
Juan Francisco Caracoche
Cuando un joven deja su pueblo del interior para probar suerte en Buenos Aires, se produce en su seno una mezcla de tristeza y alegría difícil de explicar, como cuando muere un dictador carismático (?). Con el tiempo, el chico (generalmente tímido, bondadoso y un poco inocente) se va adaptando, aprende las nuevas costumbres y siente que sus sueños están cada día más cerca. A pesar de todo, el pibe, ya entrando en la adultez, no olvida sus pagos. Y espera algún día volver. Con fama, con dinero, con éxito, con un futuro asegurado. O simplemente, volver y punto.
Juan Caracoche, nacido en Navarro el 20 de enero de 1988, tuvo un sueño, lo persiguió y lo cumplió: ser futbolista. Desde que jugaba en el barrio se veía que iba a llegar, que condiciones no le faltaban. La primera confirmación se dio en 2005, cuando jugó el Campeonato Sudamericano Sub-17, donde Argentina no pasó de su grupo a pesar de contar con valores como el Papu Gomez, Juan Antonio o Lautaro Formica. La segunda, el 12 de abril de 2008: debut en la Primera División de Independiente, con triunfo 3- a 1 frente a Olimpo, en Bahía Blanca.
Con el Rojo jugó 16 partidos hasta su salida a mediados de 2009, alternó como marcador central y lateral, dejando siempre la sensación de que estaba para más. No supo convertir goles, tampoco sufrió expulsiones y ni siquiera llegó a sentirse como en casa: en esa época Independiente estaba construyendo su estadio y alternaba la localía en las canchas de Racing y Huracán. Caracoche nunca jugó en la cancha del equipo que defendía. El sentido de pertenencia era algo engañoso, y más para alguien que estaba a 120 kilómetros de su casa. Tan cerca, tan lejos.
En el segundo semestre de 2009 bajó una categoría para jugar en Sportivo Italiano. El Azurro, que acababa de ascender, cumplió una pésima campaña y volvió rápidamente a la Primera B. Antes de eso, el defensor había regresado a Independiente pero fue dejado de lado por el Tolo Gallego y se entrenó aparte del plantel, junto a Lucas Pusineri, Gastón Molina, Viola, Fernando Pérez, Vissio y Berriex.
Para peor, la distancia con los suyos se incrementaba: la temporada 2010/11 lo encontró en Juventud Antoniana, el equipo del optimista Pedro Monzón. La profecía del Moncho no se cumplió (el Santo ni clasificó a la segunda fase del Argentino A), a Caracoche no le renovaron contrato, no arregló con ningún club y el último semestre de 2011 lo encontró sin equipo, con visitas cada vez más asiduas a su pueblo natal.
Su próximo paso fue aún más al norte: la Serie B de Ecuador lo vio jugar 7 partidos en el Imbabura (2012). Las cosas no salieron bien desde lo futbolístico, y la distancia se hizo sentir, por eso retornó a mediados de año para ponerse la camiseta del Deportivo Armenio. Una temporada con el equipo de Noray Nakis le alcanzó para decidir su futuro: dejar el fútbol y volver a su lugar en el mundo: Navarro.
La noticia causó conmoción (?) en los medios locales, y sorpresa en los que piensan que el futbolista se dedica a patear una pelota toda su vida y no tiene otra cosa en la cabeza: Juan Caracoche, a los 25 años, dejaba la comodidad de los vestuarios del ascenso (?) para dedicarse a un nuevo emprendimiento comercial: una moderna panadería con servicio de cafetería y confitería. “Tuve la oportunidad de seguir en Armenio y también ofertas de equipos del Torneo del interior, pero si bien no son cifras despreciables para un empleado común, tengo que pensar que si viajo diariamente, gran parte del sueldo se me va en eso y al final, con tanto sacrificio, no me rendiría. Ya he estado lejos de mi familia y no quiero trasladarla de este pueblo, por eso hoy, por ese dinero, no me conviene alejarme”. El pibe, hombre hoy, quería volver. Con fama, con dinero, con éxito, con un futuro asegurado. O simplemente, volver y punto. Y Caracoche volvió. Y punto.