
Era 1993. El Gallego González, histórico abonado a las juergas del ambiente deportivo y farandulésco, quiso llamar la atención en la fiesta de la editorial Atlántida y no tuvo mejor idea que contrastar el negro de su remera con un saco color mostaza. Grande fue su sorpresa cuando entró al salón y se lo cruzó a Quique Wolff, que mientras se tomaba un trago y sin soltar la caprichosa le advirtió «querido Galleguito, la vida es hermosa, y vos le has dado tantas alegrias a la gente, que me parece inoportuno darte una mala noticia porque no te lo merecés. Pero bueno, alguien te lo tiene que decir. Primero, sos un hijo de puta, no te podés poner ese saco. Y segundo, Miguel del Sel te lo quemó. Igual, no te preocupes, vení que te lo presento y arreglan todo. ¡Que lindo y sano es el fútbol, Gallego!».
Al final de la noche, el actor y el delantero se miraron y se prometieron una tregua. «La próxima vez yo me visto de La Tota«, dijo el hincha de Unión. «Y yo de Batman«, remató el amigo de Verón.
Juan Pordiosero






