Corría el año 1990 cuando en la típica sección «¿En qué andan ustedes?» de la revista El Gráfico un Ernesto Grillo casi retirado de la dirección técnica contaba que mientras gozaba de sus últimos meses en el fútbol se esperanzaba con la carrera de su hijo. «Mi pibe acaba de recibir el telegrama de Boca comunicándole que le van a hacer el primer contrato profesional. Es wing izquierdo y ojalá que tenga aunque sea un poco de la suerte que tuvo el padre», afirmó en aquella oportunidad el autor del inolvidable gol imposible.
No se sabe a ciencia cierta por qué el vástago de una gloria de Independiente como Grillo no triunfó. Quizás haya sido el peso del apellido lo que le jugó en contra. Tal vez sus propias condiciones lo limitaron. Nunca lo sabremos.
De su paso por Boca no hay demasiados datos y tampoco fue fácil rastrearlo porque en aquel artículo de El Gráfico jamás escribieron su nombre. Sí, el hijo de Grillo. ¿Pero cómo se llama? Tal vez sea el mismo (Pablo Ernesto) que unos años más tarde estudió en la Escuela Oficial de Directores Técnicos de Fútbol de Avellaneda y se recibió compartiendo su camada, la de 1999/2000, junto a Fabio Costas, Adrián Janín, Claudio Zacarías y Norberto «Ruso» Verea. Un destino bastante alejado de aquel primitivo deseo de su padre.






