
Jorge Adrián Martínez Pandiani (Cachito)
La eterna (?) discusión de si la salvación económica puede darse más fácil baldoseando que agarrando los libros, parece llegar a su fin cuando hurgamos un poco en la historia del homenajeado de turno. Y el veredicto, para que tengan en cuenta las futuras generaciones de futbolistas no tocados por la varita, es contundente. Hay que estudiar.
Con la pregunta resuelta acerca de si conviene patear la caprichosa o patear para tomarse el bondi a la facultad, el tema pasa por saber qué estudiar. Para los indecisos, una opción podría ser tomar el ejemplo exitoso de tipos como Cacho Martínez Pandiani.
Defensor temperamental, nacido a comienzos de la década del sesenta y surgido de las inferiores de Racing en los inicios de los ochenta, su camino al fútbol grande fue mucho más mediático que lo habitual. Porque llevar el brazalete de capitán todos los martes en el Torneo Proyección 86 le hizo, por lo menos, ser un apellido conocido. Obviamente no ganó él solo ese campeoato juvenil en 1983. Lo hizo acompañado de Zubzuck, Héctor Fernández, Williner, Garzete, Jorge Acuña, Anciart, Marcos Leiva, Gaby De Andrade, Gustavo Calderón y el Torito Raffo. La formación base que usó la victoria ante la Lepra en la final como trampolín para pegar el salto.
Pero en el tsunami que fue la Academia ese año, la mayoría no pudo hacer pie en primera. Y el caso más emblemático es tal vez el de Martínez Pandiani. Debutó oficialmente en el incendio que fue la última fecha del Metropolitano 1983 entrando a los once del segundo tiempo por Lozano. Esa histórica visita al hoy demolido estadio de la Doble Visera (que incluyó en el combo derrota 0-2, vuelta olímpica del Rojo y retirada a los vestuarios como jugador descendido), paradójicamente, debe ser uno de sus recuerdos más atesorados. Porque ese partido, en realidad esos treinta y cuatro minutos, fueron sus únicos en la máxima categoría. Aunque lo de máxima categoría es una forma de decir, ya que ese partido Racing lo afrontó con el pasaje a la B comprado.
La experiencia de yirar en el ascenso debe haber influido seguramente en la ruta elegida. En 1985 se fue a Los Andes, en 1987 le empezó a dar más bola a los libros a tal punto que fue bañado en harina y huevos al recibirse de abogado y un año más tarde, con apenas 24, colgó los botines. La temprana retirada le hizo reflexionar bastante sobre su fugaz paso en el fútbol: “…sin dudas nos perjudicó el momento que vivía el club y la falta de una base en la Primera. En ese entonces, a los chicos se les exigía ser salvadores. El Torito Raffo, un nueve de área y goleador, hizo tres o cuatro goles en la misma cantidad de partidos, pero después no repitió eso y lo sacaron. A Gaby De Andrade, otro talentoso, le pasó lo mismo y al cuarto partido lo mandaron a San Miguel. A Horacio Williner y a Garzete los mandaron a Lanús y a mí a Los Andes. Recién con el Coco Basile se revirtió la crisis, pero ya era tarde. Casi todos nos habíamos ido…”.
Tras consolidarse como abogado y poner su estudio sobre la avenida Mitre en Avellaneda, sospechamos que debe haber tenido en el laburo toda la suerte que le faltó en el fútbol. Y a las pruebas nos remitimos tras su inesperada reaparición en el verano de 2008 haciendo unas compritas en Mar de las Pampas. La verdad, parece que mal no le va.