Harguindeguy Gastón

Gastón Harguindeguy
De paso olvidable por la Primera de Racing, este marcador de punta con cara de malo pero de buen corazón dejó el recuerdo de su excelente apellido, indeleble para aquellos gustan de la combinación «me suena de algún lado» + «me parece que era malísimo».
Iniciado en las inferiores de La Academia, fue subido al plantel superior en 1999, cuando integraba la famosa Cuarta campeona de Diego Milito, Gustavo Arce y Carlos Arano.
Él no pudo levantar esa copa, ya que en el interín fue promovido por Gustavo Costas, junto al olvidable grupo de los boy scouts (Yocco, Pessacq, Musa, Orellano y Zubeldía), chicos que pintaban bien y que fueron quemados de golpe.
Con una docena de partidos en Reserva, Harguindeguy aprovechó una lesión de Pablo Cucit y salió a la luz cuando desplazó de la titularidad a Luciano Castillo.
En la temporada 1999/2000 disputó 3 encuentros pero la superpoblación de defensores le terminó jugando en contra. De un día para el otro su invocación fue menos frecuente y cuando el hincha de Racing se quiso acordar el pibe ya formaba parte de la larga lista de desaparecidos en vida.
Seguirle los pasos no fue sencillo, pero Google, en un acto de generosidad a los que nos tiene acostumbrados, acercó un día este resultado, proveniente de un sitio tandilense:

«Bueno les cuento que hace mas de 4 años que estoy viviendo en México estoy jugando al futbol, como muchos saben estuve jugando al futbol ahi en Tandil desde chiquito, luego pase por Bs. As. y jugué en equipos como Ferro y Racing club de Avellaneda, jugando partidos en primera division, ahora si estoy jugando, estuve jugando en un club de segunda division llamado Veracruz Sporting, y ahora estoy jugando en una liga llamada liga española de fútbol ya hace un año que estoy ahi. Bueno sin más para decir ya que creo que soy una persona a la que mucha gente de Tandil tenia olvidada, gracias por tener esta pagina atte Gastón Harguindeguy – Distrito Federal – México«.

Efectivamente, el ex hombre de La Acadé había estado surcando tierras aztecas y, ya cansado de ver a Chabelo los domingos por la mañana, tiró la plomada, con escasa carnada, en la ciudad que lo había visto nacer.
Increiblemente la treta online dio resultados porque en 2005 se puso la camiseta de Santamarina y en 2006 la de Grupo Universitario, equipos tandilenses del Torneo Argentino B. Allí cumplió su labor con creces e incluso actuó como mediocampista central.
A comienzos de este año, mientras nos enterábamos de su traspaso a Ferroviario de Coronel Dorrego, un nuevo mensaje en la web estremeció el mercado latinoamericano (especialmente la conexión salamín-tequila que él mismo había inaugurado):

«Nombre : GASTON HARGUINDEGUY
Edad : 27
Localidad : DISTRITO FEDERAL
Comentario :HOLA CON QUIEN DEBO DE HABLAR PARA PODER ENCONTRAR Y FORMAR PARTE DE EL GRUPO DE TRABAJO EN LA ZONA DE QUINTANA ROO TENGO EXPERIENCIA EN FUTBOL , ESPERO RESPUESTAS ATTE GATSON HARGUINDEGUY.
»

No creemos que los mexicanos sean tan jodidos de no llamarlo por haber escrito mal su nombre. Cualquier ser humano coquetea con la dislexia alguna vez en su vida. Y mucho más en Tandil, donde la gente crece nerviosa al no saber cuál es la verdadera piedra movediza.

Juan Pordiosero

Correa José Luis

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José Luis Correa
Su llegada al fútbol grande de la Argentina tuvo ribetes glamorosos. Se sumó a Independiente de Avellaneda al mismo tiempo que lo hacían otros grandes valores, como el mítico Eduardo Pereira y un juvenil Claudio Úbeda.
A mediados de 1988 los simpatizantes del Rojo desconocían el pasado Correa, un puntero izquierdo que había brillado en Atlético Lugano, en la Primera D. Tampoco tuvieron la chance de disfrutarlo demasiado. Sólo participó en 5 encuentros de Primera División y estuvo presente en la Copa Libertadores de 1990.
Ese año finalizó su relación con la institución y un par de temporadas después reapareció en el fútbol más pobre de nuestro país, con las camisetas de Talleres de Remedios de Escalada, Defensores Unidos de Zárate, Claypole (1993/94) y Brown de Adrogué (1995/96).
Desde aquí el recuerdo para una promesa olvidada que al menos, en su corto periplo por la superficie de la actividad local, pudo conocer a uno de los más extraordinarios bigotones de la década del ’80.

Juan Pordiosero

Ayala Celso 2001

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El paraguayo Celso Ayala fue otro de los tantos futbolistas de River que durante las prácticas en la era Comizzo, se probaron un ratito en el arco. Acá lo vemos en un entrenamiento de 2001, con los guantes de Franco Costanzo.

Juan Pordiosero

Belgrano Rodrigo, 2001 y 2002/03

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A casi un año de la trágica muerte de Rodrigo Bueno, el cantante conocido como El Potro, los dirigentes de Belgrano de Córdoba tuvieron la idea de homenajearlo utilizando el frente de la camiseta celeste.
Primero recurrieron a un círculo al mejor estilo looney tunes que contenía la clásica imagen del cuartetero gesticulando con las manos. A continuación, y haciendo caso a la urgente demanda por parte de los fanáticos extra futbolísticos, la gente de Mitre se vio obligada a rediseñar el modelo Pirata que pasó a tener otra foto de Rodrigo y la leyenda «No me olviden» en el pecho. Con esa movida el tradicional sponsor, CTI Móvil, quedó a la altura del escudo.
Luego de haber vendido miles de ejemplares, en la temporada 2002/03 hicieron un último intento por renovar el negocio pero ya no fue lo mismo. La casaca de Belgrano, con publicidad de India, lucía un retrato del ídolo cordobés pero comparándola con la versión anterior perdía fuerza y vigencia.

Juan Pordiosero

Celtic 1 – Boca 0

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De pretemporada en los Estados Unidos, en julio de 2003, el Boca de Bianchi jugó algunos amistosos sin demasiado sentido deportivo. El aspecto económico lo obligó a enfrentarse, en plena formación, al sub campeón de Escocia, el Celtic de Henrik Larsson.

El conjunto argentino, que curiosamente vistió integramente de amarillo, formó con Abbondanzieri; Jerez, Schiavi, Burdisso y Calvo; Battaglia (foto), Cascini, Cagna y Fabbro; Guillermo Barros Schelotto y Colautti.

Para las estadísticas, quedará el gol de Sutton que selló el 1 a 0 para los europeos.

Juan Pordiosero

Benetti Claudio

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Soportamos la presión popular durante tres años. «¿Cuándo van a postear a Benetti?», nos preguntaban. Y nosotros contestábamos: «ya viene, falta poco». Sabíamos internamente que era nuestro estímulo, la zanahoria delante del burro. Lo pateábamos hacia un futuro indefinido, pero éramos concientes de que algún día el ex Boca iba a recibir su homenaje.
Hace poco, haciendo cuentas, descubrimos una estadística escalofriante: casi mil baldoseros habían desfilado por el sitio. Fue allí cuando se nos ocurrió darle ese lugar, el número redondo, al jugador postergado, al ícono de las promesas truncas, al estereotipo la persona con 15 minutos de gloria, al hombre que concentra en su imborrable apellido la famosa frase «¿Qué habrá sido de la vida de…?«

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Claudio Edgar Benetti
Antes de convertirse en el protagonista del cuento de hadas más festejado en la década del ’90, este humilde chico nacido en Córdoba había llegado a las inferiores de Boca Juniors con 14 años y un hambre de triunfo que no cabía en esa frondosa melenita que exhibió durante gran parte de su trayectoria.
Clásico volante central con aproximación al arco rival, hizo todos los palotes necesarios para llegar a la Primera, en una época donde no se le daba la importancia real a los pibes de la cantera.
Así y todo logró su cometido. El 18 de julio de 1992 debutó ante Gimnasia y Esgrima La Plata, y luego tuvo la chance de estar a mano del técnico, el Maestro Tabárez, pero desde el banco de suplentes, ya que el titular era José Luis Villarreal.
Precisamente fue Villita el que se lesionó durante la semana previa a la última fecha del torneo Apertura ’92, y de esa manera, involuntariamente, abrió las puertas de la fama para su reemplazante.
El 20 de diciembre de ese año, Claudio Benetti jugó de titular en el cuestionado partido ante San Martín de Tucumán en el que Boca debía sumar un punto, y en cuestión de minutos se transformó en el héroe menos pensado.
Con el score 1 a 0 en contra, el pibe realizó la proeza inimaginable. «Nunca olvido ese momento -aseguró tiempo más tarde al Diario Clarín-. Giunta peleó una pelota en el medio y me la tocó. Pude eliminar a Chazarreta y Onaindia. Y rematé con alma y vida. No sé si fue un gran gol, pero sirvió para darle alegría al pueblo de Boca» .
La igualdad en un tanto selló el campeonato para el conjunto Azul y Oro después de once frustrantes temporadas. Benetti había hecho historia, pero casi que ni se enteró. «Lástima que no pude disfrutar tanto. Porque un pelotazo de Oscar Acosta me golpeó la cabeza y me dejó muy mareado. Lo único que recuerdo es que al final del partido me alzaban y me movían, pero yo no sabía por qué. Me desperté en un hospital y mis familiares me felicitaron por la vuelta olímpica«, dijo en una oportunidad.
A raíz de ese gol consagratorio durante las semanas posteriores pululó por infinidad de programas deportivos, pero lo que realmente llamó la atención fue su aparición en el clásico de los mediodías, Almorzando con Mirtha Legrand. La señora lo recibió como a una estrella mas y se sorprendió cuando el jugador le obsequió una torta alusiva a la celebración.
El éxito del mediocampista dio los primeros indicios de su condición de efímero cuando al año siguiente lo prestaron a Belgrano de Córdoba (1993/94, 15 partidos y 2 tantos) y ante la primera posibilidad de enfrentar a su ex club lo embocó.
«Me gritaban desagradecido, muerto de hambre o negro. No me perdonaron que festejara el gol celeste, en el Chateau. Quería que me tragara la tierra, porque nunca me insultaron tanto«, contó.
Su regreso a Boca en 1994 no fue el mejor, claro. Apenas le dieron un lugar en el plantel y tras completar 9 partidos con esa camiseta (sumando las dos etapas) quedó colgado del Mundo.

Desaparecido durante casi dos años (aunque volvió al Xeneize de Bilardo y se agarró a las trompadas con Nelson Vivas), ubicado en el poco competitivo Universitario de Córdoba después, recién recuperó espacio en los primeros (o segundos) planos cuando firmó para Nueva Chicago y disputó 15 encuentros de la temporada 1997/98, en los que marcó en 3 ocasiones.
A esa altura ya convertido en un referente ineludible de los futbolistas con el síndrome de Warhol, supo muy bien que los intentos por volver a ser un jugador de Primera serían en vano. Sin embargo, hizo lo que tuvo al alcance y en 1998, gracias a Mauricio Macri, pudo realizar la recuperación de una lesión en las instalaciones del club que lo había visto crecer, e incluso entrenó durante el lapso de dos semanas junto al plantel de Carlos Bianchi.
Ese mismo año también se acercó a una multitudinaria convocatoria que había realizado Huracán para jugadores libres. Más de 100 futbolistas desocupados formaron la cola en el SETIA, en Ezeiza, para ponerse bajo la mirada de los entrenadores del Globo, Oscar López y Oscar Cavallero. Todos menos Benetti, que quedó mirando las evaluaciones y se despachó con un «Necesito club, pero de ninguna manera me voy a someter a una prueba de este tipo. Le voy a pedir a la dupla que me someta a una evaluación pero con los profesionales de Huracán«.
Lejos de volver a pegar un pase al exterior (estuvo en Temuco de Chile, en Melgar de Perú y, según cuentan, en Dallas Burn de Estados Unidos), en 2001 recaló en Huracán de San Rafael de Mendoza, equipo que descendió al Torneo Argentino B envuelto en un maraña de problemas económicos e institucionales.
Vinculado luego a Estudiantes de Río Cuarto (2002/03), no sabemos a ciencia cierta cuándo colgó los botines pero estimamos que oficialmente no jugó mucho tiempo más.
Ya en su traje de ex gloria se dedicó a actuar para Boca en partidos de veteranos. En noviembre de 2005, por ejemplo, enfrentó a Argentinos Juniors y marcó 3 goles para rubricar un amplio 8 a 1. Ese día opacó la presencia de sus compañeros, Maradona, Mac Allister, Mancuso y Basualdo, entre otros.
Esa última imagen, quizás, resume una sensación generalizada que contiene una verdad. Benetti podrá hacer mil goles, jugar con el mejor del Mundo, ser un DT exitoso y hasta triunfar en otra profesión. Pero en el inconsciente del futbolero medio siempre será ese pibe que metió el gol de su vida y que aún está ahí, bien arriba, trepado al alambrado con una cara de miedo que anticipa su oscuro destino.

Juan Pordiosero