Trapasso: Las banderas de River para El Tolo

A todos los futboleros nos sucede, con seguridad, que hay ciertos ídolos, personajes, costumbres y/o instalaciones de nuestro club o selección, sobre los cuales no sentimos ningún afecto, cariño, empatía, reconocimiento o consideración ¿Y por qué razón? Lo primero que podríamos argumentar es que C´Est La Vie… Y, probablemente, esa sea la más valedera justificación.

También, puede haber ocurrido que nos hayan ofendido ciertas actitudes del protagonista en cuestión -tanto ínfimas como supremas o ambas- que logran ponernos histéricas, soporíferas e irritables, como hace una candente adolescente con el pibe que la desvirgó (?).

Ya expuesto el asunto, solo resta preguntarles a ustedes, hinchas de River Plate ¿Qué onda papi (?) con el Tolo Gallego?

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Américo Rúben Gallego llegó a River Plate en 1981, procedente de Newell´s Old Boys y con la medalla de campeón del mundo colgando del cuello. Mediocampista central aguerrido, vivo y kapanga del vestuario; con su nivel futbolístico mandó al banco a un prócer e hijo pródigo de la casa como Reinaldo Carlos Merlo. Además, ganó dos títulos domésticos y fue el primer capitán Millonario en levantar las copas Libertadores, Intercontinental e Interamericana… méritos suficientes como para ser amado por el resto de sus días ¿no?

Pero la cosa no terminó ahí. Una vez retirado de la actividad en 1988 y tras un breve paso como entrenador por las divisiones inferiores de La Banda, fue el primera guitarra del cuerpo técnico de Daniel Passarella (el bajo lo tocaba Alejandro Sabella) en el exitoso primer ciclo del Kaiser al frente de River Plate (1989/94). El Tolo, puertas adentro, ejercía como un balanceante personaje de comedia, entre lo libertario de Pachorra y lo milico del otrora Gran Capitán.

La gloria como director técnico le llegó a Gallego luego de ganar en forma invicta el Apertura ’94; torneo en el que dirigió al equipo en solitario por que sus compañeros de formula ya habían agarrado el timón de la Selección Argentina. Tras renunciar a la institución para acompañar a Daniel Alberto en el combinado nacional, llegaron las primeras miradas de reojo por parte del pueblo Millonario. Bah, en realidad eso y haber avalado la llegada del Inglés Carlos Lord Voldemort Babington al frente del primer equipo. No era para menos.

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Tras cuatro tumultuosos años coronados con el cabezazo de Ortega a Van der Sar y luego de un chaplinesco Mal Pase con el Betis de España, en febrero de 2000 Américo Gallego regresó al mando del primer equipo de River Plate de una manera sorpresiva y con demasiada baranda a opereta.

¿Por qué razones? Porque el entonces actual campeón Ramón Díaz fue “renunciado” 48 horas antes del arranque del Clausura; porque el exiliado en Colón de Santa Fe por el riojano, Hernán Díaz, ya había regresado a Capital luego de una sugerente tapa de la extinta revista Mística de Olé y porque el propio Tolo ya había realizado una entrevista con sesión de fotos para El Gráfico. Dolidos por un incondicional amor hacía El Pelado Díaz, ciertos hinchas de River tomaron nota de estas “sutilezas” y esperaron el momento oportuno para facturarlo. Tanto a la Comisión Directiva como al viejo nuevo entrenador.

La cosa, como era de esperar, se le pudrió al Tolo en mayo de 2000. Con buen paso e invicto en el torneo local y luego de ganarle por 2 a 1 a Boca Juniors el partido de ida de los Cuartos de Final de la Copa Libertadores, Gallego prosiguió hasta el hartazgo con un discurso soberbio, ególatra y narcisista, en principio destinado a generar el malestar en los rivales. Pero que se le volvió totalmente en contra cuando manifestó: “para estar en la bandera de Angelito y Ramón hay que satisfacer a los hinchas de otra manera”, dando a entender, quizás, que había que poner un diezmo (?) para que tu caripela sea inmortalizada con aerosol. ¿A vos te parece?

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A eso, en desmedro del Tolo, le prosiguió a los pocos días la hiriente eliminación de la Copa Libertadores por 3 a 0 frente a Boca (con la frase “si ellos ponen a Palermo yo lo pongo a Enzo” y el posterior muletazo del Loco, incluidos) y 96 horas después la pérdida del invicto por el torneo local con un tremendo e inolvidable zapatazo del peruano Juan José Jayo de Unión de Santa Fe que enmudeció al Monumental.

Más allá de aquellos resultados deportivos, el espectador neutral, si es que existe, sintió que algo se quebró para siempre entre Américo Rubén Gallego y la gente de River Plate. Los Millonarios, o gran parte de su gente, argumentaron que el entrenador no respetó la lírica historia futbolística de la entidad y que por eso el rival de toda la vida había llegado a Tokio. Por su parte, el entrenador no dudaba en echar las culpas de todo malestar a jugadores del plantel que no habían superado los 22 años, lo cual irritaba aún más a los hinchas de La Banda. ¿Qué es primero? ¿El descenso huevo o La Gallina? Es más, ganaron el Clausura 2000 con el trinomio Aimar/Ángel/Saviola y, al parecer, nadie, pero nadie, lo celebró.

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¿Y qué le siguió a todo eso? El histórico River Plate de Los Cuatro Fantásticos que perdió, insólitamente y como local, el torneo vernáculo frente a Boca por culpa del paraguayo Derlis Soto de Huracán. Un casi paro cardíaco que sufrió el entrenador en el Torneo de Verano de Mar del Plata 2001, cuando tanto hinchas de San Lorenzo como de River cantaron “se desmaya / El Tolo se desmaya” al ritmo de “It´s a Heartchade” de Bonnie Tyler. Y dos dolorosas orteadas por 3 a 0: la que los eliminó de la Copa Libertadores de 2001 frente al Cruz Azul de México y la que sufrieron frente a Boca en La Bombonera por el Clausura 2001, la tarde que nació El Topo Giggio.

Todo eso, amén de haber perdido dicho torneo con el paraguayo Derlis Soto de Huracán otra vez como verdugo y de haber soportado Gallego la humillación de que le saquen a medio cuerpo técnico y que las órdenes las diera el recién llegado Patricio Hernández mientras al Tolo lo exhibían, medio gagá, como a Juan Pablo II en su última etapa.

En medio de todo eso, muchas banderas en el estadio (además de la que ilustra este post) y tapas de periódicos que despotricaban contra el entrenador desde la misma interna del club. Una idolatría que debería ser incuestionable y que, sin embargo, Américo Rubén Gallego perdió por haberse ido de boca ¿De boca? No, muchachos, de Boca era Passarella y le contaba a la abuela como iba a matar a esas gallinas de mierda…

 

Trapasso: “Hoy nos visita Judas, el traidor”

El 24 de marzo de 2007, Ferro Carril Oeste y Chacarita volvieron a verse las caras en el estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri, en un nuevo regreso de Héctor Rivoira a Caballito, cargado de insultos y repudio. En una de las tribunas, apareció un trapo que decía “Hoy nos visita Judas, el traidor”, desde entonces una fija que adorna el paisaje cada vez que el Chulo visita Avellaneda 1240.

La relación entre el entrenador (que había asumido en diciembre de 2004, luego de la desvinculación de Josema Castro) y la hinchada del Verdolaga ya venía medio tensa, pero se rompió para siempre el 5 de junio de 2005. Esa tarde, por la 18ª fecha del torneo Clausura de la B Nacional 2004/05, Ferro, comandado por Rivoira y con muchas chances de meterse en el reducido por la segunda Promoción, recibía a Chacarita, muy comprometido con el descenso.

El local se puso en ventaja a los 12 del primer tiempo por intermedio de Iván Juárez. En el complemento, a los 10, Luis Cerutti lo igualó para los de San Martín. A los 22’, Alejandro Meloño lo dio vuelta para el Funebrero. Mariano Campodónico, de penal a los 34’, se encargó de empatarlo. Ya en tiempo de descuento, Leonardo Ramos, desde los doce pasos, puso el 3 a 2 definitivo para los dirigidos por Néstor Clausen, que ganaron una vida más en su lucha por no perder la categoría. Con ese resultado, Ferro quedaba séptimo en la tabla general con 52 puntos, superado por Nueva Chicago en la pelea por un lugar en el reducido. Para colmo, en la última fecha tenía un partido chivísimo contra Defensores de Belgrano, el otro equipo que batallaba para no caer.

Trece días después, el 18 de junio, Chacarita derrotó a Racing de Córdoba por 4 a 1 con dobletes de Cerutti e Ignacio Piatti (Gustavo Bordicio descontó para los cordobeses) y Defe venció 3 a 1 a Ferro, con dos tantos de Leonardo Pekarnik y otro de Juan Ignacio Ríos. Mariano Campodónico había adelantado al Verde en el primer tiempo. Frente a ese panorama, Funebreros y Dragones debían jugar un desempate para ver quién descendía de una y quién jugaba la Promoción contra un equipo de la B Metropolitana. ¿Y Ferro? Con tres derrotas consecutivas (antes había caído ante Juventud Antoniana) se quedó afuera del reducido.

Las miradas, obviamente, recayeron sobre Héctor Rivoira, muy identificado con el cuadro de San Martín, que en el entretiempo de aquel partido sacó al enganche Diego Cochas, hasta entonces la figura, para el ingreso del delantero Ezequiel Miralles. También hay quienes aseguran que varios jugadores del conjunto de Caballito estaban comprados, algo que nunca pudo comprobarse.

Poco más de tres meses más tarde, Rivoira (dirigiendo nuevamente a Chacarita) y Ferro volvieron a cruzarse en San Martín. Tras el 0 a 0, el Chulo denunció haber sido víctima de agresiones, cuando algunas bombas molotov estallaron frente a su domicilio. Además, dijo que él y su familia habían recibido amenazas de muerte vía telefónica. “No puedo asegurar quiénes me atacaron. Pero me amenazaron por teléfono diciendo ser gente de Ferro”, declaró.

El tan ansiado reencuentro en Caballito fue el 24 de febrero de 2006. Esa noche también igualaron 0 a 0 y el DT fue recibido con puteadas, billetes de 100 dólares con su cara y banderas varias que lo acusaban de pesetero. Incluso, en medio de la barra del Funebrero (¡que vuelvan los visitantes!) había un trapo maravilloso que rezaba: “Gracias Chulo por el 3 a 2”.

Como para agregarle más misterio al asunto…

Trapasso: Dogos, Orión es argentino

Valorado como arquero, referente, campeón con varios equipos, cuestionado por sus célebres cagadas en partidos clave, sospechado de dividir vestuarios, repudiado por algunas situaciones extrafutbolísticas. Siempre protagonista, nunca ignorado. ¿Cómo Agustín Orión se iba a salvar de tener una bandera?

Nos situamos en noviembre de 2007. San Lorenzo de Almagro, de la mano de Ramón Díaz, venía de consagrarse en el torneo Clausura y tenía la intención de repetir en el Clausura, aprovechando las facilidades de un campeonato encualquierado que tendría peleando hasta el final a varios equipos chicos y que finalmente terminaría ganando Lanús.

Por aquellos días, también, otro equipo no tan popular se llevaba las miradas de propios y extraños: Los Dogos, el primer equipo gay de fútbol en Sudamérica. Habían nacido en 1997 y una década más tarde se consagrarían Campeones del Mundo representando a la Argentina. Si bien no era el único equipo nacional (había otros tres), usaba los colores de la Selección. Suficiente para que muchos se sintieran identificados.

La vuelta olímpica en la cancha de Defensores de Belgrano no pasó desapercibida. El título mundial, más un reconocimiendo de la AFA, los subió a una gira mediática que incluyó el living de Susana Giménez. El sueño del pibe (?).

Algunas semanas más tarde de aquel éxito de Los Dogos, San Lorenzo recibió a Huracán, por la 15º fecha del Apertura ’07. En el arco local, estaba Agustín Orión, al que todavía le quedaban algunos cartuchos para quemar en el club. La fatídica Copa Libertadores de 2008 aún era lejana.

Ese día, en el Nuevo Gasómetro, aparecieron algunas banderas más o menos ingeniosas, pero la que se llevó todos los aplausos fue una que estaba ubicada en la popular del Globo (llorá, todavía había visitantes) que decía “DOGOS: ORIÓN ES ARGENTINO”. Creativo, actual, punzante. Un muy buen trapo, al que por supuesto le sobraba discriminación. Pero pongamos todo en contexto. En una cancha de fútbol, esa bandera es una sutileza.

Con un cabezazo de Paolo Goltz, Huracán le terminaría empatando ese clásico al Cuervo. ¿Orión? Quedó revolcado y con las piernas abiertas, como sabiendo que el técnico de la selección lo estaba siguiendo.

Trapasso: “Gracias, Choy”

Las gastadas eran las mismas de ahora, pero en otro formato. Las redes sociales recién arrancaban y no eran populares. Casi nadie tenía Facebook. Ni hablar de Twitter. Los paints marginales circulaban por mail y todavía no habían ocupado el lugar que habían dejado los afiches de verdad, esos que Boca y River se pegaban en las calles después de cada éxito o derrota a fines del siglo pasado. Había una forma de cargar al rival y eso era a través de una bandera. Una palabra, una frase, una ocurrencia. Cualquier cosa que fuera hiriente podía ser contundente en un trapo bien colgado. Pero había que tener timing, claro.

Nos situamos en diciembre de 2006. Boca Juniors se encaminaba hacia el tricampeonato local, con 4 puntos de ventaja sobre Estudiantes de La Plata, cuando quedaban 6 en disputa. Parecía un trámite para Ricardo Lavolpe, quien había asegurado que a su equipo lo podía dirigir desde un helicóptero. Y casi que lo tuvo que pedir…para irse.

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En la fecha 18, el Xeneize tuvo la posibilidad de consagrarse en Córdoba, pero por culpa de un gol de Franco Peppino cayó 1 a 0 con Belgrano. Al mismo tiempo, en La Paternal, Estudiantes le ganaba 2 a 1 a Argentinos Juniors con un gol de Juan Sebastián Verón muy cerca del final. El Pincha quedaba a 1 punto de Boca y se acercaba a algo que parecía impensado…pero el partido no había terminado.

A los 46 minutos del segundo tiempo, un centro del Bicho terminó en la cabeza de Gonzalo Choy González para decretar el 2 a 2 que dejaría absorto al Cholo Simeone. No sólo el DT de Estudiantes vio cómo se le escurría el sueño de campeonato en pocos segundos, sino que además los hinchas platenses tuvieron que sufrir el festejo alocado del jugador uruguayo con pasado en Gimnasia, el eterno rival. Fiesta en el Bosque.

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El torneo debía definirse una semana más tarde, en la jornada 19. Boca, con 3 puntos de ventaja sobre su perseguidor, tenía todo servido para anotarse una estrella más. Hasta los pósters de tri campeón estaban preparados. No, no los virtuales, los de verdad.

El sábado 9 de diciembre, el Lobo recibió a Argentinos Juniors en pleno estado de éxtasis. No, no había nada que celebrar. O sí. Un ex jugador del Lobo le había arruinado el campeonato al Pincha. No estaba confirmado aún, pero ¿quién podía pensar lo contrario? No había tiempo para ser precavidos. Había que celebrar, era la última fecha del torneo. Había que olvidar el 7 a 0 del mismo torneo. Se venía Nochebuena, se venía Navidad. Y Papá Noel traía un regalo.

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A los carteles de agradecimiento por parte de la gente, se le sumó una plaqueta por parte de la dirigencia. ¿¡Qué!? Sí, señor. Una plaqueta donde se lo reconocía por su pasado tripero (de 2001 a 2004). Y en ese marco lo felicitaron, además, por su tan valiosa conquista. Todo esto, acompañado por una (o en realidad, más de una) bandera con una leyenda que pasaría a la historia: “GRACIAS, CHOY“.

Encima, esa noche Gimnasia ganó 1 a 0 en el Estadio Único. Parecía un fin de año redondo, pero al otro día…

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En el miso lugar donde el Lobo había celebrado anticipadamente, el León hizo su trabajo, venciendo 2 a 0 a Arsenal. Al mismo tiempo, debía esperar una mano de Lanús en la Bombonera. E increíblemente eso sucedió: Boca cayó 2 a 1 y llevó la definición a la cancha de Vélez, tres días más tarde.

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Lo que pasó después es historia conocida: Estudiantes le ganó a Boca por 2 a 1, con goles de Sosa y Pavone. Dio la vuelta olímpica y tuvo tiempo tiempo de devolver la gastada con un trapo que decía “Gracias, Choy, ja ja ja”.

Mucho más cruel y efectivo que un paint con 3.000 likes.

Trapasso: “Se fue el Papa, se fue Pappo, andate Pipo”

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Como en esas relaciones que son complicadas desde el principio, donde dos polos opuestos se atraen para empezar algo que, desde el vamos, todo el mundo sabe sabe que no puede terminar bien. Falta de piel, incomodidad, dardos venenosos, ruptura y despecho eterno. Así fue y sigue siendo el vínculo entre Néstor Gorosito y Lanús, protagonistas de una singular historia de odio que originó una gran bandera.

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Todo empezó en enero de 2005, cuando Pipo se hizo cargo del plantel granate, luego de sus experiencias en Nueva Chicago y San Lorenzo de Almagro. ¿Cuál era el estilo del entrenador? Pregonaba un fútbol ofensivo, con clase y elegancia, pero el corte colectivero de su melena enrulada parecía contradecirlo.

Después de una pretemporada en la que llegó a ganarle un clásico a Banfield en Tandil, la gente se ilusionó con el equipo para el campeonato. Había llegado Román Díaz desde México, para jugar con su hermano Rodrigo. Habían regresado Fabbiani y Ribonetto de sus experiencias sudamericanas. También había aterrizado Joaquín Irigoytía para ser suplente de Bossio. Además, estaban los experimentados Graieb, Tilger y Graf, más algunas promesas como Gioda, Valeri, Lagos y Manicero, entre otros. Material no faltaba.

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Su debut oficial fue bastante alentador, remontando un 2 a 0 y empatándole Boca en la Bombonera. Ni hablar de las siguientes presentaciones, con sendas victorias ante Gimnasia e Independiente. Y precisamente aquel 25 de febrero de 2005, el día que enfrentó al Rojo, el mundo de la música se vio sacudido por una triste noticia: la muerte de Norberto Pappo Napolitano.

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Luego del buen inicio en el torneo, Lanús agarró el camino de la irregularidad, con una derrota ante Vélez, un empate con Central y un triunfo ante el débil Huracán de Tres Arroyos. Se venía el clásico, pero primero había que ir a Santa Fe para jugar con Colón. Un día antes, el 2 de abril de 2005, el mundo se conmovió con otra noticia: la muerte del Papa Juan Pablo II.

Como si a los jugadores de Lanús los hubiese afectado esa pérdida, cayeron categóricamente ante el Sabalero por 4 a 0. Un verdadero mazazo. Algunos ya pedían una fumata blanca en Arias y Guidi. Pero aún faltaba.

Una semana más tarde, en La Fortaleza, el Granate recibió a Banfield con el ambiente caldeado. No era mala la campaña, pero había algo de Gorosito que a los hinchas no les cerraba. Tenían que ganar o ganar. Encima, el visitante jugaba con suplentes porque estaba disputando la Libertadores.

Aquel sábado a la tarde arrancó de la mejor manera. Gorosito con saco beige (?) y Paletta haciéndose un gol en contra. La fortuna parecía estar del lado del local, pero enseguida el Taladro lo dio vuelta. En la segunda mitad, cuando Lanús empató transitoriamente con una jugada de los hermanos Korioto Díaz, Pipo se dio vuelta y se lo dedicó a unos plateístas. Los puteó, bah.

Lamentablemente para Gorosito, el clásico lo terminaría ganando Banfield por 4 a 2. Y todo lo que vino después fue un boomerang de aquellos insultos. El Grana no hizo un mal campeonato: terminó octavo, con 28 puntos. Pero a la gente no le importaba.

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Para el Apertura, se fueron los hermanos Díaz y varios más. Llegaron futbolistas Made In Gorosito, como Carreño y Fioretto. También Diego Ceballos, desde Banfield. Como era de esperar, no fueron buenos refuerzos.

Lanús se convirtió rápidamente en una máquina de perder y empatar. El DT, que era repudiado por todos los hinchas, ni siquiera tenía paz en las victorias: en el 2 a 1 ante Gimnasia de Jujuy fue insultado constantemente por un plateísta y su hijo, a lo que Gorosito luego respondió con una frase que quedó marcada: “Padre boludo, hijo boludo”.

A la fecha siguiente, ante Instituto, los hinchas mostraron varias banderas contra el entrenador, como una que decía “Marido impotente, cornudo conciente”, vaya a saber uno con qué fundamento (?). Pero estamos hablando de simples banderas que apenas sacaban una sonrisa. Todavía faltaba el hit.

El 19 de septiembre de 2005, Lanús visitó a San Lorenzo. Y esa tarde noche arrancó ganando gracias a Pelletieri, pero se lo terminó empatando el Pocho Lavezzi. Anécdotas del juego. Lo verdaderamente importante pasaba en las tribunas.

En la popular visitante del Nuevo Gasómetro, ahí donde Gorosito había sido ídolo como jugador, un trapo blanco de pequeñas dimensiones pero con claras intenciones, escupía tres frases en aerosol: “Se fue el Papa, se fue Pappo, andate Pipo”. Contexto, reclamo e ingenio. La síntesis hecha bandera. Ni siquiera necesito de un insulto. Pura clase. Una obra de arte que terminó por eyectar al DT de su lugar, aunque luego el protocolo del fútbol haya encontrado otras explicaciones.

Gorosito cobró el sueldo aguantó hasta donde pudo y finalmente, tras caer 4 a 1 con el River de Mostaza Merlo, renunció para darle lugar a Ramón Cabrero y Luis Zubeldía.  Fueron 32 partidos los de Pipo en el Granate, con 10 victorias, 12 empates y 10 derrotas. Pero la cosa no terminó ahí.

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Cada vez que el técnico tiene que enfrentar a Lanús, los medios saben que habrá alguna secuela. En 2007, por ejemplo, Gorosito se animó a decir que “el 70% del Sur es de Banfield”. Y los hinchas del Grana, por supuesto, le pusieron una bandera que decía: “De un padre boludo sale un hijo boludo, Gorosito tu viejo es un boludo”.

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Dos años más tarde, en la Sudamericana, el DT volvió a ir al Sur con River y fue recibido con varios carteles alusivos a los porcentajes, como algunos que decían “70% Inútil – 30% Vago”“100% fracaso”. Para colmo, fue derribado por Biglieri y quedó eliminado de la Copa. ¿Se quedó callado el ex San Lorenzo? Ni ahí.

En 2013, dirigiendo a Tigre, dijo: “Hoy hacía mucho frío en la cancha, por la hora no tengo problema. Capaz que si no jugaba Lanús no hacía tanto frío”.

Frases y más frases de despecho de una relación enfermiza, que con tantas idas y vueltas nos deja algo en claro. Gorosito nunca se fue. Y Pappo no se murió.

 

Trapasso: “In$úa traidor” de Independiente en Alemania

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Palabras, palabras, palabras… dicen, quienes saben y quienes no, que las palabras hieren mucho más que la espada. Por bronca, desamor, descontento, envidia, descargo o por la razón que fuere -siempre de índole negativo- la concatenación de palabras que son enviadas para lastimar suelen acarrear un triste efecto irreversible. Más aún, cuando uno se las dice a otro ser humano con quien, en algún momento, hubo un ida y vuelta de afecto… en el mundo del fútbol, claro, las palabras más dolorosas son las que se escriben, porque logran el preciado don de la inmortalidad.

Hay sensaciones futbolísticas que, por el paso del tiempo y por el advenimiento de nuevos acontecimientos, quedan olvidadas como si nunca hubiesen existido. Porque, como todo, son apenas el reflejo de un momento. Por ejemplo: es muy difícil explicarle a un futbolero que no lo vio en su plenitud la sensación de miedo que daba Javier Saviola en los hinchas rivales. Pánico, para ser precisos. Totalmente contrastable, claro, a la especie de hazmerreír en la que se convirtió durante los primeros meses de su vuelta al fútbol argentino a mediados de 2015.

¿A qué vamos con todo esto? A que desde su aparición como jugador de Argentinos Juniors y como miembro estable de las selecciones juveniles -allá por 1997- todo el mundo sentía que Federico Insúa había nacido para ser jugador de Independiente de Avellaneda. ¿Y en qué se basaba ésta apreciación? En la nada misma, obvio. Tal vez por instinto, por paladar, por fisic du rol o por cualquier otro intangible, tanto periodistas, como hinchas y hasta empresarios y dirigentes sabían que la llegada del Pocho a la Doble Visera era inminente. Y esa sensación vivió durante algunos años…

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El día de la llegada de Insúa a Independiente finalmente llegó a principios de 2002. Y el furioso amor, entre hinchas y jugador, no es que pareció instantáneo sino que se asemejó al desencadenante del deseo de dos niños que crecieron juntos y que esperaron una relativa madurez para darle rienda suelta a su pasión. Misma emoción que se potenció cuando El Pocho se convirtió en el más preciado accesorio de lujo en la obtención del Apertura ’02. Idilio.

“Estoy desesperado, se me va el 10. Quiero llorar…”, esas palabras desequilibradas corresponden al entonces Presidente de Independiente, Andrés Ducatenzeiler, cuando el volante se marchó al Málaga español a mediados de 2003. Y, por supuesto, reflejaban el apesadumbrado sentir de todos los hinchas. El bálsamo al sufrimiento apareció un año después cuando renunció Ducatenzeiler se murió Pastoriza El Pocho volvió a la institución.

Un gol a Almagro a los 10 minutos de su vuelta, dos tantos a Boca en una tarde inspirada y el mismo confiable nivel de siempre, fueron más que suficientes para mantener efervescente el romance con la gente del Rojo, que ya fantaseaba con verlo como el Jedi del Padawan que asomaba desde inferiores: El Kun Agüero.

Sin embargo, nadie en Independiente se preocupó por marcar una tilde en la regla más básica de amor: tener la certeza que la contraparte, al menos mientras dura el enamoramiento, es propiedad de uno. E Insúa no lo era. Y peor aún, nadie se había preocupado por que lo fuera.

Así las cosas, los dueños del pase del Pocho escucharon ofertas, hicieron números y decidieron vender la ficha de Federico Insúa a Boca Juniors, donde jugó la temporada 2005/06, ganó los cuatro títulos que disputó, tuvo un nivel superlativo y además…

Un año después, El Xeneize vendió al volante al Borussia Mönchengladbach por el doble del precio al que lo había adquirido. Y fue ahí, jugando en la Bundesliga, cuando el 26 de noviembre de 2006 un hincha de Independiente dejó en evidencia su despecho durante el partido que el equipo del Pocho perdió 1 a 0 como visitante ante el VFB Sttugart.

“IN$UA TRAIDOR EL ROJO NO PERDONA” fue la inesperada bandera que un hincha de Independiente -que había hecho buenas migas con aficionados teutones durante el Mundial 2006- le dedicó al jugador como esos novios abandonados que van totalmente borrachos a hacer un espectáculo patético años después de muerta la relación. Nada más para decir sobre eso, cada quien digiere el dolor como puede…

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América y Necaxa de México, otra vez Boca Juniors, Busarspor de Turquía y Vélez Sársfield fueron las amantes de Insúa en la época en que fue perdiendo vigor y vitalidad ¿Y qué le quedaba? Volver a los brazos de la ninfa que más lo amó y que encima necesitaba de él. Y así, a comienzos de 2014, después de casi 9 años de recelo y reproches, El Pocho e Independiente tuvieron sus terceras nupcias para intentar que el equipo de Avellaneda abandonase el Nacional B, objetivo que se logró, a duras penas pero se logró.

Sin embargo, apareció un tercero en discordia de nombre Jorge y de apellido Almirón, que apenas utilizó al veterano volante durante escasos 10 minutos. Encima, Insúa cometió la herejía de querer cobrar viejas deudas y, tras depositar dos cheques, el Presidente Hugo Moyano lo echó por teléfono, obligando al Pocho a entrenarse con la Reserva. Punto final.

Si bien hubo un mínimo descontento, los hinchas del Rojo estaban más molestos por la marcha del equipo que por el exilio del jugador. El mundo siguió girando, por más que haya muerto el amor…

“¿Where Shall I Go? ¿What Shall I Do? // Frankly, My Dear, I Dont Give A Damn”
“¿Adonde Iré? ¿Qué haré? // Francamente, Mi Querida, Me Importa Un Bledo”
(Línea final entre Scarlett O´Hara y Rhett Butler, Lo Que El Viento Se Llevó, 1939)

Trapasso: “Hagan 1 gol” de Ferro

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Probablemente, al momento de confeccionar esta obra de arte, su creador no imaginó que estaba manufacturando uno de los trapos más trascendentales, podríamos afirmar, de toda la historia del fútbol profesional argentino. Si con el simple hecho de decir “Bandera de Ferro”, el 90 % de nosotros sabemos de qué estamos hablando. Es más, la “Bandera de Ferro” es la más acabada prueba de cómo un improvisado lienzo con unas cuantas letras puede dejar de ser un simple objeto para transformarse en una inmortal sensación… como la inseguridad, aunque en este caso de muertez (?).

Sin ánimos de gastar al rival, sin la intención de termear, sin buscar aparecer en la tele o en Olé, aunque, eso si, con el poder propio del hincha como protagonista necesario del fútbol, algún anónimo logró mostrar su descontento hacía su equipo con las dosis justas de simpleza, resignación, desesperanza e ironía; sin agresiones y utilizando apenas un número y dos palabras: “Hagan 1 gol”… y ese trapo a nadie le pasó desapercibido.

Nos ubicamos en el barrio porteño de Caballito, 28 de marzo de 1999, cuarta jornada del Clausura. Ferrocarril Oeste – que se encontraba último sin puntos producto obvio de 3 derrotas- recibía a Belgrano de Córdoba en un encuentro clave en la lucha por no descender. A la necesidad de ganar se le sumaba un pequeño detalle: no habían convertido un solo gol en todo el campeonato que, eso si, recién había arrancado. No parecía taaaan grave…

Y fue ahí, precisamente ahí, cuando la bandera hizo su debut para risas de propios y estupor de ajenos. Es más, hoy, con el diario de dos décadas después, podemos afirmar que la burla fue el pináculo de la contraproducencia, ya que El Verdolaga perdió ese partido por 1 a 0. ¿Eso sólo? Para nada, después sumó cinco empates consecutivos ¿Algo más? Por supuesto, fueron todos sin abrir el marcador ya que, como una maldición, los discípulos de Cacho Saccardi no lograron batir nunca al arco rival. La única alegría, claro, la dio el trapo, que apareció desafiante en todos los encuentros disputados como local.

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Y fue así que, después de 875 minutos, 9 partidos enteros (Boca, Gimnasia, Huracán, Belgrano, Newell´s, Racing, Platense, Colón, Vélez) 137 días, un cambio de almanaque, una estación completa en el medio y de sembrar vergüenza ajena y hasta lástima en todo el país; los hinchas de Ferro pudieron volver a vociferar un tanto cuando Cristian Chaparro venció a Roberto Bonano, de River Plate, a los 63 minutos del empate 2 a 2 por la décima fecha de aquel campeonato. ¡Milagro!

Una gran deformación de Caballito entraba en la historia como el equipo que más tiempo estuvo sin vencer a la valla contraria en toda la historia del profesionalismo y como el más pobre arranque de Torneo de un club en lo que a goles se refiere… ¿Pudo haberse evitado? Seguramente no, tenían en ese equipo al Colorado Mc Allist*r y en el pecho de su camiseta decía Parmal*t.

De momento, solo de momento, un gran trapo de nuestro fútbol perdía su razón de ser y pasaba a la eternidad… ¡HAGAN 1 GOL!