Giménez Felipe

Felipe Ariel Giménez

Es bastante común que de tanto en tanto se imponga en el fútbol argentino la moda de incorporar jugadores de un país determinado, como si la nacionalidad asegurase algo. Cuando le va aceptablemente a un colombiano, al año siguiente llueven los futbolistas cafeteros. Si algún 9 uruguayo hizo goles a cambio de poca plata, entonces se llena el libro de pases de lungos centrodelanteros charrúas. Si durante un año le fue bien a un chileno, seguro nos chorea los que les falta de la Patagonia todos los equipos quieren tener uno, aunque sea de suplente (?). Y así.

Luego de la medalla plateada de Paraguay en los Juegos Olímpicos de 2004, nuestro torneo retomó aquella idea de nutrirse de valientes y corajudos futbolistas guaraníes. Fue así como en el Clausura 2005 llegaron al país nombres como Gustavo Morinigo (Argentinos Juniors), Mauro Monges (Rosario Central) y Aldo Bobadilla (Gimnasia) para sumarse a otros compatriotas como Justo Villar (Newell’s), Celso Ayala (Ríver), Claudio Morel Rodríguez (Boca), Jorge Núñez (Arsenal), César Velázquez (Quilmes) y Juan Cáceres (Estudiantes). Otro que arribó y pasó desapercibido fue el protagonista de este post, Felipe Giménez.

Lateral izquierdo, correcto pero nada sorprendente, surgió de las inferiores de Olimpia (1998 a 2000), donde no lo tuvieron en cuenta de entrada y lo mandaron a préstamo a 12 de Octubre, en 2001. Ese mismo año participó con la selección paraguaya del Mundial sub-20 que se disputó en Argentina y luego regresó a Olimpia (2003/03) donde aguardó expectante la baja del titular Henrique Da Silva. Sin demasiadas chances, se marchó.

Así como si nada se puso la camiseta de Cerro Porteño (2004) y con más confianza que nunca desembarcó en estas tierras para reforzar al último campeón, Newell’s, junto a Darío Sala, Juan Esnaider, Mauro Cejas y el regresado Edgardo Adinolfi.

La tarea de Giménez en La Lepra fue insignificante. Arrancó jugando en un amistoso ante Nacional de Medellín que terminó 1 a 0 a favor con gol de Capria, pero luego fue relegado y no pudo encontrar lugar en el conjunto dirigido por Ribeca. Conclusión: incorporación innecesaria.

Nunca nos enteramos cuándo se tomó el palo, pero después supimos que anduvo rodando en su país por Guaraní (2006/07), 3 de Febrero (2008 y 2010), 12 de Octubre (2008/09) y Sportivo Trinidente (2010). No es que tengamos dudas sobre sus condiciones, pero desde aquel entonces a esta parte ya han pasado otras modas de fichar paraguayos…y a Felipe Giménez no se lo ha vuelto a mencionar.

Ponete el «sobre»todo

Envuelto en un caso de soborno que le terminaría significando 1 año y medio de suspensión, Jorge Burruchaga se presentó ante la justicia francesa con su mejor cara de inocente y declaró: «Yo no tengo nada que ver, jué (?). Además, la valija que me llevaba para Argentina tenía ropa nomás. Incluso tuve que pedirle prestada esta camisa a un gitano» (?). Nadie le creyó. Pobre Burru.

Pastorini Marcelo

Marcelo Andrés Pastorini

Juan Andrés Pastorini fue un delantero que vistió varias camisetas durante las décadas del ’60 y del ’70. Dicen que le pegaba con un fierro, y que se cansó de hacer goles en Ferro y Almirante Brown. De hecho, tiene el record de mayor cantidad de goles en un partido con la camiseta del Mirasol, con 5 conquistas. Como si esto fuera poco (?), el 15 de julio de 1965 tuvo un hijo. Le dio su segundo nombre. Le transmitió su pasión por el fútbol. Y su sucesor hizo lo que pudo.

Como los genes goleadores se quedaron en el padre, Marcelo Pastorini decidió ser un mediocampista con más marca que definición, con más sacrificio que llegada y con más estadías en los bancos de suplentes que en los campos de juego. Comenzó su carrera en Ferro, uno de los clubes por los que había pasado su papá. Debutó el 13 de marzo de 1986 en un empate frente a River, en el Monumental, ingresando por Daniel Fernandez. De ahí en más se haría un abonado al banco de suplentes, compartiendo ese espacio con otros válores como Marcelo Galeazzi, Guillermo Panaro y Gabriel Vales. En total, sumó 25 partidos con el Verde, sin anotar goles.

En 1989 decidió buscar revancha en el ascenso. Recaló en Lanús, donde otra vez tuvo poca continuidad. A pesar de ello, el Granate subió a Primera División en la temporada 1989/90 y Pastorini pudo jugar 15 partidos en esa histórica campaña. Ahora sí, era tiempo de la revancha personal. Pero las segundas partes no son buenas: apenas jugó 5 partidos en el Apertura 90, dándose el gusto de sumar una tarjeta roja, como para no pasar desapercidibo en las estadísticas. Para colmo, Lanús terminó último en ese torneo.

La temporada siguiente lo encontraría nuevamente en el Nacional B, pero esta vez con los colores de Almirante Brown, el club donde su padre Juan había dejado un buen recuerdo 30 años atrás. Lo de Marcelo fue más humilde: sólo jugó 8 partidos en el campeonato 1991/92. Y aquí es donde se pierde el rastro de este jugador, uno más que será recordado como «el hijo de». O ni siquiera como eso.