El traje parecía quedarle enorme… y aunque ahora nos parezca una profanación rayana a la falta de respeto, a mediados de 1995 todo futbolero en sus cabales afirmaba que a Ramón Ángel Díaz el traje de director técnico de River Plate le quedaba inmenso. Si hasta parecía disfrazado. Y los hinchas Millonarios sufrieron algunas de sus decisiones largo y tendido. Y de esa manera, claro, también lo hostigaron.
Es que tras el error histórico de contratar y después echar a Carlos Babington, el codiciado puesto le fue ofrecido al Riojano quien, con 35 años, se encontraba dando sus últimos pasos como futbolista en el Yokohama Marinos de Japón. Y El Pelado, claro está, agarró viaje con las dos manos…
La decisión del entonces presidente, Alfredo Dávicce, tenía varios fundamentos a favor: Ramón Díaz era un hijo dilecto del club que conocía a todo jugador, empleado, dirigente y -dato no menor- empresario que trabajaba con la institución y, se suponía, continuaba con el linaje de Daniel Passarella y Américo Gallego, quienes dirigían a la Selección y aún tenían sobrada influencia en Núñez. Además, al Pelado lo subestimaban como una figurita fácil de manipular desde el ámbito dirigencial.
Como contra, se señalaba la falta de experiencia de un tipo que ni siquiera se había anotado para hacer el curso de entrenador, la inconveniencia de tener a un técnico que había sido compañero de la mayoría de sus dirigidos y hasta una posible lucha de poder y egos contra otra leyenda riverplatense: Enzo Francescoli.
Todo esto, amén de las crueldades que bajaban desde las tribunas: el raro e inentendible dialecto italo- franco-argentino con el que se dirigía a la prensa, su dudoso aspecto y una lengua que llegaba a todos los hogares argentinos en primerísimo primer plano cada vez que una cámara lo enfocaba. Cuestiones que el tiempo y las victorias transformaron en folclore, después de todo y aunque nos engañemos, “fútbol” y “buena presencia” difícilmente vayan de la mano…
Y así arrancó El Pelado Díaz como entrenador. Con escaso fútbol del bueno y formaciones que mutaban partido tras partido. Para ser claros, todo muy confuso: un jugador que era titular indiscutido a la siguiente fecha ni siquiera iba al banco; cambiaba una defensa completa; variaba toda la línea de volantes; adelante jugaban todos y a la vez ninguno; Hernán Díaz se disfrazaba de “4”, de “3”, de “8”, de “11” de “10” y así hasta el infinito…
El caso más emblemático de aquellos tiempos inestables fue el del puesto de arquero. De entrada, los dirigentes le negaron al único jugador que Ramón había pedido: Ángel David Comizzo. Entonces, El Riojano optó por Javier Sodero sobre Germán Burgos con el único afán de diferenciarse de Daniel Passarella, quien tenía al Mono como uno de sus arqueros favoritos para el seleccionado.
Aunque claro, luego que El Cordobés se coma un gol de tiro libre de Flavio Zandoná en el estreno y por expreso pedido del resto del plantel, El Mono volvió a hacerse con la titularidad. Y eso no le causó ninguna gracia al Pelado, encima Burgos tampoco colaboró demasiado…
El primer incidente grave ocurrió en el partido de vuelta por los Octavos de Final de la Supercopa ´95 contra Peñarol, a quien River había vencido por 3 a 2 en Montevideo, la noche que El Enzo y Cedrés no gritaron sus tantos. Y allí, de local, con el marcador 2 a 1 a favor del Millonario, Burgos cometió la burrada magistral de salir a buscar un pelotazo cerca de los límites del área grande y con dos defensores marcando al atacante rival ¿el resultado? gol de Romero y empate.
Pero eso no es todo: dos minutos después Bengoechea pateó un tiro libre que pegó en el palo, dio en la jeta de Burgos, luego en el travesaño y terminó adentro. Uno de los goles más ridículos y chaplinescos de toda la década del noventa. Increíblemente, y por mérito exclusivo del arquero, el marcador estaba 3 a 2 para los uruguayos.
Finalmente, River se impuso en la definición por penales gracias al tiro de Baltierra que rebotó en el poste, ya que Burgos bastante lejos estuvo de parar algo. Por supuesto, El Mono debió abandonar el primer equipo. No era para menos, casi le arruina el debut a García Aspe (?).
Cuatro días después y por la octava fecha del Apertura, River recibió en su estadio al Estudiantes de la dupla Russo – Manera que se encontraba último cómodo y, por supuesto, aún no había ganado. Un partido fácil en apariencias en el que, como principal novedad, se destacaba el esperado regreso de Javier Sodero al arco Millonario.
Y allí, en el Monumental, se ratificó lo que la mayoría suponía: Javier Sodero era baldosero. Y de los buenos, eh. En primer lugar y con el marcador en cero, paralizó los corazones de todos al perder una pelota por hacerse un nudo, demorarse e intentar gambetear a un rival: no fue gol de milagro. Luego se comió un amague y se lo notó falto de reacción en el único gol del baldosero paraguayo Javier Ferreira en Primera División. Pero lo peor de todo aún no había llegado…
Cuatro minutos después, en el siguiente ataque Pincha, Silvano Maciel tiró un verdadero pedito de vieja que Sodero intentó embolsar e insólitamente le pasó por debajo del cuerpo. Calderón recibió solo y convirtió el 2 a 1 transitorio. Ramón Díaz, al igual que todo el planeta, no podía creer lo que veía: un arquero peor que el otro. El partido finalmente terminó igualado en dos tantos y, por supuesto, Javier Sodero jamás volvió a jugar en la Primera de River Plate.
Como última medida de necesidad y urgencia, Ramón optó por Joaquín Irigoytía, quién recién había cumplido 20 años y venía de ganar el Mundial Sub -20 de Qatar, donde lo habían distinguido con el Balón de Bronce.
Y así, pese de ser rehén de la desconfianza, El Vasquito fue la figura descollante en las victorias sobre Español, Gimnasia de Jujuy (penal atajado a Piaggio) y, más que nada, en la serie ante el Gremio por los Cuartos de Final de aquella Supercopa, donde detuvo los tiros de Emerson y Goiano en la definición desde los doce pasos. Para todos, había surgido el nuevo Goycochea. Y algo de eso había…
Tres semanas después, el sueño de Irigoytía llegó repentinamente a su final cuando, en la ida por la semifinal de la Supercopa ante Independiente, se comió dos goles de Javier Mazzoni, donde ambos tiros rebotaron en su cuerpo y terminaron dentro del arco. Encima River ganaba 2 a 0 cómodo y debió conformarse con el empate. Ramón Díaz estaba tan caliente que hasta se entendieron sus balbuceos: “los goles de ellos vinieron por errores del pibe que no se pueden repetir”. Un copado (?).
Y así, con toda esa confianza, El Vasquito se calzó los guantes ante Newell’s en Rosario y se comió tres goles en donde se lo notó falto de seguridad, de distancia, de timming, de olla, de todo. Su ciclo como titular en River Plate había finalizado y con él se había inaugurado la escuela riverplatense de “arquero de Selección para 10 años” que a futuro tan bien defenderían Franco Costanzo, Germán Lux y Juan Pablo Carrizo.
Con el regreso provisorio de Burgos al arco también llegó la eliminación por penales de la Supercopa ante Independiente. Por supuesto, aquellas idas y vueltas no fue definitivas ni definitorias y el fútbol le dio revancha… a Germán Burgos. No a Sodero ni a Irigoytía. Ellos demostraron condiciones. Condiciones de baldoseros, claro. Tuvieron la chance de ser parte de un ciclo histórico y no lo aprovecharon. O seguramente ni siquiera se lo imaginaron.
Ramón Díaz sobrevivió en el cargo haciendo uso de su cintura política aunque siguió siendo bastante abofeteado. Seis meses después llegarían los títulos para El Pelado y, de ahí en más, casi nadie en River se animaría a cuestionarlo. Eso, claro, después de ganar un par de campeonatos ¿o alguno me va a decir que lo bancó desde el primer año? Ta´ siempre, muchacho´…



