Mundial: acá empezó todo

Transitando este camino que, con suerte, nos depositará en Brasil 2014, nos empezamos a dar manija con la idea de conocer el preciso lugar donde se inició la historia de los mundiales. Así fue como terminamos en el barrio de Pocitos, en Montevideo. Y ahí, en la calle donde se disputó el primer partido de Uruguay 1930, entrevistamos al arquitecto y escultor Eduardo «El Tano» Di Mauro, autor de un par de obras que homenajean aquel debut: «Cero a Cero y pelota al medio» y «Donde duermen las arañas».
Para saber dónde estamos situados tenemos que mirar hacia atrás. En julio de 1930 Uruguay se preparaba para albergar la primera Copa del Mundo, de la que participarían 13 selecciones nacionales. La confirmación de la sede con sólo un año de anticipación, obligó a los uruguayos a construir el estadio Centenario en tiempo récord. Ese iba a ser el único escenario para todos los partidos del Mundial. Pero a último momento las lluvias retrasaron las obras y hubo que cambiar de planes.
Para los primeros partidos de la Copa (jugados en simultáneo) se utilizaron las canchas de Nacional y Peñarol: el Gran Parque Central y el Estadio Pocitos. Este último fue testigo del primer gol de los mundiales, el que convirtió el francés Lucien Laurent en la victoria 4 a 1 ante México.
Aunque parezca raro a la distancia, ese lugar histórico fue abandonado rápidamente y luego demolido. Encima de lo que había sido una cancha, se trazaron calles y se construyeron viviendas que hoy forman parte de un coqueto barrio.

Alvarado 2 – Yokohama Marinos 1 (1994)

La imagen nos muestra a Ramón Díaz sentado en el banco de los suplentes del estadio José María Minella de Mar del Plata, junto al entonces joven periodista local Esteban Salinas. ¿El contexto? El no tan recordado triangular internacional del que participaron Alvarado, Newell’s y el Yokohama Marinos de Japón. ¿La rereza? Los partidos duraban sólo 45 minutos y se jugaban todos en la misma jornada.

Con menos de 500 espectadores en las tribunas, el conjunto asiático perdió 2 a 1 gracias a los goles de Silvio Rudman y La Rata Rodríguez. Kimura descontó para el Yokohama, que además del Pelado, contaba con los argentinos Carlos Bisconti y el Chapa Zapata.

Después de aquel partido, los japoneses tendrían una segunda presentación, en la que vivirían una situación insólita que ya nos encargaremos de detallar.

Maradona a Las Palmas (1978 y 1996)

Repasar mentalmente los equipos en los que jugó oficialmente Diego Armando Maradona no es una tarea muy difícil: Argentinos Juniors, Boca, Barcelona, Nápoli, Sevilla y Newell’s. Seis, ni más ni menos. Ahora bien, si a eso le agregamos la cantidad de clubes que quisieron alguna vez tener al Diegote entre sus filas, nos tendríamos que acordar básicamente de…todos.

Es que, ya en el ocaso de su carrera, varios clubes, grandes y chicos de todo el mundo fueron los que se tiraron un lance para tratar de meterse, a la fuerza, en la vida deportiva del Diez. Fue así como All Boys, el Santos de Brasil o Peñarol de Montevideo quisieron contratar a Maradona, casi para exhibirlo, como si fuera un trofeo. ¡Pero mirá que esta retirado Diego, eh! No importa, dámelo igual.

Uno de las tantas instituciones que soñaron con tener al astro mundial vistiendo su camiseta fue Las Palmas, un modesto equipo español que apareció un par de veces en la línea histórica del Diego.

La primera vez fue a comienzos de 1978, cuando Gregorio González Fulgencio, un empresario de la isla de Gran Canaria, se enteró de las condiciones del pibito de Argentinos Juniors y negoció, personalmente con el club y con Maradona, para llevárselo a Las Palmas, donde jugaban los argentinos Carnevali, Brindisi y Morete.

A pesar del interés que tenía el conjunto español por aquella promesa sudamericana, las negociaciones finalmente no llegaron a buen puerto y Maradona siguió jugando en el Bicho hasta 1981, cuando pasó a Boca Juniors.

Sin embargo, esa no sería la última vez que Las Palmas y Diegote cruzarían sus caminos. En 1996, el club de Gran Canaria se encontraba en la segunda división y buscaba reforzarse a lo grande para volver a la elite. Un dirigente viajó a la Argentina para comprar al chileno Salas, pero se terminó llevando al Turu Flores, que la estaba rompiendo en Vélez.

¿Y Diegote? Bien, gracias. Disfrutando la vida loca, yendo antrenar en camión muy de vez en cuando, de fiesta en fiesta y amagando con retirarse una y mil veces.

Enojado con el cartonero Macri porque no le había comprado al Turu Flores, Diego dijo que no quería jugar más en Boca y declaró: «Tengo sueños imposibles, como jugar en el Real Madrid, en el Valencia con Romario, en Las Palmas con el Turu Flores, en el Barcelona con Ronaldo, o en el Atlético de Madrid con Simeone y Esnaider«.

Fue entonces cuando Guillote Cóppola se fijó cuál de los planes era más factible y se reunió con el dirigente de Las Palmas que estaba en el país y entre ambos trataron de llegar a un acuerdo para que el Diez se sintiera cómodo en un equipo sin demasiadas responsabilidades.

Pese a la buena predisposición de los españoles, el pase quedó en la nada. Es que, por esos días, el Diego se encontraba en Suiza, tratando de curarse de su adicción. Nos falta chequear la información, pero aparentemente no habría terminado el tratamiento.

Bonet Roberto

Roberto Bonet Cáceres (Flash / El Galgo)

Perteneciente a la raza de hermano malo que siempre supo alimentar los planteles de Racing en las últimas décadas, el paraguayo Roberto Bonet dejó su huella en una época difícil del cuadro de Avellaneda. Como si fuera poco, después agregó experiencias en el ascenso. Repasemos su caso.

Nacido el 17 de noviembre de 1980 en la localidad de Lambaré, trató de ser lo más fiel posible a sus orígenes. El Ambaré, en guaraní significa «el país de las sombras«. Y Robertito, para no ser menos, futbolísticamente vivió en la penumbra de Carlos, su hermano mayor, destacado lateral derecho de la selección albirroja.

Cuando llegó a Racing, para el Clausura 2008, muchos pensaron que se trataba del Bonet bueno, pero no. Lo poco que había conseguido Blanquiceleste para reforzar el plantel que pelearía el descenso fue a Diego Manicero y al Bonet trucho, que enseguida se uniría al grupito de sus compatriotas, conformado por Marcos Cáceres y Erwin Ávalos, más el correntino Hilario Navarro.

Robertito también había jugado como lateral y volante por derecha en Sol de América, Libertad, Guaraní y Olimpia. Currículum, a decir verdad, no le faltaba. Lo que no tenía era jerarquía para darle el salto de calidad al equipo argentino.

A su llegada a La Academia le tiraron la camiseta número 3, para que más o menos se diera cuenta de que en el club las cosas estaban al revés. Ya en los primeros entrenamientos llamó la atención por su velocidad, muy superior a la que podían mostrar otros jugadores en su puesto. Ni hablar si pensamos en otros compañeros como el Chanchi Estévez o el chileno Navia. Les sacaba varias vueltas.

Su debut se produjo en la primera fecha, entrando en el segundo tiempo del empate 1 a 1 ante Olimpo. Después fue titular durante 8 fechas consecutivas y ahí mostró lo que sabía hacer: tirarla larga, correr hasta el fondo y levantar un centro pasado. Sólo en contadas ocasiones pudo escaparle a esa costumbre, como el día que le puso la pelota en el pecho a Erwin Ávalos, que se encargaría de transformar una jugada de gol en una expulsión. Magia guaraní.

En ese torneo, Bonet logró disputar 15 encuentros e incluso estuvo en los partidos de la Promoción ante Belgrano. De rendimiento aceptable, no pudo escaparle a la mediocridad generalizada y al terminar la temporada regresó a Olimpia.

Su primer retorno a nuestro país se produjo apenas unos meses más tarde, cuando firmó para Quilmes (2009) en la B Nacional. Jugó algunos partidos sin llegar a destacarse, hasta que se fue el técnico Pascutti y no le quedó otra que aceptar el escobazo. De nuevo a armar el bolso.

Otro semestre en el Rangers de Chile (2009), un año en Olimpia (2010) y un par más en Sol de América (2011 a 2012), le dieron el valor suficiente para regresar a la Argentina y seguir marcando surcos en el lateral derecho, esta vez en la tierra colorada.

Desde principios de 2013 el Galgo Bonet se calza la camiseta de River Guaraní Antonio Franco de Misiones en el Torneo Argentino A y desde su cuenta de Twitter (@R7Bonet) tira mensajes de buena onda y esperanza. Seguilo…si podés.

Racing con pantalones blancos 1996

Durante la década del 90 fue bastante inusual ver a Racing con pantalones blancos, ya que tanto la camiseta titular como la alternativa solía combinarse con lompas negros o azules, independientemente de la marca que lo vistiese. Hasta la llegada de la famosa casaca «La Academia» en 1998, fueron contadas las ocasiones en las que el equipo de Avellaneda salió a la cancha con pantalones que no fueran oscuros.

Una de esas pocas veces nos traslada hasta el torneo Clausura de 1996, cuando Racing recibió a Central en el Cilindro. Ese día, para los estadísticos, quedará grabado porque debutó en el Canalla un arquerito que daría que hablar, sobre todo de la línea de cal hacia afuera: Hernán Castellano. Nosotros, en cambio, rescatamos que el cuadro albiceleste usó pantalones blancos de la marca Topper por única vez en esa década.

Ah, ganó Central 1 a 0 con gol de Gordillo.

Amor a la guita: Tchité, 4 nacionalidades y ninguna flor

Hoy abrimos la inefable Wikipedia de Niembro para contar la historia de vida de Mohammed Tchité, un delantero universal que tiene un gran problema: no sabe decir que no. Repasemos su historia.

Memé, como lo llaman sus amigos, nació el 31 de enero de 1984 en la ciudad de Buymbura. ¿Dónde queda eso? En Burundi, país africano donde Tchité dio sus primeros pasos como futbolista profesional, en el club Prince Louis.

A base de buenos rendimientos y goles, el atacante fue convocado para la selección juvenil burundesa. Sin dudarlo, dijo que sí y defendió los colores verde, rojo y blanco de su bandera.

En el 2002, mientras el pueblo futbolero estaba pendiente de lo que sucedía en el Mundial de Corea y Japón, a Memé lo llamaron del Mukura Victory Sports de Ruanda. No era Europa ni mucho menos, pero era la posibilidad de volver al país limítrofe donde había vivido y jugado a la pelota durante su adolescencia. Tchité ni lo pensó y agarró viaje. Total, ¿qué podía pasar?

Lo que pasó fue un ofrecimiento por parte de la federación para que formase parte de la selección de Ruanda. Tchité lo evaluó unos segundos y dijo: «Y daaaale». Entonces, se nacionalizó ruandés. Siendo menor de 21 años, el reglamento de la FIFA lo amparaba.

Una temporada en el fútbol de ese país lo catapultó a la liga belga, donde cautivó a propios y extraños con goles y peinados raros. Además, hizo historia al convertirse en el primer futbolista en ponerse las camisetas de los 3 equipos grandes: Standard Lieja (2002 a 2006 y 2010 a 2012), Anderlecht (2006/07) y Brujas (desde 2012). Triplecamiseta, pero no sólo a nivel clubes.

En su paso por el fútbol español, donde actuó para el Racing de Santander (2007 a 2010), Mohammed Tchité pidió, casi a los gritos, una convocatoria a la selección…¡de Bélgica! Es que, con su flamante nacionalidad belga, se moría por defender los colores de su primer segundo tercer país.

Fue así como el técnico de el seleccionado rojo, René Vandereycken, lo convocó para una serie de partidos. La alegría de Tchité, sin embargo, duraría poco.

La FIFA, enterada de la situación, revisó detalladamente el historial del jugador y descubrió que había estado habilitado para jugar en dos selecciones. La de Burundi y la de Ruanda. Con la primera, sólo había actuado en la sub 20. Con la segunda, ni si quiera había jugado, pero sí se había nacionalizado para estar disponible. ¿Conclusión? Le prohibieron representar a Bélgica, bajándole la ilusión de un hondazo.

Desde entonces, Tchité se ha mantenido firme en la postura de no volver a jugar para ninguna selección, ni siquiera para la que está autorizado. Y ojo, porque también tiene la nacionalidad congoleña gracias a su madre. No vaya a ser cosa que un día de estos se tiente…

Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa

Deformaciones: Japón en la Copa América de 1999

Sin llegar a ser un Mundial, la Copa América es un torneo que, con sus limitaciones, nos ha nutrido de varias rarezas a lo largo y a lo ancho de su historia. No al extremo de ver a Chile campeón, pero sí con participaciones ilógicas que, con justa razón, alcanzan el status de delirantes. Con ustedes, Japón en Paraguay ’99.

Tratando de hacer más interesante una competencia que hasta ese momento aún buscaba un formato definitivo, a comienzos de los 90’s la Confederación Sudamericana de Fútbol tomó la decisión de invitar a dos equipos para extender a 12 la lista de participantes.

Fue así como en Ecuador ’93, las selecciones de México y Estados Unidos integraron la competencia representando a la CONCACAF, que si bien es otra federación, al menos está en el continente americano. El concepto de Copa América, aunque distorsionado y más amplio, seguía siendo el mismo. Hasta ahí, todo bien.

Ya para la edición de Uruguay ’95, los organizadores pensaron en invitar a la selección española. ¿Qué tenía que ver un equipo europeo en un torneo sudamericano? Nada, pero intentaron justificar el convite, con el flojo argumento que España era «la Madre Patria» en Hispanoamérica. Una chupada de medias total, que por suerte no prosperó.

En Bolivia ’97, el combinado de Estados Unidos no acudió a la fiesta, pero en su reemplazo fue invitado el representativo de Costa Rica, quien tuvo una pésima labor, comiéndose sendas goleadas ante Brasil y Colombia, y rescatando apenas una igualdad frente a los mexicanos.

Para ese entonces, la decisión estaba tomada. Había que invitar a un equipo fuerte y convocante. Y entonces surgió la oportunidad de abrirle la puerta a Japón. Una selección ascendente desde lo futbolístico, poderosa desde lo económico y con la organización del Mundial 2002 en el horizonte. A los beneficios que la CONMEBOL podía recibir gracias a los sponsors, se le sumaba la gran cantidad de asiáticos dispuestos a cruzar el mundo para acompañar a su equipo. Era un negocio redondo por donde se lo mirara. Y entonces se puso en marcha.

En junio de 1999, el seleccionado japonés llegó a Paraguay para afrontar la Copa América, donde compartiría la zona A, junto los locales, los bolivianos y los peruanos. El famoso grupo de la muerte…del fútbol.

La primera decepción por parte de los nipones fue la ausencia de su figura, Hidetoshi Nakata, a quien el técnico Phillippe Troussier le había dado descanso para preservarlo. ¿Así pretendían promocionar el Mundial?

En el partido inaugural, ante Perú, Japón sorprendió a todo el continente, yéndose 1 a 0 al descanso, con un gol del brasileño nacionalizado Wagner Augusto Lopes. Sin embargo, los de la banda roja reaccionaron en los últimos 20 minutos del segundo tiempo y se terminaron llevando un ajustado triunfo por 3 a 2. Como para hacerse un harakiri.

En su segunda presentación, Japón demostró que sólo estaba de paseo en la competencia y perdió categóricamente por 4 a 0 ante Paraguay, con 2 goles de Miguel Angel Benítez y otros 2 de Roque Santa Cruz. Lapidario.

En la última fecha, con la esperanza de ganar 55 a 0 (?) y lograr de esa manera la clasificación como uno de los mejores terceros, el seleccionado asiático no llegó al milagro y apenas pudo empatar 1 a 1 frente a Bolivia. Un lamento, pero japonés.

Después de aquella triste experiencia, Los Samuráis Azules volvieron a ser invitados para la Copa América, esta vez para la edición de 2011, en Argentina. En el sorteo, a Japón le había tocado conformar el grupo A, junto al seleccionado local, Bolivia y Colombia. Sin embargo, la naturaleza fue más sabia que los directivos de la CONMEBOL y en marzo de 2011 azotó La Tierra del Sol Naciente con un terremoto y un tsunami.

Tragedia al margen, después de algunas idas y vueltas, los asiáticos decidieron bajarse de la competencia, dejándole el camino allanado a la selección argentina, que de la mano del Checho Batista alzó la copa protagonizó el papelón que había quedado vacante.

Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa.

Gimnasia y Tiro genérica 1995/96

A simple vista, la indumentaria que llama la atención en la foto es la de Almirante Brown, está claro. Sin embargo, la casaca que nos pinta destacar (?) es la de Gimnasia y Tiro de Salta, no por fea ni por extravagante, sino por genérica.

Como se observa en la imagen, el defensor Julián Maidana luce medias y pantalones de la firma Topper, la misma que usó el Albo en gran parte de los 90’s. Lo que no tenía marca, ni escudo, ni publicidad, era la camiseta. Sólo bastones celestes y blancos. Básica, correcta y tradicional, pero digna de Placard.