
Félix Leonardo Benito (El Gato)
Así como existen los jugadores que pasan a la historia por haber convertido un gol, también están aquellos que logran reconocimiento a raíz de una jugada que no necesariamente contiene peligro para los arqueros.
Livio Prieto, por caso, lo hizo a través de un caño humillante que rompió a Sebastián Battaglia. El defensor Félix Benito, en cambio, no se anduvo con vueltas y obviando el tomo «Fantasía Vol.1», fue directamente a los bifes (o a la pierna de Carlitos Tévez) para escribir el capítulo más popular de su particular carrera, que por cierto, conjuga otras ricas experiencias que vale la pena detallar.
Se había iniciado en las inferiores de San Lorenzo de Almagro (1997/98), donde llegó a Primera siendo muy joven y fue prestado a Nueva Chicago (31 partidos y 2 goles en la 1998/99), en la B Nacional.
De nuevo en el Cuervo (1999 a 2003), se convirtió en una rueda de auxilio, en un voluntarioso lateral derecho siempre dispuesto a hacer su trabajo alejado de los flashes. Otra no le quedaba. Algunos flojos partidos por el torneo local y copas internacionales al lado de Juan Ignacio Piombo, Lucio Filomeno y Leonardo Di Lorenzo, marcaron su despedida de la institución (integró los planteles campeones del Clausura ’01, Mercosur ’01 y Sudamericana ’02).
Para el Apertura 2003 pasó a Independiente y se encontró con un equipo plagado de jugadores en franco descenso como Emiliano Dudar, Cristian Tavio, Yair Rodríguez, Damián Manso y Cristian Castillo, entre otros. Si bien no jugó demasiado (sólo 5 partidos) se puede decir que obtuvo mucha repercusión. Y todo gracias al jugador del momento: Carlos Tévez.

En el clásico entre Boca y el Rojo, en la decimotercera fecha de ese campeonato, Benito y el delantero xeneize tuvieron un duelo muy particular conformado por varias acciones. Una de ellas, la de la discordia, fue un fuerte anticipo (aunque sin mala intención) del defensor que derivó en una lesión en el ligamento interno de la rodilla izquierda del Apache.
En cuestión de segundos el futbolista de San Lorenzo estaba en el ojo de la tormenta y respondiendo preguntas sobre la carrera de un rival, como si se tratase de un tema de estado.
Involuntariamente ese episodio lo favoreció para lograr el pase de su vida, ya que a comienzos de 2004 viajo a Italia y se incorporó al Perugia, donde compartió entrenamientos con Fabio Grosso, Marcelo Zalayeta, Zisis Vryzas, Juan Martín Turchi y el hijo de Khaddafi. Un plantel histórico.
El almanaque de 2004 estaba estancado en agosto cuando el Gato pisó suelo argentino imprevistamente para sumarse a uno de los clubes que lo había visto crecer, Nueva Chicago (2004/05). Al año siguiente, ya completamente desconectado de los grandes acontecimientos, pasó sin que nadie lo advirtiera a San Martín de Mendoza (2005/06) y en la temporada siguiente al Deportivo Morón (2006/07), confirmando su irreconciliable relación con los primeros planos.
Frustrado su sueño de subir al Nacional, se le ocurrió algo increíble, un hecho impensado para un ser terrenal. Algo que, evidentemente, sólo pueden hacer los grandes de verdad. A 3 años de haber jugado en el Perugia, con todos los pergaminos conseguidos en Primera División, y con sólo 29 pirulos, aceptó una propuesta de su amigo, el Beto Acosta, y aprovechando que la cancha de Fénix le quedaba cerca (vive en Pilar desde hace años), firmó para el club de la Primera C y se puso a las órdenes del técnico Oscar Santángelo. Extraño para algunos, totalmente previsible para otros.
Lo cierto es que, cuando nos estábamos acostumbrando a leerlo en las formaciones que salen bien chiquitas y sin foto en los diarios, un acontecimiento fatal se cruzó en la carrera del hombre con apellido fantasmal.
La semana pasada, en el partido entre J.J. Urquiza y Fénix, Benito chocó con Carlos Bataras y se cortó el tendón de aquiles. La noticia cayó como un balde de agua fría en el vestuario albinegro y el bueno del Gato, lejos de encender la ilusión, terminó por entristecer a todo el Mundo con sus declaraciones: «Creo que es el final de mi carrera. Ya venía madurando la decisión y esto acelera los tiempos«. Una pena para el pueblo baldosero que aún espera un milagro, un regreso. Una porción más de bizarrez a una trayectoria a la que no le faltó nada. Ni barro, ni Calcio.
Juan Pordiosero