Argentina 3 – Resto del Mundo 0 (1991)

Un mes después del amistoso en el que la Selección Argentina se impuso al Resto de América, el equipo del Coco Basile enfrentaría a un rival de similares características, pero sin límites continentales: el afamado (?) rejunte denominado Resto del Mundo. Otra vez el estadio Monumental era testigo de un partido que iba a servir de poco, con nombres sorprendentes y escasa respuesta del público.

Por los locales dieron la cara Goycochea; Craviotto, Sergio Vázquez, Ruggeri, Altamirano; Franco, Giunta, Latorre, Leonardo Rodríguez; Mohamed y el Gallego González. En el segundo tiempo ingresaron Carrizo, Mannarino, Martino, Soñora y Gamboa.

Los visitantes, dirigidos por Telé Santana y Miljan Miljanić, formaron con Tony Meola; Carlos Vázquez, Belodedici, Alexandre Torres, Diego Rodríguez; Bismark, Moas, Borges, Savicevic; Hugo Rubio y Zamorano. A ellos se le sumaron los que entraron en la parte final: Chabala, Diego Sánchez, Rubén Paz y Marcelo Balboa. Un total de 11 jugadores americanos, 3 europeos y un africano. Argentina se impuso cómodamente, con dos tantos de Latorre y otro de Leo Rodríguez. Pero eso fue lo de menos.

La nota del partido se la llevaron los problemas de organización. Por ejemplo: el argelino Rabah Madjer quedó varado en el aeropuerto de Roma a la espera de alguna conexión que lo depositara en nuestro país, el árbitro danés Peter Mikkelsen tampoco apareció por Ezeiza y hubo que reemplazarlo de apuro por Abel Gnecco, los norteamericanos Meola y Balboa se tuvieron que pagar los pasajes de su bolsillo y hasta faltaron jabón, toallas y papel higiénico en el vestuario de los visitantes, quienes se pusieron para salir a la cancha unas camisetas conseguidas de apuro, porque la empresa con la que supuestamente se había llegado a un acuerdo para que los vistiera, sencillamente no las llevó.

Sin embargo, la historia más curiosa, por no decir la más patética, se dio con David Chabala, tercer arquero de Argentinos Juniors, que fue rescatado del entrenamiento que su club realizaba en los bosques de Palermo poco antes del comienzo y terminó jugando los 27 minutos finales. Claro que las desventuras llegaron después para el malogrado africano: cuando fue a cobrar los U$S 300 que le correspondían por su participación, los organizadores le negaron la existencia de cualquier deuda, como si lo suyo hubiera sido sólo un favor para salir del paso. Seguro que en Zambia no le pasaba.

¿Joya? Nunca. ¡Taxi!

Año 1991, algún lugar de la noche porteña. Tres hombres exitosos en pose canchera. Son Darío Siviski, Fabián Carrizo y Claudio García. Los dos primeros, con la mano izquierda en el bolsillo y una copa en la derecha. Buzos sobrios y jeans llamativos, bien de época. El otro, un poco más osado. Camisa amarilla, chaleco negro y una mano que insinúa: subí, sentate, callate y agarrate.

Son decisiones: El gesto de Latorre a Boca (1999)

Diego Latorre siempre fue un bicho raro dentro del ambiente del fútbol. Fanático del tenis y rescatado de un country por el técnico Mario Zanabria, saltó a Primera División sin hacer inferiores, pero no tuvo inconvenientes en adaptarse, o al menos eso es lo que demostró en la cancha. Rápidamente se ganó a la gente de Boca a base de goles y gambetas, esas que le valieron convocatorias a la Selección y un pase al fútbol internacional.

Ya de vuelta en el Xeneize, Latorre siguió destacándose, no solo con sus rendimientos, sino también con sus declaraciones. La falta de cassette, tan valorada por los periodistas, era la misma que lo terminaba condenando. Fue así como un día se animó a decir que Boca era un «cabaret» y eso le generó enemistades en el vestuario, empezando por el técnico Veira. Como si fuera poco, arrastraba la antipatía de Maradona. Latorre, por aquel entonces, era El Diego Malo.

A mediados de 1998 la relación entre Gambetita y Boquita no daba para más. En el horizonte figuraban algunas opciones. Ser transferido a un Racing en quiebra o poner un local de articulos deportivos. Era mucho más tentador lo segundo, pero terminó siendo endulzado por la propuesta del excéntrico Daniel Lalín.

Ni lento ni perezoso, el Presidente de Boca, Mauricio Macri, negoció con su par de La Academia e incluyó una cláusula en el contrato, para que el jugador no pudiese enfrentar a Boca. Finalmente, la justicia falló a favor de Racing y, después de muchas idas y vueltas, Dieguito actuó en el empate 1 a 1 del Apertura ’98. Ese día, Oscar Córdoba le sacó una pelota que tenía destino de gol.

Bajo el mando del técnico Ángel Cappa, Latorre recuperó el buen nivel en Racing, acompañado por el Mago Capria, el Chelo Delgado, Matute Morales, Tapita García y Pablo Bezombe. Sin embargo, ese equipo no pudo alcanzar al Boca de Bianchi, que ya sin Gambetita pudo quedarse con el título. Como en el ’92 (?).

La revancha, mucho menos importante, pero revancha al fin, le llegaría al ex de Zulemita en el verano de 1999. Ese día La Acadé ganó 2 a 1. ¿Y adivinen quién hizo el primer gol? Latorre, obvio, quien no dudó en salir corriendo hasta la mitad de la cancha del estadio José María Minella de Mar del Plata, para tomarse la nariz y mirar a la platea de Boca. Ese día, los xeneizes terminaron de hacerle la cruz.

Aquel simple partido veraniego quedó marcado en el inconsciente colectivo de los futboleros, pero muchos olvidan que hubo un segundo capítulo. Racing y Boca volvieron a verse a las caras en la octava fecha del Clausura ’99, en La Bombonera. Y si bien fue baile del equipo local, que terminó ganando 4 a 0, Gambetita repitió el gesto de mal olor cuando se acercó a la tribuna popular de su ex club. También es cierto que en ese momento lo estaban puteando todos, aunque no sabemos por qué (?).

Cuando terminó el partido, el Diego bueno, ya retirado del fútbol, pero no de la lengua (?), encaró los micrófonos y dijo «Lo que no puedo olvidar es que haya hecho así (sic) a la hinchada de Boca, porque creo que Diego estuvo en Boca y sabe que la gente de Boca eso no lo, no lo, no lo, no lo traga, pero de todas maneras esto no fue una revancha contra Latorre. Aunque le gritamos muchas cosas, le ganamos a Racing».

Lezcano Ezequiel

Ezequiel Omar Lezcano

El promedio del descenso, por supuesto, es otro de los factores que transforman a una promisoria carrera en una baldosa hecha y derecha. La histeria, la urgencia, el descontento, los abucheos y las amenazas logran, en muchas ocasiones, una alquimia casi perfecta: de joven apuesta de la primera plana de nuestro fútbol a ignoto jugador de tierras adentro. El caso de Ezequiel Lezcano es tan solo uno de ellos.

Volante por izquierda, zurdo, espigado y con porte de crack, Lezcano apareció en las últimas fechas del Apertura 2001, siendo recambio de Martín Zapata en aquel siempre condenado Unión que dirigía Leonardo Madelón. Tras volver a la Reserva, reapareció como titular en las últimas fechas del siguiente torneo conformando el mediocampo con El Beto Fernández, Andrés San Martín y El Mago Capria, y fue clave para que el Tatengue pudiese llegar a jugar la Promoción. De hecho, nuestro protagonista disputó los 180 minutos de aquella reválida (?) contra Gimnasia de Entre Ríos y fue una de las principales figuras.

Sin embargo, permanecer en Primera División no le disminuyó el stress al plantel de Unión y en el Apertura 2002 se dio la curiosa situación que sus hinchas aplaudían a algunos “porteños” como Capria, Pablo Islas ó Adrián González y martirizaban incesantemente a casi todos los pibes surgidos del club. Ezequiel Lezcano fue quien más lo padeció en los escasos seis partidos que disputó en dicho torneo.

En enero de 2003 llegó el final de sus días en la elite, cuando los dirigentes básicamente lo regalaron para poder sumar a un tercer refuerzo, ya que la ley establecía que el jugador que llegaba debía costar menos de la mitad del que se iba. Fernando Navas –quien venía a costo cero desde Grecia- se vio beneficiado por la situación y Lezcano pasó al recién ascendido Tacuary de Paraguay por la llamativa por escasa suma de 60.000 dólares por el total de su ficha, todo gracias a la gestión de Nery Pumpido, quien lo tenía en sus planes para sumarlo al Olimpia campeón de América.

Las cosas no fueron positivas para Lezcano en la tierra de Arnaldo André y 2004 no lo encontró jugando la Copa Libertadores sino defendiendo los colores de La Perla del Oeste de la localidad de Recreo para jugar el Torneo Argentino B. Luego -ya con el rótulo de promesa colgado en el olvido- se unió a Patronato (2004/05) de la misma categoría y finalmente encontró su lugar en Sunchales, donde, a lo largo de los años, se puso sin ningún tipo de pudores las camisetas tanto de Libertad como de Unión. A mediados de 2013 pasó a 9 de Julio de Morteros, donde pese a no haber cumplido su destino sigue corriendo detrás de una pelota número cinco. Hablando de la libertad