Jorge Rodríguez, técnico en las inferiores de Independiente, alguna vez dijo sobre Maxi: «
Tiene una gambeta endiablada. Pasa entre dos marcadores en una baldosa. Encima tiene panorama y ahora llega al gol. Pero se fastidia cuando no le sale lo que busca. Y ahí es donde hay que trabajar a este jugador de los que ya quedan muy pocos en Argentina«. Esa descripción, tan cruda como esperanzadora, le hacía un guiño a su inexorable destino. Vallejo iba a baldosear, sin importar la cantidad de defensores que se le pusieran por delante.
Crack con tan sólo 16 años, era la promesa de la cantera roja en 1999, cuando le hicieron su primera nota en Olé. Sus características de enganche natural llamaron la atención de José Pekerman, que lo quería tener bien cerca en la selección juvenil. Pero su gran problema, el mal carácter, le tiró abajo algunas posibilidades. Ya en aquél momento se mostraba preocupado para modificar ese aspecto. «
Trato de no enojarme tanto. Ya casi no protesto. Y cuando me caliento conmigo me acuerdo de lo que me pide el técnico: más sacrificio. Entonces corro más y me tranquilizo«.
Con el tiempo, fue escalando categorías y llegó a la Primera División, aunque le costó encontrar un hueco. Entrenó con la Primera, jugó algunos amistosos e incluso formó parte del plantel que se consagró campeón en el Apertura 2002. Vallejo es uno de los tantos que pudo escribir su nombre en aquél logro sin tener participación activa, como Alejandro Botero y Diego Ludueña.
La ida del Tolo Gallego no representó un cambio en su situación. Siguió en el club (incluso firmó su primer contrato en 2003) sin tener oportunidades concretas y vio desfilar a varios entrenadores sin poder demostrar su caudal de fútbol. Recién en enero de 2005, y a modo de despedida, el DT interino Norberto Outes lo hizo jugar 15 minutos en un partido de verano, ante Boca, donde el Rojo presentó a varios juveniles (Leandro Mussin, Fernando Lorefice e Ismael Sosa, entre otros) y al Mono Navarro Montoya como invitado estrella.
En julio de ese año abandonó la institución y se fue a
Cerro de Uruguay en un paquete que incluía a Pablo Trecco, Ariel Orellana y Franco Troche.
Su carrera le dio la razón a aquél juego de palabras que presagiaba su aparición en ese sitio. Pero también, es cierto, que a su apellido le faltó una «s» para ser un baldosero con todas las letras.
Juan Pordiosero