etiquetas: Brighton & Hove Albion con Phoenix Brewery (1983 a 1986)

El segundo lugar en la temporada 2016/2017 de la English Football League Championship garantizó el regreso del Brighton & Hove Albion a la primera división del fútbol inglés, donde había jugado entre 1979 y 1983, generalmente ocupando puestos de mitad de tabla para abajo.

En 1983, al mismo tiempo que perdía la categoría, el cuadro de Sussex del Este llegó a disputar la final de la FA Cup nada menos que ante el poderoso Manchester United. Y estuvo bastante cerca de la hazaña. En el primer partido empataron 2 a 2, pero en la repetición, disputada apenas cinco días después, los Diablos Rojos vencieron por 4 a 0.

El descenso también marcó el final del contrato que, desde 1980, unía a las Gaviotas (eterno rival de las Águilas del Crystal Palace) con la aerolínea British Caledonian, que estampaba su marca en el pecho de la camiseta. Así, con ese espacio vacío, el club debía emprender la que esperaba que fuera su campaña de regreso al fútbol grande. A partir de octubre, con el campeonato ya empezado, y durante los siguientes tres años, Phoenix Brewery, una tradicional cervecería local, ocuparía ese lugar.

En la temporada 1983/84, Brighton obtuvo un digno noveno puesto, aunque quedó a 28 puntos del Chelsea (sí, antes de los millones de los rusos el Chelsea era un equipo de mierda jugaba en segunda) y 20 del Newcastle, el último que ascendió. Las cosas mejoraron en la 1984/85. Brighton tampoco subió, pero terminó sexto, a apenas 2 unidades del Manchester City, el tercero, y a 12 del campeón, Oxford United.

Ya consolidado en la categoría, para la temporada 1985/86 puso toda la carne al asador. Entre otros, se aseguró al delantero del Notts County Justin Fashanu, de 24 años, que en 1981 había pasado del Norwich City al Nottingham Forest en un millón de libras, convirtiéndose en el jugador negro más caro de la historia.

Pero las cosas no salieron como estaban planeadas. Fashanu, constantemente afectado por las lesiones, nunca pudo explotar y Brighton amargó un undécimo lugar, muy lejos del campeón, Norwich City, y a 20 puntos del último puesto de ascenso, conquistado por el Wimbledon. El cierre de la 1985/86 decretó el final del acuerdo con Phoenix Brewery, que pasó sin pena ni gloria.

A partir de entonces, los destinos del Brighton & Hove Albion y Justin Fashanu, distanciados desde 1987, tomaron caminos similares. Ambos tuvieron su pico de popularidad a comienzos de los noventa: las Gaviotas porque se quedaron en las puertas de la promoción a Primera, y el futbolista porque reconoció públicamente su homosexualidad (fue el primero en salir del clóset) en una entrevista con el diario The Sun.

También se mimetizaron a la hora de pasar malos momentos, claro. Brighton fue penúltimo en las temporadas 1996/97 y 1997/98 de la Third Division (la cuarta en nivel de importancia) y tuvo que vender su estadio, Goldstone Ground. Por su parte, Fashanu, después de haber deambulado de acá para allá, terminó sus días envuelto en un escándalo por supuesto abuso sexual (nunca comprobado) a un menor en Estados Unidos, donde cerró su trayectoria. Convencido de que lo iban a declarar culpable, en abril de 1998 regresó a Inglaterra, donde apenas un mes más tarde se ahorcó. Tenía 37 años.

Resaca: Michael Duberry, una birra al buche

De todos los roles a los que puede aspirar un ser humano en esta vida perra, hay uno que me fascina sobremanera. Y ese es el rol del “buchón. Si, el buchón, el buche, el alcahuete, el topo, el soplón o como quieran llamarle. ¿Y por qué tanto deslumbramiento por éste espécimen? Básicamente, porque él, tras hacer su gracia característica, logra llevarnos a todos –si, a todos- hacía los recónditos confines de la doble moral.

Por un lado, si somos omniscientes de algún hecho delictivo o de alguna contravención mayor aplaudimos la valentía del delator por haber sacado la verdad a la luz; a favor de la justicia y en desmedro de amistades, conveniencias o hasta dinero.

Por otro lado, si somos nosotros mismos quienes estamos en falta -sea leve o grave- consideramos como la peor de las traiciones que alguien de nuestro círculo íntimo abra la boca, para así dejar en evidencia nuestro delito o algún hecho que nos avergüenza. En el medio de todo, claro, la desconcertada humanidad del “buchón”, quien nunca logrará deducir si se transformó en el más cruel de los villanos o en el más temerario de los superhéroes…

Michael Duberry nació el 14 de octubre de 1975 en Enfield, Inglaterra, y desde sus primeros pasos como futbolista se le auguró un enorme futuro. Zaguero central negro, fuerte, grandote y con un excelente cabezazo, estaba llamado a ser el complemento ideal de Rio Ferdinand en su Selección por, al menos, diez años. Tal es así que los dirigentes británicos lo persuadieron de no aceptar la convocatoria de la poderosa nación de Monserrat –tierra de sus ancestros- para poder defender la camiseta “Pross”, libre de culpa y pecado (?).

Iniciado en el Chelsea en 1993, donde tuvo escasa continuidad, en 1999 Duberry pasó al Leeds United -por entonces gran animador tanto de la Premier League como de la Champions League- para ser el eventual reemplazante del antes mencionado Ferdinand, quien venía amagando con irse a un club poderoso a cambio de una millonada prácticamente desde la madrugada que sus padres lo concibieron (?).

La cosa arrancó para nuestro protagonista de manera timorata, pero sin desentonar. Claro que la sensación de “proyecto en espera” que dejaron sus escuetos partidos en Primera cambiaría una fría noche de enero de 2000. Y, por supuesto, para mal…

Junto a sus compañeros de equipo Jonathan Woodgate y Lee Bowyer, y a dos ignotos amigos llamados Paul Clifford y Neale Caveney, el bueno de Michael Duberry concurrió a un pub para pasar un agradable momento y para tomar cerveza hasta perder la conciencia, la noción del tiempo y hasta los recuerdos a corto plazo, como hace cualquier hijo de vecino ¿no?

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Enorme fue la sorpresa para el zaguero cuando al día siguiente el estudiante de intercambio indio, Sarfraz Najeib, denunció a los cuatro alcoholizados acompañantes de Duberry por haberles dado al asiático una etílica paliza de novela que, instantáneamente, se convirtió en escándalo nacional y que acaparó la portada de todos los diarios.

Tras la anulación de un mediático primer juicio –que llevó cerca de 15 meses en los cuales los futbolistas apenas si participaron en su equipo- el Juez David Poole decidió iniciar un nuevo litigio y dejar sin efecto la absolución en primera instancia que habían recibido los 5 implicados sobre “ponerse de acuerdo en el relato para cubrirse de culpas”. Además, manifestó tener pruebas sobre un móvil racial en el asalto, lo cual se castiga con penas aún más duras en Inglaterra. ¿¡Para qué!?

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Rápido de reflejos, Michael Duberry recuperó la memoria en la primera audiencia del nuevo juicio y manifestó bajo juramento: “habíamos consumido cerveza durante toda la tarde y toda la noche. En un momento mis amigos salieron del pub y al rato Woody (Woodgate) se me acercó y me dijo que junto a Neale y Paul le habían dado una paliza a un don nadie que los fue a agredir. No puedo decir nada de Lee, y yo en ningún momento me aparté de mi butaca en el pub”.

Tras la contundente declaración de Duberry, el Juez no se anduvo con vueltas y a los pocos días absolvió a Lee Bowyer (aunque lo llamó “cobarde y mentiroso” en La Corte); y declaró culpables a los otros tres ¿Las penas? Una ganga, papá: cien horas de trabajo comunitario para Woodgate y seis años de cárcel para el otro par de cuatros de copas, sin (?). Y bueno, viejo, que se jodan por no saber jugar a la pelota…

Pero claro, además del estudiante indio en toda esta historieta hubo otra víctima: el propio Michael Duberry, quien vio pulverizado su sueño de ser jugador internacional al instante y se mantuvo en el Leeds, casi sin jugar, hasta medidos de 2005. Luego anduvo en Segunda con la camiseta del Stoke City, regresó a la Premier para descender con el Reading y después deambuló por el Wycombe Wanderers de la League One, el St. Johnstone de Escocia y el Oxford United de la League Two, donde finalmente se retiró.

Pero por supuesto, la cosa no termina ahí. Durante todos esos años tanto los seguidores de los equipos rivales como así también los de las instituciones que integró lo hostigaron con cánticos donde se mencionaba su condición de “negro soplón”, “negro delator” y “traidor de sus amigos”. Además, debió cambiar varias veces de domicilio ya que diversos grupos concurrían a su hogar a hostigarlo con pancartas, amenazarlo y hasta a defecar en el jardín. Divinos (?).

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Con el tiempo y alimentado por los fanáticos ingleses, la fama de Michael Duberry mutó desde “estómago resfriado” hacia un apelativo tal vez peor: el de “Mufa”. ¿Por qué razón? En principio, porque con el zaguero en el plantel el Leeds United pasó de semifinalista de la Champions League a ser un animador del ascenso. De hecho, anduvo por Tercera División por primera vez en su historia y nunca volvió a jugar en la Premier League.

También se acusó al defensor por la mala fortuna de Lee Bowyer, quien era una fija en el plantel de Inglaterra que acudiría al Mundial 2002 y no solo quedó afuera de la lista, sino que nunca jamás volvió a ser convocado. Luego fue relleno de varios planteles sin poder recuperar el brillo de sus primeros años.

Qué decir de Jonathan Woodgate, quien después de su affaire con Duberry quedó afuera de la Euro 2000 y del Mundial 2002; y quien en sus años de profesional sufrió más de diez operaciones de distinta índole. De hecho, por esta endeblez física está considerado como “el peor fichaje de la historia del Real Madrid”, donde debutó con un gol en contra más expulsión y en donde compartió sanatorio con Fernando Gago…

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Todo este martirio a cuestas carga la humanidad del pobre Michael Duberry -proyecto trunco de ícono defensivo global- quien, para ponerle un poco de onda a la vida, en una de sus últimas apariciones se fotografió con una cerveza en la mano y caracterizado como la Princesa Leia Organa, interpretada originalmente por la actriz Carrie Fischer, quien al poco tiempo se convirtió en la primera del trío original de protagonistas de Star Wars en pasar a mejor vida ¿Duberry mufa? Naaahh manzana cervecita…