
Allá lejos y hace tiempo, la selección argentina de fútbol era un equipo conformado por los mejores jugadores del país. Para integrar ese selecto grupo, había que destacarse durante un lapso prolongado en Primera División, no alcanzaba con una buena racha de rendimientos, ni mucho menos con la manija del periodismo coimero. Romperla, sobre todo en un club grande, aumentaba las chances de ser llamado por el DT de turno, aunque esto luego fue cambiando con los años.
En la era Passarella, por ejemplo, lo primordial era jugar bien, pero en River. A lo sumo, podía aceptarse un jugador que no hubiese vestido la banda roja, pero sí o sí tenía que ser representado por Gustavo Mascardi. Fue la era VIP de la AFA. Ponerse la celeste y blanca no era para cualquiera. Pertenecer era la clave.
Toda esa exclusividad del famoso grupo del Dánieeeeel, que tuvo continuidad con Bielsa (aunque, con las concesiones del caso), fue abriéndose cada vez más con los años, aunque nunca dejó de ser algo privativo para los futbolistas del montón. Nunca, hasta la llegada de Diego Armando Maradona al banco de la Selección. Ese día, las cosas empezaron a cambiar.
La breve gestión del Dié (noviembre de 2008 a julio de 2010) se destacó, fundamentalmente, por Passman vos también la tenés adentro la amplitud de criterio para citar jugadores, favorecido por los amistosos falopa. Además de los viejos conocidos que actuaban en el extranjero, comenzaron a ser llamados aquellos que formaban parte del ámbito local. ¿Los que jugaban bien? Sí. Y los que no, también (?). Sólo hacía falta que al Diego los viera por TV, un sábado a la noche mientras se comía una pizza (?), para que se le cruzara la idea de convocarlos.

El caso más recordado, seguramente, es el de Ariel Garcé, que terminó yendo al Mundial de Sudáfrica, gracias a que había aparecido súbitamente en un sueño del entrenador. Pero el Chino, al que le encomendaron la compra de alfajores en sus inesperadas vacaciones pagas, no fue el personaje más encandalosamente convocado.
El colmo de lo insólito se produjo en febrero de 2010, cuando Maradona llamó a 18 jugadores para el amistoso ante Jamaica, en Mar del Plata. La lista, que incluía debutantes como Mariano Echeverría, Walter Acevedo, Leonel Galeano, Lucas Licht y Gabriel Mercado, alcanzaba la increíble cifra de 99 citados en todo el ciclo. Parecían muchos, pero aún faltaban.
Apenas un rato después del llamado, la AFA envió un comunicado, informando que Clemente Rodríguez, Enzo Pérez, José Sosa y Mauro Boselli, de Estudiantes de La Plata, quedaban desafectados. ¿Por qué? Porque justo en esos días estaban disputando la Copa Libertadores. El Diego nunca se enteró y ninguno de sus colaboradores atinó a avisarle. Colgaron, puede pasar (?).

Fue entonces que el DT de Argentina, rápido de reflejos (?), llamó a Ignacio Canuto, Jesús Méndez, Patricio Toranzo y Juan Pablo Pereyra, debutantes con la albiceleste estos dos últimos. Para ese entonces, el listado llegaba a los 101 nombres en un año y pico de trabajo (?), pero esperen porque obviamos un detalle.
Ese mismo día, los medios se dieron cuenta de que ¡Maradona había convocado a un jugador lesionado! Sí, aunque cueste creerlo, desde la AFA nunca se percataron de que Juan Pablo Pereyra, de Atlético Tucumán, había sido operado de una fractura del tabique nasal y tenía para 15 días de recuperación, por lo que se le hacía imposible sumarse a los entrenamientos de Argentina, mucho menos disputar el partido ante los jamaiquinos. Y bue, también son cosas que pasan (?).
En su reemplazo, Diegote (o el que manejaba el fax de la AFA, a esa altura) citó a Claudio Bieler, que esperaba con muchas más ganas una convocatoria de Ecuador. Ah, como si fuera poco, El Taca luego fue desafectado por una lesión.

En mayo de 2010, la lista se extendió a 108 (¡en menos de dos años!), cuando el DT llamó a José Luis Fernández y Cristian Villagra, para ocupar las vacantes que habían dejado Vangioni y Fabián Monzón, lesionados de cara al último amistoso más o menos serio (?) ante Haití, del que también formó parte Ariel Ortega, a modo de homenaje.
Lo que vino después es historia conocida. Veintitrés de esos ciento ocho fueron a Sudáfrica y se volvieron cuando se cruzaron con el chamuyo de Alemania. A esa altura, ya habíamos comprendido que ya no hacía falta ser Maradona para jugar en la Selección.
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