
Flavio Jorge Ivanovic
Cargó con el estigma de ser el hermano menos famoso de una familia futbolera. El tema es que no es el hermano de Guillermo Barros Schelotto, ni de Claudio Husaín, ni de Hermes Desio y mucho menos de Claudio Spontón. La vida quiso que sea reconocido por ser el Ivanovic malo, aunque este último calificativo hoy genere desconcierto: ¿Había un Ivanovic bueno?
Flavio, hermano mayor de Amilcar, arrancó en Platense en 1985 pero ante las pocas posibilidades de mostrarse como un centrodelantero interesante pasó a préstamo a Acassuso (1985/86), donde se curtió en la dura Primera D. Una temporada más tarde retornó a Primera División con la breve excursión de Temperley (1986/87) que terminó con la pérdida de la categoría. Con 9 partidos, un gol y un digno bigote que merece todo nuestro respeto, llamó la atención de Platense, que lo hizo retornar en la 1988/89 para redondear una triste estadística de 6 partidos y ningún tanto con la camiseta del Calamar.
Aturdido de no dar pie con bola, bajó al Nacional B para unirse al glorioso Atlanta (1990/91) de Montes, Chumba, Spotorno, Ereros, Ragg, Hrabina, Claudio Martinez, Ozán, Carrasco, Mattis y Renato Corsi. ¿Cómo terminó ese experimento? Mal, por supuesto. El Bohemio fue protagonista de un escándalo que derivó en una quita de puntos y cayó a la Primera B sin derecho a esbozar ningún reclamo.
Además de haber choreado un tiempo en Canadá, en las filas del Toronto Internacional, también se lo reconoce por ser un ilustre ex alumno del Comercial de San Isidro (como Claudio Marangoni) e incluso se puede encontrar un libro de su autoría en la Biblioteca Central de la Universidad de Belgrano.
Este año lo ubicamos en un torneo de veteranos de San Fernando. Viste los colores del equipo «Brujas» y aparece en la tabla de goleadores con 5 tantos, detrás de los jugadores Fumaroni y Piedra. Nada más que añadir, su Señoría.