DT Error: Daniel Passarella en el Corinthians brasileño (2005)

Sesenta y dos días. Eso fue lo que resistió Daniel Alberto Passarella al frente del Corinthians brasileño en 2005. Mientras se preparaba para dar el (a)salto más importante de su carrera, el Kaiser agarró la dirección técnica del Timão con cuatro torneos por delante: la recta final del campeonato paulista, la Copa do Brasil, el Brasileirão y la Sudamericana.

Tras el despido de Tite, el conjunto de la capital paulista naufragaba en mitad de tabla y el vestuario estaba partido en dos. Apenas unos días atrás, Carlos Tevez, la figura recién llegada, se había trompeado con Carlos Alberto. Luego de ver desde la tribuna cómo su futuro equipo goleaba al União São João por el Paulistão, Passarella se calzó el buzo de entrenador y puso manos a la obra.

Aquel 9 de marzo, el debut no podría haber sido peor: 0-3 ante el desconocido Cianorte, por la Copa do Brasil. Después del comienzo desalentador, el Kaiser se redimió. Conquistó la confianza de la torcida (fue subcampeón del estadual, a 8 del vencedor, São Paulo) e hilvanó una serie de 11 encuentros sin derrotas, que se quebró en la segunda fecha del Brasileirão, cuando su club cayó ante Botafogo, en lo que sería el inicio de una racha adversa que lo eyectaría de su cargo una semana más tarde.

En el medio, Corinthians quedó eliminado en octavos de la Copa do Brasil por penales ante el Figueirense (había ganado 2-0 en la ida y perdió en la vuelta por idéntico resultado). Se sabe que cuando un dirigente sale a bancar públicamente un proyecto, ese DT tiene los minutos contados. Y Passarella no iba a ser la excepción. Si bien Kia Joorabchian, la cara visible de MSI, el grupo inversor que mandaba en el Timão, le había jurado que seguiría en su puesto, el Gran Capitán no soportó mucho más.

Para colmo, el domingo fue humillado en el clásico ante São Paulo, que lo cacheteó 5 a 1. Apenas 48 horas después, el 10 de mayo, Nesi Cury, el vicepresidente del club brasileño, fue el encargado de anunciarle su salida: “Le agradecí su lucha y su garra, pero le dije que tuvimos que tomar una decisión y que dejaba de ser el técnico”.

El Kaiser se fue de Corinthians con solamente un punto (producto del empate ante Juventude en el debut) en tres jornadas del campeonato nacional. “Cuando llegué a Brasil, el objetivo era armar un plantel para ganar el Brasileirão. Ese era el objetivo principal. La Copa estaba en un segundo plano”, se había excusado el ex presidente de River.

El que asumió el comando fue Márcio Bittencourt, que llevó a los paulistas a lo más alto de la tabla hasta que fue despedido a fines de septiembre por diferencias futbolísticas con los directivos. Finalmente, de la mano de Antônio Lopes, y en un torneo plagado de irregularidades, el Timão gritó campeón.

Em Uma Lajota: Bruno


Bruno Fernandes de Souza

No hay peor lugar en el mundo para ser arquero suplente que Brasil. Ni hablar cuando uno es la tercera opción. Pueden pasar campeonatos, años, décadas, siglos enteros y el mismo reserva estará siempre ahí, sentadito en el banco, esperando que el titular se fracture una pierna, se coma 18 goles boludos (porque con uno solo no alcanza, ya está comprobado) o, en el peor de los casos, lo parta al medio un rayo. La perpetuidad de los goleiros en el arco es alarmante. Sobran los casos como los de Rogério Ceni (que a los 41 sigue hasta hoy en São Paulo), Marcos (en Palmeiras), Clemer (en Internacional), Harlei (en Goiás) o Danrlei (en Gremio) y siguen los nombres.

Fue justamente gracias a una suspensión de Danrlei (que había pasado a Atlético Mineiro tras una década en el conjunto de Porto Alegre y ¡un mes! en Fluminense) y una convocatoria de Diego Alves –el sustituto inmediato- al Sub 20 brasileño que Bruno pudo hacerse un hueco en el once inicial del Galo de Minas Gerais en 2005. Y no salió más.

La revista Placar, la versión local de El Grafic*, lo eligió como el segundo mejor arquero del Brasileirão, hecho que llamó la atención de los clubes más importantes del país. En 2006, Bruno pasó al Corinthians paulista, aunque algunos desentendimientos con los dirigentes provocaron su salida, incluso sin haber debutado, pocos meses después.

Tras un breve período de inactividad, la empresa MSI (del polémico Kia Joorabchian y dueña de su pase) le ofreció ir al Flamengo (2006), que necesitaba un reemplazante para Diego, que estaba lesionado. Luego de un inicio de 2007 irregular, se consagró en la final del carioca, en el clásico ante Botafogo, cuando atajó dos penales y se convirtió en el ídolo de la torcida rubronegra.

Su rendimiento en alza provocó que MSI intentara ubicarlo en el fútbol europeo, algo que no cayó bien entre los directivos del Fla, que bajaron la orden de marginarlo del equipo titular. Una vez acordada su permanencia, recuperó el puesto. En 2008, para evitar problemas, el club de Río de Janeiro decidió comprarle más del 90% de sus derechos económicos.

En 2009 volvió a ser clave en la final del torneo estadual. Otra vez ante Botafogo, tapó tres penales (uno durante el partido y dos en la definición) y el Mengão consiguió el tri.

El castillo de naipes comenzó a desmoronarse rápidamente en junio de 2010, cuando un hecho policial sacudió a toda la opinión pública. La modelo y actriz porno Eliza Samudio, ex amante y madre de uno de sus hijos, había desaparecido. Con el paso de los días, todas las miradas apuntaron a Bruno, que no resistió demasiado y fue detenido a comienzos de julio, con prisión preventiva.

Recién el 6 de marzo de 2013, el arquero admitió la muerte de Samudio (cuyo cuerpo jamás apareció y habría sido comido por rottweilers) y culpó a su primo, apodado Macarrão, como autor material. Dos días después, Bruno fue condenado a 22 años y tres meses de prisión, acusado de secuestro, homicidio calificado y posterior ocultamiento del cadáver. Por confesar le redujeron tres años de pena, y luego recibió un aumento de seis meses por haber sido el autor intelectual.

Por estos días (y por unos cuantos más) lava sus culpas en el penal Nelson Hungria, de la localidad de Contagem, en Minas Gerais. Allí, tras un fallido intento de suicidio, aguarda el traslado a Montes Claros, donde firmó un contrato por cinco temporadas para volver al fútbol con los colores del Montes Claros FC, equipo que disputa la tercera división del campeonato mineiro.

En una extensa entrevista, publicada por Placar en abril de este año, Bruno confesó su sueño: «Jugar de nuevo en el Mineirão, escuchar a la torcida gritando mi nombre. Soñar no cuesta nada, ahora depende de los jueces. Errar es humano. Yo me equivoqué y estoy pagando muy caro mi error. Estoy arrepentido, pero no dejo de pelearla. Quiero pagar mi equivocación y dar vuelta las cosas. Es momento de empezar de nuevo».

Deformaciones: Corea del Norte (2010)

Seamos realistas, las chances de Corea del Norte de avanzar a los octavos de final del Mundial de Sudáfrica 2010, si es que alguna vez existieron en la mente del fanático más retorcido, quedaron sepultadas cuando el sorteo los mandó al grupo de Brasil, Portugal y Costa de Marfil.

Incluso la clasificación ya había sido ajustada, tras compartir el segundo puesto de la tabla con Arabia Saudita, detrás de Corea del Sur. Aquella vez, los norcoreanos se adjudicaron el cupo por mejor diferencia de gol: +2 contra 0 de los árabes.

Sin grandes nombres (bueno, en realidad con todos nombres muy parecidos entre sí, pero ninguno muy conocido), los asiáticos llegaron a Sudáfrica y enseguida dejaron entrever algunos ribetes bizarros. En un intento por hacer más ofensivo a su equipo, el entrenador Kim Jong-Hun, defensor a ultranza del 4-5-1, convocó al delantero Kim Myong-won en lugar del tercer arquero. Cuando la FIFA se enteró de esta maniobra, solamente autorizó a Myong-won a actuar como guardameta, tal como había sido inscripto. La lista de 23 jugadores también incluía a Ahn Young-hak y Jong Tae-se, japoneses de nacimiento pero norcoreanos por adopción.

En lo futbolístico, Corea del Norte mostró su mejor versión en el debut ante Brasil. Perdió, obvio, pero hasta pudo convertir un gol sobre la hora. El 2-1 en contra ilusionó a todos de cara al segundo encuentro, ante Portugal.

Sin embargo, seis días más tarde, la fortaleza norcoreana se derrumbó como un jenga. Tras el 1 a 0 mentiroso con el que se fueron al vestuario, los lusitanos se destaparon en el segundo tiempo. El arquerito Ri Myong-guk la fue buscar seis veces más. El 7 a 0 acabó con el sueño de la clasificación y la paciencia del dictador Kim Jong-Il, que lo miraba por TV.

Tan solo para cumplir, Corea del Norte cayó 3 a 0 en su despedida ante Costa de Marfil.

De vuelta en casa, se vino lo peor. Kim Jong-Il condenó a los jugadores a recibir seis horas de insultos de pie ante el Palacio de la Cultura Popular. El técnico también se llevó su parte: fue enviado a realizar trabajos forzados a una cantera próxima a la capital, Pyongyang, «por haber traicionado la confianza del Gran Líder».

Apenas dos integrantes del plantel se salvaron del escarnio público, que luego sería desmentido: la figura Jon Tae-se, que lloró durante el himno en el último partido, y Ahn Young-hak, que regresó directamente desde Sudáfrica a Japón, donde actuaba para el Omiya Ardija.

Messi putito

En 2009, Lionel Messi se ganó el desprecio pasajero de los hinchas de Estudiantes de La Plata cuando en tiempo suplementario, y de pechito, les marcó el gol con el que Barcelona se quedó con la final del Mundial de Clubes en Dubai, tras remontar un 0-1 sobre la hora.

Al día siguiente, la ciudad cuadrada amaneció con varias pintadas alusivas a aquella tarde fatídica. “El 7-0 no se olvida más”, “Lobo=B”, “Messi no es argentino”, “Hacé lo mismo en el Mundial”, fueron algunas de las muestras de cariño de los indignados fanáticos del Pincha. Sin embargo, hubo una que llamó la atención de todos. Eran apenas dos palabras, pero muy hirientes: “MESSI PUTITO”.

Desde entonces, para el futbolero de ley, Diego es Maradona, Román es Riquelme, el desconocido es Campagnaro y “el putito”, término que se viralizó gracias al accionar inescrupuloso de las redes sociales, es Lionel Messi.

En Brasil, a unas 6 o 7 horas de avión, previa escala en el horripilante aeropuerto de São Paulo, uno puede llegar desde Buenos Aires a Natal, una de las 12 sedes mundialistas, ubicada en el estado de Río Grande do Norte. Si le sumamos unos 55 minutos de viaje en auto, arribamos a la localidad de Goianinha.

¿A qué mierda viene esto? Allí, en la primera división del campeonato potiguar (así se les llama a los nacidos en ese lugar) juega el humilde Palmeira Futebol Clube da Una, conjunto que debe sus colores a su homónimo paulista, uno de los más fuertes del vecino país.

La figura del Verdão da Goianinha es el arquero, un tal Janderson Michel da Costa -sí, el de la foto de acá arriba-, más conocido como Messi. A mediados de 2010, cansado de tantas fofocas en torno a sus preferencias (?), Messi admitió abiertamente su homosexualidad y desde entonces se convirtió en el preferido de la hinchada, que lo adoptó como su sex toy jugador fetiche. Claro que también ayudó su buen rendimiento dentro del campo de juego.

Por ejemplo, sin ir más lejos, este año Palmeira y ASSU definieron en un duelo mano a mano quién se iba al descenso. Tras el 2 a 1 a favor de ASSU en la ida, Palmeira ganó 1 a 0 en la vuelta. La igualdad en el resultado global obligó a ir a los penales. Desde los 12 pasos, Messi -que si no fuese goleiro sería bailarín de forró, un ritmo típico brasuca- se transformó nuevamente en la estrella al detener dos remates y asegurar la permanencia de su equipo en la máxima categoría para la próxima temporada.

Son decisiones: la expulsión más rápida de los mundiales (1986)


Durante años, el uruguayo José Batista surcó el lateral con la camiseta del Deportivo Español. Fue justamente su desempeño en el Gallego, donde es ídolo, el que lo confirmó en la selección de su país y lo depositó de cabeza en el Mundial de México 1986.

Tras el empate ante Alemania y la paliza que le propinó Dinamarca (dura caída 1-6), la Celeste llegó al último partido de la primera fase, ante Escocia, con la obligación de ganar o, al menos, sacar un empate y esperar que se dieran una serie de resultados que le permitieran avanzar a octavos de final.

El 13 de junio de 1986, las más de 20 mil personas que estaban en el estadio Neza 86 fueron testigos de un hecho insólito. Apenas habían terminado de sonar los himnos cuando Charly Batista sacudió al escocés Gordon Strachan y recibió la tarjeta roja más rápida de la historia de los mundiales. Tan solo iban 56 segundos de juego.

“Estaba jugando de lateral, por el lado izquierdo, cuando vi al escocés y surgió la oportunidad de llegar a la pelota antes que él. Yo llegué primero, pero le hice palanca, bastante fuerte… La pelota creo que ni la alcancé ni a tocar. Me llevo más la pierna de ese hombre. La caída fue bastante aparatosa y el pelotudo del árbitro, el francés Joël Quiniou, me rajó”, recordó dos décadas más tarde en una entrevista al diario español El País.

Más allá de la expulsión de Batista y del cambio de estrategia –hubo que jugar con un solo punta todo el encuentro-, Uruguay pudo aguantar el cero a cero y consiguió la clasificación a octavos de final, donde quedaría eliminada en manos de Argentina.

Deformaciones: Nueva Zelanda (1982)


Casi sin tradición futbolera, los All Whites (sí, se re jugaron con el nombre) sorprendieron cuando, contra todos los pronósticos, obtuvieron de forma angustiante su pasaje al Mundial de España 1982. En las eliminatorias asiáticas/oceánicas, dejaron en el camino al gran candidato, Australia, y pasaron a la etapa final, donde debían cruzarse con Kuwait, China y Arabia Saudita para definir los dos representantes en el torneo más importante del fútbol.

Con un solo triunfo, tres empates y una derrota, Nueva Zelanda llegó a la última fecha con la obligación de golear a Arabia Saudita como visitante para soñar con la clasificación. Finalmente, en lo que se conoció como El Milagro Kiwi en Riad, obtuvo un sufrido 5 a 0 e igualó a China en el segundo lugar de la tabla de posiciones. En consecuencia, hubo un duelo mano a mano en Singapur para conocer al acompañante de Kuwait. El ajustado 2 a 1 obtenido días después de la navidad de 1981, puso a los oceánicos de cabeza en el Mundial.

«Estuvimos aguantando ante 60 mil espectadores, de los que todos eran chinos a excepción de unos 500 neozelandeses», comentó alguna vez Steve Sumner, el mediocampista goleador de aquel equipo -y el segundo artillero en la historia de esa selección-, que luego sería el encargado de convertir el primer tanto de Nueva Zelanda en España. «China acortó distancias a falta de diez minutos y nosotros simplemente aguantamos el resultado, pero al concluir el partido fue una sensación fabulosa». ¿Cómo se dice «silencio atroz» en chino?

Sin grandes figuras a nivel internacional y con un plantel compuesto por un mix de veteranos y jóvenes semiprofesionales, los kiwis llegaron a Europa con el objetivo de hacer un campeonato lo más digno posible. Compartiendo grupo con Brasil, la Unión Soviética y Escocia, llegar a la segunda ronda tenía casi el mismo gusto que consagrarse campeón.

Durante el debut en Málaga, el 15 de junio ante Escocia, se vio la mejor versión de los All Whites. Los neozelandeses marcaron dos goles… pero recibieron cinco. Cuatro días más tarde, también en La Rosaleda, la Unión Soviética les dio otra paliza: 3 a 0 contundente.

Ya sin chances de nada, Brasil le aplicó la fatality sin ninguna contemplación. Fue 4 a 0 con dos de Zico, Falcão y Serginho.

Nueva Zelanda se despidió del Mundial anteúltima, sin puntos, con apenas 2 tantos a favor y 12 en contra.

Mal Pase: Romário a Francia 1998

Provocador por naturaleza, autor de frases memorables como “Pelé callado es un poeta, cuando habla solo dice boludeces”, el Chapulín Romário se quedó afuera de Francia 1998 cuando ya tenía un pie y medio en el Mundial.

Tras su participación en Estados Unidos 1994, Mario Lobo Zagallo, el técnico de la selección brasileña, lo marginó del equipo entre 1995 y 1996 porque su intención era probar jugadores más jóvenes, pensando en los Juegos Olímpicos de Atlanta (Estados Unidos).

O Baixinho, ya con 31 años, regresó a la verdeamarelha en 1997, cuando conformó una dupla letal con un tal Ronaldo, diez años menor. Después de conquistar las Copas América y Confederaciones de ese mismo año, todo el país esperaba que Ro-Ro fuera la delantera titular de la Canarinha en Francia.

Un estiramiento en la pantorilla derecha pocas semanas antes del inicio del campeonato encendió la luz de alarma. Si bien el Chapulín juraba que estaría en condiciones de volver a las canchas durante la segunda fase del Mundial –de hecho lo hizo, en un amistoso ante Internacional en el que marcó un gol con la camiseta de su club, Flamengo-, Zagallo –que no tenía mucha onda con el atacante- decidió marginarlo y convocar en su lugar al mediocampista Emerson, del Bayer Leverkusen alemán.

«Mi historia con la selección no acaba aquí. Sé que volveré a jugar en ella», afirmó casi entre lágrimas el goleador en una conferencia de prensa en Lesigny, localidad francesa donde Brasil ultimaba detalles para el Mundial. «Sé que hay mucha gente triste por esta situación, pero también sé quién se ha alegrado al conocer que yo no voy a estar en el Mundial. Esto quizás me sirva para aprender a valorar otras cosas», disparó apuntándole todas las balas a Zico, el coordinador de las selecciones brasileñas, y viejo enemigo personal, quien le había aconsejado a Zagallo que lo excluyera del plantel.

Algunos meses después, Romário dejaría bien en claro su rencor contra Zagallo y Zico. En la puerta de los baños de su flamante bar en Río de Janeiro, Café do Gol, O Baixinho montó un dibujo que ridiculizaba a la dupla. En la caricatura, el entrenador estaba sentado en el trono (?) y pegadito a él aparecía el histórico 10 de Flamengo, papel en mano.

Cuatro años más tarde, ya con Luiz Felipe Scolari como DT de la verdeamarelha, el hombre de los 1000 goles volvió a quedarse afuera de la Copa del Mundo, aunque esa ya es otra historia.

Deformaciones: Zaire (1974)

La participación de Zaire en el Mundial de 1974 quedó marcada en la memoria de todos los futboleros por una serie de hechos muy particulares. En principio por ser el primer seleccionado africano subsahariano en clasificar a una Copa del Mundo y segundo por lo triste que fue su actuación en este certamen, que incluyó escenas dantescas.

Pero los leopardos no llegaron ahí de casualidad. El resurgir del fútbol zaireño empezó una década atrás, a mediados de los 60’s, cuando el dictador Joseph Mobutu –basado en el modelo ghanés- encontró en el deporte la forma de incrementar su popularidad. De esta forma, permitió la profesionalización de jugadores y dejó que regresaran varios de los que se habían ido para jugar en países menos enquilombados como Bélgica.

El plan de Mobutu Sese Seko, como se hizo llamar un puñado de años más tarde, era bastante ambicioso y fue más allá: contrató a un técnico extranjero. La cosa iba en serio y los títulos a nivel continental empezaron a llegar. Por eso no muchos se sorprendieron cuando, antes de la obtención de la copa africana de 1974, los muchachos del ex arquero yugoslavo Blagoje Vidinic se aseguraron un lugar en el Mundial de Alemania.

En las eliminatorias, Zaire había dejado en el camino a Togo y Camerún y en la fase final se cruzó con Zambia y Marruecos, que tampoco ofrecieron demasiada resistencia ante el poderío zaireño. Los leopardos, cómodos, terminaron con puntaje ideal.

Ya en territorio europeo, nadie esperaba demasiado de los africanos, que pese al rápido avance del fútbol en esa región estaba a años luz incluso de las selecciones más flojas. Para colmo, el sorteo los mandó a un grupo bien complicado: Brasil, Yugoslavia y Escocia.

En el debut en Dortmund, ante Escocia, Zaire cayó 2 a 0. A pesar del resultado adverso, y de haber sido partícipe necesario en uno de los tantos, el arquero Muamba Kazadi fue una de las figuras del encuentro, se bancó el peloteo europeo como un duque y salvó su valla de una verdadera masacre.

Las cosas comenzaron a ponerse (todavía) más oscuras antes del segundo match, contra Yugoslavia, cuando un asesor del gobierno que viajó con el plantel les avisó que no iban a cobrar la plata que les habían prometido por disputar el Mundial. Los morochos llegaron a pensar en no presentarse, pero finalmente decidieron salir a la cancha sin muchas ganas. Se comieron ¡nueve! «Podríamos haber caído por 20, habíamos perdido nuestra moral», comentó después N’Daye, una de las estrellas de aquel equipo.

En ese partido estalló una polémica en torno al arquero Kazadi, que se fue reemplazado tras el tercer gol yugoslavo. No fueron pocos los que pensaron que se trataba de una maniobra del técnico Vidinic para beneficiar a su país de origen. Encima, en la jugada posterior al cambio, Yugoslavia clavó el cuarto. En realidad, Vidinic recibió instrucciones de los dirigentes zaireños que estaban en Alemania para sacarlo en ese instante. Obviamente, nunca se atrevió a pedir explicaciones. 

Tras el 4 a 0, N’Daye se fue expulsado por patear al árbitro, aunque el que pateó al juez fue Ilunga Mwepu, pero viste que los negros estos son todos parecidos… (?)

«Los árbitros no nos distinguen y ni siquiera lo intentan. Ellos sólo ven nuestro color y piensan que somos todos iguales. Le dije que no fui yo el que lo golpeó. Mi compañero le dijo que había sido él, pero no quiso escucharnos. Lloré terriblemente tras aquella injusticia», exclamó N’Daye tras el encuentro.

El 0-9 no cayó muy bien entre las autoridades. Motubu prohibió el ingreso de los periodistas al hotel donde se concentraban los jugadores y envió a sus guardias a que pusieran un poco de orden. Bebote style. El mensaje fue clarito: “Si pierden por cuatro goles contra Brasil, son boleta”.

El tema es que para un equipo que no llegaba ni a casi amateur comerse cuatro contra el campeón vigente era algo bastante probable y entonces, el 22 de junio de 1974, ya eliminada y con la soga al cuello, Zaire salió a jugar contra los reyes del jogo bonito con un cagazo padre.

A los 12 minutos, Jairzinho puso el 1 a 0. Después, durante un buen rato, los sudamericanos se dedicaron a prestarse la pelotita ante la mirada nerviosa de los morochos. A los 66’, Rivelino marcó el 2 a 0. Y el tercero, a través de Valdomiro, no tardó mucho en llegar.

Cuando faltaban solamente cinco minutos para el final, el árbitro pitó un tiro libre para Brasil en el borde del área. Rivelino la acomodó y todos se alborotaron. No les alcanzaban las religiones para rezar y pedir que esa pelota se fuera a cualquier lado, pegara en el palo, se estrellara en la barrera o, en el peor de los casos, terminara muerta en las manos del arquero después de controlarla en dos tiempos.

Apenas escuchó el silbatazo, Mwepu enloqueció, corrió desencajado y mandó el balón a la mierda, ganándose la tarjeta amarilla. Lo que en ese momento para la prensa mundial fue tomado como una muestra gratis del salvajismo africano y una completa ignorancia del reglamento del fútbol, no se trataba de otra cosa que un intento desesperado por salvar su vida y la de sus compañeros.

Y sirvió, porque después de la ejecución, los leopardos pudieron mantener la valla en -3. Tras el Mundial, la generación dorada de Zaire regresó a su país, donde convivieron para siempre con el olvido y la indiferencia.