
La dominante figura de José Luis Chilavert como arquero goleador, generó en sus colegas una marcada tendencia ofensiva que encontró su pico a mediados de los 90’s y fue menguando a medida que se fue desarrollando el nuevo siglo.
De esa manera tuvimos la suerte de ser contemporáneos de la ola de los porteros como protagonistas de penales, tiros libres e incluso cabezazos. Algunos como Pontiroli, Cuenca, Luchetti o Saja, trascendieron la atractiva moda y con el tiempo se fueron metiendo al club de los clásicos guardavallas con gol, como Rogerio Ceni e Higuita. Pero otros, sólo fascinados por la posibilidad de salir en la tapa de un diario o simplemente por el hecho de imitar e incluso vengar al prócer paraguayo, terminaron prendiéndose a una movida que no en todos los casos dio buenos resultados.

Tú no has ganado nada
Sandro Guzmán declaró, jugando para Boca y en la previa de un match ante Vélez, que tenía en mente hacerle un gol a Chilavert. Como se imaginarán, ocurrió lo opuesto y el que embocó a su rival fue el que popularizó el Bulldog en el pecho.
Faryd Mondragón también se hizo el valiente aprovechando la pena máxima ante el capitán del Fortín, en el Apertura ’97. Pero nadie le avisó que además de convertir tenía que atajar. Ese día Independiente se comió 5 en su propia casa.
Roberto Bonano, en una etapa donde estaba cambiando de personalidad y quería ser provocador, le hizo un gol desde los once pasos al paragua, en aquel recordado encuentro de la Copa Mercosur de 2000 que encuadró el arquero vencido con una declaración contundente: «le pegó con un periódico«. Esa noche Chila también mojó.
Nacho González (8 tantos en la temporada 1996/97) y Terremoto Cejas (7 entre 1999 y 2001), demostraron cierta regularidad pero no se afianzaron como referentes del arquero artillero. Labarre, Sodero, Sala, Sanzotti, Varisco, Yorno, Campestrini, Roa y Ustari también se encargaron de los penales a favor.

Con barrera
Envalentonado por el cartelito de «Chila bueno» que le había adosado la revista El Gráfico, Sebastián criollita Saja fue uno de los tantos que se animaron a patear tiros libres, como Peratta o Cejas. Ninguno tuvo efectividad en Primera.
Tampoco la tuvo el Flaco Vivaldo en 1999, cuando ejecutó una falta en la campaña que terminó con el ascenso del Funebrero. Bossio, después de su recordado gol de cabeza ante Racing, también probó con una pelota parada ante Ferro pero su intento se estrelló contra el caño horizontal.
Uno que pasó vergüenza fue Leo Díaz, el ex arquero de Colón e Independiente. Jugaba para el Sabalero cuando cruzó toda la cancha en un partido ante Boca, en el Apertura 2000, y sacó un disparo que salió 2 metros encima del travesaño. Encima el caradura, sabiendo de su limitación a la hora de jugar la pelota con los pies, declaró «Estas cosas no se practican, salen. Antes del partido, habíamos planeado con Javier Delgado una jugada para distraer en caso de que hubiera un tiro libre. Por eso fui, para hacer lo que habíamos conversado. Pero creo que no me entendió, se quedó parado y por eso no la pudimos hacer. Entonces, finalmente decidí patear directo al arco«. Lamentable.

De cabeza a la gloria
Como ir, van todos. Cuando las papas queman y se consumen los segundos finales, los arqueros suelen correr hasta el área de enfrente para convertirse en héroes. Sin embargo, son muy pocos los que han provocado el milagro. Chiquito Bossio, en el Clausura ’96, se apoderó de un pedazo de historia cuando metió un cabezazo en el Cilindro de Avellaneda que sirvió para igualar 1 a 1 ante Racing.
Un par de años más tarde, César Labarre se tuvo a fe en un córner e impulsado por los insultos de su gente se tiró de palomita, convirtiendo el agónico tanto con el que Nueva Chicago le empató a Arsenal de Sarandí en tiempo de descuento.
En 2004, Pablo Santillo utilizó el recurso del testazo en un partido que Atlanta perdía ante Central Córdoba, en Rosario. El ex guardameta del Chacarita colocó el empate sobre la hora y desató la locura de los hinchas bohemios.
Aparte otra cosa
Hoy que la costumbre de convertir ha mermado en el puesto, queda en evidencia que aquella seguidilla de arqueros arriesgados sólo fue una moda impulsada por la admiración, el odio o el sentimiento de venganza hacia uno de los mejores extranjeros que han pisado canchas argentinas. Gracias a Chilavert tuvimos la fortuna de ver a Leo Díaz, un tipo que sólo usaba los pies para caminar, parado frente a una barrera y poniendo cara de «la voy a poner en un ángulo».