Doroni Erasmo

doroni

Erasmo Ermindo Doroni

Parece que los padres no lo querían mucho. Habiendo nombres para elegir, ¿con qué necesidad tanto desprecio? Ni nos queremos imaginar como habrá sido su estadía en la escuela primaria. Ni los apodos que indudablemente tuvo que soportar a lo largo de su infancia. Lo cierto es que se vengó de todos (?) y pudo dedicarse al sueño del pibe: ser futbolista profesional. Y no le fue tan mal, aunque con ese nombre es imposible que zafe del recuerdo de este sitio, dedicado a evocar jugadores con pocas condiciones, eternos suplentes, tipos con 15 minutos de fama o que supieron buscarse el mango en el exterior. Y entre todas estas condiciones, hay algunos que ya desde la cuna vienen predispuestos. Por portación de nombre y apellido, no se pueden dejar pasar.

Este volante central nacido el 10 de septiembre de 1964 en Fighiera (Santa Fe) hizo sus primeras armas en Argentino de Rosario, apareciendo con el ímpetu de los jóvenes en 1985, jugando la vieja Primera B. Ese año Rosario Central logró el ascenso y Doroni, cuyo pase pertenecía al Canalla, debía volver a esa institución. Pero como iba a estar seis meses sin jugar por la restructuración, fue cedido a préstamo a Colón, por ese entonces en la segunda categoría del fútbol argentino. En el Sabalero jugó en la primera mitad de 1986, disputando solo un partido. A mediados de año volvió a Rosario Central, donde formaría parte del plantel que saldría campeón. Apenas disputó un encuentro, la misma cantidad que Esteban Game, otro apellido inolvidable. El destino estaba marcado.

En 1987 fue transferido a Central Córdoba (Primera C) y luego a Ferro de General Pico (Nacional B) para que jugar la temporada 1987/88. Allí por fin logró continuidad, jugando 40 de los 42 partidos del campeonato. Aunque no le fue bien: el equipo terminó anteúltimo y descendió. Sorpresivamente, a mediados de 1988 pasó al Deportivo Español, que sollía cumplir buenas actuaciones en Primera División. En el torneo de los penales disputó 11 partidos, completando la media docena de encuentros en la máxima categoría. Ya no volvería a aparecer en Fútbol de Primera. Aunque su carrera no estaba terminada.

Atlético Tucumán lo cobijó en 1989. Con la camiseta del Decano jugó mucho y formó parte de aceptables campañas hasta 1991, año en el que decidió cruzarse de vereda para vestir los colores de San Martín de Tucumán. A pesar de la buena imagen que había dejado en su archirrival, los hinchas ya lo miraban con cierto (y lógico) desprecio. «Mis primeros meses en San Martín fueron duros. Caminar por la ciudad con mi familia era muy problemático. Estaba identificado con Atlético y sus hinchas me lo hacían notar a cada momento», recuerda actualmente. Sin dudas, el pico máximo de esta situación se dio en el clásico del 17 de octubre: Doroni convirtió dos goles, los gritó con alma y vida y se ganó la fugaz idolatría de media ciudad. Como para festejar el Día de la Lealtad en paz (?). En el Santo tuvo buenos partidos y la campaña terminó en ascenso a la A.

Al ver que su categoría era el Nacional B, cerró su etapa en Tucumán y volvió a Santa Fe, para jugar en su quinto equipo de la provincia. Sin pena ni gloria, estuvo un año en Atlético de Rafaela y en 1993 se marchó a Tigre (Primera B). Lo último que se sabe de Doroni como futbolista es un paso por Sarmiento de Formosa en 1994, disputando el Torneo del Interior. Hoy se lo puede encontrar en Fighiera, su ciudad natal, donde su familia es dueña del Frigorifico Doroni, dedicado a la fabricación y ventas de salamines, bondiolas y demás chacinados y fiambres. Por lo menos no le habrá faltado salida laboral. Y eso no es poco para alguien llamado Erasmo Ermindo.

Juira Bicho: Ron, el perro de Colo Colo, némesis (?) de CFNM

Cerro San Cristobal entrando por la parte de Providencia, Santiago, Chile. La acumulación de escenarios exóticos, novedosos y multiflorales (?) hacen olvidar los centímetros cúbicos de smog que azotan a cualquier ser humano que ose posar su humanidad sobre la Capital de la tierra de Condorito. Uno, a primera impresión, ya no se encuentra en ese lugar.

Lo que uno no puede olvidar, bajo ningún punto de vista, es que en alguna zona de este cerro infinito descansan los restos mortales de una estrella representativa y masiva del folclore futbolístico chileno. ¿Elías Figueroa? ¿Iván Zamorano? ¿ Marcelo Salas? ¿Pedro Carcuro? No, en este lugar tiene su morada definitiva Ron, el perro policía del Colo Colo. La némesis histórica del Mono Navarro M*ntoya (?)…

La historia de este simpático can de raza “manto negro”, “pastor alemán” o “de policía” se inmortalizó el 22 de mayo de 1991, cuando El Cacique recibió a Boca Juniors en el Monumental de Pedrero por la semifinal de vuelta de la Copa Libertadores, tras haber caído por 1 a 0 en La Bombonera.

Si bien el partido -que finalizó con victoria por 3 a 1 para los locales- tuvo muchas incidencias o vicisitudes (?), lo único que toda persona de bien debe recordar de aquel encuentro es la terrible tángana que se armó entre el plantel Xeneize, Maestro Tabárez incluido, contra los carabineros y miembros de La Garra Blanca que estaban en la cancha disfrazados de fotógrafos y hostigando a Diego Latorre por las dimensiones de su pollera (?).

Y fue ahí, en el medio de aquella gresca inmortalizada como “La Batalla de Macul”, cuando Ron apareció en escena para deglutir el glúteo derecho del arquero de Boca y para agarrarse la madre de todas las pestes ser canonizado por los hinchas de Colo Colo y por el pueblo chileno en general.

Más aún, después que El Albo ganó la Copa Libertadores tras vencer en la final a Olimpia de Paraguay, siendo, hasta el día de hoy, aún más recordado en aquella gesta histórica que Jaime Pizarro, Marcelo Barticciotto, José Daniel Morón o Javier Margas.

Con el mote de héroe sobre sus cansadas espaldas, el perro de mierda querido Ron siguió en actividad hasta mediados de 1997 cuando, con 17 años, falleció mientras realizaba tareas de entrenamiento. Ni haberle dado la Libertadores a su equipo le aseguró una justa y digna jubilación al pichicho. Casi lo mismo que le pasó en Estudiantes a José Luis Calderón (?).

A la vez, mientras el canino era depositado en una parcela del cementerio de la Escuela de Adiestramiento Canino de Carabineros de Chile, Navarro M*ntoya consumaba, jugando para Extremadura de España, el primero de sus tres descensos consecutivos. Justicia poética, todos los perros van al cielo…

Bonus Track (?): si bien en diversos medios partidarios de Colo Colo y del fútbol chileno en general se menciona que el perro sería visitado anualmente por centenares de hinchas quienes le llevarían ofrendas de diversas índoles, según los propios carabineros que trabajan en la Escuela de Adiestramiento Canino nadie aparece a lustrarle la tumba a Ron, quien pese al olvido sigue siendo la vedette de la necrópolis. La exageración no es exclusiva de los argentinos…