Ternana 2 – Argentina 7

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Corría la última semana de mayo de 1989. Y el partido había sido programado como un amistoso, a jugarse en la ciudad de Terni, entre las selecciones de Italia y Argentina. El objetivo era más que noble: juntar efectivo y dividirlo mita y mita para el Hospital de Niños de Buenos Aires y para la Asociaciòn de Deportistas Discapacitados de Italia. Todo muy bonito.

Pero empezaron las bajas por parte de los tanos. Trapatoni, técnico del Inter, se negó a ceder a Bergomi, Zenga, Berti y Serena con la excusa de que su equipo no podía dar ventajas en la pelea final por el scudetto. La Sampdoria hizo lo mismo con Vialli y Mancini. Y la Juve tampoco quiso ser menos. Entonces terminó siendo un partido entre la selección Argentina contra el Ternana, equipo que luchaba en la cuarta categoría de Italia.

Pero el Ternana pudo contar con un refuerzo internacional de lujo. Stefano Tacconi, el arquero de Juventus, se presentó a la cita desobedeciendo al presidente de la Vecchia Signora. Y si el equipo italiano se había reforzado, ni hablar de la selección Argentina. Bilardo mandó a la cancha como titulares al Turco y a Lalo. Increíble. Los tres hermanos Maradona jugaron juntos para la selección.

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Pero habría más complicaciones todavía. Porque Nery Pumpido no pudo llegar a tiempo. Por un atraso en el vuelo Sevilla-Madrid perdió la combinación para Roma. Entró al campo de juego recién a los 15 del segundo tiempo reemplazando al improvisado arquero Jorge Burruchaga (en el primer tiempo había atajado el Galgo Dezotti).

Los casi 12.000 testigos pudieron ver cómo Argentina aplastó a Ternana por 7-2. Los goles fueron de Caniggia (3), Diego (2), Ruggeri y Pasculli.

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Para ponerle una frutilla al postre y darle a este partido un toque más bizarro todavía, en el banco de suplentes estaban sentados junto a Bilardo: Don Diego padre, Guillote Cóppola y Pinky. Sin palabras.

Inveraldi Gabriel

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Gabriel Inveraldi

Uno no sólo aprendía qué es un diptongo y los vericuetos de la germinación del poroto en el colegio primario. También en ese período escolar uno comenzaba a darse cuenta de dónde estaba parado en el plano futbolístico, ya sea hablando con los compañeros o directamente jugando un picado en el recreo o en la hora de gimnasia.

Para los más reacios a separar el sujeto del predicado o hacer cuentas de por, el fulbito, improvisado o no, era quizás la única oportunidad de sentirse bueno en algo. Pegarle un chicle en el pelo a un compañero tal vez era la forma más rápida de llamar la atención en el aula, pero jamás esa acción se pudo comparar con hacer un gol de chilena en el patio de la escuela justo antes del timbre que obligaba a secarse la transpiración de la frente para volver a pensar en la Revolución de Mayo.

Afortunados aquellos que, de más grandes, pudieron esquivar deportes como el handball o el sóftbol en la secundaria, para entrarle legalmente a la pelota número 5 sin preocuparse por preceptoras buchonas, directoras malcogidas y eventuales amonestaciones por romper un vidrio. Tener fútbol en el horario de educación física, era casi milagroso en muchos casos.

Quien ésto escribe, en un acto de ombliguismo puro, quiere homenajear al profesor que tuvo en sus últimos cuatro años de estudiante secundario. La idea del tipo era simple. Llegaba a la plaza que quedaba frente al colegio, tomaba lista, tiraba la pelota y se iba a dormir la siesta a su camioneta para despertarse una hora después, con el riesgo de ser descubierto por las autoridades. El chabón tenía un pacto con los alumnos que jamás se quebró. Él no jodía con el test de Cooper y nosotros no le rompíamos las bolas con nada. Esa historia hizo loop durante años y nadie se quejó.

¿Qué tiene que ver todo esto con el baldosero en cuestión? Casi nada, pero Gabriel Inveraldi también enseña fútbol en un instituto privado. Seguramente muchos de sus alumnos ni siquiera saben que su profe jugó de volante central en la Primera de Chacarita Juniors. Las estadísticas dicen que disputó 3 encuentros en la máxima categoría (1985/86) y que luego añadió otros 17 partidos en el Nacional B (1986/87). Poco para contar, se habrán dado cuenta.

García con buzo de Paraguay 1989

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«¿Y qué querés? ¡Si es arquero!«, frase que inmortalizó Maradona para referirse al Papa Juan Pablo II, podría adaptarse prefectamente a todos los que eligen esa posición en la cancha. Son tipos raros, con gustos diferentes y generalmente llaman la atención. A Sergio García no le alcanzaba con vestirse con otro color, también probaba con indumentaria que nada tenía que ver con la institución que defendía. En este caso, podemos observar cómo lucía el buzo de la selección paraguaya, pero jugando para Atlanta.

(Gracias King_Mostaza)

Ellos son muy necios (?)

Interrumpimos esta transmisión (?) para notificar lo más importante del mundo baldosero en las últimas semanas:

Sandro Guzmán reapareció en la televisión mostrando su reconocida faceta artística. El estudio del canal 26 fue testigo de una performance brillante, donde el ex arquero de Boca también tuvo tiempo para hablar de su vida. Por suerte alguien grabó de manera casera las imágenes y tenemos nuevo material de Jah Sandro para cantar todo el verano.

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