La pibes, en general, suelen tener una relación extremista con sus padres. Pasan del idilio completo de los primeros años, al odio y el desprecio que surge en la edad del pavo (?) y que se afirma en la adolescencia. Después ésto se revierte con el tiempo y el amor por papá y mamá vuelve, especialmente si hay ravioles los domingos (?).
Pero vaya a saber uno cómo le pega la niñez a los hijos de los futbolistas. En el caso de Mikael Alberto Acosta, el hijo del Beto, fue todo al revés. El pibe nació con un rencor tremendo gracias al nombre que le pusieron y encima tuvo que soportar que su padre se pusiera camisas noventosas que daban para querer taparse la cara. ¡Pobre criatura!
Ya más grande, cuando muchos de su edad estaban desafiando a sus viejos, el Betito optó por acompañar a su papá en Fénix. Cosa de pibes.







