Son Decisiones: Racing y Vélez juegan dos partidos el mismo día

¿Puede un equipo disputar dos partidos en un mismo día? Lo que hoy parece impensado en términos de (des)organización, ocurrió el domingo 2 de marzo de 1997 cuando Vélez Sarsfield y Racing Club debieron cumplir sus compromisos por la tercera fecha de la Copa Libertadores y, además, enfrentarse entre sí por la segunda jornada del torneo Clausura.

Con un calendario apretado y ante la negativa de la AFA de posponer el match por el campeonato local (alegando que el año anterior había actuado de igual manera frente a los pedidos de River Plate y San Lorenzo), el Fortín y la Academia tuvieron que hacer malabares para presentar dos planteles competitivos.

Con la mira puesta en el Clausura, donde venía de una goleada 0-5 contra Rosario Central, Racing mandó a los suplentes a Ecuador para enfrentar a El Nacional y reservó a sus mejores hombres para tratar de revertir la mala imagen del debut. Orientados por Alfio Basile, en la altura de Quito salieron a la cancha Walter Cáceres; Héctor González, Sebastián Brusco, José Tiburcio Serrizuela, Sergio Zanetti; Carlos Javier Netto, Pablo Michelini, Néstor Adrián de Vicente; Nicolás Diez, Cristian Centeno y Roberto Saavedra. Cuando faltaba poco menos de media hora para el final del encuentro, Damián Yáñez entró en lugar de Centeno y el Coco se quedó solo en el banco de relevos. Los de Avellaneda fueron a buscar el empate, pero se trajeron una derrota por 2 a 0, con tantos de Simón Ruiz y Cléber Chalá, que los dejó en el fondo del grupo 2.

Un rato más tarde, en casa y bajo la dirección técnica del Panadero Díaz, asomaron Albano Bizzarri; Mauro Navas, Carlos Galván, Claudio Úbeda, Carlos Mac Allister; Claudio Marini, Fernando Quiroz, Gastón Córdoba; Rubén Capria (Javier Lux), Marcelo Delgado y Esteban Fuertes (Martín Vilallonga). En la banca quedaron Gastón Loza, Alexis García y Claudio Graf. Los de Liniers, por su parte, hicieron la inversa. Enviaron a Ecuador lo mejor que tenían y dejaron a los suplentes para que hicieran lo que pudieran. Por eso, en su primer partido del día, la V azulada, paró a Pablo Cavallero; Cecilio Galeano (Rodrigo Marangoni), Diego Trotta, Héctor Banegas, Eduardo Domínguez; Mariano Pasini (Darío Husaín), Carlos Compagnucci, Ariel Ércoli y Daniel Santa Cruz; el Rifle Fernando Pandolfi y el Lobo Carlos Cordone. Al lado del Pampa Jorge, DT ocasional, permanecieron el arquero Martín Bernacchia, Hernán Maldonado y un pibe que prometía: Fabián Cubero. Con goles de Marini y Capria, la Academia conquistó los tres puntos.

Ya caía la tarde cuando Vélez salió nuevamente a escena para enfrentar a Emelec en Guayaquil. Para ese encuentro, Osvaldo Piazza, que había reemplazado a Carlos Bianchi, alineó a José Luis Félix Chilavert; Flavio Zandoná, Sebastián Méndez, Mauricio Pellegrino, Raúl Cardozo; Guillermo Morigi (Marcelo Herrera), Marcelo Gómez, Claudio Husaín, Christian Bassedas; Martín Posse (Omar Asad) y Patricio Camps (Gustavo Franco). En un partidazo, los de Liniers se llevaron la victoria por 3 a 2 con doblete del Pato Camps y uno del Cholito Posse.

En aquella edición de la Libertadores, Racing alcanzó las semifinales, donde fue eliminado por Sporting Cristal de Perú, que ya había dejado en el camino en octavos de final al Fortín y que luego caería en la final ante Cruzeiro de Brasil.

Son Decisiones: Argentina con suplentes vs Estados Unidos en 1995

Los torneos internacionales de selecciones tienen una métrica -al parecer y a Dios gracias- definitiva e imperfectible: grupos de cuatro equipos encabezados por una potencia, donde juegan una vez todos contra todos y pasan los 2 mejores clasificados si es una competencia de 32 o 16 naciones, ó donde pasan de ronda también algunos de los mejores terceros si participan 24 o 12 países. Después partidos a eliminación directa hasta que hay un ganador y a otra cosa. Infalible y apasionante como las matemáticas (?).

Suele suceder que, de tanto pensar en números y en cuentas, a algunos entrenadores se les haga un grumo en el cerebro y utilicen el último encuentro de la zona de grupos y también su previa para introducir improvisadas variantes en los viajes, en los métodos de entrenamientos, en el contacto con la prensa y, lo que es peor, en el once inicial que disputará el puntaje que quedará en los libros.

Si el equipo en cuestión ya está clasificado a la siguiente rueda se puede llegar a entender que los cambios sean en pos de proteger a las estrellas, de recuperar a los lesionados, de darle ritmo a los suplentes, de pensar en el primer encuentro de eliminación directa o hasta para “premiar” a algunos veteranos, como hicieron José Pekerman con Faryd Mondragón en Brasil 2014 ó Carlos Alberto Parreira con Rogelio Ceni en Alemania 2006 y también Marcelo Bielsa con Caniggia en Japón Corea 2002.

Lo ridículo y atemorizante, claro, es cuando estos cambios radicales u homenajes se dan cuando todavía no es definitiva la ubicación en la tabla de posiciones. Y peor si el tercer partido se pierde trastocando los futuros planes que ya se habían visualizado, todo por subestimar el cambiante humor de las matemáticas. El supuestamente metódico Daniel Passarella y el equipo que puso en la cancha contra Estados Unidos en la Copa América de 1995 son el ejemplo más claro de ello.

Paysandú, Provincia de Uruguay, 14 de julio de 1995. La Selección Argentina del Kaiser se preparaba para enfrentar al supuestamente débil Estados Unidos como líder de su grupo, con 6 puntos producto de dos victorias en igual cantidad de presentaciones y con una cómoda diferencia de +5 goles. La descontada victoria, además de eliminar a los yankees, desembocaría en un accesible enfrentamiento contra Ecuador en Cuartos de Final.

Entonces, el relajado trinomio Passarella-Gallego-Sabella dispuso ¡nueve cambios en la formación titular! y mandó a la cancha un rejunte que, si bien eran jugadores internacionales argentinos, en ese momento no tenían mucho rodaje jugando entre ellos ni mucho menos para la Selección. ¿Los que salieron? Cristante, Javier Zanetti, El Negro Cáceres, Chamot, Simeone, Astrada, Juanjo Borrelli, El Burrito Ortega y Balbo. De los que previamente habían vencido a Bolivia y a Chile solo permanecieron en la alineación Roberto Ayala y Gabriel Batistuta.

¿Los que entraron? Chiquito Bossio, Ricardo Altamirano, Néstor Fabbri, Gabriel Schurrer, Marcelo Escudero, Perico Pérez, Marcelo Espina, Marcelo Gallardo y El Beto Acosta. Enfrente, vale destacar, estaba la estable escuadra norteamericana de John Harkes, Eric Wynalda, Alexi Lalas, Cobi Jones, Tab Ramos y Paul Caligiuri, entre otros, que ya contaba con varios años de rodaje. O sea, no era un equipo para subestimar. Podrán haber perdido contra Bolivia, podrán tener poca tradición, podrán decirle “Soccer” al fútbol, podrán ser tontos, inútiles, estúpidos, comunistas… pero jamás estrellas porno (?).

Así las cosas, Argentina pensaba tanto en Ecuador y en los Cuartos de Final, que a la media hora la USMNT ya ganaba por 2 a 0 con un tanto de Frank Klopas y otro del querido Alexi Lalas. Pero lo totalmente desconcertante fue el desmoralizador toqueteo que se comieron los suplentes de Passarella durante aquellos primeros 45 minutos. Así como fueron dos pudieron haber sido cuatro goles en contra…

Durante el entretiempo, por supuesto, el mundo ya se había modificado para siempre (?). Ecuador estaba afuera de la competencia y la Argentina –todavía líder del grupo- ahora debería enfrentar a México en la siguiente ronda. Con intención de lograr la heroica, Passarella quemó los yates y mandó a la cancha a Ortega, a Simeone y un rato más tarde a Abel Balbo.

Por supuesto, esto no sirvió de nada. Estados Unidos se siguió floreando y promediando la etapa cúlmine, Eric Wynalda puso el 3 a 0 definitorio que también acabó con los días del Chiquito Bossio en el arco de la albiceleste. ¿O iba a ser gratuito el hecho de ver a un arquero correr una pelota desde atrás?

Con este último tanto, además de perder un invicto de 16 partidos en la Copa América que había comenzado en 1989, Argentina quedó en la segunda colocación y debería medirse contra Brasil. Por su parte, los yankees se habían adjudicado el grupo y ahora tendrían que enfrentar a su clásico rival, México, en Cuartos.

Tres días después y amén de la mano de Tulio, la Selección titular de Passarella caería por penales ante Brasil y desde ese momento hasta -al menos- mediados de 2016 jamás volvería a ser la actual campeona de nada. Y todo comenzó por subestimar…

Son decisiones: el no gol de Pereda contra Ferro (1999)

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Era todo un mérito desentonar en aquel Boca Juniors de Carlos Bianchi multicampeón de fines de los noventa y principios del nuevo milenio. El Virrey tenía el celular de Dios y la señal nunca lo dejaba de garpe. Ponía al arquero suplente en el Superclásico y era la figura del partido. Se la jugaba por un pibito en una definición de Copa Libertadores y le respondía. Improvisaba con un defensor en la final de la Intercontinental y éste limpiaba de la cancha a uno de los galácticos. La excepción a la regla, claro está, era el peruano José Antonio Pereda Maruyama.

El Chino llegó a Boca desde Universitario de Lima al mismo tiempo que Bianchi, en el invierno de 1998, con el antecedente positivo del Ñol Solano, que se había marchado al Newcastle inglés. Estaba por cumplir 25 años y desde 1996 era un habitué de la selección dirigida por Juan Carlos Oblitas. Se presentaba como un volante ofensivo, bastante habilidoso y con buen manejo de pelota. Un calesitero, bah.

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Su debut con la camiseta xeneize se dio en la segunda fecha del Apertura 1998, cuando reemplazó al Chipi Antonio Daniel Barijho en una ajustada victoria ante Gimnasia de Jujuy por 3 a 2, una noche en la que Martín Palermo metió dos golazos. Uno a favor y otro en contra. Desde entonces, el peruano se convirtió en una pieza de recambio, utilizada con cierta frecuencia (actuó de 8, de 5 y hasta de enganche), pero generalmente sin grandes resultados.

Con La Bombonera suspendida por los violentos incidentes en el amistoso ante Chacarita, el domingo 7 de marzo de 1999 Boca recibió a un (in)olvidable Ferro Carril Oeste por la primera fecha del Clausura en el Nuevo Gasómetro. Ese mediodía de 36 grados, el Chino se paró de 5 con el Pepe Basualdo a la derecha y Diego Cagna a la izquierda, y redondeó un buen encuentro.

Iban 12 minutos del segundo tiempo y los de Bianchi ganaban 1 a 0 (tanto de Martín Palermo) cuando Pereda protagonizó una de las jugadas más insólitas, fantásticas y baldoseras de la historia del fútbol argentino. Recuperó el balón en tres cuartos de cancha tras una mala salida de Pelotín Vitali, dejó en el camino a medio plantel verdolaga (Carlos Mac Allister, Nicolás Sartori, Gastón Vales, entre otros), esquivó al arquero Martín Herrera y cuando estaba por marcar un gol maradonianole pegó de lleno al pasto y la pelota se fue por la línea de fondo. El efecto desmoralizante fue tan fuerte que el peruano jamás volvería a encarar a una defensa contraria.

A pesar de Pereda, Boca venció 3 a 0 (otro de Palermo y uno de Guillermo Barros Schelotto completaron la goleada) y conquistó los primeros tres puntos de cara al bicampeonato que conseguiría algunos meses más tarde.

Como no podía ser de otra manera, el ciclo del Chino (no, este no) en Argentina se terminó a fines de 2001, con 72 partidos oficiales en el lomo (48 por torneos locales y 24 por copas internacionales), sin goles y 6 títulos. De vuelta en Perú, siguió sumando etapas en Universitario (fueron cuatro en total), pasó por Melgar, Coronel Bolognesi, Cienciano y coronó su trayectoria con un descenso a la enorme Copa Perú con el Real Academia.

Son decisiones: la trompada de Zandoná a Edmundo (1995)

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Capaz de ser amado y odiado por la misma gente en cuestión de poco tiempo, O Animal Edmundo nunca pudo pasar desapercibido. Supo ser ídolo de Vasco da Gama y Palmeiras, pero también, en mayor o menor medida, hizo ilusionar a los torcedores de Flamengo, Fluminense, Corinthians, Santos y Cruzeiro, entre otros. Se fue a Italia, pero no se adaptó y volvió rápido. Una vez, dos veces. Le dio cerveza a un chimpancé y nunca se perdió una fiesta de Carnaval. Llegó a la selección, ganó algún título, jugó un Mundial. Fue compinche de Romário, con el que se peleó a muerte y se reconcilió una y mil veces. Hizo goles. Unos cuantos. Y hasta alguna vez fue al arco.

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Pero principalmente, Edmundo, dentro de la cancha, era insoportable. Basta con preguntarle al Chino Flavio Zandoná, que cumplió el sueño de muchos, incluso de varios compañeros, y le metió un roscazo bien puesto al brasileño.

Fue en el duelo de vuelta de los octavos de final de la Supercopa de 1995, cuando Vélez visitó al Flamengo en el Parque do Sabiá, en Uberlândia (Minas Gerais), con la dura misión de revertir el 3-2 de la derrota en el José Amalfitani. Esa noche, el ataque de los sueños, como se conocía al trío que conformaban el Chapulín Romário, Sávio y Edmundo, salió inspirado y marcaron un gol cada uno (el de Sávio, en honor a la verdad, con ayuda de Mauricio Pellegrino).

Con el resultado cerrado, Edmundo empezó a gozar a los rivales y el que sacó todos los números fue Zandoná, que bailó con la más fea todo el partido (el punto máximo fue cuando besó el césped en la gran jugada de Rodrigo que terminó en el 3 a 0 de Romário). O Animal canchereó con la pelota (minuto 1:17 del video de arriba) y el argentino le tiró un manotazo, desatando la locura de un jovencito Mariano Closs, que quedó al borde del orgasmo: “Bien, Chino. Un cross de derecha o de zurda nunca le viene mal a nadie”. Puteada va, puteada viene, con el clima muy caldeado, el encuentro siguió.

Segundos más tarde, volvieron a cruzarse. Edmundo le mostró tres dedos (uno por cada gol del Mengão) y le pegó una sutil cachetada al Chino que, ni lerdo ni perezoso, se la devolvió. Luego, con el brasileño ya de espaldas, llegó el golpe de knock out, directo a la sien. Enseguida, la patada voladora de Romário al defensor de Vélez marcó el inicio de una memorable batalla campal con mucho hit & run, la especialidad local.

El árbitro uruguayo Ernesto Filippi (aquel que en 1993, en el 0-5 ante Colombia en el Monumental, les pidió a los morochos que les hicieran otro gol a “estos hijos de puta”), que hasta entonces había tenido una actuación bastante permisiva, no tuvo otra alternativa que suspender el partido. La transmisión original en portugués nos regaló una serie de perlitas adicionales, como las declaraciones de Romário (minuto 8:15) diciendo que jugando contra los argentinos había que estar preparado para cualquier cosa o las del entrenador del Fla, el periodista Washington Rodrigues, que metió cien palabras en cinco segundos y aseguró algo así como “si quieren cobrar, van a cobrar hasta mañana”.

Años después, entrevistado por el diario Olé y al borde del retiro, Zandoná declaró: “No me arrepiento y le volvería a pegar”. Y agregó: “Con lo de Edmundo tengo una a favor y una en contra. A favor es que le pegué en Brasil, y en contra es que le pegué de atrás. Me hubiese gustado pegarle de frente”.

Nada de mais amor, por favor.

Son Decisiones: “Jugadores, la concha de su madre” en la 1° Fecha (2012)

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“Jugadores, la concha de su madre, a ver si ponen huevos, que no juegan con nadie”, un himno de cancha que surge en los momentos más críticos, cuando la situación es adversa y en muchos casos, irreversible. También denominado La más maravillosa música (o simplemente, LMMM), neologismo acuñado ya hace varios años en el extinto blog La Redó, para etiquetar a ese cántico lleno de indignación y vacío de análisis, porque algunas veces el oponente de turno no es nadie, sí, pero en otras ocasiones el adversario es el clásico rival o lisa y llanamente un equipo más poderoso. A la gente no le importa, claro. Siempre es buen momento para recordarles a los futbolistas propios que están jugando con nadie y que todo es una mierda. Así sea la primera fecha…

Nos situamos en agosto de 2012. Rosario era un infierno y no hablamos precisamente por los narcos. Había algo casi tan duro como un soldadito encerrado en un búnker y eso era el momento de Central. Llevaba dos temporadas en la B Nacional y la situación era desesperante para sus hinchas. Habían pasado Mostaza Merlo, el Chulo Rivoira, el Negro Palma y Juan Antonio Pizzi. Ninguno pudo lograr el objetivo: subir. La sensación era una sola.

Para la tercera temporada consecutiva del Canalla en la segunda categoría, llegó un viejo conocido de la casa: Miguel Ángel Russo. Con un tipo con historia en el club, se suponía que se iban a aplacar los ánimos. Siendo ilusos, por supuesto. Con él, llegaron refuerzos como Héctor Bracamonte (venía de jugar una década en Rusia), Mauricio Caranta, Alejandro Gagliardi, Javier Yacuzzi y Diego Lagos, entre otros. Y también regresó el Sapito Hernán Encina, para recuperar algo de identidad, junto a otros que se quedaron, como Paulo Ferrari, Leonardo Talamonti, Jesús Méndez y Javier Toledo. Había material para ascender. Como los años anteriores, pero ahora el margen de error era nulo.

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Para cuando llegó la primera fecha de la temporada 2012/13, la gente de Central no se aguantaba más nada. Todavía no había arrancado el torneo, es cierto. Pero el solo hecho de saber que se venía otro año en la B soportando las cargadas del histórico rival, con todo lo que eso implica en Rosario, convertía el Gigante de Arroyito en un verdadero hervidero.

Aquel sábado 11 de agosto, los rosarinos recibieron al recientemente ascendido Sarmiento de Junín. ¿Los 11? Mauricio Caranta; Paulo Ferrari, Franco Peppino, Leonardo Talamonti y Rafael Delgado; Alejandro Gagliardi, Freitas y Diego Lagos; Hernán Encina; Antonio Medina y Bracagol. Ellos, más Federico Carrizo, Javier Toledo y José Luis García, terminarían siendo los protagonistas de esta historia. Y sus respectivas madres, claro (?).

Si había presión antes de que empezara el partido, imagínense a los 2 minutos, cuando Ezequiel Cerutti se escapó por derecha y metió uno de sus habituales centros a la cabeza de Héctor Cuevas, que puso el 1 a 0 para Sarmiento. Incredulidad, pánico, agustia, bronca y furia. Todo eso experimentó el corazón canalla en apenas segundos.

Todo lo que vino después, fue un mar de puteadas y reclamos para que Central ganara de cualquier manera, algo que por lógica venía después de empatar. ¿Pero quién le explicaba eso a los hinchas?

A los 27 minutos del primer tiempo, con un tiro libre a favor pero todavía con el resultado adverso, desde las tribunas auriazules empezó a bajar un grito, que de garganta a garganta fue contagiándose hasta cubir completamente el estadio: “Jugadores, la concha de su madre, a ver si ponen huevos, que no juegan con nadie”. ¡Primera fecha del campeonato! Y mejor aún, en el primer tiempo. Simplemente hermoso.

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Pese al prematuro llamado de atención por parte de sus simpatizantes, Rosario Central terminó cayendo 1 a 0 en aquel debut, pero el cuento tendría final feliz, porque a final de temporada el equipo de Russo lograría el ansiado retorno a la Primera División. No sin antes, claro, dejarnos este grato recuerdo de la más maravillosa música.

Son decisiones: Caniggia expulsado desde el banco de suplentes (2002)

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La presencia de Claudio Paul Caniggia en el grupo de futbolistas que disputó el Mundial de Corea y Japón 2002 causó sorpresa, repudio e indignación entre los arlecos hinchas de la selección. Primero porque muchos creían que ese lugar en la lista le correspondía a Javier Saviola, de buen rendimiento en el Barcelona español, segundo por su edad (35 años), tercero porque el hijo del viento jugaba en una liga de poca monta como la escocesa, y cuarto porque a menos de un mes para el inicio de la Copa del Mundo arrastraba una lesión que lo iba a marginar, como mínimo, del debut ante Nigeria e, incluso, hasta llegó a poner en duda su participación.

Si eso le sumamos que al partido contra Suecia la Argentina llegó con la soga al cuello, el panorama estaba más caliente que la central nuclear Fukushima I. Tras el triunfo ajustado ante las águilas verdes y la dura caída ante Inglaterra, el equipo de Marcelo Bielsa arribó a la última fecha con la obligación de ganar para avanzar. Con el empate, los suecos se aseguraban un lugar en los octavos de final y los nuestros se volvían a casa. Corta la bocha.

El 0 a 0 que parecía eterno y el nerviosismo albiceleste conformaron un combo que apenas necesitaba un chispazo para explotar. Poco antes del entretiempo, el marido de Mariana Nannis, que por primera vez formaba parte de los convocados, puteó al árbitro Ali Bujsaim, de Emiratos Árabes, y vio la tarjeta roja, convirtiéndose en el primer jugador expulsado ¡desde el banco de suplentes! Señal inequívoca de que en plena madrugada se venía la noche.

El gol de Anders Svensson, inalcanzable para Pablo Cavallero, fue como una trompada de Floyd Mayweather en la boca del estómago. El sueño mundialista comenzó a deshilacharse. Para colmo, el Piojo López se cansó de bajar satélites de la NASA con sus centros al espacio.

El empate de Hernán Crespo, ya sobre la hora, fue el último atisbo de esperanza. Pero ya no habría tiempo para más. Suecia se metió en octavos y la Argentina, una de las principales candidatas a quedarse con el título, armó las valijas en primera ronda.

Son decisiones: Roly Zárate jugando una final en Arabia Saudita (2004)

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Robar en pesos, roba cualquiera. Y lo decimos por experiencia propia (?). La posta para cualquier protagonista del fútbol argentino, es juntar una buena cantidad de billetes pesados, preferentemente en poco tiempo y a escondidas, bien lejos de nuestro país, cosa de que el hecho pase desapercibido, disminuyendo las chances de quedar pegado. Robar en petrodólares, entonces, debería ser la meca del futbolista. Y ni hablar si el atraco lleva sólo 45 minutos, situación que le tocó vivir a Rolando Zárate.

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Todo comenzó a mediados de 2004, cuando el Roly logró destaparse en uno de sus tantos regresos a Vélez Sársfield, convirtiéndose en el goleador del torneo Clausura. Con 25 años, parecía estar en el pico de su trayectoria, luego de sus pasos por el Real Madrid y otros equipos falopa del exterior.

Todavía no había terminado el campeonato, cuando a Zárate le llegó un ofrecimiento único: ir a jugar la final del torneo de Arabia Saudita para el Al-Ittihad, a cambio de 300 mil dólares (100 mil para él y 200 mil para Vélez). Además, en los medios argentinos había trascendido que le iban a regalar un auto de lujo. Todo eso por tan solo un partido de fútbol. ¿Y gracias a quién? ¡A Bilardo! ¿Eh?

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Resulta que al Narigón, que por aquellos días dirigía a Estudiantes de La Plata, los árabes le habían pedido a Ernesto Farías, figura del Pincha. Claro que el Doctor no tenía intenciones de largar a su goleador en medio del torneo, así que enseguida recomendó al delantero de Vélez. Porque al rival hay que ayudarlo, siempre (?).

A Tecla Farías todavía no se le había pasado la calentura, cuando el Roly ya había aceptado la propuesta, aún sabiendo que tenía que hacer un viaje larguísimo y a la vuelta seguir jugando a Vélez. De hecho, antes de irse metió un gol (el otro fue de su hermano Mauro) en la victoria 2 a 1 ante Colón, por la 17ª fecha.

Para entretenerlo, en el vuelo seguramente le hicieron ver un video como este para ponerlo en contexto:

A su llegada a la ciudad de Jeddah, el más platinado de la dinastía Zárate contempló el Mar Rojo y fue presentado a los jeques de Los Tigres, como se lo conoce al Al-Ittihad, el club más antiguo de Arabia Saudita. No habían pagado tanta plata porque sí. Esperaban mucho de él. Y se lo hicieron saber.

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En el equipo no había otros argentinos, pero el entrenador era brasileño, al igual que dos de sus compañeros. Por lo menos, había gente con quién falar (?).

Después de tres días de entrenamiento, llegó el día del partido. No uno cualquiera: era la final del campeonato nacional, ante el Al-Shabab, que ese año había sido la revelación. La obligación de ganar el título, era del equipo de Zárate. Y como ya dijimos antes, se lo hicieron saber (?).

Finalmente, llegó el día esperado. El Roly salió a la cancha con la camiseta aurinegra y sus inconfundibles claritos. Le dejaron patear un tiro libre y le salió una masita por abajo que detuvo sin problemas el arquero. Los jeques se miraron con desconfianza en la tribuna. Los Tigres fueron y fueron, pero no pudieron romper el marcador ante un rival que era claramente inferior. Los jeques seguían mirándose. Terror.

Cómo habrá sido la cosa, que en el entretiempo lo sacaron al argentino. Sí, al tipo que habían pagado 300 lucas verdes. ¿Y el auto de lujo? ¡Ja! contate otro (?).

En la segunda mitad, ya sin el Roly, el Al-Ittihad fue a buscar el partido por obligación y le terminaron haciendo un gol, gracias a una cagada de un defensor, al que seguramente le deben haber dado su merecido (para que se den una idea, jugadores de ese equipo han llegado a ser castigados con latigazos por no comportarse durante un partido). ¿Resultado final? Ganó el Al-Shabab por 1 a 0 y se coronó campeón de la liga árabe.

Según contó el propio Zárate en una nota para El Gráfico, se tuvo que escapar ni bien terminó el partido: “Teníamos un miedo terrible por la gente, que estaba loca por haber perdido la final. Había 50 mil personas en el estadio. Fue una experiencia muy rara, muy diferente a lo que se vive habitualmente”. Y agregó: “la guita ya la habían depositado antes. Nos duchamos, nos dieron una medalla, saludamos al jeque, y del estadio nos fuimos al aeropuerto. A las 12 de la noche ya volábamos hacia Buenos Aires”.

Pero no todo terminó ahí. De vuelta en Argentina, el Roly se perdió los dos últimos partidos del torneo, porque los árabes, re calientes por haber perdido la final, no mandaron el transfer de restitución.

Para suerte del jugador, nadie lo alcanzó en la tabla de goleadores y se llevó al menos ese reconocimiento personal, con 13 tantos. En tu cara, Tecla.

Son decisiones: La camiseta de Boca de 30.000 dólares

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Ah, los noventa… Siempre los amados noventa. Época horrenda y hermosa, donde todos teníamos un pequeño Men*m instalado en nuestra existencia. Pese a estar en las antípodas futbolísticas del riojano que marcó esa etapa desde la Presidencia de la Nación, Boca Juniors tampoco fue ajeno a esa tendencia: jugadores sobrevalorados desde el precio pero que poco podían dar desde lo futbolístico; modernización de ese templo llamado La Bombonera, pero solo en las zonas que servirían como cocina del “Toma y Daca”, tanto empresarial como político del siguiente milenio. Y, por si eso fuera poco, la camiseta más cara de la historia del fútbol mundial. ¿Ley de convertibilidad? Eso no afectó a las casacas del Xeneize regenteadas por el inefable Carlos Salvador Bilardo.

El año 1996 comenzó con Mauricio Macri asumiendo la Presidencia de Boca Juniors y con el arribo del Doctor como director técnico luego del trágico descarrilamiento del segundo ciclo de Silvio Marzolini. Ambos claro, como las caras visibles de la Reforma del Estado Xeneize.

La primera medida del Ingeniero fue derribar los viejos palcos. La primera determinación de Bilardo fue, sin dirigir ningún entrenamiento, desafectar del plantel al Beto Márcico, a Roberto Cabañas y a Blas Giunta, quien días después recibió el indulto. Menemismo al palo.

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Con un plantel que incluía a Maradona, Caniggia, La Brujita Verón, Navarro Montoya, El Kily González y a Néstor Fabbri, entre otras destacadas figuras, la cosa marchó más o menos bien hasta la octava fecha de aquel Clausura, cuando enfrentaron a Gimnasia de La Plata, precisamente, la tarde que se inauguró La Bombonera del nuevo milenio. ¿Y qué pasó? El Lobo ganó 6 a 0 robándose la fiesta. Y fue ahí cuando -cuenta la leyenda- un Bilardo encolerizado prendió fuego la camiseta rival que había cambiado Alphonse Tchami ¿Cuál era? Nada más y nada menos que la del Beto Márcico.

Tras comerse la orteada de su vida, El Narigón mando un mensaje más que claro para intentar apaciguar a quienes decían que había reaccionado así por sus genes Pincharratas: “La camiseta de Boca no se cambia por nada del mundo”. Pero había un pequeño detalle, claro: en ese equipo estaba Maradona, cuya opinión era Mayoría Automática. Entonces, Bilardo volvió sobre sus pasos para que El Diez no se le pusiera del culo: “El único que puede cambiarla es Diego, por que es conocido en todo el mundo y tiene que salir con 20 o 30 remeras todos los partidos porque todos quieren la de él”.

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Tras terminar en cuarto lugar durante ese torneo, Bilardo se dispuso a armar su tan mentado “Dream Team”, previa desafectación de Fabián Carrizo, El Colorado McAllister y El Mono Navarro Montoya, quien días después fue indultado. Menemismo al palo.

Con la llegada de refuerzos (Cagna, Latorre), refuerzos que no anduvieron (Rambert, Cedrés, Sava, Cáceres, Toresani, Pompei, Pineda) y refuerzos falopa (Guzmán, Guerra, Carrario, Lorenzo), Boca fue una auténtica comparsa que tuvo su punto más álgido cuando cayó por 1 a 0 frente al Independiente de Menotti. Y ahí, tras comerse otra orteada histórica y dolorosa, Bilardo hizo un patético berrinche frente a las cámaras cuando le prohibió a Christian Dollberg cambiar su camiseta con su amigo de la infancia, Raúl Cascini.

Pero la cosa no quedó ahí, durante esa semana un todavía atormentado Bilardo habló desafiando las leyes de La Cámara de Comercio y la economía mundial: “La camiseta de Boca vale 30.000 dólares, lo que sale un auto. Ahora la utilería la voy a manejar yo. Si un jugador la quiere cambiar que lo haga, yo después lo denuncio por robos y hurtos. Si Cascini quiere la camiseta que vaya a una casa de deportes. Hay que enseñar que la camiseta de Boca es sagrada y no se cambia ganes, empates o pierdas ¿Cómo la vas a comparar con la de Independiente, Ferro o Gimnasia? ¡Qué se la den a las señoras, hijos o se le lleven ellos, pero acá no la cambia más nadie! !Por que el equipo es Bo-ca!”.

Además, dejó una sentencia imposible de acatar en los días de la pizza con champagne: “No me gusta que los chicos usen remeras que dicen Houston, Texas o Nueva York. Debe haber un sentimiento patriótico”.

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El asunto de la millonaria camiseta de Boca llegó al súmmum de la pelotudez cuando el desafiante indultado Navarro Montoya –quien había perdido su kiosquito del Buzo con el camión- cambió su vestimenta con la de su antiguo suplente Arturo Marcelo Yorno, la tarde que debutó Juan Román Riquelme.

Tras estar una semana con la sangre en el ojo (el Mono llegó a ir a entrenar con el buzo de Yorno) y después de una bochornosa derrota por 3 a 1 frente a Banfield, Bilardo se la cobró acabando con los días del colombiano en El Xeneize y allanándole el camino a la fama baldosera a Sandro Daniel Guzmán, nada más y nada menos.

Tras aguantar un par de jornadas más con un pobre rendimiento, El Doctor abandonó Boca con un compromiso: que Navarro Montoya no volviese, bajo ningún punto de vista, a integrar el primer equipo. “No vaya a ser cosa que yo sea el único que pague el precio”, declaró. Por supuesto que no, El Mono también lo pagó. Aunque puede que le haya salido un poco más caro que treinta lucas verdes.

El que depositó Olan, recibirá Olan… El que depositó Topper, recibirá Topper…