Saludos y gracias.
En Una Baldosa
En Una Baldosa

En 1995, adidas sacó al mercado un modelo de camiseta bastante llamativo que le costó insertar en las distintas utilerías del mundo. Pocos equipos, como la selección rumana y River se animaron a usar el particular diseño que se caracterizaba por su estampado psicodélico. Arsenal de Sarandí, legendario maniquí de la marca de las tres tiras, la vistio durante algunos años, de manera alternativa, a pesar de que los colores de la pilcha (blanco y negro) nada tenían que ver con los tradicionales (celeste y rojo). En la foto, el Moncho Monzón, en el final de su carrera, la luce en un partido de reserva de 1998.
Juan Pordiosero



Alberto Carlos Pafundi. Volante y árbitro argentino. Jugó en los 70’s.

Lino Arce

Gustavo Rubén Arce (El Piquetero)
Juan Pordiosero
Daniel Navarro
Si de desaparecidos en vida hablamos, no podemos ignorar la figura de Daniel Navarro, un desprestigiado delantero de Newell’s que tuvo su momento de fama allá por 1992, cuando asomó silenciosamente en la Primera leprosa y casi sin avivar giles pudo sumar minutos en 12 encuentros oficiales de toda la temporada e incluso llegó a marcar un gol. A la sombra del Negro Zamora, Alfredo Mendoza y Ariel «cada día me parezco más a Leo Mattioli» Cozzoni, se dio el lujo de jugar la Copa Libertadores de 1993. La lucha por hacerse un lugar entre los atacantes titulares era difícil (también estaba el Caio Enría), pero nunca nadie imaginó que semejante obstáculo lo alejaría tan rápidamente de los primeros planos. No sólo no jugó más en La Lepra, sino que además hizo de su carrera una verdadera incógnita. Se encargó de eliminar los rastros fácilmente comprobables. Los únicos recortes, testigos de su gloriosa juventud, deben desempolvarse cada muerte de obispo, cuando algún escéptico invoca las maravillosas palabras: «¿Vos jugaste en Ñuls? ¡Andáaa!«.
Juan Pordiosero
Pablo Javier Cucit
Podría haber sido uno de los tantos habitantes de este sitio que por haber tenido un solo partido en Primera se ganaron un merecido reconocimiento. Sin embargo, la historia de Pablo Cucit tiene un valor agregado difícil de obviar: es primo hermano de Gabriel Batistuta. Ese parentezco le dio oportunidades de mostrarse, claro está. Pero también lo condicionó en el largo camino de la consolidación que nunca pudo alcanzar. Volante zurdo por vocación pero marcador de punta obligación, se topó de un día para el otro con una inmejorable oportunidad en su natal Reconquista. «Un día, en el cumpleaños de una de las hermanas de Gabriel, mi tía me preguntó como andaba en el colegio. Como noté algo raro, le pregunté a mi viejo qué pasaba y me dijo que Gabriel me iba a dar una mano. Creí que era para probarme en Boca, pero resulta que era para ir a Italia. No lo podía creer, ¿sabés cómo estaba?«, declaró años después en la Revista Mística.
A fines de 1996, el Bati le abrió las puertas del imperio que había construído. Bajo su recomendación, lo hizo ingresar a la Fiorentina, donde estuvo entrenándose durante 5 meses. Y no sólo eso, sino que además le dio techo y comida. El caso no pasó desapercibido para la prensa italiana. Al llegar a su primera práctica, Pablo fue rodeado por varios periodistas y por algunos fanáticos que, deslumbrados por el lazo de sangre que unía al pibe con el goleador, llegaron a pedirle fotos y autógrafos como si se tratara de una verdadera estrella.
Su periplo europeo arrancó bien. En el primer partido de entrenamiento entre los titulares y la Primavera (la Reserva), marcó un tanto en la primera pelota que tocó. «Cuando metí el gol, Gabriel dijo ‘Qué golazo hiciste, pero todavía te faltan tres para alcanzarme’. Claro, él ya había metido cuatro y no lo podían parar«, afirmó el defensor.
Tres meses en la casa de su primo y otros dos en la concentración de la Fiore parecían acercarlo al sueño de jugar en el Calcio. Pero la llegada del brasileño nacionalizado belga Luiz Oliveira terminó con su fantasía. A pesar de estar en el plantel de la Primavera, ocupaba plaza de extranjero. Ese aspecto, que en un primer momento no tuvo en cuenta, lo alejó de la institución y lo mató anímicamente.
A su regreso al país se cobijó en Reconquista (donde había jugado en Platense y en Atlético y Tiro), pero pronto lo recuperó el técnico de las inferiores de Ferro, Cacho Giménez, que se lo llevó para Caballito. Se probó y quedó en el Verde pero un problema con Miguel Ángel Tojo, entrenador de la Quarta y la Quinta, le cerró los caminos. Cuando abandonar el fútbol parecía ser la salida, otra vez Giménez le consiguió una prueba en Racing. Aprobó la evaluación futbolística y luego de un tiempo en inferiores pudo lograr lo que anhela cualquier jugador, debutar en Primera. Y se dio de la manera más imprevista: en mayo de 1999 era el capitán de la Reserva cuando se lesionó Hugo Corbalán (en aquél entonces suplente del suspendido Sergio Zanetti) y el pibe tuvo que jugar de movida ante Gimnasia y Esgrima de La Plata gracias al llamado dedsperado de Gustavo Costas, que ni siquiera lo había convocado para entrenar en la semana previa.
Junto a Luciano Castillo, Vicente Principiano, Juan Manuel Zubeldía, Emiliano Yocco y Lucio Orellano, Cucit formó parte de una camada que no triunfó demasiado. A decir verdad, no triunfó nada.
Después de su aporte poco valorado para nuestro fútbol volvió a desperdigar su talento en la liga Reconquistense, defendiendo los colores de Atlético y Tiro. Ahí juega de volante y hace muchos goles. Es que, por esos pagos, mucho no se puede hacer. Si uno nació machito se dedica al fútbol o a la pesca. Y si nació nena, elige el mundo de la realeza, como Carolina Cucit (en la foto, de amarillo), una simpática chica de la zona que participó de la Fiesta del Surubí en 2006 y se coronó como 1° Princesa de los pescadores. ¿Será algo del olvidado Pablito? No sería la primera vez que un pariente lo hace un poquito más famoso.
Juan Pordiosero