Cuando la FIFA castigó a Luis Suárez por el mordisco a Chiellini en el Mundial 2014, lo hizo con todo el peso de la ley: no solo quedó imposibilitado de jugar durante varios meses, sino que además, en un principio, no pudo asistir a los estadios, ni entrenarse con sus compañeros, ni participar en campañas de marketing o eventos con sponsors futbolísticos, entre otras penalidades.
Si la sanción a Diego Maradona por su doping positivo en el Mundial 1994 hubiese abarcado, como la del uruguayo, su relación con el fútbol más allá de su labor adentro de la cancha, la historia podría haber sido diferente. Por lo menos para el Deportivo Mandiyú.
Es que aquella suspensión por 15 meses le impedía desempeñarse como jugador de fútbol, pero no como entrenador ni asistente. Fue así que ese mismo año llegó a un acuerdo con el club correntino para hacerse cargo de la dirección técnica junto a su por entonces amigo Carlos Fren.

Esta locura fue posible gracias al diputado menemista Roberto Cruz, hombre que por entonces manejaba los hilos de la institución. Cuenta la leyenda que el dirigente llamó a Maradona por teléfono el domingo previo al que sería su presentación y lo citó en su casa de Ramos Mejía, a las 9 de la mañana. Tras colgar, le dijo a su mujer: «Si llega puntual, le doy el equipo». Diego cayó a las 9 menos un minuto.
De esta manera, se hizo cargo de un plantel que necesitaba sumar una cantidad de puntos importantes para no sufrir con el promedio. Hasta ahí, el conjunto entrenado por Pedro Alexis González solo había sumado 2 unidades en las primeras 5 fechas.
El debut del Pelusa como DT no fue el más auspicioso. El 3 de octubre cayó frente a Rosario Central por 2 a 1, partido que debió dirigir desde la platea (acompañado de su hermano Lalo) por no tener la habilitación correspondiente. Desde allí, les transmitió tranquilidad (?) a sus dirigidos. «¿Les falta peso ofensivo?», le preguntaron tras el partido. «No, sino tendríamos que traer al Gordo Porcel», respondió Diegote. No fueron las únicas frases que el 10 dejó tras la derrota.

También sorprendió al decir que «desde que asumí la dirección técnica con Carlos, ya nunca más pensé en jugar», y demostró que no estaba muy preparado para el puesto cuando afirmó: «yo no tengo que encontrar las variantes para que Alvarenga se desprenda de la marca, las variantes las tiene que encontrar Alvarenga en la cancha, querido. Yo ya no juego”. Se te escapó la tortuga, Diego.

Luego de dos meses de trabajo y sucesivas peleas con la dirigencia, el 6 de diciembre llegó la inevitable renuncia de la dupla técnica, poniendo fin a una penosa campaña: de los 12 partidos dirigidos apenas cosechó un triunfo, seis empates (uno de ellos ante el River campeón invicto) y cinco derrotas. Maradona dejó Corrientes y se dedicó por un tiempo al fútbol rápido.
Mientras tanto, Mandiyú estaba cada vez más complicado con el tema del promedio. El Toscano Rendo asumió el mando durante las últimas dos fechas, para completar un torneo pésimo: anteúltimo lugar (no terminó en el fondo sólo porque se le descontaron dos puntos a Talleres), con una sola victoria, nueve igualdades y nueve caídas.
Para el Clausura 1995 llegó Chiche Sosa, pero la cosa no mejoró demasiado: el 18º puesto en el certamen lo condenó a jugar el Nacional B.

En la imagen, el equipo que cayó derrotado en ese torneo frente a Rosario Central. Arriba: Baena, Goycochea, Ángel Bernuncio, Umpierrez, Juarez, Marinilli. Abajo: Muller, Guendulain, Escobar, Rubén Bernuncio y Alvarenga. También tuvieron minutos en esa campaña Roberto Cabrera, Jorge Martínez, Marcelo Caviglia, Gabriel Medrano, Carlos Casartelli y Héctor Rodríguez Peña, entre otros.
Pero como siempre hay algo peor que el descenso, la cosa no terminó ahí: al fracaso deportivo se le sumó la crisis institucional y económica, que llevo a que el club fuera desafiliado por sus altas deudas, lo que desencadenaría en su desaparición.
Aunque años más tarde regresó a la actividad, es imposible no extrañar al viejo Mandiyú. Y al Diego, ni hablar.









