Son decisiones: El gesto de Latorre a Boca (1999)

Diego Latorre siempre fue un bicho raro dentro del ambiente del fútbol. Fanático del tenis y rescatado de un country por el técnico Mario Zanabria, saltó a Primera División sin hacer inferiores, pero no tuvo inconvenientes en adaptarse, o al menos eso es lo que demostró en la cancha. Rápidamente se ganó a la gente de Boca a base de goles y gambetas, esas que le valieron convocatorias a la Selección y un pase al fútbol internacional.

Ya de vuelta en el Xeneize, Latorre siguió destacándose, no solo con sus rendimientos, sino también con sus declaraciones. La falta de cassette, tan valorada por los periodistas, era la misma que lo terminaba condenando. Fue así como un día se animó a decir que Boca era un “cabaret” y eso le generó enemistades en el vestuario, empezando por el técnico Veira. Como si fuera poco, arrastraba la antipatía de Maradona. Latorre, por aquel entonces, era El Diego Malo.

A mediados de 1998 la relación entre Gambetita y Boquita no daba para más. En el horizonte figuraban algunas opciones. Ser transferido a un Racing en quiebra o poner un local de articulos deportivos. Era mucho más tentador lo segundo, pero terminó siendo endulzado por la propuesta del excéntrico Daniel Lalín.

Ni lento ni perezoso, el Presidente de Boca, Mauricio Macri, negoció con su par de La Academia e incluyó una cláusula en el contrato, para que el jugador no pudiese enfrentar a Boca. Finalmente, la justicia falló a favor de Racing y, después de muchas idas y vueltas, Dieguito actuó en el empate 1 a 1 del Apertura ’98. Ese día, Oscar Córdoba le sacó una pelota que tenía destino de gol.

Bajo el mando del técnico Ángel Cappa, Latorre recuperó el buen nivel en Racing, acompañado por el Mago Capria, el Chelo Delgado, Matute Morales, Tapita García y Pablo Bezombe. Sin embargo, ese equipo no pudo alcanzar al Boca de Bianchi, que ya sin Gambetita pudo quedarse con el título. Como en el ’92 (?).

La revancha, mucho menos importante, pero revancha al fin, le llegaría al ex de Zulemita en el verano de 1999. Ese día La Acadé ganó 2 a 1. ¿Y adivinen quién hizo el primer gol? Latorre, obvio, quien no dudó en salir corriendo hasta la mitad de la cancha del estadio José María Minella de Mar del Plata, para tomarse la nariz y mirar a la platea de Boca. Ese día, los xeneizes terminaron de hacerle la cruz.

Aquel simple partido veraniego quedó marcado en el inconsciente colectivo de los futboleros, pero muchos olvidan que hubo un segundo capítulo. Racing y Boca volvieron a verse a las caras en la octava fecha del Clausura ’99, en La Bombonera. Y si bien fue baile del equipo local, que terminó ganando 4 a 0, Gambetita repitió el gesto de mal olor cuando se acercó a la tribuna popular de su ex club. También es cierto que en ese momento lo estaban puteando todos, aunque no sabemos por qué (?).

Cuando terminó el partido, el Diego bueno, ya retirado del fútbol, pero no de la lengua (?), encaró los micrófonos y dijo “Lo que no puedo olvidar es que haya hecho así (sic) a la hinchada de Boca, porque creo que Diego estuvo en Boca y sabe que la gente de Boca eso no lo, no lo, no lo, no lo traga, pero de todas maneras esto no fue una revancha contra Latorre. Aunque le gritamos muchas cosas, le ganamos a Racing”.

El novato Ramón Díaz y la semana del arquero

El traje parecía quedarle enorme… y aunque ahora nos parezca una profanación rayana a la falta de respeto, a mediados de 1995 todo futbolero en sus cabales afirmaba que a Ramón Ángel Díaz el traje de director técnico de River Plate le quedaba inmenso. Si hasta parecía disfrazado. Y los hinchas Millonarios sufrieron algunas de sus decisiones largo y tendido. Y de esa manera, claro, también lo hostigaron.

Es que tras el error histórico de contratar y después echar a Carlos Babington, el codiciado puesto le fue ofrecido al Riojano quien, con 35 años, se encontraba dando sus últimos pasos como futbolista en el Yokohama Marinos de Japón. Y El Pelado, claro está, agarró viaje con las dos manos…

La decisión del entonces presidente, Alfredo Dávicce, tenía varios fundamentos a favor: Ramón Díaz era un hijo dilecto del club que conocía a todo jugador, empleado, dirigente y -dato no menor- empresario que trabajaba con la institución y, se suponía, continuaba con el linaje de Daniel Passarella y Américo Gallego, quienes dirigían a la Selección y aún tenían sobrada influencia en Núñez. Además, al Pelado lo subestimaban como una figurita fácil de manipular desde el ámbito dirigencial.

Como contra, se señalaba la falta de experiencia de un tipo que ni siquiera se había anotado para hacer el curso de entrenador, la inconveniencia de tener a un técnico que había sido compañero de la mayoría de sus dirigidos y hasta una posible lucha de poder y egos contra otra leyenda riverplatense: Enzo Francescoli.

Todo esto, amén de las crueldades que bajaban desde las tribunas: el raro e inentendible dialecto italo- franco-argentino con el que se dirigía a la prensa, su dudoso aspecto y una lengua que llegaba a todos los hogares argentinos en primerísimo primer plano cada vez que una cámara lo enfocaba. Cuestiones que el tiempo y las victorias transformaron en folclore, después de todo y aunque nos engañemos, “fútbol” y “buena presencia” difícilmente vayan de la mano…

Y así arrancó El Pelado Díaz como entrenador. Con escaso fútbol del bueno y formaciones que mutaban partido tras partido. Para ser claros, todo muy confuso: un jugador que era titular indiscutido a la siguiente fecha ni siquiera iba al banco; cambiaba una defensa completa; variaba toda la línea de volantes; adelante jugaban todos y a la vez ninguno; Hernán Díaz se disfrazaba de “4”, de “3”, de “8”, de “11” de “10” y así hasta el infinito…

El caso más emblemático de aquellos tiempos inestables fue el del puesto de arquero. De entrada, los dirigentes le negaron al único jugador que Ramón había pedido: Ángel David Comizzo. Entonces, El Riojano optó por Javier Sodero sobre Germán Burgos con el único afán de diferenciarse de Daniel Passarella, quien tenía al Mono como uno de sus arqueros favoritos para el seleccionado.

Aunque claro, luego que El Cordobés se coma un gol de tiro libre de Flavio Zandoná en el estreno y por expreso pedido del resto del plantel, El Mono volvió a hacerse con la titularidad. Y eso no le causó ninguna gracia al Pelado, encima Burgos tampoco colaboró demasiado…

El primer incidente grave ocurrió en el partido de vuelta por los Octavos de Final de la Supercopa ´95 contra Peñarol, a quien River había vencido por 3 a 2 en Montevideo, la noche que El Enzo y Cedrés no gritaron sus tantos. Y allí, de local, con el marcador 2 a 1 a favor del Millonario, Burgos cometió la burrada magistral de salir a buscar un pelotazo cerca de los límites del área grande y con dos defensores marcando al atacante rival ¿el resultado? gol de Romero y empate.

Pero eso no es todo: dos minutos después Bengoechea pateó un tiro libre que pegó en el palo, dio en la jeta de Burgos, luego en el travesaño y terminó adentro. Uno de los goles más ridículos y chaplinescos de toda la década del noventa. Increíblemente, y por mérito exclusivo del arquero, el marcador estaba 3 a 2 para los uruguayos.

Finalmente, River se impuso en la definición por penales gracias al tiro de Baltierra que rebotó en el poste, ya que Burgos bastante lejos estuvo de parar algo. Por supuesto, El Mono debió abandonar el primer equipo. No era para menos, casi le arruina el debut a García Aspe (?).

Cuatro días después y por la octava fecha del Apertura, River recibió en su estadio al Estudiantes de la dupla Russo – Manera que se encontraba último cómodo y, por supuesto, aún no había ganado. Un partido fácil en apariencias en el que, como principal novedad, se destacaba el esperado regreso de Javier Sodero al arco Millonario.

Y allí, en el Monumental, se ratificó lo que la mayoría suponía: Javier Sodero era baldosero. Y de los buenos, eh. En primer lugar y con el marcador en cero, paralizó los corazones de todos al perder una pelota por hacerse un nudo, demorarse e intentar gambetear a un rival: no fue gol de milagro. Luego se comió un amague y se lo notó falto de reacción en el único gol del baldosero paraguayo Javier Ferreira en Primera División. Pero lo peor de todo aún no había llegado…

Cuatro minutos después, en el siguiente ataque Pincha, Silvano Maciel tiró un verdadero pedito de vieja que Sodero intentó embolsar e insólitamente le pasó por debajo del cuerpo. Calderón recibió solo y convirtió el 2 a 1 transitorio. Ramón Díaz, al igual que todo el planeta, no podía creer lo que veía: un arquero peor que el otro. El partido finalmente terminó igualado en dos tantos y, por supuesto, Javier Sodero jamás volvió a jugar en la Primera de River Plate.

Como última medida de necesidad y urgencia, Ramón optó por Joaquín Irigoytía, quién recién había cumplido 20 años y venía de ganar el Mundial Sub -20 de Qatar, donde lo habían distinguido con el Balón de Bronce.

Y así, pese de ser rehén de la desconfianza, El Vasquito fue la figura descollante en las victorias sobre Español, Gimnasia de Jujuy (penal atajado a Piaggio) y, más que nada, en la serie ante el Gremio por los Cuartos de Final de aquella Supercopa, donde detuvo los tiros de Emerson y Goiano en la definición desde los doce pasos. Para todos, había surgido el nuevo Goycochea. Y algo de eso había…

Tres semanas después, el sueño de Irigoytía llegó repentinamente a su final cuando, en la ida por la semifinal de la Supercopa ante Independiente, se comió dos goles de Javier Mazzoni, donde ambos tiros rebotaron en su cuerpo y terminaron dentro del arco. Encima River ganaba 2 a 0 cómodo y debió conformarse con el empate. Ramón Díaz estaba tan caliente que hasta se entendieron sus balbuceos: “los goles de ellos vinieron por errores del pibe que no se pueden repetir”. Un copado (?).

Y así, con toda esa confianza, El Vasquito se calzó los guantes ante Newell’s en Rosario y se comió tres goles en donde se lo notó falto de seguridad, de distancia, de timming, de olla, de todo. Su ciclo como titular en River Plate había finalizado y con él se había inaugurado la escuela riverplatense de “arquero de Selección para 10 años” que a futuro tan bien defenderían Franco Costanzo, Germán Lux y Juan Pablo Carrizo.

Con el regreso provisorio de Burgos al arco también llegó la eliminación por penales de la Supercopa ante Independiente. Por supuesto, aquellas idas y vueltas no fue definitivas ni definitorias y el fútbol le dio revancha… a Germán Burgos. No a Sodero ni a Irigoytía. Ellos demostraron condiciones. Condiciones de baldoseros, claro. Tuvieron la chance de ser parte de un ciclo histórico y no lo aprovecharon. O seguramente ni siquiera se lo imaginaron.

Ramón Díaz sobrevivió en el cargo haciendo uso de su cintura política aunque siguió siendo bastante abofeteado. Seis meses después llegarían los títulos para El Pelado y, de ahí en más,  casi nadie en River se animaría a cuestionarlo. Eso, claro, después de ganar un par de campeonatos ¿o alguno me va a decir que lo bancó desde el primer año? Ta´ siempre, muchacho´…

El no gol de Bustos contra Racing (2008)

Tuvo en sus pies la posibilidad de mandar a un grande al descenso o, por lo menos, hacerlo sufrir más de la cuenta. Sin embargo, desperdició de forma increíble una inmejorable chance que quizás le hubiera permitido subir a Primera y cotizarse individualmente. Con ustedes, Claudio Bustos y su gol errado contra Racing.

Una de las promociones más recordadas, entre equipos de Primera y de la B Nacional, es la que disputaron Racing Club de Avellaneda y Belgrano de Córdoba en el final de la temporada 2007/2008. No es que hayan brindado un nivel de juego excepcional, pero el morbo por ver a La Academia nuevamente a un paso del abismo nos anticipó lo que experimentaríamos, años más tarde, con River, San Lorenzo e Independiente.

Aquel conjunto dirigido por Juan Manuel Llop llegó bastante golpeado a la reválida con los cordobeses. La mala suerte lo había acompañado durante toda la vida todo el semestre y quedaba saber si el bajón anímico le permitiría hacerle frente a un equipo que llegaba desde una categoría inferior y sin nada que perder.

Los Piratas comandados por el siempre conservador Mario Gómez no eran una maravilla ni mucho menos. Habían entrado a la Promoción casi pidiendo permiso, ganando el último partido ante Defensa y Justicia y accediendo al 4º lugar de la tabla de posiciones por diferencia de gol. Muy lejos, además, de San Martín de Tucumán y Godoy Cruz, los clubes que habían ascendido de forma directa.

Ya en el primer choque de la repesca (?), en Córdoba, La Acadé demostró que, a pesar de sus limitaciones, tenía un nivel superior al de Belgrano. Por esas cosas del futbol y porque Racing es Racing, un mal rechazo del paraguayo Cáceres terminó sirviéndole el empate en bandeja a Matías Gigli. El encuentro terminó 1 a 1, dejando algunas perlitas, como el gol que erró el paraguayo Erwin Ávalos debajo del arco, acción opacada unos días más tarde por la jugada que hoy nos toca analizar.

El domingo 28 de junio de 2008 Racing y Belgrano volvieron a verse las caras en el Cilindro de Avellaneda. Al conjunto de Llop le alcanzaba sólo con empatar para mantener la categoría, pero también tenía toda la presión por ser el equipo más grande. Eso pareció sentirse entre los jugadores locales, que desde el arranque se vieron sorprendidos por los ataques cordobeses. A los 10 minutos Gigli no supo aprovechar la primera situación clara para el celeste y Racing respondió al toque con una buena combinación que terminó con el gol de Maxi Moralez. Uno a cero y a sufrir.

Todo lo que vino después fue un monólogo del team de Mario Gómez, que ese día fue al frente como no lo hizo el resto de su carrera (?). El travesaño, una pelota que picaba casi en la línea, otra que se iba por poquito afuera. Cualquier cosa salvaba ese día a La Academia. Y cuando decimos cualquier cosa, es cualquier cosa.

Volcado al ataque, pero sin desordenarse, Belgrano acorralaba cada vez más al local, que lo único que hacía era defenderse…y muy mal. Daba la sensación de que el empate iba a caer en cualquier momento. Y sí caía el empate, se venían 1 ó 2 goles más, eso se respiraba en el ambiente.

Corrían 24 minutos del segundo tiempo cuando el Pirata salió de contragolpe. Matías Suárez recibió la pelota en la mitad de cancha y puso un pase largo para la carrera de Claudio Bustos, que en cuestión de milésimas se encontró con la jugada de su vida.

El delantero escapó a espaldas de Cáceres y vio como el balón le quedó picando a la altura de la medialuna. Como la pelota tardaba en bajar y Martínez Gullota salía atolondrado a tapar el remate, Bustos ensayó una pirueta rara en el aire, que sin querer engañó al juvenil arquero. Wally pasó de largo como colectivo lleno y se chocó con su defensor. Entonces, ahí sí, a Bustos le quedó el gol servido.

Con el arco a su merced y sin marca (hasta Cáceres se había dado vuelta para no ver la tragedia), el jugador de Belgrano quedó de frente a miles de corazones en pausa y definió de zurda…pero le erró a la pelota. No sólo eso, sino que el pifie hizo rodar el balón hasta la línea de fondo. En un último intento, Bustos corrió para tratar de rectificarse, pero ya era en vano.

Un instante después, el ritmo cardíaco de varios hinchas académicos volvió a la normalidad y recién ahí se dieron cuenta de que el viento de la fortuna corría para otro lado. Todo lo que el equipo no había ligado en el torneo, lo ligó ese dia. Y si esa pelota no había entrado, entonces era la señal de que Racing se iba a quedar en Primera.

¿Qué fue de la vida de Claudio Bustos? Siguió jugando en Belgrano e incluso disputó otra Promoción ante Rosario Central. Hoy actúa en Atlético Sampacho de Río Cuarto, pero antes anduvo por Boca Unidos de Corrientes y Juventud Unidad Universitario de San Luis. Y ahí, en la tierra del WI-FI libre, también se preguntan cómo es que Bustos no la pudo conectar.

Son decisiones: Ragg y su festejo contra Independiente (1999)

Para todo aquel privilegiado que lo vio jugar, es casi imposible olvidarse de Bernardo Martín Ragg. No sólo por su particular rostro, sino también por su estilo atolondrado, ese que le permitió ser protagonista de una de las jugadas que más carcajadas provocó en el fútbol argentino de las últimas décadas. Recordemos esa gema baldosera:

El calendario de 1999 estaba marcado en el 18 de diciembre. Última fecha del torneo Apertura. Noche calurosa en Córdoba, ideal para tomarse una cerveza o ir a la cancha. ¿Por qué no las dos? De un lado estaba el Belgrano de Enrique Nieto, tratando de sumar para no descender al Nacional B. Por otro lado, el Independiente de Trossero, que pedía a gritos que finalizara el año para poder barajar y dar de nuevo. No prometía ser un partidazo, pero lo fue.

Ariel Montenegro, el hermano del Rolfi, ese día estuvo como nunca. Convirtió el primer gol a los 37 minutos del primer tiempo y marcó el segundo, de penal, a los 18 minutos del complemento. El partido, a esa altura, estaba más que liquidado. La gente del Pirata deliraba en las tribunas del Gigante de Alberdi, los jugadores locales ya pensaban en las vacaciones. Era una fiesta completa, no faltaba nada. O sí, tal vez un gol más de Belgrano.

Corrían 28 minutos del segundo tiempo cuando el enganche celeste, Leo Torres, metió un centro al área chica que encontró, como no podía ser de otra manera, al iluminado Montenegro. Con una tijera, el ex jugador de San Lorenzo marcó el tercero de su cuenta personal y desató el festejo pirata. Tres a cero, goleada, excelente cierre de año, navidad, brindis, pan dulce, regalitos. Pero todo se desmoronó en apenas un cerrar de ojos.

Todos los jugadores de Belgrano salieron como locos a festejar el gol. Incluso el arquero Ragg, el más desaforado de todos, que corrió hasta la mitad de la cancha para abrazarse con el técnico Nieto y el resto de los suplentes. En medio de tanta euforia, el árbitro Cordero se dio cuenta de que el línea estaba levantando la bandera por offside de Amaya, y cobró tiro libre para Independiente. Pontiroli sacó rápido, la pelota voló por el aire, Ragg emprendió una corrida memorable, pero jamás pudo alcanzar al delantero Claudio Graf, que arrancó en la mitad de cancha y definió casi llegando al área grande. De un virtual 3 a 0 a favor, a un 2 a 1 en contra. Y todavía faltaba.

Los instantes siguientes fueron los peores en la vida deportiva de Ragg. Mientras se lamentaba y se seguía lamentando por su festejo inoportuno, el Rojo de Avellaneda seguía atacando. Y en apenas 5 minutos se concretó lo que todos imaginaban. A los 31 empató Tomatito Pena. Y a los 34 llegó el definitivo gol de Diego Forlán, el primero de su carrera. Tres a dos. De la risa al llanto.

El tanto del uruguayo no fue sólo un mazazo para el arquero y el plantel celeste. También lo fue para los hinchas, que no soportaron la inesperada e increíble derrota y suspendieron el partido arrojando todo tipo de objetos contundentes. ¿Resultado? A Belgrano le dieron el match por perdido y además le descontaron 3 unidades por los incidentes. Sí, el festejito del arquero costó 6 puntos.

“Estoy tan caliente, que no sé si me retiro”, dijo Dientito Ragg esa noche. Por suerte recapacitó y siguió jugando algunos años más. El fútbol se lo agradeció eternamente.

En esta nueva categoría, denominada Son Decisiones, recopilaremos jugadas y situaciones insólitas que quedaron grabadas a fuego en el inconsciente baldosero. Que la disfruten.