
Promediaban los 80’s y un par de jóvenes sin demasiadas esperanzas en el fútbol logran escapar del campo de concentración en plena madrugada. Saltear los controles de seguridad tuvo sus complicaciones. Carlos Tapia salió casi intacto, con su joggin gris y la revista 7 Días en la mano. Su compañero Comitas, en cambio, sufrió la rotura total de sus prendas por parte de los perros asesinos que custodiaban las rejas electrificadas.
Jugados y concientes de que ya no podrían volver, se subieron de polizontes al primer tren que vieron pasar, con tanta mala suerte que abordaron el vagón de carga que llevaba todo tipo de animales. Antes de dirigirse al sector de pasajeros, un Comas tiritante por el frío tuvo un momento de lucidez y le dijo a su socio de huída: «Chino, esperame adentro que en un rato voy«.
A los 10 minutos apareció el hombre de Paraná, con su clásico corte de pelo y un sweater blanco de fabricación artesanal. «¡No sabés lo que me costó esquilar a esa oveja malparida!«, le dijo a su azorado compinche.






