Gallo Germán

Germán Darío Gallo

Del dream team de Carlos Salvador Bilardo a la formación más baldosera de la historia. La temporada 1996/97 de Boca Juniors fue una montaña rusa de emociones, con sus altibajos típicos: un triunfo agónico contra River en el Apertura, un empate con sabor a derrota (aquel 3 a 3 con gol de Celso Ayala sobre la hora) en el Clausura, el debut oficial de Juan Román Riquelme, una caída contra el Deportivo Español en La Bombonera. Perlitas de un año que dejó la sensación de que cada paso adelante eran dos para atrás.

La historia ya es bastante conocida. El experimento del Doctor terminó antes de lo previsto y de la peor manera. Tras un pálido décimo puesto, el Narigón dijo adiós y las principales figuras (con Juan Sebastián Verón y Cristian González a la cabeza) emigraron rápido. A comienzos de 1997, la llegada de Héctor Rodolfo Veira, que dos años antes había sido campeón con San Lorenzo, renovó las ilusiones, pero el rendimiento no mejoró: Boca finalizó noveno, con 25 puntos.

El 12 de agosto de 1997, por la última fecha del torneo Clausura, en la Tacita de Plata, Gimnasia de Jujuy recibió al Xeneize, que presentó a Sandro Guzmán; Carlos Zapella, Walter Del Río, Aníbal Matellán y Germán Gallo; Raúl Peralta, Diego Cagna, Luis Darío Calvo y Rubén Cantero; Emanuel Ruiz y Pedro González. El partido, un 0 a 0 soporífero, era tan intrascendente que el violador Bambino ni se calentó en viajar. En su lugar estuvo Esteban Pogany, que también les dio minutos a Ariel Rosada, que tuvo que entrar enseguida por Calvo, Gustavo Scolari (por Peralta) y Diego Herrera (por Cantero). En el banco se quedaron el arquero suplente Federico Vilar y un tal Brides, del que no existen registros Germán Britez. Salvo honrosas excepciones, casi todos los jugadores terminaron homenajeados en este sitio. Y sí.

Nacido en febrero de 1977 en Pavón Arriba, provincia de Santa Fe, Germán Gallo se presentaba como un marcador central zurdo (por eso ese día se ubicó en el lateral izquierdo), de buen físico y una técnica aceptable. Eso dicen quienes lo vieron en las divisiones inferiores, claro, porque aquellos noventa minutos en Jujuy fueron los únicos en la máxima categoría. Por lo menos antes de irse iba a darse el gusto de compartir algunos entrenamientos con Diego Armando Maradona, en lo que ya cerca del retiro (el de Gallo, claro) sería recordado como el mejor momento de su carrera.

Lo que siguió, previsible, fue un paso por el ascenso nacional. Primero con los colores de Nueva Chicago (1997/98), donde actuó con cierta regularidad al lado de Ariel Jesús, el hoy presidiario Marcelo Couceiro, Fernando Ávalos, Claudio Benetti, Rodolfo de Paoli, Lucio Filomeno, Leandro Lázzaro, Pablo Talarico, Juan Manuel Sara, Flavio Frangella, Marcelo Elizaga, entre otros. Ese equipo no tenía otro destino que pelear por la permanencia y así fue. Gallo, al menos, le metió un gol a Atlanta en una victoria por 2 a 1 en Mataderos. Algo es algo.

Luego, en la temporada 1999/2000, se incorporó a Arsenal de Sarandí, donde fue dirigido por el Chaucha José María Bianco. Allí conocería a los históricos Hernán Coldeira, Darío Espínola, Alejandro Limia y Carlos Ruiz, y también a Facundo Gareca, Maximiliano Flotta y Dante Ciglic, porque en la vida hay que compensar. El cuadro de Sarandí se metió en la lucha por el segundo ascenso a Primera, pero terminó eliminado en cuartos de final ante Atlético Rafaela.

Ya en la B Metropolitana, Gallo sumó algunos minutos con la camiseta de Argentino de Quilmes (2000/01), antes de sus incomprobables pasos por Tiro Federal de Rosario y el fútbol guatemalteco. Sin mucho más que hacer a nivel profesional, colgó los botines. “Me costó desprenderme del pueblo y de los afectos, no veía la hora de tener días libres para poder regresar”, le contó alguna vez al diario La Capital.

De nuevo en casa, fue elegido como el segundo mejor jugador de la historia de Pavón Arriba, y siguió dándole a la pelotita en la Liga Deportiva del Sur con la casaca del Club General San Martín, donde es ídolo (fue el MVP (?) de 2015) y se mantuvo hasta su retiro en 2016, cuando pasó a ser el técnico del plantel de Primera División.

Mal Pase: Morais a Boca (2007)

Las primeras semanas de 2007 fueron agitadísimas en el siempre conturbado mundo Boca. Después de perder el tricampeonato de manera insólita en las últimas fechas del torneo Apertura 2006, y tras la salida de Ricardo La Volpe, Miguel Ángel Russo asumió con un objetivo claro: ganar la Copa Libertadores.

Mientras soñaba con la vuelta de Juan Román Riquelme desde Europa, el cuadro de la Ribera buscaba otras alternativas más cercanas. Uno de los tantos nombres a los que apuntaba la dirigencia del Xeneize era el de Leandro Gracián, que estaba en el Monterrey de México. Descartada esa posibilidad, surgió la chance del brasileño Manoel de Morais Amorim, más conocido como Morais.

Pieza fundamental de la fantástica Generación 84 de Vasco da Gama (integrada también por Francisco Alberoni, de efímero paso por Independiente en 2004), que entre 1997 y 2001 estuvo casi 130 partidos sin perder, Morais irrumpió en la primera del cruzmaltino en 2002, aunque tardaría un tiempo en adaptarse. Tras una breve estadía en el Atlético Paranaense (2004/05), regresó a Río de Janeiro y en 2006 fue uno de los puntos altos del equipo que terminó a un paso de la zona de clasificación a la Libertadores.

Enganche zurdo, talentoso y con mucho futuro por delante, Morais, de 22 años, ya despertaba el interés de algunos clubes europeos como el Olympiakos de Grecia o el Red Bull Salzburg de Austria, a los que les daba la espalda. Esperaba algo más importante y tenía con qué: en 2006 había sido convocado por Dunga a la selección, aunque no salió del banco en el amistoso contra Noruega.

Su pase estaba tasado en 9 millones de dólares, pero el trámite también implicaba sentarse a negociar con uno de los dirigentes más turbios del fútbol sudamericano, Eurico Miranda. “Boca es un grande del fútbol mundial y va a disputar la Libertadores. Está claro que no puedo descartar esa posibilidad”, decía Morais en declaraciones a la radio Globo. En São Januário se hacían los desentendidos: “Vamos a charlar. Todo jugador tiene su precio. Pero tiene que ser un buen negocio para todos. Ellos (por las autoridades de Boca) tienen que venir con un camión lleno de dinero. Para llevar a Morais de Vasco van a tener que transpirar bastante. Si ellos están realmente interesados, deben responder con mucho dinero”, arremetía José Luiz Moreira, el vice brasileño

¿Y Russo? “Morais o Gracián son dos cosas distintas. A Gracián hemos intentado conseguirlo y lo otro es una posibilidad que surgió imprevistamente. Uno busca información de gente amiga que está en Brasil y te van diciendo. Son todas situaciones para evaluar. Siempre es difícil lo desconocido. A Gracián ya lo conocíamos, cualquier otra posibilidad que no sea Gracián es toda una apuesta. Son situaciones de negociaciones difíciles”, tiraba el hombre de las sonrisa perfecta. Son decisiones.

Finalmente, Morais continuó en Vasco da Gama y luego pasó por un sinfín de clubes, siempre perseguido por las lesiones y flojas actuaciones. Hoy juega en el Brasiliense de la Serie D. Lo de Boca es historia conocida: una semana después selló el regreso de Juan Román Riquelme, que la rompió en la Libertadores, y a mitad de año abrochó el pase de Leandro Gracián, que, bueno, mejor no recordarlo…