Son decisiones: Roly Zárate jugando una final en Arabia Saudita (2004)

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Robar en pesos, roba cualquiera. Y lo decimos por experiencia propia (?). La posta para cualquier protagonista del fútbol argentino, es juntar una buena cantidad de billetes pesados, preferentemente en poco tiempo y a escondidas, bien lejos de nuestro país, cosa de que el hecho pase desapercibido, disminuyendo las chances de quedar pegado. Robar en petrodólares, entonces, debería ser la meca del futbolista. Y ni hablar si el atraco lleva sólo 45 minutos, situación que le tocó vivir a Rolando Zárate.

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Todo comenzó a mediados de 2004, cuando el Roly logró destaparse en uno de sus tantos regresos a Vélez Sársfield, convirtiéndose en el goleador del torneo Clausura. Con 25 años, parecía estar en el pico de su trayectoria, luego de sus pasos por el Real Madrid y otros equipos falopa del exterior.

Todavía no había terminado el campeonato, cuando a Zárate le llegó un ofrecimiento único: ir a jugar la final del torneo de Arabia Saudita para el Al-Ittihad, a cambio de 300 mil dólares (100 mil para él y 200 mil para Vélez). Además, en los medios argentinos había trascendido que le iban a regalar un auto de lujo. Todo eso por tan solo un partido de fútbol. ¿Y gracias a quién? ¡A Bilardo! ¿Eh?

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Resulta que al Narigón, que por aquellos días dirigía a Estudiantes de La Plata, los árabes le habían pedido a Ernesto Farías, figura del Pincha. Claro que el Doctor no tenía intenciones de largar a su goleador en medio del torneo, así que enseguida recomendó al delantero de Vélez. Porque al rival hay que ayudarlo, siempre (?).

A Tecla Farías todavía no se le había pasado la calentura, cuando el Roly ya había aceptado la propuesta, aún sabiendo que tenía que hacer un viaje larguísimo y a la vuelta seguir jugando a Vélez. De hecho, antes de irse metió un gol (el otro fue de su hermano Mauro) en la victoria 2 a 1 ante Colón, por la 17ª fecha.

Para entretenerlo, en el vuelo seguramente le hicieron ver un video como este para ponerlo en contexto:

A su llegada a la ciudad de Jeddah, el más platinado de la dinastía Zárate contempló el Mar Rojo y fue presentado a los jeques de Los Tigres, como se lo conoce al Al-Ittihad, el club más antiguo de Arabia Saudita. No habían pagado tanta plata porque sí. Esperaban mucho de él. Y se lo hicieron saber.

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En el equipo no había otros argentinos, pero el entrenador era brasileño, al igual que dos de sus compañeros. Por lo menos, había gente con quién falar (?).

Después de tres días de entrenamiento, llegó el día del partido. No uno cualquiera: era la final del campeonato nacional, ante el Al-Shabab, que ese año había sido la revelación. La obligación de ganar el título, era del equipo de Zárate. Y como ya dijimos antes, se lo hicieron saber (?).

Finalmente, llegó el día esperado. El Roly salió a la cancha con la camiseta aurinegra y sus inconfundibles claritos. Le dejaron patear un tiro libre y le salió una masita por abajo que detuvo sin problemas el arquero. Los jeques se miraron con desconfianza en la tribuna. Los Tigres fueron y fueron, pero no pudieron romper el marcador ante un rival que era claramente inferior. Los jeques seguían mirándose. Terror.

Cómo habrá sido la cosa, que en el entretiempo lo sacaron al argentino. Sí, al tipo que habían pagado 300 lucas verdes. ¿Y el auto de lujo? ¡Ja! contate otro (?).

En la segunda mitad, ya sin el Roly, el Al-Ittihad fue a buscar el partido por obligación y le terminaron haciendo un gol, gracias a una cagada de un defensor, al que seguramente le deben haber dado su merecido (para que se den una idea, jugadores de ese equipo han llegado a ser castigados con latigazos por no comportarse durante un partido). ¿Resultado final? Ganó el Al-Shabab por 1 a 0 y se coronó campeón de la liga árabe.

Según contó el propio Zárate en una nota para El Gráfico, se tuvo que escapar ni bien terminó el partido: “Teníamos un miedo terrible por la gente, que estaba loca por haber perdido la final. Había 50 mil personas en el estadio. Fue una experiencia muy rara, muy diferente a lo que se vive habitualmente”. Y agregó: “la guita ya la habían depositado antes. Nos duchamos, nos dieron una medalla, saludamos al jeque, y del estadio nos fuimos al aeropuerto. A las 12 de la noche ya volábamos hacia Buenos Aires”.

Pero no todo terminó ahí. De vuelta en Argentina, el Roly se perdió los dos últimos partidos del torneo, porque los árabes, re calientes por haber perdido la final, no mandaron el transfer de restitución.

Para suerte del jugador, nadie lo alcanzó en la tabla de goleadores y se llevó al menos ese reconocimiento personal, con 13 tantos. En tu cara, Tecla.

Son decisiones: La camiseta de Boca de 30.000 dólares

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Ah, los noventa… Siempre los amados noventa. Época horrenda y hermosa, donde todos teníamos un pequeño Men*m instalado en nuestra existencia. Pese a estar en las antípodas futbolísticas del riojano que marcó esa etapa desde la Presidencia de la Nación, Boca Juniors tampoco fue ajeno a esa tendencia: jugadores sobrevalorados desde el precio pero que poco podían dar desde lo futbolístico; modernización de ese templo llamado La Bombonera, pero solo en las zonas que servirían como cocina del “Toma y Daca”, tanto empresarial como político del siguiente milenio. Y, por si eso fuera poco, la camiseta más cara de la historia del fútbol mundial. ¿Ley de convertibilidad? Eso no afectó a las casacas del Xeneize regenteadas por el inefable Carlos Salvador Bilardo.

El año 1996 comenzó con Mauricio Macri asumiendo la Presidencia de Boca Juniors y con el arribo del Doctor como director técnico luego del trágico descarrilamiento del segundo ciclo de Silvio Marzolini. Ambos claro, como las caras visibles de la Reforma del Estado Xeneize.

La primera medida del Ingeniero fue derribar los viejos palcos. La primera determinación de Bilardo fue, sin dirigir ningún entrenamiento, desafectar del plantel al Beto Márcico, a Roberto Cabañas y a Blas Giunta, quien días después recibió el indulto. Menemismo al palo.

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Con un plantel que incluía a Maradona, Caniggia, La Brujita Verón, Navarro Montoya, El Kily González y a Néstor Fabbri, entre otras destacadas figuras, la cosa marchó más o menos bien hasta la octava fecha de aquel Clausura, cuando enfrentaron a Gimnasia de La Plata, precisamente, la tarde que se inauguró La Bombonera del nuevo milenio. ¿Y qué pasó? El Lobo ganó 6 a 0 robándose la fiesta. Y fue ahí cuando -cuenta la leyenda- un Bilardo encolerizado prendió fuego la camiseta rival que había cambiado Alphonse Tchami ¿Cuál era? Nada más y nada menos que la del Beto Márcico.

Tras comerse la orteada de su vida, El Narigón mando un mensaje más que claro para intentar apaciguar a quienes decían que había reaccionado así por sus genes Pincharratas: “La camiseta de Boca no se cambia por nada del mundo”. Pero había un pequeño detalle, claro: en ese equipo estaba Maradona, cuya opinión era Mayoría Automática. Entonces, Bilardo volvió sobre sus pasos para que El Diez no se le pusiera del culo: “El único que puede cambiarla es Diego, por que es conocido en todo el mundo y tiene que salir con 20 o 30 remeras todos los partidos porque todos quieren la de él”.

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Tras terminar en cuarto lugar durante ese torneo, Bilardo se dispuso a armar su tan mentado “Dream Team”, previa desafectación de Fabián Carrizo, El Colorado McAllister y El Mono Navarro Montoya, quien días después fue indultado. Menemismo al palo.

Con la llegada de refuerzos (Cagna, Latorre), refuerzos que no anduvieron (Rambert, Cedrés, Sava, Cáceres, Toresani, Pompei, Pineda) y refuerzos falopa (Guzmán, Guerra, Carrario, Lorenzo), Boca fue una auténtica comparsa que tuvo su punto más álgido cuando cayó por 1 a 0 frente al Independiente de Menotti. Y ahí, tras comerse otra orteada histórica y dolorosa, Bilardo hizo un patético berrinche frente a las cámaras cuando le prohibió a Christian Dollberg cambiar su camiseta con su amigo de la infancia, Raúl Cascini.

Pero la cosa no quedó ahí, durante esa semana un todavía atormentado Bilardo habló desafiando las leyes de La Cámara de Comercio y la economía mundial: “La camiseta de Boca vale 30.000 dólares, lo que sale un auto. Ahora la utilería la voy a manejar yo. Si un jugador la quiere cambiar que lo haga, yo después lo denuncio por robos y hurtos. Si Cascini quiere la camiseta que vaya a una casa de deportes. Hay que enseñar que la camiseta de Boca es sagrada y no se cambia ganes, empates o pierdas ¿Cómo la vas a comparar con la de Independiente, Ferro o Gimnasia? ¡Qué se la den a las señoras, hijos o se le lleven ellos, pero acá no la cambia más nadie! !Por que el equipo es Bo-ca!”.

Además, dejó una sentencia imposible de acatar en los días de la pizza con champagne: “No me gusta que los chicos usen remeras que dicen Houston, Texas o Nueva York. Debe haber un sentimiento patriótico”.

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El asunto de la millonaria camiseta de Boca llegó al súmmum de la pelotudez cuando el desafiante indultado Navarro Montoya –quien había perdido su kiosquito del Buzo con el camión- cambió su vestimenta con la de su antiguo suplente Arturo Marcelo Yorno, la tarde que debutó Juan Román Riquelme.

Tras estar una semana con la sangre en el ojo (el Mono llegó a ir a entrenar con el buzo de Yorno) y después de una bochornosa derrota por 3 a 1 frente a Banfield, Bilardo se la cobró acabando con los días del colombiano en El Xeneize y allanándole el camino a la fama baldosera a Sandro Daniel Guzmán, nada más y nada menos.

Tras aguantar un par de jornadas más con un pobre rendimiento, El Doctor abandonó Boca con un compromiso: que Navarro Montoya no volviese, bajo ningún punto de vista, a integrar el primer equipo. “No vaya a ser cosa que yo sea el único que pague el precio”, declaró. Por supuesto que no, El Mono también lo pagó. Aunque puede que le haya salido un poco más caro que treinta lucas verdes.

El que depositó Olan, recibirá Olan… El que depositó Topper, recibirá Topper…

Son decisiones: River usando la camiseta suplente ante Boca (1999)

Fueron gloriosos los 90 de River. Años dorados plagados de títulos nacionales e internacionales, ídolos que volvieron en gran nivel, pibes de las inferiores que se consagraron, partidazos inolvidables, varios equipos que se transformaron en pósters, entrenadores que dejaron una huella, el Monumental lleno. Todo lo que un hincha espera de su club, menos una cosa: la superioridad en el clásico. La cuenta pendiente de esa generación.

La racha adversa del Millonario en el superclásico noventoso comenzó en 1991, cuando Boca venció 1 a 0 con un gol de Diego Latorre. A partir de ese día, el Xeneize se impuso de varias maneras en el torneo local y hasta en la Supercopa. Incluso, la tendencia se repetía en los amistosos de verano, donde el conjunto de Núñez pudo ganar 1 partido sobre 10 disputados.

Recién en 1994, el River de Gallego se desquitó ganando los dos encuentros, el del Clausura y el del Apertura, ambos en la Bombonera. Parecía ser el quiebre de la historia negra, pero no.

De los siguientes 9 partidos oficiales de la década, Boca se llevó el triunfo en 6 oportunidades. Algunas veces, de forma categórica, como el 4 a 1 con un triplete de Caniggia. ¿El Millo? Apenas si pudo festejar un heroico empate, luego de ir perdiendo 3 a 0. Era lo que había.

Por aquellos años, los jugadores de River declaraban que preferían salir campeón a ganar el clásico (no por nada, Diego Cocca diría lo mismo años más tarde) y desde la vereda de enfrente chicaneaban con la supuesta falta de huevos en el duelo más importante.

El mensaje, por supuesto, no era esquivado por todos los futbolistas riverplatenses. Tampoco por los dirigentes, que ya no sabían qué hacer para ganar el clásico y callar al rival de toda la vida.

Corría 1998, cuando comenzó a circular el rumor de que River iba a intentar cambiar la racha utilizando su camiseta alternativa. En aquel entonces, la suplente de River era roja, con algunos detalles en blanco. Sin embargo, eso nunca sucedió. Tanto en la caída 3 a 2 del Clausura, como en el 0 a 0 del Apertura, los dirigidos por Ramón Díaz usaron la tradicional casaca de la banda. Y no ganaron, obvio.

Para fines de la década, las cosas parecían cambiar. Boca había salido campeón después de muchos años, de la mano de Carlos Bianchi. Era el momento, entonces, para que los roles se invirtieran y fuera River el que ganara los clásicos.

En enero de 1999, el Xeneize se enfrentó a River en Mar del Plata y le ganó 2 a 1, con goles de Gustavo Barros Schelotto y Basualdo. Eso fue demasiado para el público millonario, que necesitaba hacer algo de forma urgente.

La revancha recién llegaría en marzo de ese año. Partido veraniego, un tanto atrasado y en Mendoza. Fue ahí que la descabellada idea de dejar de lado la banda roja se transformó en realidad.

Esa noche, los del riojano salieron a la cancha con Burgos; Hernán Díaz, Leo Ramos, Berizzo y Sorín; Marcelo Escudero, Astrada, Sergio Berti y Gallardo; Saviola y Juan Antonio Pizzi. ¿El detalle? Los 10 jugadores de campo con la camiseta tricolor. Una prenda que remitía a su viejo uniforme de la época amateur (que además ofició de alternativo en varias épocas), pero que además intentaba sacarse la mufa contra el Xeneize.

El cambio de uniforme, sin embargo, no pudo modificar la historia. Boca terminó ganando 3 a 0, con tres tantos de Martín Palermo. El problema, evidentemente, no era la vestimenta.

Recién en octubre de ese mismo año y con la camiseta de siempre, River pudo ganar 2 a 0 en el Monumental, con goles de Aimar y Ángel. Fue una buena manera de sepultar una década excelente que sólo tuvo una mancha, la de los clásicos. Una que no sale ni cambiando la camiseta.

Son decisiones: los 108 convocados de Maradona

Allá lejos y hace tiempo, la selección argentina de fútbol era un equipo conformado por los mejores jugadores del país. Para integrar ese selecto grupo, había que destacarse durante un lapso prolongado en Primera División, no alcanzaba con una buena racha de rendimientos, ni mucho menos con la manija del periodismo coimero. Romperla, sobre todo en un club grande, aumentaba las chances de ser llamado por el DT de turno, aunque esto luego fue cambiando con los años.

En la era Passarella, por ejemplo, lo primordial era jugar bien, pero en River. A lo sumo, podía aceptarse un jugador que no hubiese vestido la banda roja, pero sí o sí tenía que ser representado por Gustavo Mascardi. Fue la era VIP de la AFA. Ponerse la celeste y blanca no era para cualquiera. Pertenecer era la clave.

Toda esa exclusividad del famoso grupo del Dánieeeeel, que tuvo continuidad con Bielsa (aunque, con las concesiones del caso), fue abriéndose cada vez más con los años, aunque nunca dejó de ser algo privativo para los futbolistas del montón. Nunca, hasta la llegada de Diego Armando Maradona al banco de la Selección. Ese día, las cosas empezaron a cambiar.

La breve gestión del Dié (noviembre de 2008 a julio de 2010) se destacó, fundamentalmente, por Passman vos también la tenés adentro la amplitud de criterio para citar jugadores, favorecido por los amistosos falopa. Además de los viejos conocidos que actuaban en el extranjero, comenzaron a ser llamados aquellos que formaban parte del ámbito local. ¿Los que jugaban bien? Sí. Y los que no, también (?). Sólo hacía falta que al Diego los viera por TV, un sábado a la noche mientras se comía una pizza (?), para que se le cruzara la idea de convocarlos.

El caso más recordado, seguramente, es el de Ariel Garcé, que terminó yendo al Mundial de Sudáfrica, gracias a que había aparecido súbitamente en un sueño del entrenador. Pero el Chino, al que le encomendaron la compra de alfajores en sus inesperadas vacaciones pagas, no fue el personaje más encandalosamente convocado.

El colmo de lo insólito se produjo en febrero de 2010, cuando Maradona llamó a 18 jugadores para el amistoso ante Jamaica, en Mar del Plata. La lista, que incluía debutantes como Mariano Echeverría, Walter Acevedo, Leonel Galeano, Lucas Licht y Gabriel Mercado, alcanzaba la increíble cifra de 99 citados en todo el ciclo. Parecían muchos, pero aún faltaban.

Apenas un rato después del llamado, la AFA envió un comunicado, informando que Clemente Rodríguez, Enzo Pérez, José Sosa y Mauro Boselli, de Estudiantes de La Plata, quedaban desafectados. ¿Por qué? Porque justo en esos días estaban disputando la Copa Libertadores. El Diego nunca se enteró y ninguno de sus colaboradores atinó a avisarle. Colgaron, puede pasar (?).

Fue entonces que el DT de Argentina, rápido de reflejos (?), llamó a Ignacio Canuto, Jesús Méndez, Patricio Toranzo y Juan Pablo Pereyra, debutantes con la albiceleste estos dos últimos. Para ese entonces, el listado llegaba a los 101 nombres en un año y pico de trabajo (?), pero esperen porque obviamos un detalle.

Ese mismo día, los medios se dieron cuenta de que ¡Maradona había convocado a un jugador lesionado! Sí, aunque cueste creerlo, desde la AFA nunca se percataron de que Juan Pablo Pereyra, de Atlético Tucumán, había sido operado de una fractura del tabique nasal y tenía para 15 días de recuperación, por lo que se le hacía imposible sumarse a los entrenamientos de Argentina, mucho menos disputar el partido ante los jamaiquinos. Y bue, también son cosas que pasan (?).

En su reemplazo, Diegote (o el que manejaba el fax de la AFA, a esa altura) citó a Claudio Bieler, que esperaba con muchas más ganas una convocatoria de Ecuador. Ah, como si fuera poco, El Taca luego fue desafectado por una lesión.

En mayo de 2010, la lista se extendió a 108 (¡en menos de dos años!), cuando el DT llamó a José Luis Fernández y Cristian Villagra, para ocupar las vacantes que habían dejado Vangioni y Fabián Monzón, lesionados de cara al último amistoso más o menos serio (?) ante Haití, del que también formó parte Ariel Ortega, a modo de homenaje.

Lo que vino después es historia conocida. Veintitrés de esos ciento ocho fueron a Sudáfrica y se volvieron cuando se cruzaron con el chamuyo de Alemania. A esa altura, ya habíamos comprendido que ya no hacía falta ser Maradona para jugar en la Selección.

Ver la lista completa

Son decisiones: Gerlo jugando de 9 (2009)

Partido raro y repleto de incidencias fue el que protagonizaron River y Arsenal en el Clausura 2009. Suficiente para quedar guardado para siempre en la retinas del hincha millonario. No fue una final, ni un clásico. Tampoco un descenso. No fue especial por las expulsiones, ni por el doblete de Gallardo. Lo que todos recuerdan de aquel día se puede definir en una frase: “Yo vi a Gerlo jugando de 9”.

Danilo Telmo Gerlo no es un jugador muy dotado que digamos. Su carrera en el fútbol la hizo a base de sacrificio y amor propio, factores que lo llevaron a protagonizar el ascenso con Quilmes en 2003. Compartiendo la defensa con Alayes (o Raggio), Desábato y el Tucu S*avedra, se ganó su lugar en Primera División y lo mantuvo durante una década.

Su llegada a River, a mediados de 2004, sorprendió. Por aquel momento el equipo de Núñez ya había empezado a revisar y aprovechar las mesas de saldos en los últimos libros de pases (Alejandro Escalona, Jersson González, Máximo Lucas y Martín Del Campo, entre 2002 y 2003), pero aún no había incorporado falopa masivamente, Olimpo style, como sí sucedió en 2005, con Loeschbor, Talamonti, Oberman, San Martín, Santana, Diego Galván, el Coti Fernandez y el chileno Cristian Álvarez.

Gerlo arribó como uno más de tantos otros, pero de a poco se fue metiendo en el bolsillo a la gente. En total, disputó 74 encuentros (muchos como suplente) e hizo 2 goles con la banda roja en el torneo local. ¿Sus hits? Una tapa de Olé gracias a un penal que le hizo a Boca en el verano (le dijo “andá a buscarla adentro, gilazo” a Caranta), y un partido ante el Corinthians, por La Libertadores, en el que marcó a Tevez. ¿Algo más? Sí, claro.

Nos situamos en marzo de 2009. El verano se extinguía al compás de la Ogromanía. Caretas verdes por todos lados. El River de Gorosito había arrancado bastante bien de la mano de Fabbiani, con un empate y dos victorias que ilusionaban, pero en la cuarta fecha se comió un inolvidable 5 a 1 con San Lorenzo. Se aproximaba el siempre molesto Arsenal en el Monumental. Había que ofrecer una prueba de coraje. O al menos otra tribuneada que siguiera dando crédito. Y Gerlo, siempre tan obediente, cumplió con ambas.

El primer tiempo se moría en un 0 a 0 cuando Nico Sánchez cometió una falta adentro del área y se retiró expulsado. Luciano Leguizamón, que todavía no había ganado ninguna de sus 7 Libertadores, abrió el marcador desde el punto del penal y encendió la alarma en el banco de River.

Insultos a Laverni mediante, el segundo tiempo se reanudó con Danilo Gerlo en la cancha, reemplazando a Abelairas. A los dos minutos, una rápida aparición de Villagra por izquierda y un cabezazo del colombiano Falcao pusieron el 1 a 1. Parecía que la remontada era posible, pese al hombre de menos.

Gorosito metió mano a los 65 minutos, haciendo un doble cambio. Archubi por Villagra y Gallardo por Buonanotte. ¿Qué le dio el Muñeco? Un gol apenas un rato más tarde. ¿Qué le dio Archubi? Una seca. Una expulsión apenas 10 minutos después de haber ingresado. River se quedó con 9 jugadores, que prácticamente eran 8, porque a esa altura Paco Gerlo estaba desgarrado y los cambios se habían agotado.

Fue entonces cuando Pipo rearmó lo poco que tenía. Ahumada quedó de marcador central, Gallardo y Falcao pasaron a la mitad de cancha, Fabbiani un poco más adelantado… ¿Y Gerlo? De 9. Para pasar a la historia.

Los últimos minutos de ese partido fueron emotivos. Arsenal, con 10 hombres (se había ido expulsado Sena), trató de llegar al empate pero tibiamente. Mientras tanto, el Millonario salía de contra y le tiraba pelotazos a Paco, que no podía ni saltar, pero al menos lo intentaba.

El Muñeco Gallardo liquidó el match a los 77 minutos y todo lo que vino después fue tranquilidad, mucho más cuando Matellán vio la roja en la visita. En el medio, Gerlo tuvo un mano a mano ante Campestrini. La paró, la midió, la picó…y mientras la pelota se iba afuera se dio cuenta de que le habían cobrado la posición adelantada. Poco importó, desde la tribuna bajaron miles de aplausos.

Luego, el tiempo y la prensa se encargaron de exagerar todo. El defensor lesionado, convertido en heroico delantero, fue ídolo durante algunos días y hasta se vendieron remeras con una frase que hoy es leyenda: “Yo vi a Gerlo jugando de 9”.

Son decisiones: la expulsión más rápida de los mundiales (1986)


Durante años, el uruguayo José Batista surcó el lateral con la camiseta del Deportivo Español. Fue justamente su desempeño en el Gallego, donde es ídolo, el que lo confirmó en la selección de su país y lo depositó de cabeza en el Mundial de México 1986.

Tras el empate ante Alemania y la paliza que le propinó Dinamarca (dura caída 1-6), la Celeste llegó al último partido de la primera fase, ante Escocia, con la obligación de ganar o, al menos, sacar un empate y esperar que se dieran una serie de resultados que le permitieran avanzar a octavos de final.

El 13 de junio de 1986, las más de 20 mil personas que estaban en el estadio Neza 86 fueron testigos de un hecho insólito. Apenas habían terminado de sonar los himnos cuando Charly Batista sacudió al escocés Gordon Strachan y recibió la tarjeta roja más rápida de la historia de los mundiales. Tan solo iban 56 segundos de juego.

“Estaba jugando de lateral, por el lado izquierdo, cuando vi al escocés y surgió la oportunidad de llegar a la pelota antes que él. Yo llegué primero, pero le hice palanca, bastante fuerte… La pelota creo que ni la alcancé ni a tocar. Me llevo más la pierna de ese hombre. La caída fue bastante aparatosa y el pelotudo del árbitro, el francés Joël Quiniou, me rajó”, recordó dos décadas más tarde en una entrevista al diario español El País.

Más allá de la expulsión de Batista y del cambio de estrategia –hubo que jugar con un solo punta todo el encuentro-, Uruguay pudo aguantar el cero a cero y consiguió la clasificación a octavos de final, donde quedaría eliminada en manos de Argentina.

Son decisiones: Castellano corriendo a Lunati (2007)

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¡seis minutos de descuento! marcó el cartel electrónico del cuarto árbitro, Mauro Biasutto, cuando se cumplieron los noventa reglamentarios. En el Monumental, y ante un sol que rajaba la tierra, River Plate y Rosario Central empataban 2 a 2 por el Apertura 2007.

¿Era para tanto? En el segundo tiempo solo hubo dos cambios (ambos en la visita y antes de la reanudación del juego) y si bien es verdad que los jugadores del Canalla pasaron un buen rato tirados en el piso, seis minutos parecía un exceso.

Para esa altura, todo Rosario Central estaba re caliente con la actuación del juez, el Loco Pablo Lunati, reconocido hincha de la banda, que había obviado un clarísimo penal de Nicolás Sánchez, que desvió el balón con la mano en su propia área.

El que tenía la pelota era el local, pero el que se puso en ventaja, a los 94, fue Central, gracias a un gol de Ronald Raldes. Para aguantar el resultado, Carlos Ischia, DT de los rosarinos, llamó a Juan Manuel Azconzábal para que entrara en lugar de Martín Arzuaga. Pero Lunati hizo oídos sordos a los gritos de todo el banco canalla y siguió el partido como si nada.

Faltaban segundos para que se cumpliera el tiempo adicionado y River se venía al frente como una tromba. Con un córner a favor del Millonario, el Rifle Castellano (¿cuándo no?) explotó y reclamó el ingreso del defensor con algunas palabras que no le gustaron del todo al referí. “Está loco este, es es un loquito”, exclamó el arquero ante las cámaras, y la siguió “Sos un loquito, sos un delincuente”. El árbitro se acercó al banco visitante y, una vez más, expulsó al eterno suplente. Ah, además adicionó dos más.

El partido siguió y a los ¡98 y medio!, Radamel Falcao García clavó el 3 a 3. Castellano, que no había abandonado el terreno, salió disparado a buscar a Lunati, pero lo frenaron justo. En el medio de ese caos, el Loco Pablo informó por exabruptos al preparador físico, Diego Rousse, y el DT de la reserva, Angel Celoria. En cambio, y pese a lo comentado en la transmisión de TV, no mencionó al Pejerrey Gonzalo Belloso, quien aparentemente le habría arrojado un golpe al colombiano Falcao.

Cuando retornó la calma, al menos dentro del campo de juego, el encuentro ya estaba en tiempo recontra cumplido. Sin embargo, Lunati lo hizo seguir hasta los 101 minutos. Tras el pitazo final, el Rifle metió un pique tremendo para cruzarse con el árbitro. Mientras tanto, un grupo de hinchas de Central empezó a romper las butacas de la Centenario alta y a arrojarlas hacia abajo. Uno de los hierros que une los asientos golpeó en la bandeja inferior a un hincha de River, que sufrió fractura de clavícula y un corte en la cabeza.

¿Qué dijo el Loco Pablo? “Me quedé corto con los seis minutos; después pensé que tendría que haber dado ocho o más”. O lo que en la jerga se conoce como “hasta que lo gane River”.

Son decisiones: Ricardo Caruso Lombardi contra el mundo (2005)

Lunes 7 de noviembre de 2005. Estadio Tomás Adolfo Ducó. Huracán – Tigre. Esa noche (ni antes ni después, esa misma), Ricardo Caruso Lombardi, por entonces DT del Matador, hizo su ingreso triunfal por la puerta grande del fútbol argentino cuando, frente a las cámaras de televisión en vivo y en directo para todo el país por la pantalla de TyC Sports, estalló de bronca (y casi literalmente) por el pésimo arbitraje de Walter Díaz.

La furia del Richard comenzó a desatarse en el primer tiempo, cuando Díaz, a instancias del línea Omar Bisso, le anuló un gol legítimo a Tigre luego de la enérgica protesta del Turco Mohamed y sus dirigidos.

La jugada ocurrió a los 35 minutos, cuando Nicolás Torres ejecutó un tiro libre que terminó en el fondo del arco defendido por Elías Gómez (que había ingresado por el expulsado Diego Pozo), después de que Juan Carlos Blengio -habilitado- y Diego Castaño -en offside- se interpusieran en el recorrido de la pelota, aunque sin tocarla. El árbitro, tras sancionar el gol, dio marcha atrás por los reclamos de la gente de Huracán y se excusó en que Castaño “interfirió la visual del arquero”. Caruso Lombardi vio la tarjeta roja por sus quejas desmedidas.

El partido, correspondiente a la decimocuarta fecha de la B Nacional 2005/06, estuvo suspendido durante 15 minutos por incidentes en la tribuna visitante que motivaron el lanzamiento de gases lacrimógenos por parte de la policía.

En el inicio del segundo tiempo, con los ánimos ya muy caldeados y quizás para compensar aquel error, el referí convalidó el único tanto del equipo de Victoria, tras una clara posición adelantada de Matías Giménez. En el transcurso de la segunda etapa, el árbitro le expulsó a tres jugadores al Matador: Daniel Muñoz, por doble amonestación, Diego Castaño, por exceso verbal, y Diego Minor, por juego brusco.

Cerca del final del encuentro, el juez sancionó un penal inexistente para Huracán, de cuyo rebote Joaquín Larrivey marcó el 1 a 1 parcial. Ya sobre la hora, un zapatazo de Walter Coyette puso el 2 a 1 definitivo para los de Parque Patricios.

Desatado y ante la atenta mirada de las cámaras de televisión, el Richard siguió con su show. Esperó a que sus dirigidos dejaran de rodear a Walter Díaz y luego encaró al árbitro, lo tomó de la camiseta y le preguntó a los gritos: “¿Por qué nos hiciste ésto?, ¿por qué nos robaste?”.

Minutos después, ante el periodismo y al borde de un síncope, dio cátedra y escupió uno de los diálogos más recordados del fútbol moderno:

Ricardo Caruso Lombardi: No dirijo más, no dirijo más. Mi renuncia hoy, yo no dirijo más. ¿Sabés por qué? Porque a este señor le dan una fecha y yo me tengo que ir (balbuceo inentendible) a putearme con todos los negros. Lo que hizo este hombre hoy…
Periodista: Tranquilo, tranquilo, pero sos el conductor, sos el conductor.
Ricardo Caruso Lombardi: ¡QUE LO ECHEN DE LA AFA! ¡QUE-LO-E-CHEN! Por favor te lo pido, que lo echen, que no dirija nunca más. ¿Sabés por qué? Porque él le hace daño, le hace daño a mucha gente, a mucha gente. Y me deja sin trabajo y yo soy honesssssssto.
Periodista: Pensá en tus hijos, pensá en tus hijos.
Ricardo Caruso Lombardi: Sí, ¿Y él tiene hijos? Él tiene hijos también, ¿no?

La charla terminó abruptamente cuando algún desalmado se llevó al DT para el vestuario. Un rato después, ya más tranquilo (?), siguió declarando: “Yo renuncio por más que los dirigentes no quieran. Me voy, no dirijo más porque no me quiero morir en una cancha y, realmente, estoy muy asustado que algún día pase. Me voy porque soy leal y me siento estafado. Si algún día tengo ganas de dirigir y algún equipo me viene a buscar, dirigiré…”.

¿En qué quedó todo? Caruso Lombardi siguió siendo el entrenador de Tigre hasta fines de 2006, cuando fue reemplazado por Diego Cagna, que logró el ascenso a Primera División a mediados de 2007 tras derrotar en la Promoción a Nueva Chicago.