Apenas cinco días después de perder la final de la Copa Libertadores, River debió plasmar un compromiso asumido con anterioridad: un partido amistoso frente al Colo Colo, en el estadio de Cipolletti, de Río Negro. Viendo que el ánimo del público podría no ser el mejor luego de la dolorosa gallineada derrota frente a Peñarol, el equipo salió a la cancha con la camiseta del club local. Y, así vestidos, derrotaron al conjunto chileno por 4 a 1.
Posan para los fotógrafos, luciendo la casaca blanca y negra: Bordón, Carrizo, Morcillo, Vieytez, Bayo y Grispo (arriba); Cubilla, Delem, Daniel Onega, Matosas y Miguel Rivarola (abajo).
De los primeros registros gráficos de la selección argentina jugando con una camiseta azul. La imagen corresponde al partido que disputó ante el Inter de Italia, en Milan, el 21 de mayo de 1958, a muy pocos días del comienzo del Mundial de Suecia 1958.
Aquel conjunto argentino, que tenía apellidos como Carrizo, Dellacha, Rossi, Varacka y Corbatta, ganó 2 a 0, con goles de Rojas y Prado. Luego, jugaría algunos amistosos más, para finalmente llegar a la Copa del Mundo y terminar usando la casaca amarilla del IFK Malmö.
Allá por comienzos de 2000, el discurso retórico de Ángel Cappa todavía no había cansado lo suficiente y contaba con bastante crédito, sostenido fundamentalmente por el buen torneo que había hecho con Racing en el Apertura de 1998. Eso fue lo que le permitió dirigir al Atlante de México durante 1999 y volver al fútbol español al año siguiente, donde chocaría con la realidad del fútbol europeo.
El Tenerife conocía bien a Cappa. Había dejado un grato recuerdo como ayudante de Valdano en aquel conjunto que clasificó por primera vez en su historia a la Copa UEFA. Ese fue el principal motivo por el cual lo convocaron en abril de 2000, esperando que el entrenador argentino le diera el empujón necesario a un equipo que hasta la fecha 33 de la segunda división había sido puntero, pero que había aflojado en las últimas jornadas hasta caer a la séptima posición. Quedaban 6 fechas y había que ganar la mayoría de los partidos para retornar a Primera División.
En el plantel, el conjunto de Canarias contaba con varios viejos conocidos: El Mono Navarro Montoya, el Colo Lussenhoff, Pablo Paz, Huguito Morales y Federico Basavilbaso. Material había. Posibilidades numéricas, también.
Peeeeero, ya se imaginarán cómo se dieron las cosas. En su debut en el banco del Tenerife, Cappa perdió 1 a 0 ante el Mérida, de local. A la semana siguiente, cayó 2 a 1 ante el Atlético Madrid B. En la jornada 39, rescató un empate 0 a 0 ante el Leganés, pero a continuación perdería ¡5 a 0 con el Osasuna!
Entonces, Angelito prendió la máquina de humo: «Cuando llegué había un ambiente de desunión espantoso y en esa situación, sin que nadie sea culpable, es imposible ganarle a los camareros de la cafetería de al lado, pero no por la calidad, sino por la situación de hecho. Se vio en el partido que el equipo no tenía respuestas de ninguna naturaleza».
Y agregó: «El Atlético Madrid B era un equipo con hasta cinco jugadores de Tercera División. No digo que había que ganarle, pero no hubo ningún tipo de respuesta y así se terminó. No hay más. Por más que tuviéramos oportunidades de ascenso todos los días, con eso era imposible. Además, el público mostraba una agresividad irreconciliable con algunos jugadores como Emerson, que jugó muy bien contra el Mérida, y tenía al público en contra; Navarro Montoya hizo una parada buenísima y la gente lo insultó en esa acción. Todo eso conforma una situación irremediable. No había ninguna posibilidad de ascenso, pero no por la matemática, sino porque se necesita un mínimo de unión, de espíritu, de ilusión para poder pelear el objetivo».
En las últimas dos fechas de la temporada, el Tenerife cosechó una igualdad 0 a 0 ante el Compostela y una caída 2 a 1 ante el Córdoba, redondeando un récord admirable para el DT de bigotes: 6 dirigidos, con 0 victorias, 2 empates y 4 derrotas. Terminó decimocuarto.
Así fue como terminó la triste experiencia del técnico argentino en el Tenerife, ese club que era su segunda casa. Como dice el dicho, las segundas partes nunca fueron buenas. Y eso que Cappa sabe bocha de segundos.