Boyero Hernán

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Hernán Eduardo Boyero

La prueba más flaca de que no hace falta ser mal jugador para estar en este sitio. Boyero es un esmirriado atacante que, sin demasiada suerte en nuestro país, encontró su lugar en Bolivia, donde se ganó el respeto a base de goles. Divertido, pintoresco y hasta con un pasado en la Primera División de la Argentina, ingresa al no tan selecto grupo por ser extravagantemente baldosero.

Nació el 30 de diciembre de 1979, síntoma inequívoco de su mala fortuna. De entrada se perdió por poco la posibilidad de recibir la primera visita de Papá Noel. Y en los años posteriores, las tías amarretas seguramente deben haber aprovechado la opción del 2 x 1 para meter el simbolismo del cumpleaños y el regalo navideño en el mismo juguete.

Su camino en el fútbol no estuvo plagado de pétalos de rosas pero siempre se las arregló para llamar la atención. En 2001, ya bastante grandecito, jugaba en Juventud Católica de Río Segundo y al mismo tiempo juntaba chatarra junto a su padre para subsistir. Ese mismo año se fue a probar a Instituto de Córdoba y quedó.

Entre 2002 y 2006 disputó una buena cantidad de partidos y en ese mismo club conoció la sensación de actuar en la máxima categoría. En el Apertura 2004 salió a la cancha frente a Argentinos Juniors, Racing y River. Entre los 3 partidos apenas arañó los 50 minutos y no pudo convertir. En el plantel, además, había otros delanteros que tenían más chapa como Martín Vilallonga, Diego Quintana y Miliki Jiménez.

En el Nacional B, además de vestir la camiseta de La Gloria, anduvo por Juventud Antoniana de Salta (2005) y Tigre, donde convirtió 6 tantos que le valieron 12 kilos de falda, favorecido por un extraño arreglo con un carnicero de su ciudad natal, Río Segundo. La intención del coterráneo, quizás, era la de alimentar bien al atacante, que por ese entonces medía 1.94 m. y sólo pesaba 74 kilos.

En 2007 tomó la decisión de irse a Bolivia y le salió realmente bien, ya que hizo varios goles con Blooming e incluso se mencionó la posibilidad de nacionalizarlo para que actúe en la Seleción. En la nota que adjuntamos se observa, tal vez, la mayor cualidad de Hernán Boyero, un gran declarante que, como todo cordobés, hace del humor una forma de vida.

¿Cómo es Hernán Boyero futbolísticamente?

Soy un jugador que pese a la altura tengo gran dominio de balón. No soy un delantero que se queda quieto, esperando que le llegue el balón, sino que lo busco.

¿Es verdad que el jugador alto es un poco torpe con el balón?

No todos. Tengo buen dominio de pelota y puedo eludir a un rival con los pies y también los superó con la cabeza.

¿Vio jugar a Peter Crouch?

Sí, lo vi jugar (sonríe), me parece un gran jugador, ¿por qué?

¿Le dijeron que su juego es parecido al del inglés?

Todos me preguntan lo mismo (sonríe), salvando las distancias trato de ser sólo Boyero.

¿Qué hace en su tiempo libre?

Acá en Bolivia no hago nada especial, en Argentina tenía una metalúrgica donde fabricábamos cosas de campo e instrumentos agrícolas. Además soy Martillero y Corredor Inmobiliario, una carrera que se estudia en mi país.

¿Cómo ve el fútbol en Bolivia?

Hay buenos futbolistas a nivel individual, pero por encima de eso hay que poner el tema de la organización, aquí me parece que no están bien organizados; termina el campeonato y no se sabe quién salió primero y quién segundo.

¿Y la indisciplina?

Todo es relativo, quizás al ser más jóvenes no se cuidan lo suficiente y lo ven a uno tomando un vaso de Coca-Cola y dicen que tomó un vino. La gente habla y al jugador lo castigan. Seguramente que habrá un indisciplinado, como hay en Argentina, Italia y Venezuela.

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Se comenta que en esta nochebuena, además de recibir el clásico slip + pack de medias como obsequio de cumpleaños y navidad, va a brindar con tanta Coca-Cola que va a poder canjear las tapas por frascos, sandwicheras y batidoras de mano.

Godoy Cruz amarilla (2002)

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¿Improvisación? Lotto. La firma italiana había firmado un convenio con Godoy Cruz de Mendoza, pero al parecer uno de los puntos del contrato decía «nos compremetemos a vestir a estos mendocinos como se nos cante«. De otra forma no se entiende que el Tomba haya jugado con una camiseta genérica amarilla, con pantalones y medias negras, en un partido ante Instituto por la B Nacional. ¿Y la tradición? Quedó para otro momento.

Pérez García Matías

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Matías Augusto Pérez García
Dirán los libros que «Los Pérez García» fue uno de los mayores sucesos de la radiofonía argentina allá lejos y hace tiempo que dejó impregnada una frase que resiste el paso de los años: «Tiene más problemas que los Pérez García«. Para los Salieris del Bobo Contepomi, «Los Pérez García» son una banda del paradisíaco (?) conurbano bonaerense que entremezclan el rock y el reggae. Pero para los archivos secretos de En Una Baldosa, Pérez García significa mucho más que eso. Es sinónimo de fama efímera, pero fama al fin.

Promisorio enganche surgido de las divisiones inferiores de Lanús. Nacido en Tartagal, provincia de Salta, el 13 de octubre de 1984. Desde chico se destacaba entre sus compañeros y era figurita repetida entre las convocatorias de la selección Sub 17, donde compartió equipo con Javier Mascherano, Pablo Zabaleta, Patricio Pablo «este año exploto (de verdad)» Pérez, el malogrado Lucas Molina, D11os, Carlos Tévez, Gonzalo Rodríguez, Diego Ludueña, Ruben Salina y Hugo Colace, entre otros.

Su estreno en las juveniles fue en octubre de 2000, con 16 años a cuestas en un amistoso frente a Chile, cuando le tocó reemplazar a Tévez. En 2001, disputó 3 encuentros del Sudamericano de la categoría en Arequipa (Perú), enfrentando a Venezuela por la primera ronda, Paraguay y nuevamente la Vinotinto en la ronda final.

No pasó mucho tiempo hasta que empezara a ser tenido en cuenta en el conjunto de la zona sur. En junio de 2002, participó de su primera pretemporada al igual que los arqueros Guido Vidal, Horacio Ramírez, los volantes Diego Pelletieri y Marcos Aguirre, y el romperredes, Gonzalo Marronkle.

Sin embargo, su estreno en la primera división con la casaca granate, fue el 5 de julio de 2003, en Córdoba, ante Talleres, por la última fecha del torneo Clausura. Esa tarde, reemplazó a Rodrigo Mannara a los 78 minutos y se dio el gusto de tirar paredes con el Tati Bustos Montoya y el mencionado Marronkle.

En el Apertura 2003 con Miguel Ángel Brindisi, tampoco tuvo muchas chances, apenas jugó 2 partidos. En la octava fecha ante Chacarita ingresó a los 18 minutos del segundo tiempo en lugar del Ogro Fabbiani… y a los 26 minutos le dejó el lugar a Javier Almirón. Tuvo la oportunidad de redimirse en la última jornada, ante Arsenal, cuando reemplazó a Nelson Benítez a los 80 minutos.

Su cuarta y última aparición en Primera, la haría en el Clausura 2004, con Carlos Ramacciotti en el banco y contra Estudiantes, entrando en lugar de Sebastián Salomón. Esos 28 minutos, marcaron su despedida del fútbol grande a nivel nacional.

Después de una temporada con poca acción, el pibe se la veía venir y a mediados de 2005 le dieron el toque. Pasó a préstamo a la Comisión de Actividades Infantiles de Comodoro Rivadavia, pero no rindió como se esperaba. Dijo presente en 15 encuentros (12 correspondientes al torneo Apertura y 3 al Clausura), y no convirtió goles.

En 2006 bajó una categoría para sumarse a Talleres de Escalada, donde pareció reencontrarse con su juego. Disputó 39 cotejos y marcó en 12 ocasiones. Con los colores de Atlanta (2007) mostró su mejor versión futbolística, se puso el equipo al hombro y se ganó el cariño de una hinchada necesitada de ídolos. Pero lo bueno dura poco, y el tren pasa solo una vez, y Pérez García lo agarró a tiempo. A comienzos de 2008 cruzó el océano para defender la casaca del Chamois Niortais francés.

En la tierra de Wahiba Ribery y la baguette describen a Matías como «Uno de los mejores descubrimientos, un jugador con una técnica extraordinaria, capaz de desestabilizar a una defensa él solo. Provocador, gambeteador, un excelente definidor y gran pateador de tiros libres«. Una especie de Cristiano Ronaldo del subdesarrollo, ¿no será mucho?.

Huracán números con cinta 2005

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De no creer que lo sucedió en el estadio de Huracán en mayo de 2005. El local, tradicionalmente vestido de blanco, recibió a Sarmiento de Junín, conjunto que habitualmente usa indumentaria de color verde. Pero al visitante se le ocurrió viajar solamente con el juego de camisetas blancas y entonces el Globo tuvo que recurrir a la pilcha alternativa…que no tenía. La voz del estadio, entonces, pidió 10 camisetas rojas entre los hinchas. No se llegó al número mínimo e indispensable. Un rato después, a una mente brillante se le ocurrió comprar 10 camisetas negras en el local de merchandising, pues en la utilería no había nada. Los números se pusieron con cinta adhesiva blanca y así salió Huracán a la cancha, 15 minutos más tarde de lo pactado. Para el segundo tiempo, otras 4 casacas negras terminaron de vestir a los suplentes.

(Gracias Cazador)

Castellani Ricardo

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Ricardo Martín Castellani

Puede ocurrir tranquilamente que en una tarde lluviosa y aburrida nos pongamos melancólicos y empecemos a buscar fotos de buenos momentos, de años felices, de tiempos que ya no volverán. Si somos solteros, por ejemplo, podemos revisar minuciosamente todos los cajones para encontrar la única foto guardada de una ex novia que nos dio bola de casualidad. Esa piba que se partía de buena y que soñamos con volverla a ubicar para cortar la sequía en nombre del reencuentro inesperado. Si estamos casados o de novios, pensamos lo mismo. El instinto no cambia.

Es demasiado injusto que, en esas situaciones, generalmente la foto no aparezca. Por más que revisemos todos los sobres y demos vuelta los álbumes amarillentos con el loguito de Kodak, lo que buscamos con desesperación no nos da ni la hora. Para peor, suelen reaparecer comprobantes de épocas desagradables. Imágenes de gente que uno no quiere volver a ver, diplomas de carreras que no sirven ni para completar una solicitud de empleo en Mc Donald’s, papeles garabateados con vaya uno a saber qué proyecto delirante que nos salvaría la vida y que, por supuesto, ni siquiera empezó.

En esas tardes de muebles abiertos, cajas destapadas y quilombos que prometeremos ordenar, también son protagonistas las revistas, que asoman casi tímidamente entre otras cosas que aparentan ser más importantes y terminan inevitablemente en nuestras manos como si fueran lo esencial, lo único. El Gráfico, Goles, Sólo Fútbol, SuperFútbol. Todas tienen su encanto, todas están ahí por algo. Aunque hayan pasado 20 años. Aunque el precio esté en australes. Están ahí.

La cagada, como siempre, es que abrir un ejemplar de 1987 no es un trámite. A eso hay que agregarle el placer de volver a leer las formaciones, observar las fotos, deleitarse con las publicidades de la época y hasta apostarnos a nosotros mismos si somos capaces de adivinar qué nota aparecerá en la página siguiente. Con suerte, pasarán 15 minutos hasta que cerremos esa revista. Sólo esa. Una, de cientas. O de miles.

En esas condiciones uno puede toparse con una foto de Ricardo Castellani, un ignoto defensor de la cantera de River Plate que ni siquiera llegó debutar en Primera y que, como máximo logro, ostenta un gol para la Selección Argentina en el Mundial Sub 17 de Italia 1991.

Insistimos, es muy injusto que aparezca antes el recuerdo de este tipo que no tiene nada que ver con nuestra existencia, que el de aquella piba que nos despertó todas las hormonas habidas y por haber. Es cruel, es choto. La vida, en ese sentido, es puta. La vida. La chica no. O quizás si. ¿Quién sabe? Ha pasado mucho tiempo y nosotros estuvimos entretenidos ojeando revistas.