Chapitas: Sócrates

Dicen los que siguieron su trayectoria de cerca que el Doctor apenas fue profesional una sola vez en la vida: en 1982, en las vísperas del Mundial de España, el primero que disputaría con la casaca verdeamarelha.

Antes y después, Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, el hijo de Guiomar y Raimundo, el hermano de Sóstenes, Sófocles, Raimundo filho, Raimar y Raí (que brilló en São Paulo y PSG, y campeón del mundo en 1994), fue una especie de talento desperdiciado. Un jugador de una técnica e inteligencia pocas veces vista, no muy afecto a los entrenamientos, y obsesionado por dos tentaciones que lo persiguieron durante toda su carrera: las mujeres y la cerveza.

Nacido en Belém de Pará, al norte de Brasil, en febrero de 1954, debutó 20 años más tarde, alternando entre volante por derecha y atacante, en Botafogo de Ribeirão Preto (1974 a 1978), en el interior de São Paulo, donde su familia se había mudado durante su infancia debido al empleo de su padre.

Con la camiseta tricolor del Fogão rápidamente empezó a demostrar que la cosa iba en serio, incluso dando ventajas: muchas veces se perdía los entrenamientos porque Seu Raimundo lo había obligado a priorizar sus estudios de Medicina. Más de una vez llegó sobre la hora a un partido y tuvo que hacer un escándalo en la puerta para que lo dejaran pasar.

Ya recibido, en 1978, fue transferido al Corinthians (1978 a 1984), uno de los clubes más populares del país, donde no tardaría en convertirse en ídolo. En el Timão se reencontraría con un viejo conocido, Geraldão, aunque sus días de gloria los vivió al lado de Palhinha y Walter Casagrande, su gran compañero de noches, con el que conformó una dupla tóxica.

Enseguida, en 1979, llegarían sus primeras convocatorias para la selección nacional, dirigida por Cláudio Coutinho. Esa misma temporada, Sócrates conquistaría su primer título importante con la camiseta del Corinthians: el campeonato paulista, eliminando en semifinales al máximo candidato, el Palmeiras de Telê Santana.

En 1982 se preparó físicamente como nunca para el Mundial de España. En la primera fase, Brasil avanzó con puntaje ideal frente a la Unión Soviética, Escocia y Nueva Zelanda, pero en la segunda ronda no pudo hacer pie ante Italia, tras dejar en el camino a la Argentina de un tal Diego Armando Maradona. Cuentan los que lo conocieron que nunca lo vieron tan triste como después de aquella recordada derrota por 3 a 2 ante los tanos.

De regreso en Brasil, sumergido en una cruenta dictadura militar desde 1964, Sócrates se convirtió en uno de los emblemas de la lucha por la democracia, dentro y fuera de la cancha. En el verde césped, de la mano de la Democracia Corinthiana, un movimiento liderado por el sociólogo Adilson Monteiro Alves, Wladimir, Walter Casagrande, Zenon y el propio Sócrates, que generó una verdadera revolución.

Decisiones como la contratación de jugadores o entrenadores, la necesidad de concentrar o no antes de los partidos, o la posibilidad de zafar de una gira si un futbolista recién comenzaba un noviazgo eran discutidas entre todos, plantel y cuerpo técnico. Aquel Corinthians fue reconocido por su valentía, por ejemplo, para salir a la cancha y jugar con camisetas con leyendas como “Día 15 vote” (en referencia a las elecciones para gobernador, senadores y diputados del 15 de noviembre de 1982, las primeras por voto popular en 20 años) o banderas como “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Los resultados deportivos también acompañaron: el Timão fue bicampeón estatal en 1982 y 1983.

En abril de 1984, un acto en el Vale do Anhangabaú, en pleno centro de São Paulo, convocó a más de un millón y medio de personas. Pedían que el Congreso Nacional aprobara una enmienda constitucional que convocaba a elecciones directas para presidente por primera vez desde 1960.

Esa noche, al lado del periodista Osmar Santos y su amigo Casagrande, Sócrates, que tenía una jugosa oferta de la Fiorentina italiana, agarró el micrófono y juró que se quedaría en el país si Brasil volvía a las urnas. Unos días más tarde, aquel traspié lo deprimió y terminó yéndose.

La carrera del Doctor tras su salida del Timão estuvo plagada de controversias y polémicas. Además, su estilo de vida agitado ya empezaba a pasarle factura. Apenas resistió un año en la Fiorentina (1984/85), donde conoció a Daniel Alberto Passarella (con el que, obviamente, no se llevaba muy bien), antes de volver a casa.

Tenía todo arreglado para jugar en Ponte Preta, bancado por el mediático Luciano do Valle (una especie de Marcelo Tinelli de la época), e incluso llegó a posar con la casaca de la Macaca para la tapa de la revista Placar. Sin embargo, la plata no apareció y terminó en Flamengo (1985 a 1987), otra vez al lado de uno de sus ídolos, Zico.

“No quiero ningún partido homenaje. Sólo puedo asegurar que voy a retirarme interrumpiendo un entrenamiento en la Gávea. Voy a poner un barril de cerveza en la mitad de la cancha para que todo el mundo brinde en mi despedida”, decía en aquella época. Las lesiones se hicieron una constante y la idea del retiro empezaba a sobrevolar la cabeza del Doctor, que aun así defendió una vez más la verdeamarelha en la Copa del Mundo de México 1986, donde Brasil se quedó afuera por penales ante Francia en cuartos de final. Sócrates, al igual que Julio César, erró su ejecución desde los doce pasos.

Recuperado de una lesión que lo tuvo alejado durante buena parte de 1987 y con algo de magia todavía para regalar, Magrão cumplió el sueño del pibe cuando se sumó al club de sus amores, Santos (1988/89), aunque disputó mayoritariamente partidos amistosos en giras por el exterior que traían billetes frescos a las necesitadas arcas del club de la Vila Belmiro.

Los últimos trotes del crack fueron en el mismo lugar donde empezó todo, en Ribeirão Preto, con la camiseta del Botafogo (1989), que enseguida lo anunció como DT, en 1990.

Tras un impasse en el que aprovechó para dedicarse a la medicina, instalar un moderno complejo médico en Ribeirão Preto e incluso coquetear con la política, en 1994 regresó al fútbol, aunque en un nuevo rol. La rebautizada cadena deportiva de cable SporTV, del grupo Globo, lo contrató como comentarista para los partidos del campeonato local. Pero Sócrates nunca se destacó por su profesionalismo y tampoco encajaba con el establishment. Llegaba a la cancha sobre la hora, generalmente en un estado etílico indisimulable y sus acotaciones estaban exentas de cualquier tipo de imparcialidad, especialmente cuando le tocaba cubrir al Corinthians. Duró poco.

En 1996, la Liga Deportiva Universitaria de Quito le dio una nueva oportunidad como técnico. Sócrates intentó instaurar un sistema similar al de la Democracia Corinthiana, pero resistió apenas un puñado de encuentros. Su última experiencia como entrenador fue de la mano de un viejo conocido de la selección, Leandro, mítico defensor del Flamengo, que a fines de los noventa gerenciaba al Cabofriense de Río de Janeiro. Y otra vez la misma historia.

Durante su última década, el Doctor bancó públicamente a Luis Inácio Lula da Silva y otros políticos del Partido dos Trabalhadores (PT), volvió al fútbol por un rato con la camiseta del Garfoth Town (2004) de la octava división inglesa, tuvo cierta actividad en diversos medios de comunicación alternativos y, principalmente, acentuó su problema con el alcohol.

Recién a mediados de 2011, tras varias internaciones, reconoció su enfermedad. Destrozado por el vicio, en los últimos tiempos había reemplazado la cerveza, su eterna compañera, por el vino. Aunque, claro, se bajaba una botella.

“Quiero morir un domingo y con Corinthians campeón”. Puta casualidad del destino, Sócrates murió en la madrugada del domingo 4 de diciembre de 2011, víctima de una cirrosis hepática tan anunciada que no sorprendió a nadie. Esa tarde, por la última fecha del Brasileirão, Corinthians enfrentaba a su clásico rival, Palmeiras, y apenas necesitaba un punto para consagrarse.

Antes del inicio del partido, los jugadores del Timão y sus miles de hinchas lo homenajearon con el brazo derecho en alto y el puño cerrado, aquel festejo que repitió tantas veces en el Parque São Jorge, en el Pacaembu y otro montón de estadios a lo largo y a lo ancho de Brasil. Con el 0 a 0 definitivo, Corinthians conquistó su quinto título a nivel nacional.

Chapitas: Terry Dodd

Si la cerveza no se hubiera cruzado en su camino, tal vez Terry Dodd hubiese sido un gran goleador de la Premier League o al menos de la Championship. Pero no, Terry Dodd descubrió las virtudes de la birra desde muy joven y entonces, pese a sus buenas condiciones, solo le dio el cuero para ser un típico goleador gordo de las categorías más bajas del ascenso ingles. ¿Lo vamos a condenar por eso? Claro que no. ¡Si gracias a la birra lo conocimos!

Atención a su carrera. Surgió en el Worthing, pero se puso la camiseta de varios equipos vecinos, entre los que se destacan East Preston, Horsham YMCA, Bognor Regis Town, Lewes y Peacehaven, todos de la región de East Sussex, en el sureste de Inglaterra. Nunca se tomó más de un bondi para cambiar de club. Capo.

Su pico de fama, sin embargo, lo lograría con la camiseta de otro equipo de la zona, el Horsham FC: en abril de 2016, Dodd anotó 3 goles para la victoria ¡11 a 1! ante el Hallisham, por la última fecha de la Southern Combination League. Hasta ahí nada raro para un jugador acostumbrado a meter tripletes (hizo 30 goles en esa temporada). ¿Y entonces?

Ese mismo día, el goleador falló una posibilidad luego de dejar en el camino al arquero y quedar con el arco a su merced. Desde el vértice del área chica, Terry Dodd la tiró afuera y para ahogar sus penas, agarró el vaso de cerveza de un hincha y tomó un trago, para sorpresa de los niños presentes y Howie, la mascota del club.

Desde acá, nuestros respetos para semejante ejemplo.

 

Chapitas: Aloísio Chulapa

Aloísio José da Silva (Aloísio Chulapa)

Como futbolista, Aloísio José da Silva desarrolló un currículum más que interesante. Asomó en el Flamengo de mediados de los 90, en aquel plantel que tenía al ataque de los sueños con Romário, Edmundo y Sávio. Desde el banco de suplentes, fue partícipe de esa maravillosa tángana ante Vélez por la Supercopa 1995 y hasta surtió… a uno de sus compañeros. No obstante, en su puesto natural de delantero no tendría muchas chances en el Mengão y pasó a préstamo al Guaraní paulista. A comienzos de 1997 llegó al Goiás y la rompió. Fue tricampeón estatal y a mediados de 1999 lo vinieron a buscar de Europa.

En Francia, primero actuó en el Saint-Étienne y luego conoció a un tal Ronaldinho Gaúcho vistiendo los colores del Paris Saint-Germain. Más tarde jugó un tiempo en Rusia y regresó a Brasil para disputar la Copa Libertadores 2005 con la camiseta del Atlético Paranaense y ganar el Mundial de Clubes de ese mismo año, frente al Liverpool, con el São Paulo, donde estuvo hasta 2008. Desde entonces, se dedicó a deambular de acá para allá, a lo largo y a lo ancho de su país.

Sin embargo, el pico máximo de la popularidad de Aloísio Chulapa (apodo que heredó de Serginho Chulapa, goleador histórico del tricolor paulista) se dio ya en el punto extremo del betocarranceo de su carrera -colgó los botines a comienzos de 2017, a los 42 años- y gracias a la combinación de dos factores: su activa participación en las redes sociales y su fanatismo por la cerveza. O como le dice él, el Danone, nombre que surgió en un encuentro con uno de sus mejores amigos, el Emperador Adriano, a quien conoció cuando era apenas un juvenil de las inferiores del Fla.

Desde su fantástica cuenta de Instagram (@aloisiochulapa), Aloísio hace las delicias de sus más de 250 mil seguidores, siempre acompañado de una birra. Ya apareció en las situaciones más disímiles: con un botellón gigante, al lado de una heladera ploteada con su imagen, adentro de la heladera, soplando la vela de una torta con el logo de Skol, escabiando con el perro e incluso ¡¡¡disfrazado de El Zorro!!!

Uno de los hits de Chula, que impuso frases como mim acher, descubra, chama o SAMU (el equivalente brasileño al SAME) o “acaba não, mundão”, fue cuando enseñó a tomar “Danone doble”. ¿Qué es eso? Dos vasos de cerveza en una misma mano: uno lleno que derrama el contenido en el segundo (a medio llenar) y de ahí directamente a la barriga (o los riñones) de nuestro héroe.

¡Salud!

Chapitas: Nicki Bille Nielsen, un trago de Carlsberg

Si en algún momento tuvieron la inexplicable necesidad de tipear “bebida alcohólica danesa y fútbol” en el buscador de este sitio, es probable que hayan terminado en cualquier lado. No es el caso. Esta vez, hacemos referencia a la popular Carlsberg, cerveza tradicional tanto en Escandinavia como en el Reino Unido, que tiene su acta de nacimiento sellada en Copenhague en el año 1847.

Autodenominada como “la mejor cerveza del mundo”, la empresa no tardó en expandir su imperio a través del fútbol. Y así, además de inundar con publicidades transmisiones televisivas y estadios, le puso su logotipo a infinidad de camisetas de su país natal, como así también de Finlandia, Holanda y Noruega. Sin embargo, el futbolero promedio la va a recordar, automática y empáticamente, como el chivo del Liverpool inglés, en cuya indumentaria reposó durante felices 18 años.

Conocida por las bondades que brindó al espíritu de los Hooligans y también al de los hinchas de pubs, esta birra nunca hizo pata ancha ni se popularizó en la Argentina, pese a que se consigue en algunas cervecerías, vinerías y locales afines. Pese a esa dificultad, la empresa si se acordó de nosotros y en un spot futbolero incluyó a un gordito de rulos con una camiseta celesta y blanca barriendo el piso. Y todo para congraciarse con los ingleses. Por que siempre algo huele mal en Dinamarca.

Donde sí se consigue libremente esta cerveza, por supuesto, es en todos los estadios daneses. Demasiada tentación para el delantero ex promesa y reconocido chico malo Nicki Bille Nielsen, quien en el año 2015 le robó y le bebió un vaso de Carlsberg a un hincha, luego de convertir, en el último minuto, el empate 2 a 2 definitivo de su equipo Esbjerg contra el Hobro. ¡Y encima le metió zarpado fondo blanco!

“Estaba tan eufórico por el gol y es tan rica la Carlsberg que no lo pensé y me la tomé. No veo nada malo en lo que hice”, manifestó el rebelde Nicki Bille. Iniciado como el jugador a seguir de las Selecciones menores de Dinamarca, Nielsen pasó, sin afianzarse y decepcionando, por Reggina, Martina y Lúchese de Italia, Villarreal, Elche y Rayo Vallecano de España, Evian de Francia, Rosenborg de Noruega, Nordjaelland y Esbjerg de Dinamarca; y Lech Poznan de Polonia, donde se encuentra hoy con 29 años.

Afín a mostrarse en redes sociales con diversas señoritas, a exhibir sus tatuajes y a fotografiarse con armas, en el 2013 Nicki Bille fue arrestado luego de destrozar dos pubs en una noche inspirada por el exceso de malta y lúpulo. Algunos meses antes, su padre dejó un recuerdo en el living familiar luego que su vástago metiese su único gol con la Selección mayor de Dinamarca. Por que a papá Nielsen también le encanta la cerveza.

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Pero eso no es todo. En el año 2014, Nielsen afrontó una condena de 8 años de prisión luego de morder –si, morder- a un policía en estado total de ebriedad. Finalmente, el bueno de Nicki Bille arregló todo con una multa y con 80 horas de trabajo comunitario. Sus últimas declaraciones fueron: “no puedo culpar a la cerveza Carlsberg de mi fracaso deportivo… también existen muchas otras cervezas”. Aplausos.