Roberto Rubén Rosario Prado
Eran otras épocas, tiempos de crisis. Boca Juniors no ganaba Copas Libertadores, ni Intercontinentales, no existían ni el Clausura ni el Apertura y el club de la Ribera sólo acumulaba deudas y quemaba juveniles con una velocidad sorprendente. Poco tiempo atrás había brillado Maradona, pero para el Metropolitano de 1983, la cosa había cambiado, y para peor.
El 22 de diciembre, por la última fecha del mencionado campeonato, el Xeneize enfrentaba en Córdoba a Instituto. La huelga de los profesionales obligó al técnico de turno a apelar al piberío de las inferiores, que por más entusiasmo que demostraran todavía estaban muy verdes para jugar en Primera.
«Una mañana estábamos practicando cuando apareció Grillo y preguntó quién tenía el documento en la mano para viajar a Córdoba. Como yo estaba en la colimba y ahí te retenían el DNI, sólo andaba con un permiso provisorio. Le dije que tenía ese papel, si podía jugar así, y me llevó«, comentó Roberto Prado alguna vez al diario Olé.
Había llegado a la Ribera en 1980 desde su Villa Constitución natal, con la ilusión a cuestas, pero todo se derrumbó rápidamente. La noche del debut (el partido estaba pactado para las 17 pero arrancó a las 21 porque el avión que trasladaba al plantel se demoró) Boca se comió un baile ante La Gloria, cayendo 5 a 1. Ese día, dirigidos por Alberto Mario González, salieron a la cancha Walter Marcelo Medina, César Claudio Lahorca, Nelson Fabián Iturrieta, Rubén Eduardo Manfredi, Alberto Rafael Benítez, Ramón Ignacio Fernández, Fabián Carrizo, Galarza, Franco, Roberto Prado y Daniel Ruben Panatieri. Luego ingresaron Denny Ramírez por Panatieri y Miguel Barragán por Lahorca. Las ganas de los pibes no pudieron contra la experiencia de los cordobeses que los pasaron por encima sin demasiada contemplación. Al menos, Prado se llevó el recuerdo de haber convertido el único gol de su equipo.
Luego del estreno, tendría tres chances más, ante Atlanta (el día del fibronazo), Newell’s y Temperley. En 1985 pasó a préstamo a Juventud Antoniana de Salta, volvió y al año siguiente quedó libre. Pasó por Ituzaingó (1987), San Luis de Chile (1988), despuntó el vicio por la liga de su pueblo y se retiró joven.
«Laburaba y jugaba, en una compañía de Acindar. Barría, pintaba, hacía de todo. Pero cerró la fábrica y me quedé sin laburo«. Fue así que gracias a la intervención del doctor Eduardo Andreacchio, Roberto Prado retornó a Boca en 1991. Ya no para jugar en Primera, tampoco con los veteranos, sino para ser el utilero de las divisiones inferiores. Estuvo sólo dos meses y subió a las ligas mayores, donde se mantiene hasta estos días.





