
Ariel Andrés De Lafuente (Huevo)
¿Arquero? ¿Delantero? Ya ni sabemos. Lo único que tenemos en claro es que es baldosero. Perdón, fuimos generosos: B-A-L-D-O-S-E-R-Í-S-I-M-O. Arrancó bajo los tres palos del arco de Vélez Sársfield (1998 a 2001), en épocas donde la figura de José Luis Chilavert hacía dura la competencia por un lugar en el banco de relevos. Así y todo, pudo disputar como titular los dos encuentros finales del Clausura ’98, en el que los fortineros se consagraron campeones de la mano de Marcelo Bielsa. Además, ya contaba con otro título, pues en su debut no oficial, en Mendoza, había ganado el torneo de verano.
Con la partida de Pablo Cavallero a Unión, se aseguró la suplencia y aprovechando las suspensiones o convocatorias de Chila siguió sumando minutos a su currículum. En total, actuó en 21 partidos por torneos locales, siempre condicionado por la presencia de los mencionados porteros y otros como Bernardo Leyenda y Nelson Tapia.
Convencido de que sólo necesitaba algo de continuidad, se fue a Chacarita (2002/03) con la ilusión de recuperar terreno perdido pero allí se topó con la vigencia del Mono CFNM, que no faltó a ninguno de los 38 partidos de la temporada. Desconocemos si el colombiano habrá tenido que ver, pero a partir de ese momento la trayectoria de De Lafuente se fue a pique y terminó estrolándose en las categorías más bajas.
Primero hizo escala con Huracán (2003/04) en el Nacional B y luego de un par de años de incertidumbre en los que incluso dio pie a que nos preguntáramos si ya merecía lugar en este sitio, reapareció en Córdoba y se sumó al plantel de Instituto (2006/07) para tratar de subir a la A. Su paso por la docta no fue alegre ni mucho menos. No sólo frustró sus chances de ascenso sino que además se enojó y mandó al frente al Presidente de La Gloria cuando perdió el puesto a manos de Jorge Carranza antes del clásico ante Talleres.
Cuando parecía que ya nada cambiaría la historia de este arquero que había prometido mucho y estaba perdiendo prestigio, un nuevo capítulo le dio crédito a su innegable bizarrez, factor que lo separa instantáneamente del perfil de futbolista mediocre. Retirado de la actividad profesional con apenas 29 años, empezó a despuntar el vicio de ser delantero (en inferiores velezanas dicen que hizo un par de goles) en la Liga amateur de Maschwitz y Benavídez, donde involuntariamente encontraría la oportunidad de retornar a un equipo de AFA y en un rol poco conocido.
En esas canchitas conoció a Maxi Zavala, un ex jugador de Lamadrid que lo acercó al club de Devoto y le facilitó las cosas. «Los dirigentes lo llamaron a él para que volviera, pero como está complicado con su trabajo me recomendó a mí. ‘¡Si es arquero!’, le dijeron a mi amigo los directivos. Pero él no dudó en presentármelos, y acá estoy, a la espera del comienzo de los entrenamientos«, comentó al diario Olé ni bien se difundió la novedad.
Lo que parecía una locura ya era una realidad. Mientras se entrenaba con el Carcelero, vendía un poco de humo para anticipar su labor: «En 19 fechas del torneo de Primera C, creo que puedo hacer 10 goles. Mi contrato no tiene un premio especial por goles convertidos y si lo hubiera, lo compartiría con el plantel. Sé marcar bien el pase, encontrar los espacios, y ante el arco no dudo. Le pego con cualquiera de las dos piernas. Además, como arquero, se cómo se mueven los colegas y es una ventaja«.
En el Clausura de este año hizo su estreno en la Primera C. Ese día no convirtió y la revista Ascenso 2008 describió su trabajo: «aportó muchas ganas, poca claridad, un juego poco común para un atacante (presionó hasta último momento la salidad de cualquier rival tirándose a los pies) y hasta le anularon un gol de cabeza por offside previo de Bojanich«. Tampoco mojó en la fecha siguiente, ni en las que vinieron después. Resumiendo, jugó 4 partidos, no hizo goles y encima lo expulsaron en una oportunidad. Hoy está en los planes de Villa Dálmine, que lo pretende como arquero, por supuesto.