Trapasso: «El General Güemes nació en Jujuy»

La imagen corresponde a la popular visitante en un partido entre Argentinos Juniors y Gimnasia y Esgrima en 2006, aunque esa no fue la única vez en la que esta denuncia (?) salió a la luz. “El General Güemes nació en Jujuy”, afirmaban los hinchas del Lobo jujeño, golpeando a sus vecinos salteños en donde más les duele: el dudoso lugar de nacimiento del prócer más famoso del noroeste argentino.

Es que la rivalidad entre los pobladores de ambas provincias va mucho más allá de una cuestión deportiva. Desde épocas inmemoriales (?) son enemigos naturales, como ingleses y escoceses, o galeses y escoceses, o japoneses y escoceses, o escoceses y otros escoceses.

El punto de partida de este enfrentamiento puede fijarse en 1834, cuando Jujuy declaró su autonomía. Desde entonces, cada tanto, surgen disputas que van desde lo cultural hasta lo geográfico. Esto incluye antinomias como Los Tekis vs. Los Nocheros, o la discusión sobre que atractivo turístico es más importante: la Quebrada de Humahuaca o el Tren a las Nubes.

Los debates no se limitan a cuestiones actuales: mientras unos se enorgullecen de formar parte de la historia del país a través del Éxodo Jujeño, otros sienten lo mismo al compartir origen con Martín Miguel de Güemes, que como todos sabemos, nació en Salta. ¿O no?

Según investigaciones recientes, la familia del General estaba viajando a esta ciudad desde San Salvador, cuando su madre comenzó el trabajo de parto. Antes de llegar a destino, dio a luz a su hijo en una zona de quintas, ubicadas actualmente en la provincia de Jujuy.

¿Será esta la verdad? ¿Se tratará solo de un mito? Sea como sea, la parcialidad de Gimnasia aprovechó el auge por el revisionismo histórico para anotarse un puntito. Bien por ellos.

Trapasso: las banderas para Fabbiani

Eran tiempos en los que los futbolistas no usaban Twitter o Instagram. Hacerles llegar un mensaje hiriente no era tarea fácil. El bullying cibernético a gran escala aún no estaba perfeccionado: la mecha que encendía una fogata de burlas no provenía de las redes. En el caso del fútbol, las muestras de ingenio al servicio de la maldad estaban en las tribunas. Y se veían reflejadas en las banderas. Cristian Fabbiani pudo dar fe.

Rara vez fue cuestionado por sus habilidades futbolísticas. Por eso, este lienzo de 2007 refleja lo que los hinchas de Lanús sentían cada vez que le llegaba la pelota: placer. «Fabbiani: fútbol erótico». Cortito y contundente.

El Ogro dejó el sur del GBA y voló hacia Rumania. En 2008 regresó al país y se instaló en Rosario. Su paso por Europa le había dado fama mediática por su fallida convivencia con Amalia Granata, y su imagen no hacía más que llamar la atención. Su talento, también. Y su filosa lengua, ni hablar.

En la previa de la 8ª fecha de aquel Torneo Apertura, el delantero se había referido a las dimensiones del campo de juego de la cancha de Argentinos. La respuesta de los hinchas del Bicho fue una de las más sutiles: «Fabbiani: la cancha no es chica… vos estás gordo». Él eligió contestar en la cancha: Newell’s ganó 4 a 0 con un gol suyo.

Algo similar ocurrió en la 15ª jornada. La gente de San Lorenzo provocó con «Fabiani vomitá el fitito». Seguramente ofendido porque habían escrito mal su apellido, metió un golazo y dio una asistencia para que la Lepra empatase sobre la hora un partido que parecía perdido.

En el primer semestre de 2009, la Ogromanía alcanzó su punto máximo: su llegada a River, su romance con Victoria Vanucci, su peso. Todos hablaban del hombre del momento. Hasta Alberto Cormillot, médico especialista en nutrición, se refirió a su estado físico: «me encantaría darle una mano y que venga a mis clínicas. Para mí, sería un honor».

En su debut por el torneo local, el Millonario debía visitar a Rosario Central. Y los mensajes no se hicieron esperar. Mientras que el local no se olvidaba de su reciente paso por el adversario de toda la vida («Fabbiani no estás gordo, Newell’s es chico»), su nuevo público lo apoyaba.

Es que, teniendo todo arreglado para sumarse a Velez, Fabbiani había dado un giro en las negociaciones para jugar para el club de sus amores. La gente supo retribuir este gesto con aplausos, caretas de Shrek y banderas. «Gracias ‘Ogro’ por elegir con el corazón», decía una de ellas.

Aunque después de un buen arranque su nivel fue decayendo, las hinchadas rivales no tenían descanso. Con la colorida «Fabbiani: seguís sin vomitar el fitito», los fanáticos de San Lorenzo insistían con clásico hábito de ingerir un Fiat 600 como si fuera un plato de ravioles. Alcanza con ver el modelo del auto para identificar la originalidad del chiste. Viejísimo.

Mientras tanto, la platea de Vélez no se olvidó de lo que había sucedido en el último mercado de pases, y le dedicó otro trapo: «Fabbiani: las vacas comen pasto; no te morfes el del Amalfitani», y la hiriente «Fabbiani, vos te lo perdés. Acá concentramos con asados».

Un poco más arriesgado en cuanto a la creatividad, pero no menos gordofóbico, fue lo que sucedió en La Bombonera. El histórico lienzo que contaba los goles de Palermo quedó a la sombra de uno muy especial: el Fabbiani countdown, que en lugar de goles, contabilizaba kilos. En aquel clásico, también se vio otro con la frase «Ogro: vas a ir a Japón pero para hacer sumo».

En 2010, el atacante dejó River y, como consecuencia, se corrió del centro de la escena. Continuó defendiendo los colores de All Boys, Independiente Rivadavia y Sports Boys (Bolivia). Los trapos con dedicatorias fueron desapareciendo, o ya no tuvieron el rebote mediático que causaban anteriormente.

Sin embargo, su nombre (o su apodo), siguió estando presente en algún que otro estandarte. Por ejemplo, el que mostraron los jugadores de Estudiantes de San Luis en 2015. Con un Fuerza Ogro le mandaban buenas vibras antes de ser operado por un tumor en el gemelo derecho. La operación salió bien y pudo seguir jugando varios años más. Los suficientes para llegar al centenar de goles y recibir el agasajo que merecía.

En 2019, alcanzó la cifra redonda y los hinchas de Deportivo Merlo, su club, lo homenajearon con una prolija bandera que tomaba las palabras que Ronaldo le había dedicado un tiempo atrás: «Los gorditos hacemos la diferencia». Además, la gente del Charro le agregó: Los 100 goles lo confirman. Por fin, después de tantas bromas, había llegado su revancha. ¡Mirá de quién te burlaste!

 

Trapasso: «Ronaldo você não existe»

Los argentinos tenemos el mejor público del mundo. Este mito, que varios músicos internacionales confirman cada vez que dan un show en el país, no se puede aplicar de ninguna manera a los partidos de la Selección Argentina. Suele tratarse de una afluencia fría, distante, poco conectada con el espectáculo y que encima dice ser una barra quilombera. ¿Quieren a las familias en los estadios? Bueno, ahí tienen.

Otra de las características de los hinchas de la Selección es su capacidad para causarle vergüenza ajena al futbolero promedio, ese que prefiere cualquier triunfo de su equipo por sobre el rendimiento del combinado nacional. Tal vez esto cambia al momento de un Mundial. Está bien, ese desliz se permite una vez cada cuatro años.

Aun así, cuando en 2014 el insoportable Brasil decime que se siente sonaba todo el día en época mundialista, aquel que sabía un poco de historia del balompié (?) sentía que una parte de esa canción no estaba del todo acertada. Estás llorando desde Italia hasta hoy, gritaban a todo pulmón los fanáticos de la celeste y blanca. ¿Es necesario nombrar los logros de uno y otro equipo desde 1990 hasta aquellos días? El futbolero lo entiende, hermano.

Claro que esta costumbre de autohumillarse no nació en el Siglo XXI. Por ejemplo, el término “campeones morales” que supimos adjudicarnos en los años 40, fomentó la creencia de que éramos los mejores, pero que no lo podíamos demostrar porque el mundo estaba en nuestra contra. Qué cringe.

De esta manera, llegamos al 4 de septiembre de 1999. Argentina recibe a Brasil en el estadio Monumental, un amistoso que tendrá su revancha unos días más tarde en Porto Alegre. Y ahí está, colmando las tribunas, nuestra gente.

La Verdeamarela llega como subcampeón mundial y campeón continental. ¿Su jugador más destacado? Ronaldo Luís Nazário de Lima, elegido como el mejor del mundo por la FIFA en 1996 y 1997. Además, era el último goleador de la Copa América jugada un par de meses antes, donde su selección dejó eliminada a la nuestra… con un gol suyo, obvio.

Aquella tarde, un trapo colgado de una de las populares le enviaba un mensaje al delantero: Ronaldo você não existe. Ni burla, ni agresión. Era más bien una expresión de deseo.

Ojalá que O Fenómeno nunca la haya visto. En ese caso, nuestras más sinceras disculpas por tener al peor público del mundo.

Trapasso: «Qué mirás puto»

Futbolistas que no se depilaban. Las cámaras de El Aguante. Combates en el transporte público. Los goles en TN Deportivo. Y ahí, colgada del alambrado, en una tarde cualquiera de sábado (extraña vez se jugaba otro día), un pedazo de tela que discriminaba tanto a homosexuales como a no videntes (?).

Esta bandera es un mitológico trapo de Ituzaingó, aunque podría haber sido de cualquier otro. Es que, más allá de los colores, no buscaba mostrar pertenencia. Tampoco jugaba con alguna frase motivadora sacada de alguna canción, ni siquiera era un mensaje de aliento. Era simplemente una agresión. Obviamente, no se trataba de una cosa tan grave como para generar una respuesta violenta por parte de quien se atreviera a mirar. Esto tenía otras intenciones, el mensaje era divertirse, ser cómico.

Así era el típico humor de los 90’s y primeros años del Siglo XXI. Ser diferente, o más bien el concepto de creer al otro diferente, era motivo de burla. Bueno, para muchos sigue siendo igual. Sobre todo en las canchas, donde las costumbres son las mismas de siempre: el agravio más típico tiene que ver con la elección sexual. Está incorporado en los insultos y en las canciones. Se transmite de generación en generación.

Los años pasan, pero los tiempos no cambian. Por eso un lienzo de este estilo puede seguir flameando de cara a la hinchada rival (si hubiera visitantes, claro) y nadie se va a molestar ni a sentirse aludido. Tal vez, hasta nos siga pareciendo gracioso. Y así seguimos mirando. Mirando para otro lado.

Trapasso: Las banderas de River para El Tolo

A todos los futboleros nos sucede, con seguridad, que hay ciertos ídolos, personajes, costumbres y/o instalaciones de nuestro club o selección, sobre los cuales no sentimos ningún afecto, cariño, empatía, reconocimiento o consideración ¿Y por qué razón? Lo primero que podríamos argumentar es que C´Est La Vie… Y, probablemente, esa sea la más valedera justificación.

También, puede haber ocurrido que nos hayan ofendido ciertas actitudes del protagonista en cuestión -tanto ínfimas como supremas o ambas- que logran ponernos histéricas, soporíferas e irritables, como hace una candente adolescente con el pibe que la desvirgó (?).

Ya expuesto el asunto, solo resta preguntarles a ustedes, hinchas de River Plate ¿Qué onda papi (?) con el Tolo Gallego?

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Américo Rúben Gallego llegó a River Plate en 1981, procedente de Newell´s Old Boys y con la medalla de campeón del mundo colgando del cuello. Mediocampista central aguerrido, vivo y kapanga del vestuario; con su nivel futbolístico mandó al banco a un prócer e hijo pródigo de la casa como Reinaldo Carlos Merlo. Además, ganó dos títulos domésticos y fue el primer capitán Millonario en levantar las copas Libertadores, Intercontinental e Interamericana… méritos suficientes como para ser amado por el resto de sus días ¿no?

Pero la cosa no terminó ahí. Una vez retirado de la actividad en 1988 y tras un breve paso como entrenador por las divisiones inferiores de La Banda, fue el primera guitarra del cuerpo técnico de Daniel Passarella (el bajo lo tocaba Alejandro Sabella) en el exitoso primer ciclo del Kaiser al frente de River Plate (1989/94). El Tolo, puertas adentro, ejercía como un balanceante personaje de comedia, entre lo libertario de Pachorra y lo milico del otrora Gran Capitán.

La gloria como director técnico le llegó a Gallego luego de ganar en forma invicta el Apertura ’94; torneo en el que dirigió al equipo en solitario por que sus compañeros de formula ya habían agarrado el timón de la Selección Argentina. Tras renunciar a la institución para acompañar a Daniel Alberto en el combinado nacional, llegaron las primeras miradas de reojo por parte del pueblo Millonario. Bah, en realidad eso y haber avalado la llegada del Inglés Carlos Lord Voldemort Babington al frente del primer equipo. No era para menos.

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Tras cuatro tumultuosos años coronados con el cabezazo de Ortega a Van der Sar y luego de un chaplinesco Mal Pase con el Betis de España, en febrero de 2000 Américo Gallego regresó al mando del primer equipo de River Plate de una manera sorpresiva y con demasiada baranda a opereta.

¿Por qué razones? Porque el entonces actual campeón Ramón Díaz fue “renunciado” 48 horas antes del arranque del Clausura; porque el exiliado en Colón de Santa Fe por el riojano, Hernán Díaz, ya había regresado a Capital luego de una sugerente tapa de la extinta revista Mística de Olé y porque el propio Tolo ya había realizado una entrevista con sesión de fotos para El Gráfico. Dolidos por un incondicional amor hacía El Pelado Díaz, ciertos hinchas de River tomaron nota de estas “sutilezas” y esperaron el momento oportuno para facturarlo. Tanto a la Comisión Directiva como al viejo nuevo entrenador.

La cosa, como era de esperar, se le pudrió al Tolo en mayo de 2000. Con buen paso e invicto en el torneo local y luego de ganarle por 2 a 1 a Boca Juniors el partido de ida de los Cuartos de Final de la Copa Libertadores, Gallego prosiguió hasta el hartazgo con un discurso soberbio, ególatra y narcisista, en principio destinado a generar el malestar en los rivales. Pero que se le volvió totalmente en contra cuando manifestó: “para estar en la bandera de Angelito y Ramón hay que satisfacer a los hinchas de otra manera”, dando a entender, quizás, que había que poner un diezmo (?) para que tu caripela sea inmortalizada con aerosol. ¿A vos te parece?

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A eso, en desmedro del Tolo, le prosiguió a los pocos días la hiriente eliminación de la Copa Libertadores por 3 a 0 frente a Boca (con la frase “si ellos ponen a Palermo yo lo pongo a Enzo” y el posterior muletazo del Loco, incluidos) y 96 horas después la pérdida del invicto por el torneo local con un tremendo e inolvidable zapatazo del peruano Juan José Jayo de Unión de Santa Fe que enmudeció al Monumental.

Más allá de aquellos resultados deportivos, el espectador neutral, si es que existe, sintió que algo se quebró para siempre entre Américo Rubén Gallego y la gente de River Plate. Los Millonarios, o gran parte de su gente, argumentaron que el entrenador no respetó la lírica historia futbolística de la entidad y que por eso el rival de toda la vida había llegado a Tokio. Por su parte, el entrenador no dudaba en echar las culpas de todo malestar a jugadores del plantel que no habían superado los 22 años, lo cual irritaba aún más a los hinchas de La Banda. ¿Qué es primero? ¿El descenso huevo o La Gallina? Es más, ganaron el Clausura 2000 con el trinomio Aimar/Ángel/Saviola y, al parecer, nadie, pero nadie, lo celebró.

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¿Y qué le siguió a todo eso? El histórico River Plate de Los Cuatro Fantásticos que perdió, insólitamente y como local, el torneo vernáculo frente a Boca por culpa del paraguayo Derlis Soto de Huracán. Un casi paro cardíaco que sufrió el entrenador en el Torneo de Verano de Mar del Plata 2001, cuando tanto hinchas de San Lorenzo como de River cantaron “se desmaya / El Tolo se desmaya” al ritmo de “It´s a Heartchade” de Bonnie Tyler. Y dos dolorosas orteadas por 3 a 0: la que los eliminó de la Copa Libertadores de 2001 frente al Cruz Azul de México y la que sufrieron frente a Boca en La Bombonera por el Clausura 2001, la tarde que nació El Topo Giggio.

Todo eso, amén de haber perdido dicho torneo con el paraguayo Derlis Soto de Huracán otra vez como verdugo y de haber soportado Gallego la humillación de que le saquen a medio cuerpo técnico y que las órdenes las diera el recién llegado Patricio Hernández mientras al Tolo lo exhibían, medio gagá, como a Juan Pablo II en su última etapa.

En medio de todo eso, muchas banderas en el estadio (además de la que ilustra este post) y tapas de periódicos que despotricaban contra el entrenador desde la misma interna del club. Una idolatría que debería ser incuestionable y que, sin embargo, Américo Rubén Gallego perdió por haberse ido de boca ¿De boca? No, muchachos, de Boca era Passarella y le contaba a la abuela como iba a matar a esas gallinas de mierda…

 

Trapasso: «Hoy nos visita Judas, el traidor»

El 24 de marzo de 2007, Ferro Carril Oeste y Chacarita volvieron a verse las caras en el estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri, en un nuevo regreso de Héctor Rivoira a Caballito, cargado de insultos y repudio. En una de las tribunas, apareció un trapo que decía “Hoy nos visita Judas, el traidor”, desde entonces una fija que adorna el paisaje cada vez que el Chulo visita Avellaneda 1240.

La relación entre el entrenador (que había asumido en diciembre de 2004, luego de la desvinculación de Josema Castro) y la hinchada del Verdolaga ya venía medio tensa, pero se rompió para siempre el 5 de junio de 2005. Esa tarde, por la 18ª fecha del torneo Clausura de la B Nacional 2004/05, Ferro, comandado por Rivoira y con muchas chances de meterse en el reducido por la segunda Promoción, recibía a Chacarita, muy comprometido con el descenso.

El local se puso en ventaja a los 12 del primer tiempo por intermedio de Iván Juárez. En el complemento, a los 10, Luis Cerutti lo igualó para los de San Martín. A los 22’, Alejandro Meloño lo dio vuelta para el Funebrero. Mariano Campodónico, de penal a los 34’, se encargó de empatarlo. Ya en tiempo de descuento, Leonardo Ramos, desde los doce pasos, puso el 3 a 2 definitivo para los dirigidos por Néstor Clausen, que ganaron una vida más en su lucha por no perder la categoría. Con ese resultado, Ferro quedaba séptimo en la tabla general con 52 puntos, superado por Nueva Chicago en la pelea por un lugar en el reducido. Para colmo, en la última fecha tenía un partido chivísimo contra Defensores de Belgrano, el otro equipo que batallaba para no caer.

Trece días después, el 18 de junio, Chacarita derrotó a Racing de Córdoba por 4 a 1 con dobletes de Cerutti e Ignacio Piatti (Gustavo Bordicio descontó para los cordobeses) y Defe venció 3 a 1 a Ferro, con dos tantos de Leonardo Pekarnik y otro de Juan Ignacio Ríos. Mariano Campodónico había adelantado al Verde en el primer tiempo. Frente a ese panorama, Funebreros y Dragones debían jugar un desempate para ver quién descendía de una y quién jugaba la Promoción contra un equipo de la B Metropolitana. ¿Y Ferro? Con tres derrotas consecutivas (antes había caído ante Juventud Antoniana) se quedó afuera del reducido.

Las miradas, obviamente, recayeron sobre Héctor Rivoira, muy identificado con el cuadro de San Martín, que en el entretiempo de aquel partido sacó al enganche Diego Cochas, hasta entonces la figura, para el ingreso del delantero Ezequiel Miralles. También hay quienes aseguran que varios jugadores del conjunto de Caballito estaban comprados, algo que nunca pudo comprobarse.

Poco más de tres meses más tarde, Rivoira (dirigiendo nuevamente a Chacarita) y Ferro volvieron a cruzarse en San Martín. Tras el 0 a 0, el Chulo denunció haber sido víctima de agresiones, cuando algunas bombas molotov estallaron frente a su domicilio. Además, dijo que él y su familia habían recibido amenazas de muerte vía telefónica. «No puedo asegurar quiénes me atacaron. Pero me amenazaron por teléfono diciendo ser gente de Ferro», declaró.

El tan ansiado reencuentro en Caballito fue el 24 de febrero de 2006. Esa noche también igualaron 0 a 0 y el DT fue recibido con puteadas, billetes de 100 dólares con su cara y banderas varias que lo acusaban de pesetero. Incluso, en medio de la barra del Funebrero (¡que vuelvan los visitantes!) había un trapo maravilloso que rezaba: “Gracias Chulo por el 3 a 2”.

Como para agregarle más misterio al asunto…

Trapasso: «Dogos, Orión es argentino»

Valorado como arquero, referente, campeón con varios equipos, cuestionado por sus célebres cagadas en partidos clave, sospechado de dividir vestuarios, repudiado por algunas situaciones extrafutbolísticas. Siempre protagonista, nunca ignorado. ¿Cómo Agustín Orión se iba a salvar de tener una bandera?

Nos situamos en noviembre de 2007. San Lorenzo de Almagro, de la mano de Ramón Díaz, venía de consagrarse en el torneo Clausura y tenía la intención de repetir en el Clausura, aprovechando las facilidades de un campeonato encualquierado que tendría peleando hasta el final a varios equipos chicos y que finalmente terminaría ganando Lanús.

Por aquellos días, también, otro equipo no tan popular se llevaba las miradas de propios y extraños: Los Dogos, el primer equipo gay de fútbol en Sudamérica. Habían nacido en 1997 y una década más tarde se consagrarían Campeones del Mundo representando a la Argentina. Si bien no era el único equipo nacional (había otros tres), usaba los colores de la Selección. Suficiente para que muchos se sintieran identificados.

La vuelta olímpica en la cancha de Defensores de Belgrano no pasó desapercibida. El título mundial, más un reconocimiendo de la AFA, los subió a una gira mediática que incluyó el living de Susana Giménez. El sueño del pibe (?).

Algunas semanas más tarde de aquel éxito de Los Dogos, San Lorenzo recibió a Huracán, por la 15º fecha del Apertura ’07. En el arco local, estaba Agustín Orión, al que todavía le quedaban algunos cartuchos para quemar en el club. La fatídica Copa Libertadores de 2008 aún era lejana.

Ese día, en el Nuevo Gasómetro, aparecieron algunas banderas más o menos ingeniosas, pero la que se llevó todos los aplausos fue una que estaba ubicada en la popular del Globo (llorá, todavía había visitantes) que decía «DOGOS: ORIÓN ES ARGENTINO». Creativo, actual, punzante. Un muy buen trapo, al que por supuesto le sobraba discriminación. Pero pongamos todo en contexto. En una cancha de fútbol, esa bandera es una sutileza.

Con un cabezazo de Paolo Goltz, Huracán le terminaría empatando ese clásico al Cuervo. ¿Orión? Quedó revolcado y con las piernas abiertas, como sabiendo que el técnico de la selección lo estaba siguiendo.

Trapasso: «Gracias, Choy»

Las gastadas eran las mismas de ahora, pero en otro formato. Las redes sociales recién arrancaban y no eran populares. Casi nadie tenía Facebook. Ni hablar de Twitter. Los paints marginales circulaban por mail y todavía no habían ocupado el lugar que habían dejado los afiches de verdad, esos que Boca y River se pegaban en las calles después de cada éxito o derrota a fines del siglo pasado. Había una forma de cargar al rival y eso era a través de una bandera. Una palabra, una frase, una ocurrencia. Cualquier cosa que fuera hiriente podía ser contundente en un trapo bien colgado. Pero había que tener timing, claro.

Nos situamos en diciembre de 2006. Boca Juniors se encaminaba hacia el tricampeonato local, con 4 puntos de ventaja sobre Estudiantes de La Plata, cuando quedaban 6 en disputa. Parecía un trámite para Ricardo Lavolpe, quien había asegurado que a su equipo lo podía dirigir desde un helicóptero. Y casi que lo tuvo que pedir…para irse.

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En la fecha 18, el Xeneize tuvo la posibilidad de consagrarse en Córdoba, pero por culpa de un gol de Franco Peppino cayó 1 a 0 con Belgrano. Al mismo tiempo, en La Paternal, Estudiantes le ganaba 2 a 1 a Argentinos Juniors con un gol de Juan Sebastián Verón muy cerca del final. El Pincha quedaba a 1 punto de Boca y se acercaba a algo que parecía impensado…pero el partido no había terminado.

A los 46 minutos del segundo tiempo, un centro del Bicho terminó en la cabeza de Gonzalo Choy González para decretar el 2 a 2 que dejaría absorto al Cholo Simeone. No sólo el DT de Estudiantes vio cómo se le escurría el sueño de campeonato en pocos segundos, sino que además los hinchas platenses tuvieron que sufrir el festejo alocado del jugador uruguayo con pasado en Gimnasia, el eterno rival. Fiesta en el Bosque.

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El torneo debía definirse una semana más tarde, en la jornada 19. Boca, con 3 puntos de ventaja sobre su perseguidor, tenía todo servido para anotarse una estrella más. Hasta los pósters de tri campeón estaban preparados. No, no los virtuales, los de verdad.

El sábado 9 de diciembre, el Lobo recibió a Argentinos Juniors en pleno estado de éxtasis. No, no había nada que celebrar. O sí. Un ex jugador del Lobo le había arruinado el campeonato al Pincha. No estaba confirmado aún, pero ¿quién podía pensar lo contrario? No había tiempo para ser precavidos. Había que celebrar, era la última fecha del torneo. Había que olvidar el 7 a 0 del mismo torneo. Se venía Nochebuena, se venía Navidad. Y Papá Noel traía un regalo.

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A los carteles de agradecimiento por parte de la gente, se le sumó una plaqueta por parte de la dirigencia. ¿¡Qué!? Sí, señor. Una plaqueta donde se lo reconocía por su pasado tripero (de 2001 a 2004). Y en ese marco lo felicitaron, además, por su tan valiosa conquista. Todo esto, acompañado por una (o en realidad, más de una) bandera con una leyenda que pasaría a la historia: «GRACIAS, CHOY«.

Encima, esa noche Gimnasia ganó 1 a 0 en el Estadio Único. Parecía un fin de año redondo, pero al otro día…

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En el miso lugar donde el Lobo había celebrado anticipadamente, el León hizo su trabajo, venciendo 2 a 0 a Arsenal. Al mismo tiempo, debía esperar una mano de Lanús en la Bombonera. E increíblemente eso sucedió: Boca cayó 2 a 1 y llevó la definición a la cancha de Vélez, tres días más tarde.

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Lo que pasó después es historia conocida: Estudiantes le ganó a Boca por 2 a 1, con goles de Sosa y Pavone. Dio la vuelta olímpica y tuvo tiempo tiempo de devolver la gastada con un trapo que decía «Gracias, Choy, ja ja ja».

Mucho más cruel y efectivo que un paint con 3.000 likes.