De vacaciones en Acapulco, la tan mentada dupla Lamadrid-Fernández se anotó en un concurso de ingesta de alcohol y se puso a prueba ante la presencia de una autoridad internacional. Diez horas después de haber comenzado la competencia, los participantes agotaron el stock de las bebidas más fuertes y se rindieron ante los tragos de dudosa masculinidad. Walter, enojado y a punto de boxear al examinador, exclamó: «che, este pelotudo trabaja en Guinness, podría ser piola y traer más cerveza«. A lo que Hugo respondió: «no boludo, labura en la otra Guinness, la que controla los récords. Y seguí aplastando las uvas que nos quedamos sin vino«.
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Cae al mar II
Si cerramos los ojos e imaginamos una parva de adolescentes chillando por un autógrafo de Aimar, ineludiblemente vamos a pensar en Pablito. Pero eso sucede porque no estuvimos lo suficientemente atentos durante los 80’s, cuando el único Aimar que rompía corazones era Carlos.
En la foto, observamos al ex entrenador del Logroñés su momento de mayor exposición, cuando permitía que tanto groupies como colegas y fotógrafos subieran a su avión personal. De más está decir que el Cai siempre fue tipo generoso. Y si las chicas querían autógrafos, tenían que hacer felices a todos los pasajeros.
Gargantita Latorre
El tipo, hay que reconocer, siempre fue un estratega. Y no importaba si jugaba de enganche o bien de punta. Daba lo mismo. Diego Latorre siempre tuvo esa capacidad de pensar bien qué hacer…y qué decir. Podía anticiparse un segundo a la jugada y definir de manera brillante, y también podía elaborar un concepto bien egoista para finalmente declarar «el equipo jugó mal, pero por suerte yo anduve bien«.
No es extraño, entonces, que a comienzos de la década del ’90 ya se hubiese estado cuidando la garganta para, 15 años después, poner su voz al servicio de las transmisiones televisivas. Un profesional con todas las letras. Y vistiéndose casi que también: U-N-H-I-J-O-D-E-M-I-L-P-U-T-A.
Siempre una de más
No es un afiche inédito de la película Ciudad de Dios, no. Es el mismísimo Ariel Ortega en la despensa «El Burrito» de su Ledesma natal. Dice la leyenda que cada vez que Orteguita volvía a su pueblo en su lujosa 4×4, parientes y amigos salían a la calle a gritar como desaforados «¡Ahi vino!» «¡Ahi vino!«. Y también a modo de despedida, quizás, cuando Ariel se volvía para Buenos Aires gritaban «¡No hay vino! ¡No hay vino!». Costumbres del interior.
Gracias Brianeloy
Simeone number one
Es un secreto a voces en el mundo del fútbol. Algunos ex jugadores se enteraron de la existencia de esta sección y ahora hacen todo lo posible para aparecer en ella. El Flaco Lamadrid, Walter Fernández, Diego Latorre, el Turco Mohamed y Fernando Gamboa, entre otros, luchan encarnizadamente para convertirse en el símbolo de Malvestitti.
Algunos recurren a poderosas armas, como los scánners, que permiten revivir fotos viejas para luego ser enviadas por e-mail. Otros protagonistas, menos familiarizados con la tecnología, descansan el hecho de saber que muchas de sus más despreciables imágenes inundan las páginas de antiguas publicaciones que son material de consulta para el staff de En Una Baldosa.
Pero nadie va tan lejos como el Cholo Simeone, que aún teniendo banca en el archivo histórico, sigue engrosando su mala reputación con vestimentas actuales. Para que quede bien claro que, ser un verdadero Malvestitti, no tiene nada que ver con el tiempo.
No te saluda por la gripe A, pero quedate tranquilo
A raíz de sus goles y sus buenas actuaciones, Jorge Luis Gabrich pasó gran parte de su juventud fuera de la Argentina. Y esa lejanía con la tierra que lo vio nacer le hizo perder contacto con cosas muy importantes para cualquier ser humano.
En uno de sus tantos regresos a Rosario, a fines de los 80’s, comprobó lo cruel que suele ser la carrera del futbolista errante. No sólo parecía un bicho raro vestido a la europea, con chomba salmón y pantalón con tramado escocés, sino que además había estado ausente en un momento especial en la vida de los Gabrich.
Unos días antes de su llegada al país, su hermana menor murió de un ataque de risa y alguien de la familia, que la noche anterior había visto «Fin de semana de locura«, tuvo la brillante idea de disimular el fallecimiento de la pobre adolescente, vistiéndola de forma horrible y parándola defectuosamente para recibir al goleador. Lo que hace la familia para que uno no sufra…
Pónganle las esposas
Creíamos que en un casamiento, las posibilidades de encontrar un desalineado para esta sección se reducían a 0%. Para un acontecimiento de esa magnitud, generalmente la gente se empilcha bien o directamente recurre a lo clásico para no pasar palelones. Ni hablar de los novios, casi siempre atados al uniforme reglamentario (?) de la boda.
Bueno, estábamos muy equivocados. El Flaco Hugo Lamadrid había hecho todo al revés para llegar hasta el altar. Con 23 años, jugaba la Copa Libertadores con Racing y mientras tanto andaba completamente de putas con su Coupé Sierra XR4 que levantaba la velocidad suficiente para lucir, viento en contra, su clásico combo de melena hasta la cintura y camisa desabotonada.
Con esa pinta e ignorando el significado de la palabra responsabilidad, conoció a una piba de dulces 16 años llamada Silvana, que inocentemente se dejó llevar por las promesas de cenas románticas y autógrafos de Asteggiano, entregándose a una relación sentimental que tuvo su punto álgido cuando fue descubierta por su padre (Carmelo) y su hermano (Juan Carlos).
Haciendo equilibrio entre la vida y la muerte, el áspero volante llegó como pudo al día de la boda, compromiso que habia empeñado para preservar su pellejo. Desafiando una vez más los parámetros de la formalidad, fue a su propio casorio con un look bien rocker.
Las lanas y la camisa abierta, infaltables. Pero a eso le agregó un accesorio de raso bordó, producto de un equívoco del modisto encargado para la ocasión, que unos días antes había malinterpretado la recomendación de un amigo futbolero: «Ojo con Lamadrid, que faja«.
Dicen las malas lenguas que los hijos de la pareja, Axel y Melany (y próximamente otra nena), actualmente miran esta foto y no pueden creer que en una escena donde está su padre cerca de una botella no aparezca Walter Fernández. Y sí, el amor hace milagros.
El Nadal de los 90’s
Es cierto que las pilchas que lleva consigo Raúl Peralta en la foto no son cuestionables. Un short blanco es algo habitual, y más de uno habrá usado alguna vez una chombita rosa.
Pero lo que también es cierto es que por la forma en que usa las prendas, merece ser condenado por utilización indebida de ropa deportiva.
En primer lugar, no hace falta subirse las medias como si estuviese usando canilleras. Y en segundo término, el pantalón alto al estilo Mono no se justifica.
La chomba se acepta, pero no para combinar con el resto de la ropa, y menos si va metida adentro.
Por último, para ponerle la frutilla al postre, los bucles de esa cabellera que caen sobre los hombros y que seguramente son los que motivan la carcajada del Beto Carranza.







