Livio Armando Prieto
Una jugada, un momento, un instante, pareció marcar su vida para siempre. Y no solo la suya, sino también la de un rival circunstancial que le hizo la segunda en aquella histórica escena.
El 6 de diciembre de 2000, en la Doble Visera de Avellaneda, el Boca de Carlos Bianchi sumaba esfuerzos impotentes para tratar de nivelar un partido que psicológicamente ya tenía perdido ante Independiente. En el Rojo, un zurdito habilidoso del que se hablaba bastante pero se sabía poco y nada, sacaba chapa de atrevido con un firulete inolvidable. Con un caño alevoso dejó en ridículo a Sebastián Battaglia, que por acción y gracia de esa misma jugada sufrió la rotura de ligamentos cruzados de su rodilla derecha. Belleza para algunos, una pena para otros. Augurios de una carrera plagada de éxitos para el burlador y pronóstico reservado sobre la suerte del burlado. Cómo explicarle a la razón que el tiempo cambió los roles y años después la víctima (aún lastimada) se convirtió en un jugador de Selección y el héroe de los líricos se transformó en un típico fantasma en botines, que deambuló por cientos de lugares sin encontrar su rumbo.
Así empezó la desafortunada carrera de Livio Prieto, aunque a decir verdad, su trayectoria había arrancado unos años antes. Su talento comenzó a asomar en Córdoba, cuando jugaba en el club Bella Vista. Ahí lo vio Pekerman y lo llevó a la Selección Sub 17, donde sacó credencial de promesa para estar en la mira de varios equipos de Buenos Aires. Boca e Independiente ofrecieron 50 mil pesos por su pase pero el Deportivo Español ofreció el doble y se lo llevó. Así fue como en 1998, y con tan solo 16 años, debutó oficialmente en el fútbol de la Primera División con los colores del Gallego. No era el ámbito ideal, claro. Una institución con problemas financieros y deportivos no era la mejor vidriera. Por eso en enero de 1999 se incorporó a las divisiones inferiores de Independiente, donde embelesó a Bochini (un fiasco a la hora de elegir jugadores) y seis meses más tarde éste lo recomendó para el plantel superior. El DT de los grandes, Enzo Trossero, le dio bola y lo puso a entrenar con los consagrados. Eso sí, la chance de salir a la cancha otra vez recién le llegaría en octubre de 2000, con Osvaldo Piazza sentado en el banco. Sin tener un puesto definido (lo ponían de enganche, de media punta o de volante por izquierda), logró entusiasmar a varios futboleros con su juego desfachatado y provocador. El partido contra el Xeneize lo lanzó a la fama. Y a partir de allí no hizo otra cosa que decepcionar.
En el Rojo permaneció hasta junio de 2002 (42 partidos, 1 gol) y en el medio le pasó de todo: tuvo problemas con su contrato, se lesionó varias veces (incluso se fracturó un hueso de la mano) y se perdió el Mundial Sub 20 de 2001 por un desgarro inoportuno que le abrió las puertas a Andrés D’Alessandro, luego figura.
Con la libertad de acción en el bolsillo, se especuló con su llegada a San Lorenzo pero terminó en el AEK de Atenas (2002/03). No se supo demasiado de su estadía en Grecia pero se presume que no la rompió o que no se adaptó, porque en lugar de seguir escalando posiciones en Europa retornó al país para actuar en Nueva Chicago (2003/04). El Torito no supo aprovecharlo. Lo tuvo siempre entre los suplentes y apenas le dio algunos minutos en el torneo Apertura.
Su paso instrascendente por Mataderos tuvo como secuela un cambio de categoría. Bajó al Nacional B para jugar en Belgrano de Córdoba (2004) y cuando ya todo hacía imaginar que se convertiría en un clásico futbolista del ascenso, terminó firmando en 2005 para el Atlético Mineiro. Sí señores, un 10 argentino jugando en Brasil. Con un par de toquecitos engañó durante los primeros partidos a la torcida que estaba deseosa de un crack que lo salvara de las penurias futbolísticas. Prieto no fue el salvador ni mucho menos, pero por un rato los ilusionó. Todo terminó mal cuando le rescindieron el contrato en septiembre y el macanudo de Livio pidió casi 6 millones de dólares de indemnización (no es joda, los pidió). Al final arregló por 160 mil de la moneda estadounidense. Lo que se dice rebajar un poquito el precio.
Los últimos meses de 2005 los vivió en la incertidumbre hasta que, a principios de 2006, firmó para el Sportif Sfaxien de Túnez (sí, ya había perdido el prestigio hace rato). A mitad de año demostró una vez más que no le importa nada y se incorporó al Santa Clara, de la segunda división de Portugal. Hoy, con el 2007 en pañales, el pibe que alguna vez sorprendió al Bocha debe soñar con su vuelta a los primeros planos, para dejar de rebobinar una y otra vez la cinta del gastado VHS que lo muestra tirando un caño, triunfante, con el avergonzado cuerpo de un rival retorciéndose en el suelo.
Juan Pordiosero