Instituto violeta y amarilla (1999)

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A pesar de que Instituto utilizó alguna vez una camiseta aurinegra, no deja de sorprender que en pleno Torneo de la B Nacional, La Gloria haya usado una camiseta violeta y amarilla (según Olé, auriazul) de la firma adidas, cuando su proveedor oficial era Diadora.

No sabemos a qué se debió el uso de la inesperada indumentaria alternativa. Enfrentar a San Martín de Tucumán exigía un cambio de colores para diferenciarse, es cierto. Pero el hecho de haber recurrido a una pilcha genérica que por aquel entonces se conseguía en cualquier casa deportiva, nos confirma algo que ya veníamos sospechando: los cordobeses nacieron para estar En El Placard.

Fernández Eber

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Eber Fernández (El Pájaro)

Futbolista de la misma raza que Hilario Navarro. ¿Pesetero y traidor? No precisamente. Mas bien es el típico argentino que realiza su carrera en la tierra de la chipa con cocido, a tal punto que para muchos es considerado paragua.

Eber Fernández nació el 10 de febrero de 1976 en Formosa. Y ya de pequeño pintaba para crack…o al menos para hacer ruido. Hizo las inferiores en Boca Juniors pero cuando tuvo edad de debutar se dio cuenta de que jamás iba a tener una chance y se marchó al fútbol paraguayo.

En 1997 llamó la atención por primera vez cuando, jugando para Cerro Porteño en un partido amistoso ante el club de sus inicios, dirigido por el Bambino Veira, le dio una patada a Claudio Caniggia que derivó en una escaramuza de la que participó Diego Maradona. El árbitro Ángel Sánchez no quiso ganarse enemigos pesados y lo echó a Eber.

Ya para 1998, Fernández era conocido como «El Pájaro«, favorecido por su pelo largo, aunque morocho. Y volvió a enfrentar al Xeneize, pero oficialmente, en un match correspondiente a la Copa Mercosur. Eber, vengándose de aquella expulsión, marcó un gol en la victoria 3 a 2 de Cerro, en Asunción.

Pero no todo lo que pasó en la carrera de Fernández tuvo que ver con Boquita. En Paraguay también jugó con los colores de Libertad (2001), Sport Colombia (2003) y Sportivo Luqueño (2004), aunque allí no regalaría tanta magia como lo hizo en la Primera División de nuestro país.

En 2002 lo repatrió Talleres de Córdoba con la intención de engordar el plantel que afrontaría el torneo local (jugó 9 partidos y no marcó) y la Copa Libertadores (1 gol en 2 encuentros). La lucha por un lugar no era taaaan jodida, sólo tenía que ganarle la pulseada a Federico Astudillo o Perico Ojeda. Pero una serie de infortunios lo postergaron durante algunas semanas. Primero, una distensión de ligamentos en su rodilla derecha le negó la posibilidad de debutar oficialmente. Y después, se abriría uno de los capítulos más gloriosos de mundo baldoseril.

En la noche previa a su estreno, ante Unión de Santa Fe, unos ladrones ingresaron al hotel Riviera de Villa Carlos Paz, donde concentraban los Tallarines, y se llevaron: bolsos, ropa, elementos personales y…el DNI más el pasaporte de Eber Fernández, quien tuvo que estampar su impresión dígito pulgar para poder jugar.

Luego del partido, el técnico Mario Ballarino y los dirigentes cordobeses, salieron desesperadamente a pedir la devolución de los documentos. El delantero tenía que actuar en la Copa Libertadores ante el América de México y dudaban de la obtención de un permiso.

Esa misma semana, el formoseño faltó a las prácticas para tramitar un duplicado que consiguió pronto…pero no todo terminaría ahí. Dos personas que decían haber «encontrado» el DNI del futbolista, fueron hasta la casa de Horacio Humoller (a quien también le habían robado) y se lo entregaron…¡a cambio de 30 pesos!

Pero faltaba lo mejor. No contentos con los 30 mangos de la extorsión, los chorros revisaron bien el bolso de Fernández y encontraron la llave de su departamento. A partir de ahí, planearon el robo del siglo: se vistieron con la ropa del jugador para no levantar sospechas y se mandaron al domicilio del pobre Eber.

Pero, como en las mejores historias, siempre aparece el héroe. El encargado del edificio se dio cuenta de la treta y los detuvo en el hall. Y sí. Eber Fernández, por primera vez en su vida, se alegró por la buena labor de un portero ajeno al club.

Fernández Adrián

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Adrián Gustavo Fernández (Carucha)

Sinónimo de baldosero acá, en Chile, y en la mayoría de los países que ha pisado. Su capacidad para mentir con la pelota en los pies y emocionar a la gente al mismo tiempo, le ha valido un sinfín de homenajes en foros, blogs y hasta fotologs que cuentan una por una sus más grandes anécdotas.

Surgió en Nueva Chicago, donde jugó desde 1998 a 2001 en la B Nacional y tuvo la fortuna de obtener el ascenso a Primera División, categoría en la que estuvo algunos años (2001 a 2003) haciendo de las suyas: disputó 8 partidos y no convirtió.

Delantero aunque también volante ofensivo (una manera de decir, en realidad no es muy agresivo), bajó de división para reinventarse…y vaya si lo lograría con el tiempo. En El Porvenir (2003/04) casi pasó desapercibido pero increíblemente se alinearon los planetas (y representantes, dirigentes, billetes…) y terminó en el Colo Colo (2004), uno de los equipos más importantes de Chile.

Si lo que había hecho en Argentina ya era delicioso para este sitio, definitivamente lo que hizo tras la Cordillera de Los Andes fue para ponerle una limousine manejada por Orestes Katorosz que lo dejara directamente en la alfombra roja que conduce al home de la baldosa.

Arribó a la institución junto a Darío Cajaravilla, Germán Real y Marcelo Verón, todos de la mano del entrenador argentino Ricardo Dabrowski. En su debut, el ex Chicago tuvo que enfrentar nada más y nada menos que a la Universidad de Chile. ¿Y cómo le fue? ¿Bien? No, todo lo contrario. Fernández erró dos goles imposibles de errar e inmediatamente sus jugadas comenzaron a ser conocidas como «caruchazos«.

Las críticas despiadadas no tardaron en llegar tras su primer partido y hasta su padre tuvo que salir a defenderlo. Él, por su parte, también dijo unas palabras y hasta se hizo el chileno por un rato: «Yo vine a aportar lo mío, a trabajar, a sacarme la chucha, como dicen ustedes, a meter el pecho y sé que tengo que mejorar muchas cosas todavía«.

En su segundo partido, ante el Audax Italiano, alimentaría su figura de ídolo desgraciado cuando tiró un centro muy malo que se convirtió en gol. O mejor dicho, golazo. La Garra Blanca lo ovacionó y el bueno de Carucha se largó a llorar como un niño, mostrándose totalmente vulnerable. ¿Algo más? Sí.

Ese mismo día, escupió a un jugador rival y lo expulsaron. No solo eso, sino que además le dieron 5 fechas de suspensión. De poco sirvió que le pidiera disculpas a su colega.

Para ese entonces y con sólo dos partidos con la camiseta del Colo Colo, Adrián Fernández no era un futbolista, mas bien era un chiste. Motivo de gastadas de propios y extraños, entró de cabeza en la mitología futbolera de Chile. Con muchos días para pensar y reflexionar, Carucha se alejó temporalmente de los terrenos de juego y aprovechó el tiempo para conocer Viña del Mar, todo eso bajo el seguimiento de los periodistas. Fernández, muy a su pesar, ya era una celebridad.

A su regreso, hizo todo para revertir la historia pero sus esfuerzos fueron en vano. Los colocolinos ya no esperaban buenas actuaciones de él, querían más capítulos de su antihéroe preferido.

Apenas un segundo antes de transformarse en un dibujo animado, le dieron vía libre y se fue al fútbol boliviano, más acorde a su nivel. «Tenía posibilidades de ir a otros clubes, en el mismo Chile y Colombia, pero mi representante me comentó la idea de venir aquí. Además, jugar la Copa Libertadores será importante… no prometo muchas cosas, puedo decir que vengo a trabajar«, dijo antes de ponerse la casaca de The Strongest (2005), donde tuvo momentos libres para elaborar un plan maestro: juntar petrodólares.

Así fue como un nuevo movimiento de su apoderado lo colocó en la liga de Arabia Saudita. ¿El club? Lo de menos, pero era el Al-Shabab Riyadh. Allí estuvo un semestre de 2006 y juntó unos billetitos para mitigar tantos palos en la rueda.

En la temporada 2006/07 caería en el Schaffhouse (?) de Suiza, donde sólo anotaría 3 goles en 26 encuentros, y después defendería la divisa del Saint Gallen (2007/08), equipo que le permitió mejorar su promedio, ya que anotó 3 en 25 partidos. Un capo.

De volver a la Argentina ni noticias. Y a Chile ni hablar. Desde el año pasado juega en Bulgaria: primero en el Cherno More Varna (2008) y ahora en el Chernomorets Burgas (2009). Y desde ahí trata de enganchar buena señal de wi-fi para editar su errónea ficha en wikipedia.

Mugnaini a Gimnasia LP 2001

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Fue una de las novelas del 2001. Julio Mugnaini había tenido sus 15 minutos de fama salvando del descenso a Belgrano de Córdoba, y algunos clubes se interesaron en contar con sus servicios.

El que mostró más interés por el delantero fue Gimnasia y Esgrima La Plata, que negoció infructuosamente durante 45 días (entre junio y agosto de 2001).

Todo empezó a mediados de junio, cuando los dirigentes del Lobo se lo ofrecieron al técnico Timoteo Griguol, que dio el OK para la contratación. De ahí en más, pasó de todo. Los clubes acordaron de palabra, Mugnaini viajó a La Plata, se hizo la revisión médica, lo presentaron en Estancia Chica y estuvo a punto de entrenarse. La transferencia se cayó, luego modificaron el acuerdo, se reflotó, se volvió a caer, el jugador regresó a Córdoba, retomaron el acuerdo inicial, se lo anunció como el primer refuerzo de Gimnasia, se habló de un préstamo, de la compra definitiva por parte de un empresario, de la inhibición que tenía Belgrano para vender, y finalmente el pase se cayó. ¿Algo más? Sí, unos días después el Tiburón casi firma con Huracán, pero al final se quedó en el Pirata.

Juira Bicho: Los negritos de Sugus

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A pesar de que muchos de nosotros los conocimos recién en los 80’s a través de las publicidades gráficas y televisivas o simplemente por intermedio del packaging de los caramelos, los negritos de Sugus (criaturas de García Ferré) venían laburando a destajo en varios terrenos, incluso en ese rectángulo de pasto con dos arcos llamado cancha de fútbol.

Ya en la década del ’60 aparecían infiltrados en las típicas fotos de las formaciones, muchas veces acompañados por una inverosímil botella de whisky con patas, mucho antes de que Basile dirigiera a Boca.

Los cinco muñecos con torso de caramelito (ojo, no ésta) siempre andaban en grupo, jamás individualmente. Y eso era producto del sentido común: a cada negrito le correspondía una letra. Dicen que los que portaban la «S» eran simpáticos, se sacaban fotos con los niños y estaban siempre de buen humor. El flaco de la «G» era como el hermano del medio, nadie le daba pelota y quería llamar la atención entrando a la cancha cuando el arbitro no había dado el pitazo final y ese tipo de cosas que ocurren generalmente en el estadio de Lanús con el tipo que lleva las bebidas. Los de la «U» eran chilenos (?). Y así.

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Últimos tiempos y desaparición

Después de muchos años de ausencia, los personajes de Sugus reaparecieron en un torneo de verano, allá en los inicios de la década del ’90. A esa altura, todavía lograban diferenciarse (el fútbol no estaba híper explotado como ahora) pues no tenían que competir contra osos, tarjetas de crédito y otros animadores comerciales.

Algunos más arriesgados, incluso, afirman que el último negrito de Sugus que pudo introducirse en un campo de juego lo hizo de forma oficial, vistiendo la camiseta de Boca y Unión de Santa Fe. Claro, están también los que dicen que no se trataba de un muñeco, sino de un ser real llamado Emanuel Ruiz. Aunque no deja de ser curioso que ese futbolista haya sido apodado Suchard. Todo un metamensaje (?).

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Ficha Técnica

Club/Empresa: Sugus, de Suchard.
Liga: Primera División de Argentina.
Características: tez oscura y sonrisa amplia. Caja torácica descentrada.
Nombre provisorio: «Negrito de Sugus» o «Suguito».
Nombre oficial: desconocemos.

Sosa José Luis

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José Luis Sosa

Se puede ser exquisito como el Marqués, crack como Rubén, horrible como el Pampa, devoto como Franco, muerto como el Chuco, sincero como Chiche, vendehumo como el Pato, Principito (?) como José, siempre viejo como Luis, estadio como el Gabino, varón del tango como Julio, veterana dable como Patricia, agradecida como Mercedes, o suplente como José Luis, arquero uruguayo que llegó a Gimnasia y Esgrima La Plata en 1986 y que sólo disputó 5 partidos cubriendo las ausencias de Gustavo Moriconi hasta 1988. Ah, también se puede ser mal cocinero como mi tío, que no tiene el mismo apellido pero la comida siempre le sale sosa (?).