
Juan Andrés Sarulyte (El Mago)
Guste o no, la manipulación genética ya es una realidad. Se habla que en un futuro se podrá elegir el color de ojos y hasta el sexo de un ser humano, pero a la fecha de hoy es usada básicamente para la creación de nuevas especies y la corrección de defectos genéticos. En el medio de tanta metida de mano, en 1997 hasta se clonó por primera vez a un mamífero: la oveja Dolly. En resumen, poder tocar (?) la carga genética que transfiere un padre a un hijo no es un dato menor. Y ya veremos qué tiene que ver todo esto con Juan Andrés Sarulyte.
El Mago fue un volante ofensivo o delantero, tipo mastodonte, que surgió de las inferiores de Racing y con 20 años tuvo un debut casi soñado la noche del sábado 30 de enero de 1982 en Mar del Plata. El Pato Pastoriza lo puso en el entretiempo en reemplazo de Alarcón y rapidito, al minuto del segundo tiempo gambeteó a varios rivales y cruzó un derechazo que pegó en el palo y fue gol de La Academia. Lo de casi soñado es porque Racing en definitiva cayó 4-1 con Boca por el Torneo de Verano. Pese a la goleada se colgó el cartelito de promesa tras dejar una buena impresión. Sobre todo comparado con la labor que tuvieron esa noche Vivalda, Veloso, Van Tuyne, Leroyer, Osvaldo Pérez, Villarruel, Berta, Caldeiro, Leiva, Alarcón y Scalise.
En el transcurso de 1982 pegaría fama a niveles insospechados. No tanto por sus dos goles a Racing de Córdoba sino por la tarde del partido frente a Unión haciendo de local en la Bombonera por la primera rueda del Metro. Tras ganarle en un cabezazo a Pablo Cárdenas y al arquero Ferrari, la pelota viajaba al gol cuando fue atajada por un defensor tatengue. Clarito penal pero con una carga tremenda. Hacía 715 minutos que La Academia no la metía en el arco contrario. Y el momento fue dramático. Bah, por lo menos para él: “…cuando acomodé la pelota no sabía a dónde patear. Por mi cabeza pasaba la chance de fallar. Había tipos grosos, pero le pegué yo, un pibe de 20 años. Encima, cuando tomé carrera, vi a toda esa gente de Racing que se venía abajo. Igual, fui a la pelota e hice el gol. Eso sí, no pateé bien; le di al medio. Me salvé solamente porque el arquero se tiró para un costado. No me temblaron las piernas pero…”.
Tras la jornada de gloria, kilos de intrascendencia a la par de un equipo que viajó en tobogán domingo tras domingo. Aparentemente se ganó el pan yéndose a préstamo un par de veces, pero siempre volviendo a Avellaneda para lo mismo: no afianzarse y sobre todo, no terminar de explotar (?) nunca. ¿Por dónde anduvo? Se comenta y bastante que en el fútbol colonense.
Ya en 1987 y tras 25 partidos, 4 goles y una rotura de ligamentos, colgó los botines. Pero nada de bajonearse. La vida continuó y años después se dedicó de lleno a un negocio de ropa frente a la estación de Luis Guillón, y en especial, a sus cuatro hijos. De los cuales a uno, no le hubiera venido nada mal algún retoque genético, más que nada para no seguir la herencia futbolística familiar y yirar dirigiendo en Centroamérica, último destino conocido del Mago. Y ojo que si esto de la manipulación genética hubiera existido antes, tal vez alguno más se enganchaba.