Fuera de stock: comisarios deportivos

No eran árbitros. Tampoco policías. Su función, difícil de explicar, consistía en algo así como una mezcla de ambas profesiones. ¿Eran veedores?. ¿Encargados de la seguridad?. ¿Colaboradores de Calabria, Lamolina, Iturralde o el botón referee de turno?. ¿Cómo fue que de un día para el otro desaparecieron del costado del campo de juego en absoluta intrascendencia?. La verdad, ni la más puta idea.

Sin embargo, eran fáciles de identificar. De camisa y corbata (aunque el termómetro marcara 40º a la sombra), generalmente con anteojos y bigote y necesariamente calvos y mayores de 50 años, salían a la cancha antes que los árbitros para recorrer el campo de juego vaya uno a saber en busca de qué. Luego solían posar en la foto que no sale publicada en ningún lado y, una vez comenzado el partido, se quedaban entre los bancos de suplentes. Volvían a los primeros planos a la hora de los cambios, sosteniéndo los carteles que indicaban que jugadores iba a ser reemplazados y quienes ocuparían sus lugares. Hasta ahí, tareas muy similares a las que realizan en la actualidad los llamados “cuarto árbitro”.

Claro que siempre podían ocurrir imprevistos: una bomba de estruendo, hinchas subidos al alambrado, un corte de luz. Ante estas interrupciones tomaban un protagonismo mayor. Comunicándose por handy con ¿el comisario?, ¿Macaya Márquez?, ¿Presidencia de la Nación? eran los encargados de transmitir tranquilidad y dar las garantías necesarias para la continuidad del juego. O no.

Lo cierto es que con el tiempo se fueron esfumando hasta desaparecer por completo. Mientras que en otros deportes, como el ciclismo o el automovilismo, siguen en el centro de la escena y son determinantes a la hora de definir un resultado, en el fútbol nadie sabe por donde andan. Ya no se los ve queriendo aparecer en todas las fotos, molestando a los protagonistas y sonriendo burlonamente ante los improperios de la popular. Para eso están Tití y Benedetto.