Lázaro Ezequiel

Ezequiel Alejandro Lázaro

Esa construcción de carácter recreativo que consiste en una rampa que permite deslizarse hasta llegar al suelo o al agua bien podría definirse como tobogán. Aunque, en el ámbito futbolístico, también se podría utilizar el nombre y apellido de este mediocampista ofensivo como sinónimo. La típica promesa que quedó en la nada, una carrera que fue de mayor a menor. En definitiva, el Lázaro que no se pudo levantar y andar.

Más cordobés que la tonada de Chichilo Viale, su debut en Primera División fue con la camiseta de Talleres, en 2002. El destino no le había dado el mejor momento y lugar: por aquellos años, la T peleaba por permanecer en la máxima categoría, algo que perdería un tiempo después. Sin embargo, su actualidad no era tan traumática como la de su club, ya que era un habitué de las convocatorias para las selecciones juveniles. De esta manera, llegó a disputar los Juegos Panamericanos 2003, donde se colgó la medalla de oro junto a Jonathan Bottinelli,  Franco Cángele, Hugo Colace, Osmar Ferreyra, Maximiliano López y Jesús Méndez, entre otros. “Los brasileños estaban enfermos. Les dieron la medalla de plata y se la guardaron en el bolsillo”, recordó con picardía, a la vuelta del viaje.

Con el descenso al Nacional B consumado, continuó jugando con los colores albiazules hasta 2006, cuando, agobiado por las deudas, el club tuvo que desprenderse de una de sus máximas promesas. Su próximo destino fue Atlético Rafaela (2006/07). “La experiencia allí fue muy buena. Quedé marginado porque tuve diferencias con uno de los integrantes del plantel y también con el técnico (Juan Amador Sánchez).” Habilidoso pero díscolo, volvió a su provincia para jugar en el club de su corazón: Instituto (2008/10). Con un arranque que hizo ilusionar a los hinchas de la Gloria, la magia de su zurda se fue apagando con el correr de las fechas, hasta que dos expulsiones consecutivas sobre el final del campeonato lo pusieron en el centro de las críticas. El ansiado ascenso no se consiguió y hubo que remarla de vuelta.

En la siguiente temporada sus altibajos fueron más constantes. “Me lesioné antes de comenzar la pretemporada y eso me trajo graves consecuencias a la hora de empezar el torneo”, fue la excusa que empleó cuando las cosas no le salían bien. Con la llegada de Claudio Vivas al banco, su titularidad pasó a estar en duda. Y el jugador no lo pensó: armó el bolso y partió rumbo a Buenos Aires, para sumarse a Chacarita (2010), un club que tampoco le aseguraba estar desde el once inicial. Pero bueno, ya fue (?).

Tras un semestre de escasa participación en el Funebrero, intentó retornar a Instituto, aunque sus aires de divo no lo ayudaron: “Yo no tengo que pedirle perdón a nadie y tampoco voy a pedir una oportunidad. Me voy a presentar a entrenar, porque soy jugador del club.” Con el pulgar para abajo por parte del ex ayudante de Bielsa, no le quedó otra que emigrar.

La primera parte de 2011 lo encontró en Chile, donde jugó para el Ñublense. No le fue bien y así lo reconoció cuando dejó el club a los pocos meses: “La gente se esperaba mucho más de mí, y yo los entiendo porque siempre a un argentino, a un extranjero, le piden mucho más. Lamentablemente no les pude brindar lo que yo sé, todo el fútbol que puedo darle a un equipo, así que me voy con esa deuda pendiente. Le digo a la gente que me disculpe, que me hubiera gustado darle un poco más”. Aunque lo peor lo vivió afuera de las canchas, con la presencia del máximo enemigo de ese país: los terremotos. “Estaba viajando con el equipo y hubo un temblor de como 7 grados. Mi señora estaba en casa. Los teléfonos se bloquearon y no podía hablar. ¡Una desesperación! ¡No sabés como se movía el hotel! No dormí del cagazo, es una cosa de locos. Hay gente que está acostumbrada. Todos cargaban nafta y se iban a los cerros. Pero para uno es tremendo”.

Un viejo conocido, Jorge Ghiso, se lo llevó a Independiente Rivadavia (2011). Jugó poco y solo se destacó por su participación fundamental ante Aldosivi, por la Copa Argentina: erró un penal en la definición desde los 11 metros y su equipo quedó eliminado.

A todo esto, su pase seguía perteneciendo a Instituto, adonde retornaba en el inicio de cada pretemporada aunque no pudiera formar parte del plantel. “Intenté hablar con Franco y no me contestó. Su hermano Hernán tampoco. Dijeron que no me iba a tener en cuenta”, dijo a principios de 2012. Así, tuvo que aceptar la oferta de Alumni de Villa María, que participaba del Torneo Argentino A. Solo un semestre le tomó bajar otra categoría: los últimos meses del año los pasó en General Paz Juniors, jugando el Torneo Argentino B y con Rodolfo Graieb como entrenador.

Sin chances reales de volver a la Gloria, quedó libre y, tras no quedar en una prueba en el Racing cordobés (el DT Luis Islas), se fue a Santiago del Estero para jugar en Atlético Mitre (2013-14). Reapareció en 2016: luego de meter un mal pase a Central Norte, se incorporó a Sportivo 9 de Julio de Río Tercero para jugar el Federal C. A pesar de quedar eliminado en su zona (el equipo jugó 4 partidos sin ganar ninguno, terminando último en su zona) siguió despuntando el vicio en la Liga Regional Riotercerense, con mejor suerte: fue campeón del Torneo Apertura. Y de esta manera, su deslizamiento por el tobogán del fútbol llegó, en teoría, a su fin.

Villalva Néstor

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Néstor Leonardo Villalva

El primer ciclo de Ramón Ángel Díaz al frente de San Lorenzo (2007 a 2008) prácticamente no tuvo tiempo para sorpresas: apenas un juvenil debutó durante ese año y medio. El elegido fue el correntino Néstor Villalva, un mediocampista central o por derecha que desde hacía un buen rato venía buscando una chance entre los grandes y que se convirtió, de la noche a la mañana, en el fetiche del entrenador.

Después de ir al banco de suplentes contra Rosario Central e Independiente, el pibe se sacó la mufa en la fecha 8 del Clausura 2007, frente a Lanús en el Nuevo Gasómetro (1-0, gol del Cuqui Silvera), cuando ingresó a cinco del final, con la casaca número 30, en lugar de Germán Voboril. La escasez de minutos y la desesperación granate en busca del empate, de todos modos, no lo privaron de tirar un caño casi al lado de donde estaba sentado el riojano. La perdió, claro. “Pensé que mis compañeros me iban a matar”, dijo después. Iba a ser, al fin y al cabo, su única aparición en la máxima categoría. ¿Quién le quita lo bailado?

Oriundo de San Roque, a 130 kilómetros de la capital, Villalva (generación 1986) había arribado al Ciclón con edad de sexta división, proveniente del Deportivo Armenio: “Llegué en 2002 y tuve experiencias buenísimas en la pensión. Compartí momentos con Hernán Peirone, Leonardo Ulloa, Darío Bottinelli, Walter Acevedo y Pablo Alvarado, entre otros. Con muchos hice una amistad”.

Con 20 años y sin previsión de estreno en Primera en el corto plazo, a comienzos de 2007 casi se va al Alianza Atlético Sullana de Perú. Sin embargo, el llamado del Pelado Díaz, uno de sus mayores ídolos junto con Enzo Francescoli, lo hizo cambiar de planes.

“La verdad es que Ramón cambió mi vida. De un día para otro pasé de la nada a jugar un partido en Primera. Fue un cambio enorme, estoy contento, feliz y disfrutando de esto”, decía en una entrevista al diario Olé. “Ramón no es de hablarme mucho a mí solo, sino que a todos en general. Es de hablar poco, pero cada cosa que dice te deja una enseñanza. Siempre nos habla para que nos cuidemos y nos marca cómo quiere que nos movamos dentro de la cancha”, agregaba.

Sin chances en el Apertura 2007, reapareció en el primer test de la pretemporada 2008, ante Racing, en Salta. Esa noche, bajo la dirección técnica de Sebastián Pascual Rambert, reemplazó a Santiago Hirsig a diez minutos del final y no pudo hacer demasiado para evitar la derrota por 1 a 0, con gol de Diego Menghi.

La falta de oportunidades en el primer semestre de 2008 y, principalmente, la salida del segundo riojano más famoso del país, lo sacaron del mapa. Javier Baena se lo llevó a préstamo a Platense (2008/09) para que conociera las bondades de la B Nacional, pero el DT sucumbió rápido ante el espantoso inicio del Calamar: un triunfo, tres empates y cinco caídas. Poco iba a cambiar el panorama con el arribo del Loco Mariano Dalla Líbera, de idénticos o peores resultados, con el que Villalva perdió terreno. Ya con Ricardo Kuzemka como entrenador y el ex CASLA en la tribuna, el cuadro de Vicente López hilvanó una serie de victorias y se escapó con lo justo de la Promoción.

De vuelta en el Bajo Flores, al correntino lo dejaron libre. Era hora de volver a casa. Quería jugar con su hermano Eric e iba a conseguirlo en Boca Unidos (2009/10), que había ascendido a la segunda división. Sin embargo, allí actuó poco y al final de la temporada tuvo que armar las valijas otra vez.

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A mediados de 2010, por recomendación de Agustín Orion, se sumó a Midland, en la Primera C. “Tengo una buena relación y lo valoro porque me dio una mano grande en un momento complicado”, decía sobre el actual arquero de Racing. Allí permaneció hasta 2012, cuando parecía que tenía todo arreglado con Bella Vista de Uruguay, pero terminó en Atlanta (2012/13), que venía de descender a la B Metropolitana y se había renovado por completo para regresar lo más rápido posible. Las casi veinte incorporaciones no le alcanzaron al Bohemio, que cayó ante Almagro en semis del reducido.

Tras un breve regreso a Midland (2013/14), desde 2015 Villalva defiende los colores de Justo José de Urquiza, en la penúltima categoría del fútbol nacional, donde conoció a otro baldosero deluxe como Gino Clara.

Especiales: Ariel Lizardía

Ariel Emanuel Lizardía

Hace algunas semanas, cuando el Kun Sergio Agüero marcó para el Manchester City frente al Arsenal por la semifinal de la FA Cup, disputada en el estadio de Wembley, otro nombre tomó por sorpresa la memoria de los enfermos del fútbol. Entre el listado de jugadores argentinos que ya habían convertido goles en ese mítico lugar, como Mario Boyé, Mario Kempes, Daniel Passarella, Julio Ricardo Villa, Claudio García, Darío Franco, Gabriel Batistuta, Lionel Messi o el propio Agüero, se colaba alguien poco conocido, prácticamente un ignoto: Ariel Lizardía, un delantero rosarino nacido el 10 de febrero de 1984 que prometía bastante, pero que se esfumó demasiado rápido.

En julio de 1999, un combinado Sub 15 de la Argentina participó, junto a Francia e Inglaterra, del torneo Tres Naciones, una competición Sub 16 organizada por la Federación Inglesa como parte de su frustrada campaña para quedarse con la sede del Mundial 2006.

Si bien aquel campeonato contemplaba la inclusión de jugadores nacidos a partir del 1 de enero de 1983, Argentina presentó una nómina completamente integrada por pibes de la categoría 1984. Dirigidos por Hugo Tocalli, los que representaron a nuestro país en territorio pirata fueron los arqueros Lucas Molina (Independiente) y Fabio Garibaldi (Ferro); los defensores Lucas Moreta (Newell’s), Mauro Lugo (Racing), Diego Ludueña (Independiente), Raúl Osella, David Reano y Emanuel Acosta (los tres de Boca), los mediocampistas Cristian Vargas (Boca), Gabriel Juárez (San Lorenzo), Hugo Colace (Argentinos Juniors), Maximiliano Capobianco (River) y Paulo Rosales (Newell’s) y los delanteros Maximiliano López (River), Ernesto Sánchez (San Lorenzo), Carlos Tevez (Boca), Noel Ibáñez y Ariel Lizardía (ambos de Newell’s).

La albiceleste debutó frente a Francia el 3 de julio, en el estadio del Kingstonian FC, a 20 kilómetros de Londres, y formó con Molina; Osella, Moreta, Ludueña y Acosta; Vargas, Colace, Lizardía y Capobianco; Tevez y López. Luego ingresaron Lugo, Rosales, Juárez, Sánchez e Ibáñez. Ese día, Argentina ganó a 1 a 0 con un golazo del Apache Tevez, que ya pintaba para cosas grandes.

Veinticuatro horas después, en Wembley, los pibes debían definir el título ante los dueños de casa. Para ese cotejo, Tocalli seleccionó a Molina; Acosta, Moreta, Ludueña y Lugo; Osella, Vargas, Colace y Capobianco; Tevez y Sánchez. Durante la segunda mitad, entraron López, Lizardía, Rosales, Reano e Ibáñez.

Los ingleses se pusieron en ventaja, pero enseguida Argentina lo empató gracias a una buena combinación entre Rosales y Lizardía, que la mandó a guardar, convirtiéndose en el último jugador de la selección argentina en marcar en el viejo Wembley (el Bati lo hizo meses después, pero con la camiseta de la Fiorentina ante el Arsenal por la Champions League). Promediando el complemento, Inglaterra se volvió a adelantar por intermedio de Michael Chopra. El resultado no cambiaría y los nuestros, perjudicados por un pésimo arbitraje que obvió dos penales claros, se quedarían con el subcampeonato.

Con el tiempo, varios de esos futbolistas llegarían a actuar en la Primera División de sus respectivos clubes. Algunos con éxito (como Carlos Tevez), otros con más suerte que condiciones (como Maxi López), otros brevemente por diversos motivos (como Reano, Moreta, Ludueña o Colace) y algunos cuantos se quedaron en el camino (como Ibáñez, uno de los máximos goleadores de las juveniles de la Lepra, detrás de Lisandro Sacripanti).

¿Pero qué pasó con Ariel Lizardía, el 10 de aquel seleccionado? Surgido de las divisiones inferiores de Newell’s Old Boys de Rosario (donde según registros del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol -CIHF- convirtió 19 goles en 78 encuentros entre novena y sexta), había arrancado como volante por izquierda: “Pero como era muy potente, en Sexta me pusieron de delantero”.

Después de que lo vieran en el Tres Naciones, estuvo cerca de quedarse en Europa: “Acepté una oferta de mi representante para ir a jugar a Italia, al Venezia. Estuve entrenándome una pretemporada con el equipo de Reserva, pero todo salió mal. Lo manejó mal el representante, me llevaron sin tener la ciudadanía y tuve problemas con los papeles. Lo que pasa es que ni mi viejo ni yo sabíamos de todos esos temas extrafutbolísticos”, contó muchos años después, ya alejado de la actividad, en una entrevista al diario Clarín.

“Después estuve cerca de firmar con The Strongest, pero tampoco tuve suerte. Tuve un bajón anímico y al final, volví a mi pueblo, Santo Tomé, y seguí jugando en los clubes de acá. Y ahora hago trabajos sanitarios y de gas con mi viejo, que es constructor. El fútbol quedó atrás ya hace años. Sigo en actividad ayudando a un amigo que tiene un club y estoy entrenando a los más chicos. Pero ahora sólo es un entretenimiento”.

Updateando: El Betocarranceo de Saviolita

– ¿Le habían perdido el rastro a Santiago Biglieri? El año pasado, el ex Lanús había vuelto a experimentar las mieles de la Primera División, con la camiseta de Colón de Santa Fe (sólo jugó poco más de 5 minutos en un partido ante Quilmes), hasta que se borró del mapa completamente…o casi.

Hace unos días nos enteramos de que Saviolita integra las filas de Progresista Guerrico, un equipo de la B de Pergamino. ¿Betocarranceo? No, te pareció.

– Otro que se vuelve a poner los cortos, pero no para el fútbol, es Pedro Iarley. A los 43 años, el ex Boca fimó como refuerzo de Alvorada, de la segunda división gaúcha de futsal.

– Hay algunos baldoseros que nunca le encuentran la vuelta a eso de dejar de ser futbolista y hay otros que, con algo de ingenio o con mucho esfuerzo, pueden continuar robando en otro ámbito (?). Tal es el caso de Leonardo Garaycochea. El ex Racing es personal trainer y lo pueden contratar en este link. Ustedes o sus señoras.

– No importa que haya hecho su partido despedida hace más de un año. El Máquina Giampietri sigue sumando equipos a su historial. Ahora defiende los colores de Balonpié, en la Liga de Pehuajó. En su debut, la rompió y fue fundamental en la victoria 6 a 1 ante Fútbol Club Henderson. ¿Más baldoserismo? Comparte equipo con Antonio Piergüidi y su DT es Guillermo Panaro.

Cereseto Lucio

Lucio Darío Cereseto

Cuando a un equipo le va mal, suelen tomarse dos caminos: se cambia al DT o se renueva el plantel. Si la cosa viene más complicada, estas posibles soluciones se pueden combinar. Aparece un nuevo entrenador que pasa la escoba y trae sus jugadores fetiche. Lo hizo Falcioni con Erviti, Ramón Díaz con Menseguez, y hasta ha pasado en Selección, con los antojos de algunos técnicos, como el de Sabella con Federico Fernández o el de Bauza con Buffarini, por nombrar algunos casos. ¿Qué tiene que ver esto con el relato que viene a continuación? Paciencia, hacia allá vamos.

Lucio Cereseto hizo su presentación en Primera División en la cancha de Juan Agustín García y Boyacá. Igual que Maradona, claro. La diferencia fue que el delantero de Newell’s ganó ese partido (fue 2 a 1 vs. Argentinos Juniors, el 19 de septiembre de 2004) y su equipo terminaría coronándose campeón ese año. Sacá del medio, Dié (?).

Aquella fue su única participación durante ese Torneo Apertura, volviendo a aparecer como moneda de recambio en los próximos certámenes: convirtió su primer gol en mayo de 2005, frente a Almagro, aunque su momento de gloria (o algo parecido) fue en julio, en la última fecha del Clausura. Un infortunio de un compañero (Iván Borghello se lesionó en el calentamiento previo) le permitió jugar frente a Independiente, marcando el gol de la Lepra: el empate 1 a 1 en ese partido le permitió a los de Rosario jugar la Copa Sudamericana.

A pesar de la doble competencia en la temporada siguiente, Cereseto nunca se pudo consolidar y dejó la institución a mediados de 2006. Lo recibió Coronel Bolognesi, pasando unos meses de mucha intensidad: el equipo terminó segundo en el torneo local y fue eliminado en los octavos de final de la Copa Sudamericana. Todo un logro para una humilde institución del interior de Perú. Allí, estuvo en las manos de un técnico argentino, cuya carrera todavía estaba en ciernes. ¿Qué aporta esto? Más paciencia, ya llegamos.

A principios de 2007 volvió al país sin nada asegurado. Se probó unas semanas en Argentinos Juniors y terminó quedando en el club. ¿Por qué le vieron condiciones? No, porque a último momento se cayó el pase del uruguayo Walter Guglielmone, hermanastro de un tal Edinson Cavani. En todo un semestre en el Bicho, solo jugó 6… minutos.

Diciéndole adiós para siempre a la máxima categoría, comenzó su periplo por las canchas de ascenso: Ben Hur (2007/08), Independiente Rivadavia (2008) y San Martín de Tucumán (2009) fueron sus primeras paradas, en el Nacional B. Sólo con el equipo de Rafaela consiguió cierta continuidad, en una campaña que culminó con la pérdida de la categoría.

Conoció la B Metropolitana con Deportivo Morón (2010) y Ecuador, con el Olmedo (2010). Volvió al mencionado certamen para jugar en Estudiantes de Buenos Aires (2011), Colegiales (2011/12 y 2013/14) y Los Andes (2013). En el medio, anduvo en por el ascenso mexicano, en el Altamira FC (2012). A esta altura, ¿se acordaría de Cereseto aquel DT que lo dirigió en Perú? Tranquilidad, falta menos para saberlo.

Con el afán de seguir coleccionando camisetas, sumó a su repertorio las de Textil Mandiyú (2014), Aprendices Casildeses (2014/15), Sacachispas (2015), J.J. de Urquiza (2015/16) y Dock Sud (2017). Punto seguido. Por favor, releer el primer párrafo. Relacionarlo con el entrenador que le sacó lo mejor de sí cuando estuvo en Coronel Bolognesi. Ahora sí, llegamos.

Ese DT era Jorge Sampaoli. El nuevo mandamás de la Selección Argentina, un conjunto que pide recambio de nombres. Basta de delanteros que desaprovecharon sus oportunidades. Tampoco hay lugar para los traidores, ni para hacer experimentos. El equipo necesita gente en la que su cuerpo técnico pueda confiar, jugadores conocidos, que se adapten rápido a lo que se pide desde afuera. ¿Por qué no Lucio Cereseto para jugar en el ataque argentino? Total, hemos visto cosas peores.

Bravo Alejandro

Alejandro Bravo

Alejandro Bravo irrumpió en la Primera de Newell’s Old Boys de Rosario en 2002 como uno de los baluartes de la categoría 1981, aquella que compartió con Maximiliano Rodríguez, Guillermo Marino, Mauro Rosales, Luciano Vella y Juan Domingo Sánchez, entre otros. Sus antecedentes invitaban a soñar en grande: con 68 tantos, era uno de los máximos goleadores de las divisiones inferiores del Leproso, apenas por debajo de Lisandro Sacripanti, y seguido de cerca por Maxi Rodríguez (ya afianzado en Primera) e Iván Borghello (que ya había debutado en 2001, pero que estaba estancado en la Reserva).

Debutó oficialmente con Julio Zamora como DT (que había reemplazado al Chocho Juan Manuel Llop tras la derrota frente a Banfield en el estreno), en la cuarta jornada del Clausura 2002, ante Racing en el Parque de la Independencia, cuando le tocó reemplazar a Rosales a veinte del final. Esa fue la táctica que el Negro utilizó en los otros 6 encuentros que el juvenil disputó en ese campeonato (contra Belgrano, Gimnasia LP, Chacarita, Talleres, Huracán y Unión), generalmente ingresando sobre la hora por Rubén Darío Gigena, Elvio Martínez, Cristian Grabinski o Raúl Damiani. ¿Goles? Cero.

Algunos hinchas aún recuerdan con cierto recelo su presencia frente a La T, el día que más jugó (34 minutos), cuando desperdició varias chances claras para marcar. Ojo, no todas fueron pálidas: en el medio, convirtió el tanto del triunfo en el clásico de Reserva ante Rosario Central.

Tapado por la presencia del ascendente Sacripanti, Gigena, Rosales, Mauro Conocchiari y Nicolás Saucedo, Newell’s lo dejó libre a mediados de 2002. Fue así que, junto a otro ex leproso como Diego Bono, se fue al União Desportiva de Leiria de Portugal. Sin embargo, no quedó y terminó en el Tampico Madero (2002/03) del ascenso mexicano. Desde entonces, costó seguirle el rastro.

Casi una década después, lo encontramos en la Liga Interprovincial de Fútbol Dr. Ramón F. Pereyra, defendiendo los colores de Arteaga y Club Atlético Centenario de San José de la Esquina, su pueblo natal. Actualmente, tras haber colgado los botines, es el director técnico de Arteaga.

#13Baldoseros

Cumplimos 13 años. Sí, trece, putos. Hoy queremos que nos cuenten qué carajo es EUB para ustedes. Entre los comentarios, sortearemos un kit de remera y gorra baldosera.

Acosta Claudio

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Claudio Germán Acosta (El Betito)

Una de las máximas muestras de nuestra fragilidad y endebles emocional acontece, años más, años menos, finalizando la adolescencia. No a todos los dueños de los ojos que leen estas palabras les ocurrió, claro, pero a muchos de nosotros –vacuos y desprolijos- si nos sucedió. Y esa insania sensorial se manifiesta, sí y solo sí, con un único e inexorable desencadenante: el abandono de nuestra amada e idolatrada primera novia…

Llanto, noches de insomnio, angustia, dolor, pánico y la sensación que el mundo tal como lo conocíamos ha llegado a su fin es lo que acompaña los días venideros al fatídico acto ¿y saben que? Eso está más que bien. Es una reacción sana y normal. La locura y el sinsentido vienen después, cuando en teoría se han recuperado el orgullo más la autoestima, y es en las horas que se busca una media naranja con las mismas características -calcadas, idénticas, semejantes- a la maldita que nos dio el puntapié. Esa emoción la conoce mejor que nadie la gente de San Lorenzo, tras aquel traumático Apocalipsis llamado “El Retiro del Beto Alberto Federico Acosta”.

Roberto Cornejo, Alfredo Guevara, El Latigo Peirone, Matías Urbano, Juan Manuel Olivera, Germán Casigol Herrera, Leonardo Fabio Moreno, Leonardo Ulloa, Jorge Drovandi, Edilio Cardoso, Joaquín Botero Vaca y Roberto Malingas Jiménez fueron algunos de los nombres con los cuales se intentó reencarnar a aquel viejo amor del pasado. Sin embargo, la gente Cuerva sólo sintió el bálsamo del revanchismo cuando se insinuó por Primera División el salteño Claudio Germán Acosta.

Categoría 1988, nacido en El Quebrachal y con un pasado ínfimo por la Selección Sub-17, El Betito apareció en el Torneo de Verano de 2006, teniendo su noche de gloria en la victoria 4 a 0 sobre Independiente en Salta donde, además de ser vitoreado por ser local, convirtió el tercer tanto de su equipo y fue una amenaza constante sobre el arco que ¿defendía? Bernardo Leyenda. Además, Acosta usó la camiseta número 10 de San Lorenzo. Romance en puerta… de emergencia.

Considerado la mayor promesa a futuro de San Lorenzo y un aspirante a ídolo solo por ser delantero y por portación de apellido, Claudio Acosta arrancó el Clausura 2006 como titular acompañando en el ataque a José Saturnino Cardozo. La sociedad solo duró hasta la segunda fecha, cuando nuestro homenajeado sufrió un desgarro que lo dejó afuera de las canchas hasta el siguiente torneo.

En el Apertura 2006, El Betito tuvo su mejor producción disputando 8 cotejos (mitad suplente, mitad titular) jugando como ¡volante por izquierda! para intentar abastecer a Ezequiel Lavezzi y a Andrés Silvera. Al menos, pudo verle la espalda a Ariel Ortega cuando le picó la pelota al Chino Saja. Pero claro, la cosa no prosperó, el romance no se materializó y durante los siguientes 30 meses, Claudio Acosta apenas disputó cinco encuentros sin nunca jamás poder batir a un arquero de manera oficial. ¿La mala? La dirigencia lo invitó a buscarse un nuevo destino ¿La buena? No tuvo que estresarse para organizar un partido autohomenaje donde El Pipa Estévez se vista de pajarraco…

Argentino A en Juventud Antoniana (2009/10 – 2011/12 – 2013), Gimnasia y Tiro (2013/14) y Sportivo Patria de Formosa (2014/15), y Primera B Metropolitana en Almagro (2010/11) y en Colegiales (2012) fueron los destinos donde El Betito siguió ostentando su escaso poder de gol. Hoy, a sus 29 años, Claudio Acosta defiende la divisa de Desamparados de San Juan y rememora aquel romance trunco con la gente de San Lorenzo por ser victima de la urgente y desesperante suplantación de romántica identidad. Y si, él solo fue apenas un chape (?) de verano…

Y vos… ¿Todavía recordas la sonrisa de tu primera novia?

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