El reloj marcó las 12 de la noche. Era San Valentín. Un joven observa desde su ventana la noche estrellada. Piensa en los universos que está acaparando con sus ojos. Esas galaxias lejanas supuestamente con una tecnología superior a la del planeta tierra. Todos hablaban de platillos voladores o inteligencia telepática, pero nadie se preguntaba si en aquellos lejanos lares existe el amor. El beso. El cariño. El tomarte el colectivo con la mujer que amas con ella apoyando cariñosamente su cabeza en tu hombro. Los planes para el futuro de dos personas que se aman. El sexo. Este joven tenía su cabeza centrada en la chica de sus fantasías. La razón de su sonrisa. La responsable de los latidos de su corazón. Ella era rubia, tenía los ojos oscuros, una sonrisa exquisita y un cuerpo digno de un edén. El joven tenía en la mano su teléfono, y en la otra un arrugado papel con el número de ella. Estaba en sus manos el destino de aquella calurosa noche de San Valentín. Irse a dormir como un infeliz nuevamente, o darle sentido a sus días, tornados de monotonía y falta de motivación. ¿Llamará a aquella mujer que lo desvela por las noches y lo mantiene soñando despierto por los días?
El invierno del 2011 significó para el Boca Juniors de Julio César Falcioni un punto y aparte. Tras un flojo Clausura (finalizo 7mo), el retiro de Martín Palermo y los primeros 6 meses de la era del ex entrenador de Banfield, el Xeneize afrontaba un periodo casi de transición en el que necesitaba dejar atrás el tormentoso pasado para lograr el título nacional que se le negaba desde el 2008.
Tras las partidas de Cristian Lucchetti y Javier García, el arco quedaba vacante a la espera de un nuevo guardavalla. Rápido de reflejos (badum tss), los directivos se encargaron de hacer un listado de los posibles nombres para ocupar el puesto. En él estaban Agustín Orión, Mariano Andujar y, entre otros, Sebastián Peratta, por ese entonces titular de Newell’s Old Boys. Fue él quien tomó la delantera de la lista, gracias a que su representante deslizó la frase «A Peratta lo seduce la idea de ir a jugar a Boca«.
Como era de esperarse, comenzó una disputa a por el arquero entre el equipo rosarino y los de La Boca. Desde La Lepra no querían despegarse de él. Pero la verdadera piedra en el zapato apareció para Boca tras enterarse que SP contaba en su contrato con una importante clausula de rescisión. De parte del arquero existió una presión para que desde la dirigencia de Newells aceptaran negociarlo y aliviaran las trabas en su contrato. Su elevada cotización (se hablaba de un millón y medio de dólares) era un dolor de cabeza para los directivos de Boca si pensaban en contar con sus servicios.
Finalmente, Peratta se quedaría en su equipo y los de JCF se harían con el guardameta Agustín Orión, quien sería una pieza clave a la hora de conseguir el tan ansiado Apertura 2011.
En un abrir y cerrar de ojos, el reloj marcó las siete de la mañana. El joven no se animó a aventurarse al llamado. De a poco, ese fuego que le generaba imaginarse en un futuro con aquella bella chica se fue apagando hasta quedar cenizas. Rápidamente se dio cuenta de que la cobardía lo tenía atado de pies y manos. En un instante se reveló a si mismo que, victima de lo recientemente escrito, estaba condenado a una vida de obediencia, silencio y represión de sentimientos. Quedarse pelado, fingir risas y vivir en una rutina desesperante y aburrida, la cual lo iría consumiendo día tras día un poco más. El reloj ahora delataba las 7 y 4 minutos de la mañana. Tenía que tomar un café sin gusto de desayuno. Tenía que tomar un colectivo repleto de calcos de su realidad adaptados a distintos cuerpos. Tenía que soportar otro día tirado a la basura en un cubo aislado, al lado de una computadora lenta y sin servicio. No lo toleró. Negó vivir un día más así. Creyó que el beso de una bala en la parte trasera de su cabeza terminaría con ese calvario. Sin darse cuenta, tras apretar ese gatillo, estaba cometiendo el primer acto valiente de su vida. Tristemente, también, el más nefasto.







