Civitavecchia 0 – Argentina 2

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En mayo de 1990, la selección argentina llegó a Italia e instaló su campamento en un monasterio en Trigoria, en las afueras de Roma. Allí ajustó piezas de cara al mundial que se venía encima.

En la última semana de trabajo y antes de jugar con Israel y el Valencia, la UEFA no quiso perderse la oportunidad y organizó rápidamente un amistoso contra el equipo más cercano geográficamente. Y el favorecido fue el Civitavecchia, participante de la categoría interregional (una especie de quinta división italiana).

Con entradas a 25 dólares, 2000 espectadores fueron testigos de varios hechos trascendentes por aquellos agitados días: Argentina ganó 2-0, Ruggeri se torció un tobillo en uno de los tantos pozos que había en el campo de juego, Balbo jugó de enganche y Diego y Dezotti fueron los delanteros de punta.

Mannarino a Racing, River, Boca y San Lorenzo 1991

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Podemos discutir horas si Rolando Francisco Mannarino era un buen delantero. Y tal vez nunca nos pongamos de acuerdo. Ahora, lo que no podemos negar es que a mediados de 1991, este puntero derecho con mucha velocidad y potencia pero con un bajísimo promedio de gol, pasó a ser la figurita de moda del momento. Y prueba de eso es que fueron a la carga por sus servicios, nada menos que cuatro equipos grandes. Y todos al mismo tiempo. Antes de comenzar la temporada 1991/92.

El primero en moverse fue el Racing dirigido por Perfumo. Lo quiso tener para la Liguilla. Pero los eternos problemos de guita de la Academia hicieron que el efectivo no alcanzara y la transferencia no se pudo hacer.

A continuación, el que golpeó las puertas del Lobo fue River. Passarella estaba necesitado de tener un delantero por afuera para asistir a Ramón Díaz y de paso tener alternativas, pero la novela no tuvo un final feliz.

Boca, de ninguna manera quiso ser menos. Alegre y Heller, desesperados por ganar un campeonato, compraban al voleo en esa época y fueron como locos por Mannarino. Pero al final, el pase se frustró, ya que lo pensaron mejor (?) y al que compraron fue a su compañero de ataque, el Gaby Amato.

El último de la cola fue San Lorenzo. Y fue el que más cerca estuvo de llevarse a Mannarino. La oferta económica se acercó bastante a lo que valía su pase pero al final no se pudo hacer. ¿Por qué? Ni Mannarino lo supo: “…mi intención era dar el salto. Qué se yo por qué no se hizo. A mi me hubiera gustado cualquiera de los grandes…”.

Lo concreto es que Mannarino, seguramente a las puteadas, se tuvo que quedar piolín piolita en el club de sus amores: Gimnasia de La Plata.

Coccimano Rubén

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Rubén Oscar Coccimano (Rulo)

Las rimas fáciles de ninguna manera son propiedad de la autora del libro “Pequeña Belén (no) ilustrada”. Vienen de mucho antes. Y concretamente en el fútbol, se da un terreno propicio para tomar el tema como un arma de ataque. Y por qué no, como puntapié inicial para enterarnos un poco acerca del transitar de Rubén Oscar Coccimano.

Sería muy fácil arrancar con que no la podía agarrar ni con la mano, pero aquí está la cuestión: condiciones tenía. No es que lo apodaran mariscal ni mucho menos, pero este defensor central nacido el 5 de febrero de 1962 en el Hospital de Quilmes, se las rebuscó para progresar ininterrumpidamente en las inferiores de River. Y para formar parte en 1981, nada menos que de un seleccionado juvenil que disputó un sudamericano en Ecuador y logró la clasificación al Mundial de Australia.

En ese 1981, de golpe y porrazo se vio con la oportunidad de debutar en la primera del millonario. Y encima, a comienzos de 1982, se ganó un lugar en el equipo dirigido por Don Alfredo Di Stéfano. Es que la partida en masa de varios titulares a la puesta a punto de la selección argentina para el Mundial de España, empujó a varios juveniles al centro de la escena. Así fue como le llegó la fama junto a esa camada de promesas formada por Messina, Alegre y Savarese, entre otros.

Pero su paso en River (1981-83) no duró ni fue como lo hubiera deseado. Es más, hubo algunas experiencias bastante traumáticas. Como la noche que visitó al Flamengo en el Maracaná por la Libertadores: “…en el Flamengo jugaba un wing derecho que se llamaba Tita, que me volvió loco. Yo jugué de 3 y nos dieron un baile tremendo. Nos golearon, los tres goles los hizo Zico y la verdad que nos hicieron precio. Ese Tita, era ligerísimo y a mí me dio un paseo terrible. Passarella me pedía que le pegara patadas, pero yo no lo alcanzaba ni para eso…”.

Tras escasos 18 partidos se vio obligado a cambiar de aire si lo que quería era jugar. Y para cambiar de aire, nada mejor que las sierras cordobesas. Allí recaló en Estudiantes de Río IV (1983). Llegó como refuerzo para el campeonato Nacional y, según afirman, su labor estuvo a la altura de lo que se esperaba de él. Jugó sólo 6 partidos pero parece que fueron suficientes para dejar una buena imagen.

La vida lo trajo nuevamente para la Capital Federal. A Atlanta (1984) para ser rmás precisos. En Villa Crespo compartió entrenamientos con un ex River, Daniel Constantino, y un futuro jugador de Boca, Alfredo Graciani. Jugó 26 partidos, se dio el lujo de hacer un gol y fue testigo de cuerpo presente en el último partido, hasta la fecha, del Bohemio en Primera A. Fue descenso, derrota 0-1 con Racing de Córdoba y dura lesión que lo sacó de la cancha al comienzo del segundo tiempo.

Sin muchas ofertas que digamos, agarró lo que le pasó cerca. Y se fue a Ecuador. Allí se puso la camiseta de Deportivo Cuenca hasta que, sin que nadie lo extrañara mucho, pegó la vuelta. Siguió su carrera en el ascenso defendiendo a Nueva Chicago (1987). Allí trabó relación con Prono, Escalada y Grecco hasta que fue por la revancha y volvió a Ecuador. Jugó para el Emelec un tiempo hasta que el destino hizo de las suyas y lo trajo al club de sus amores, Argentino de Quilmes: “…estaba en el Emelec y hubo un problema con unas apuestas, entonces se terminó suspendiendo el campeonato. Para no quedar seis meses parado, les propuse a los dirigentes venirme a la Argentina para ver si podía conseguir algún equipo y ellos accedieron. Resulta que un día estoy entrenando solo en el río de Quilmes y me cruzo con el plantel de Argentino de Quilmes. Yo ya tenía algo hablado con Deportivo Español, que estaba en Primera División pero me convencieron. Uno al hincha siempre lo lleva adentro. Al final jugué seis meses porque no podía quedarme más…’’.

Tras la aventura de sentirse jugador e hincha en el Mate, armó una vez más los bolsos y regresó a Ecuador para estampar su firma en la Liga Deportiva Universitaria. Hasta que ya sin mucho hilo en el carretel, volvió al país para definitivamente colgar los botines en Defensa y Justicia.

Sin embargo, siguió pegado al mundo del fútbol durante un tiempo. Fue técnico en el Halcón de Varela y en la Liga Deportiva Universitaria. También fue ayudante de campo de Zerrillo en Los Andes. Y en el año 2000 fue a Venezuela a dirigir a Nacional Táchira.

De vuelta al pago, esta vez para siempre, lo último que supimos acerca del oriundo de Quilmes, es que estaba dedicado al rubro automotor como ejecutivo de ventas de una empresa BMW. Y que a pocos metros de la estación de trenes de Bernal, puede vérselo en vivo y en directo atendiendo su bar “La Roca”.

Cuántas veces le deben haber dicho al Rulo “…agarrámela con la mano” no lo sabemos. Lo que sí podemos asegurar es que para una rima tan básica no hace falta inspirarse leyendo a Belén Francese. Con mirarla es suficiente.

Honduras 0 – Independiente 2

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En agosto de 1981 Independiente fue invitado a España por el Atlético de Madrid para disputar el tradicional cuadrangular Villa de Madrid, organizado por el Colchonero.

El Aleti se armó todo el fixture para no pasar sobresaltos, pero le salió pésimo. Porque al perder con la selección de Honduras por penales, tuvo que ver de afuera la final de la novena edición de su torneo anual.

El Rojo, que había eliminado al Vasco da Gama la noche anterior, transformó esa final contra la selección de Honduras en una especie de entrenamiento. Es que de entrada liquidó la cosa con goles de Toledo en contra y Barberón para luego dedicarse de lleno a cuidar la pelota y en especial las piernas de las constantes raspadas rivales. En la foto podemos ver festejando, de izquierda a derecha, a Salinas, Fosatti, Sandoval, Ruso Domenech, Killer, Fren, el Bocha, Zimmermann, Giusti, Alzamendi, Trossero y Porota Barberón.

Instituto error de utilería 1985

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Esa tarde en el Chateau Carreras River mereció ganar. Los dirigidos por el Bambino Veira pelotearon casi todo el partido a un Instituto de Córdoba que, gracias a las manos de su arquero, se llevó un flor de regalo con el 0 a 0 final.

Las causas de semejantes filtraciones en la zaga de la Gloria casi seguro fueron futbolísticas. Pero hilando muy fino tal vez entendamos que Abel Moralejo pudo haberse sentido bastante desmoralizado esa tarde de diciembre de 1985. Mejor dicho discriminado.

Porque sus nueve compañeros restantes (en la foto vemos a Brunetto que pierde en el salto con Francescoli y a Nieto agazapado atrás) corrieron de un lado para el otro luciendo otro juego de camisetas. Moralejo fue el único que tuvo una camiseta con el bastón central en color rojo.

Gordon Roberto

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Roberto Enrique Gordon (Flash)

Desde ya que es digno merecedor de la baldosa un tipo que irrumpe en la primera de un equipo grande, juega un puñado de partidos, roba cámaras con un par de goles y a partir de ese momento su carrera entra en un misterioso tobogán del que no hay muchas precisiones. Pero si a todo esto le sumamos un buen apodo y un misterioso retiro a los 25 años, la mesa está servida entonces para conocer, hasta donde podamos, a Roberto Enrique Gordon.

Ya empezamos mal, porque no sabemos con exactitud dónde ni cuándo nació. Sacando cuentas y haciendo cálculos, suponemos que debe haber venido al mundo allá por el año 1962 cerca de la zona norte del conurbano bonaerense. ¿Por qué semejante afirmación geográfica? Porque sus primeros piques no fueron detrás de una redonda sino con una ovalada en la mano defendiendo la camiseta del Club Atlético San Isidro.

Delantero de área, con potencia y dos frondosas patillas, recaló en las inferiores de River y las atravesó de lado a lado. Arrancó en la prenovena y no paró hasta que le llegó el día del debut contra Vélez en el Monumental. Pero parece que la cosa no salió del todo bien: «…mi primer partido no fue muy bueno. La hinchada me insultó. Llovía mucho y, como yo era grandote, la cancha pesada me mató…».

Sin embargo nuestro héroe sabía muy bien dónde estaba parado: «…a la otra fecha cambié los insultos por aplausos. Pero River es un equipo exigente, y hasta a los grandes ídolos se los ha insultado. Encima, al jugar de delantero hay que meterla obligatoriamente. Las reglas del juego son así. En otro equipo podés correr un poco, tirarte al piso, y con eso alcanza. Acá no…».

Luego de ese comienzo irregular, el destino le iba a obsequiar un regalo impensado: la fama. Tras las convocatorias de Leopoldo Luque y Ramón Díaz a la Selección argentina, Labruna lo tiró a la cancha en un partido clave contra Newell’s por los cuartos de final del Nacional 1980. Y dos goles de nuestro homenajeado transformaron el 2-1 parcial de los rosarinos en un 3-2 para los de Núñez. Al finalizar el encuentro, el técnico no dudó y lo bautizó Flash, cosa que evidentemente fue del agrado de Gordon: «…me fui enterando de que este superhéroe era como un salvador, y me gustó que me llamaran de esa forma. Incluso, varios me decían que también me parecía físicamente al personaje».

En 1981 y ya bajo la batuta de Don Alfredo Di Stéfano, no pudo afianzarse del todo pese a que hubo alguna que otra aparición salvadora con gol incluido para ayudar a que River avance y gane el Nacional de ese año.

Definitivamente sin lugar, se fue a un Quilmes (1982) que buscaba desesperadamente mantener la categoría. Allí, aparte de compartir plantel con Clide Díaz y Omar Labruna no pudo evitar el descenso. Pero ese no fue el único mal trago, ya que cuando enfrentó a su ex club, lo atendieron de lo lindo: «…me extrañó, apenas lo conozco y no habíamos tenido ni siquiera un roce en todo el partido. Yo no quiero entrar en polémicas porque supongo que habrá sido cosa del momento. Pero Nieto me pegó una trompada en las costillas cuando pasé al lado de él, volviendo de una jugada. Lo miré y no me dijo nada, me sorporendió: fue sin la pelota y sin ningún motivo aparente. Qué se yo… estaría enojado con alguien y se la agarró conmigo…».

Pero la vida, caprichosa, lo llevó nuevamente a River (1983) y lo juntó nada menos que con el mismo Nieto. Conoció a Bica y a Messina, erró un gol increíble contra Argentinos en cancha de River por el Nacional y su carrera entró, por lo menos para nosotros, en un espeso banco de niebla,

Se comenta que anduvo por Tigre. Los más osados juran saber acerca de un fugaz paso por el Huelva de España. Lo concreto es que antes de colgar los botines se lo pudo ver en San Miguel (1985) compartiendo vestuario con Darío Gabriel De Andrade y bajo la dirección técnica de Rubén Glaría. Lo último que supimos, sin mucha precisión tampoco, es que labura de visitador médico y dirige técnicamente al equipo de fútbol de su hijo.

Resumiendo, son más las dudas que las certezas. Pero tampoco está del todo mal que así sea. ¿O acaso no es normal que la vida de un superhéroe tenga cierto misterio?

Gimnasia pantalones bandera 1989

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Si hablamos de ropa, Gimnasia de La Plata tuvo algún que otro muerto en el placard a lo largo de su historia. Mostró camisetas de diseño bastante particular, usó casi toda la paleta de colores en los números de la espalda y hasta llevó numeración en las medias.

Pero si agudizamos la vista, evidentemente le faltaba probar suerte en algo: los pantalones. Entonces fue así como el Lobo, de la mano de Adidas (¿o viceversa?) hicieron punta sacando a la cancha unos lompa de los que no hay muchos antecedentes que digamos: eran como una especie de bandera con los respectivos colores del Tripero.

No hay mucho más por decir salvo que en esa primera fecha de la temporada 1989/90 Gimnasia perdió 1-0 en el Bosque con San Lorenzo luego de 14 años. La movida no sabemos con exactitud cuánto duró, pero no fue mucho. A buen entendedor, pocas palabras.