El Mundial ’90, para muchos de los que hacemos y leemos esta página, nos marcó de una manera especial. Pasan los años y seguimos diciendo como viejos chotos que jamás habrá una canción como Un Estate Italiana, que no se podrá igualar la emotividad de los penales atajados por Goyco, que nunca jugamos tan bien como lo hicimos contra Brasil…Bueno, esto último no, pero la idea era esa (?).
Otra imagen inolvidable de ese Mundial es la de Roger Milla celebrando los goles con un particular baile en el banderín del córner. La prensa especializada, apoyándose en el éxito musical del momento, no tardó en adosarle el nombre de «lambada» a esa danza protagonizada por el delantero camerunés.
Y vaya si habrá sido significativo ese festejo que durante la primera mitad de la década del ’90 surgieron cientos de imitadores en todas partes del Mundo y, por supuesto, también en la Argentina.
El baile de Milla, cosa de turcos
Por entonces, el fútbol de nuestro país comenzaba a contaminarse de vinchas, colitas, pulseras, calzas y cuanta cosa fluo anduviese dando vuelta por ahí. Evidentemente, el ámbito local era una esponja que chupaba todo lo que sonara jóven, moderno y atractivo. En ese contexto, el desembarco de la lambada estaba asegurado.
No se recuerda quién fue el primer valiente de nuestros campeonatos en festejar un gol de esa manera, pero Claudio García y Omar Asad fueron los más distinguidos bailarines en aquellos tiempos.
Años de furor y lógica desaparición
Durante los primeros meses posteriores al Campeonato del Mundo, los jugadores argentinos casi no homenajearon al goleador africano, quizás por un excesivo respeto o también por un temor a quedar como plagiadores ante una sociedad futbolera que todavía tenía fresco el recuerdo de Italia ’90.
La moda de festejar en el banderín del córner recién se empezó a popularizar por estas pampas a mediados de 1991 y se extendió incluso hasta 1994, obteniendo su pico de fama cuando el Turco Asad lo hizo ante el San Pablo de Brasil en la final de la Copa Libertadores.
El ocaso del fenómeno, para algunos, estuvo relacionado con la llegada del Mundial de USA ’94 y la aparición de nuevas celebraciones, con coreografías ensayadas y la participación de dos o más jugadores. Para otros, en cambio, la muerte del festejo de Roger Milla, o mejor dicho, del festejo de sus imitadores, se debió exclusivamente a la pereza de los propios futbolistas que comenzaron calcando los movimientos del camerunés y con el pasar de los años terminaron haciendo una versión acelerada, reducida, que ni siquiera contemplaba la posibilidad de usar el banderín del córner como pareja de baile. Por eso, entre otras cosas, nos quedamos sin lambada.









