Ávido de dólares, a mediados de 2010 Boca Juniors encaró su primera gira por Oceanía. Sin Martín Palermo ni Juan Román Riquelme (que todavía negociaban su continuidad), el viaje contemplaba dos amistosos: uno en Australia contra el Melbourne Victory y, siete días más tarde, otro contra el Wellington Phoenix en Nueva Zelanda. A priori, ningún rival de temer.
Además de recibir una buena cantidad de billetes con la cara de George Washington, era la excusa ideal para probar el funcionamiento del equipo que venía armando Claudio Borghi, que había arrancado con el pie derecho tras derrotar al Palmeiras, en la despedida del Palestra Italia, en São Paulo. En parte, la excursión sirvió para ver en acción a las nuevas incorporaciones y para darles minutos en cancha a algunos pibes que hacía tiempo venían pidiendo pista, como el mediocampista Marcelo Cañete, que estaba destinado a ser el reemplazante natural de Riquelme si finalmente Román decidía abandonar el club, y que fue la gran figura de la gira.
Luego del triunfo ante el conjunto australiano, Boca salió al Westpac Stadium para enfrentar al Wellington Phoenix con estos jugadores: Javier García; Christian Cellay, Matías Caruzzo, Juan Manuel Insaurralde; Leandro Marín (45’ Joel Acosta), Cristian Erbes (77’ David Achucarro), Jesús Méndez (89’ Jonathan Mazzola), Fabián Monzón (70’ Nicolás Colazo); Marcelo Cañete (77’ Orlando Gaona Lugo); Pablo Mouche (70’ Sergio Araujo) y Lucas Viatri.
Después del haka, parece que los jugadores xeneizes se amedrentaron y, a los 23 minutos del primer tiempo, Dylan Macallister abrió la cuenta para los locales. Andrew Durante, a los 15 de la segunda mitad, aprovechó un error (otro más) de Javier García y puso el 2 a 0. Con el marcador en contra, el clima se caldeó y Christian Cellay, que fue el capitán durante toda la gira, se fue expulsado. Sobre la hora, tras una linda corrida del paraguayo Gaona Lugo, Durante volvería a convertir, esta vez en contra, el descuento para Boca.
Con un sabor agridulce, el equipo de la Ribera pegó la vuelta para seguir con la preparación de cara al Apertura. ¿Qué pasó después? Riquelme y Palermo acordaron su continuidad, pero los malos resultados se cargaron al Bichi Borghi tras perder el Superclásico. ¿Y Cañete? Sin demasiadas oportunidades en Boca, se fue a Chile y luego a Brasil, donde continúa hasta hoy, tratando de recuperar su fútbol con la camiseta del desconocido São Bernardo.
Con el brasuca Maurício De Sousa fuera del negocio, el que sí consiguió explotar comercialmente la figura de Diego Armando Maradona fue el otrora fotógrafo publicitario, hoy empresario chocolatero y entrepreneur (?) Jorge Fisbein, que a mediados de los años ochenta oficiaba de socio del brasileño en nuestro país.
Entre fines de esa década y principios de los noventa, de la mano de Jorge Fisbein Representaciones, el personaje de Dieguito Maradona, ligeramente distinto al creado por De Sousa, apareció en diversos envoltorios de la marca Bagley, y también en juguetes, vasos y termos, entre tantos otros productos (más aquí y aquí) que hoy se consiguen, en muchos casos a precios irrisorios, en sitios de compra y venta por internet.
En 1988, el Dieguito de Fisbein fue elegido por el Comité Olímpico Argentino (COA) como la mascota nacional de cara a los Juegos Olímpicos de Seúl. Según declaraba Antonio Rodríguez, presidente del COA, “Dieguito será la imagen que guíe a todos aquellos que creen en el espíritu olímpico”. Si bien la Argentina tuvo una buena actuación en Corea del Sur (volvió a conseguir medallas después de 16 años), su mascota pasó sin pena ni gloria.
En 1990 se realizó el lanzamiento de una serie de micros musicales de dibujos animados llamado “Dieguito Maradona y sus amigos”, con canciones que tenían como premisa dejarle un buen mensaje a los más pibes, como la importancia del cuidado de las plantitas, hacer la tarea y lavarse los dientes.
La Dieguitomanía se extinguió de un saque en los albores del primer menemismo, en 1991, al mismo tiempo que Diego era suspendido en Italia por dóping positivo y posteriormente detenido en el bochornoso episodio del departamento de la calle Franklin, en Caballito.
El último intento por reflotar la marca Dieguito Maradona se produjo en 1995. El Diez cumplía los últimos meses de la sanción por la efedrina de Estados Unidos 1994 y estaba por volver a ponerse la camiseta del equipo de sus amores, Boca Juniors, después de 13 años. Nadie quería quedarse afuera del gran negocio. Georgalos, por caso, lanzó unos recordados alfajores de chocolate y dulce de leche, cuyos envoltorios podían cambiarse por unas medallas que representaban 15 jugadas diferentes (rabona, taquito, cabezazo, pisada, volea, jueguito, palomita, pechito, chilena, inglesa -la mano de Dios-, entre otras).
Ya en 1996, la mina de oro eran las 0-600. ¡Y minga que Maradona se lo iba a perder! Llamando al “Dieguito Phone” (0-600-1-8008), por módicos (?) 45 centavos de dólar más IVA el minuto, uno podía entretenerse con preguntas, respuestas y diversos juegos que tenían como eje al Diegote. Ah, hasta se podía pedir una bolsa de la buena jugar un partido por teléfono.
El ocaso futbolístico de Diego, sumado a las sospechas de un nuevo dóping positivo, su posterior retiro a mediados del Apertura 1997 y los recurrentes problemas de salud que lo aquejaron en los años siguientes, y que varias veces pusieron en peligro su vida, obligaron a que la marca Maradona quedara guardada en un cajón, al menos por un tiempo.
Septiembre de 2008, fecha 24 del Brasileirão. En São Januário, Vasco da Gama perdía 2 a 1 contra Cruzeiro y se encaminaba para el primero de sus tres descensos en la última década (repetiría en 2013 y 2015). Restaban todavía quince minutos de sufrimiento cuando el arquero Tiago no tuvo más remedio que hacerle penal a Guilherme, vio la tarjeta roja y dejó a su equipo con nueve hombres (antes ya se había ido expulsado el mediocampista Jonílson).
Con los cambios ya agotados, fue el siempre polémico Edmundo (que acostumbraba a ir al arco durante los entrenamientos) el que se puso el buzo y se paró bajo los tres palos. O Animal no pudo hacer demasiado para impedir el gol de Guilherme, con paradinha incluida, pero al menos evitó que la catástrofe fuera aún mayor y se llevó la ovación de su gente, un consuelo que poco serviría al final de la temporada.
La presencia de Claudio Paul Caniggia en el grupo de futbolistas que disputó el Mundial de Corea y Japón 2002 causó sorpresa, repudio e indignación entre los arlecos hinchas de la selección. Primero porque muchos creían que ese lugar en la lista le correspondía a Javier Saviola, de buen rendimiento en el Barcelona español, segundo por su edad (35 años), tercero porque el hijo del viento jugaba en una liga de poca monta como la escocesa, y cuarto porque a menos de un mes para el inicio de la Copa del Mundo arrastraba una lesión que lo iba a marginar, como mínimo, del debut ante Nigeria e, incluso, hasta llegó a poner en duda su participación.
Si eso le sumamos que al partido contra Suecia la Argentina llegó con la soga al cuello, el panorama estaba más caliente que la central nuclear Fukushima I. Tras el triunfo ajustado ante las águilas verdes y la dura caída ante Inglaterra, el equipo de Marcelo Bielsa arribó a la última fecha con la obligación de ganar para avanzar. Con el empate, los suecos se aseguraban un lugar en los octavos de final y los nuestros se volvían a casa. Corta la bocha.
El 0 a 0 que parecía eterno y el nerviosismo albiceleste conformaron un combo que apenas necesitaba un chispazo para explotar. Poco antes del entretiempo, el marido de Mariana Nannis, que por primera vez formaba parte de los convocados, puteó al árbitro Ali Bujsaim, de Emiratos Árabes, y vio la tarjeta roja, convirtiéndose en el primer jugador expulsado ¡desde el banco de suplentes! Señal inequívoca de que en plena madrugada se venía la noche.
El gol de Anders Svensson, inalcanzable para Pablo Cavallero, fue como una trompada de Floyd Mayweather en la boca del estómago. El sueño mundialista comenzó a deshilacharse. Para colmo, el Piojo López se cansó de bajar satélites de la NASA con sus centros al espacio.
El empate de Hernán Crespo, ya sobre la hora, fue el último atisbo de esperanza. Pero ya no habría tiempo para más. Suecia se metió en octavos y la Argentina, una de las principales candidatas a quedarse con el título, armó las valijas en primera ronda.
Cualquiera que haya visitado Brasil en los últimos cincuenta años debe conocer a la “Turma da Mônica”, un simpático cómic que cuenta las aventuras de un grupo de chicos de seis años de un barrio ficticio paulista, el Bairro do Limoeiro. Mônica y sus eternos compinches, como Magalí, Cebolinha y Cascão (que inspiró el corte de pelo de Ronaldo en el Mundial de Corea y Japón 2002), son la cara visible de infinidad de productos: desde pañales hasta juguetes, pasando por una amplia variedad de alimentos.
Tan grande fue (y sigue siendo hasta hoy) el éxito de la “Turma da Mônica” que su creador, Maurício De Sousa, el Walt Disney brasileño, decidió meterse de lleno en una temática recurrente en sus tiras: el fútbol. En 1976, inspirado en Edson Arantes do Nascimento, y en sociedad con O Rei, ideó un nuevo personaje: Pelezinho, que también fue furor.
Para comienzos de los ochenta, De Sousa quería conquistar un mercado que hasta entonces le venía siendo esquivo, el argentino, y qué mejor manera de hacerlo que de la mano de Diego Armando Maradona, la gran promesa del fútbol mundial, que ya había expresado su deseo de convertirse en dibujo animado.
Cuenta la historia que mientras la selección nacional se preparaba para el Mundial de España 1982, De Sousa logró infiltrarse en la concentración y consiguió hablar largo y tendido con el Diez. En aquella charla, pudo conocer detalles de la infancia del Diego, gustos personales y otros datos que luego utilizó para crear los personajes que lo acompañarían en sus aventuras: siete varones (Negro, Choco, Coloradito, Pelusa, Bombolito, Vaquita y Flaquito) y cuatro nenas (Sylvia, Morena, Rosita y Glenda). Según relató De Sousa, el propio Maradona se encargó de bocetar cómo se imaginaba su caricatura y hasta le hizo un pedido: utilizar el nombre “Dieguito” en lugar de “Maradoninha”, como se especuló en un principio.
El traspaso de Diego al Barcelona en 1982 obligó a cajonear las primeras tiras, que ya estaban listas. Cuando parecía que el cómic por fin vería la luz tras la firma del contrato, en 1984, la llegada del Diez al Nápoli hizo que todo se postergara nuevamente. “Hicimos varias pruebas y hasta un dibujo animado, pero guardamos el lanzamiento para un mejor momento”, argumentaba su creador.
El proyecto quedó en stand by hasta 1986, cuando Maradona se puso el equipo al hombro y levantó la Copa del Mundo en México. En la edición del 7 de julio de la revista brasileña Placar se anunciaba el lanzamiento inminente de Dieguito en simultáneo para Argentina, España e Italia. Allí, Maurício, que había rechazado una oferta de medio palo verde de un grupo italiano por los derechos de los dibujos, diferenciaba a Maradona de su otro personaje, Pelezinho. “Pelé es un mito y Diego es un Dios vivo. Todavía puede equivocarse y mandarse algunas cagadas”, decía, como si tuviese algún dato de lo que serían los próximos años de la agitada vida del Diegote.
Lamentablemente, el proyecto se fue postergando por factores extrafutbolísticos de Maradona. “Por la naturaleza de los problemas de Diego, decidimos congelar el proyecto. Le entregué todo lo que tenía a la mujer (Claudia). Quién sabe, Dieguito podría haberle dado un rumbo diferente a la vida de Maradona”, declaraba De Sousa.
En octubre de 1989, en el programa Roda Viva, profundizó los motivos por los que abandonó el proyecto: “Cuando hicimos el contacto con Maradona, creé el personaje, armamos un esquema con los argentinos. De ahí en adelante siempre tuvo problemas: dejó Argentina y se fue a España. Tuvo problemas y se fue a Nápoles, ahí también tuvo problemas. Entonces, no pudimos establecer la licencia Maradona. Además, yo estaba asociado con gente en Argentina que, a mi entender, no pensaba como nosotros a la hora de manejar los negocios. Entonces decidí devolver el personaje Dieguito a mis amigos argentinos, y que ellos hagan lo que quieran. Después de eso, incluso, algunas personas me contactaron y yo los derivé a Argentina. Espero que funcione porque fue una creación nuestra”.
Una de las poquísimas apariciones masivas del Dieguito de Maurício De Sousa fue junto a Pelezinho, en 2005, en la primera emisión de “La noche del 10”, el programa que Maradona conducía los lunes a las 22 por la pantalla de Canal 13, aquella vez en la que Diego recibió a Pelé y terminaron cantando tangos y sambas.
Del encuentro entre el Diez y O Rei surgió la intención de unir sus figuras en campañas de concientización social. Por aquel entonces, se rumoreaba que esa iniciativa podría hacerse realidad a través de un dibujo animado realizado por los estudios de De Sousa en coproducción con una señal de cable orientada al público infantil. Obviamente, no pasó nada.
Más o menos para esa altura, Maurício comenzaba a explotar un nuevo personaje: Ronaldinho Gaúcho, que la venía rompiendo en el Barcelona español. Desde entonces, las apariciones de los inéditos de Dieguito fueron muy esporádicas y puntuales, como cuando en 2010 De Sousa formó parte de una exposición de dibujantes que pasó por São Paulo y Río de Janeiro, o en 2011, cuando junto con Boa Bola (el primo futbolista de Cascão), Pelezinho y Ronaldinho Gaúcho despidió a Ronaldo el día que jugó su último partido con la verdeamarelha, contra Rumania.
No fueron muchas las oportunidades de jugar que tuvo Raffaele Di Fusco en el Napoli, club que lo cobijó, salvo breves interrupciones, entre 1983 y 1998, cuando decidió ponerle punto final a su carrera como profesional y colgó los guantes.
El 11 de junio de 1989, en el estadio Cino e Lillo Del Luca, Ascoli, el local, y Napoli se enfrentaban por la antepenúltima fecha de la temporada 1988/89. Sin varios titulares habituales (Diego Maradona, por ejemplo), el técnico napolitano Ottavio Bianchi se las tuvo que rebuscar bastante para completar la planilla y debió improvisar un 5-3-2 con Maurizio Neri y un Careca entre algodones en el ataque.
Faltaban poco más de diez minutos para el final del partido que Ascoli ganaba cómodo 2 a 0 cuando el brasileño fundió biela. Bianchi no tenía muchas opciones: podía poner al mediocampista Francesco Romano, que se recuperaba de una lesión, y arriesgarse a que se rompiera todo o, perdido por perdido, mandar a la cancha al eterno arquero suplente Raffaele Di Fusco… como delantero.
Di Fusco, por las dudas, tenía listas en el banco las dos camisetas: la 12, por si debía reemplazar al titular aquella tarde, Giuliano Giuliani, y la 16, por si le tocaba actuar como jugador de campo. Cuando Careca hizo el gesto de “no va más”, Bianchi no lo dudó demasiado, lo miró a Di Fusco y le dijo algo así como “preparate que entrás”. El portiere amagó a agarrar la 12, pero se puso la 16, ante el desconcierto de los futbolistas del Ascoli, que no entendían muy bien lo que pasaba.
Acostumbrado a jugar como atacante en los entrenamientos, y en buen nivel según contaría el propio Ottavio Bianchi después del encuentro, el movedizo Di Fusco se las arregló para complicar a los defensores del Ascoli y hasta casi marca, de cabeza, lo que hubiese sido el descuento del equipo napolitano.
En abril de 1992, Palmeiras y Parmalat iniciaron una de las alianzas más exitosas y recordadas de la historia del fútbol brasileño. Sin títulos desde el campeonato paulista de 1976, el Verdão buscaba un empujón financiero que lo devolviera a los primeros puestos, esos a los que se había acostumbrado entre las décadas del 60 y 70, cuando se ganó el apodo de la Academia del fútbol.
Con José Carlos Brunoro, hombre fuerte de Parmalat, al frente de las negociaciones el equipo brasileño salió desesperado a buscar refuerzos de peso de cara a la temporada 1993. Mientras, Diego Maradona, cuyo pase todavía pertenecía al Nápoli italiano, cumplía una sanción de quince meses de suspensión por doping.
El plan de Parmalat era tener al Diego durante una temporada en Palmeiras y luego cumplirle el sueño de volver a vestir la camiseta del equipo de sus amores, Boca Juniors, otro de los grandes de la región que, desde agosto de 1992, también contaba con el auspicio de la compañía de productos lácteos. Negocio para Palmeiras, para Boca y, principalmente, para Parmalat que buscaba la forma de conquistar el mercado sudamericano y lo haría a través del mejor jugador de todos los tiempos.
En Italia, Brunoro, que estaba lejos de tomarle la leche al gato, arregló todo con los dirigentes del Nápoli, que también analizaban ofertas del Sevilla y el Olympique de Marsella. Si bien el Verdão ofrecía dos millones y medio de dólares menos que los españoles (5,5 palos contra 8), los pondría uno arriba del otro en efectivo. Para la envidia del cartonero Báez.
Con el aval de los tanos, el negocio estaba 50% concretado. Solo restaba un detalle: convencer a Maradona, al que le tiraba más la blanca que la verde. Así fue que a comienzos de septiembre de 1992, el director de deportes del equipo paulista aterrizó en Ezeiza para hablar mano a mano con Diego. “Maradona era un deseo de Parmalat. Hicimos el contacto a través de nuestra filial en Argentina, pero solo nos recibió su representante. Maradona no quiso hablar con nosotros porque decía que no jugaría en Brasil”, contó el propio Brunoro más de una década después.
La novela, ya se sabe, terminó con un breve paso del 10 por Sevilla, dirigido otra vez por Carlos Salvador Bilardo. Por su parte, Palmeiras, sin Diego pero con Rivaldo, Roberto Carlos, Edmundo, Djalminha, César Sampaio y Evair, entre tantos otros, conquistó el bicampeonato estadual y nacional en 1993 y 1994 y coronó la exitosa era Parmalat con la obtención de la Copa Libertadores en 1999, frente al Deportivo Cali.
Eterno habitué de la Reserva de Lanús, de escuetísima participación en Primera, Roberto Dovetta llegó a las divisiones inferiores granates (previa escala por Boca Juniors) a los 15 años, tras debutar a los 14 con los colores del Sport Club Cañadense, de su Cañada de Gómez natal.
Desde el vamos, comprendió que ganarse un lugar en la delantera del equipo de la zona sur no sería para nada fácil. Cuando fue promovido al plantel profesional, a comienzos de 2005, tenía por delante a Daniel Tilger, Claudio Graf, Mauro Óbolo, el Ogro Fabbiani, Román Díaz, Gabriel Iribarren y Santiago Biglieri, entre tantos otros.
En la última fecha del torneo Clausura de aquel año, el Grana goleaba 5 a 0 a Olimpo de Bahía Blanca cuando Jorge Borelli y Gustavo Zapata (los ayudantes de campo de Néstor Gorosito, que estaba expulsado) se apiadaron del juvenil de 17 años y lo mandaron a la cancha en lugar de Graf. Casualidad del destino, algunos meses antes, Cacho y el Chapa le habían dado sus primeros minutos extraoficiales en un amistoso disputado en Estados Unidos que Lanús le ganó al Yokohama Marinos japonés por 1 a 0.
El panorama estuvo lejos de mejorar cuando llegaron refuerzos, a priori, de peso como Ariel Carreño y Sebastián Coria, y aparecieron otros pibes de las inferiores que pintaban bien, como Diego Manicero. El arranque de 2006 tampoco le tiró un guiño. En el torneo Clausura, en el que Lanús fue escolta de Boca, no sumó ni un minuto.
En el medio, Rober, que ya había tenido algunas actuaciones en la selección argentina Sub 17, sumó presencias con la Sub 20. Por ejemplo, fue sparring la noche que el equipo de José Pekerman se despidió del público en el Monumental de Núñez antes del Mundial de Alemania 2006.
Sin embargo, tuvo que pasar más de un año para que Dovetta volviera a ponerse la camiseta granate, ahora con Ramón Cabrero como entrenador, en un partido oficial. Fue por la fecha 13 del Apertura 2006, ante Gimnasia de Jujuy, que contaba con la vuelta de Roberto Carlos Mario Gómez a la dirección técnica, en la Tacita de Plata. Esa tarde fue goleada (?) del lobo jujeño por 2 a 0, con doblete de Gustavo Balvorín.
Si el bache entre el debut y su segunda presentación parecía largo, ni hablar del tiempo que tuvo que esperar para sumar su tercer encuentro en Primera: 514 días. Por la fecha 7 del Clausura 2008, ante Newell’s en el Sur, se sacó la espina y, medio de casualidad, convirtió el gol del empate a los ocho minutos del segundo tiempo.
¿Cómo venía la competencia interna en ese momento? Complicadísima. El Pepe Sand, Nicolás Ramírez, Sebastián Blanco, Santiago Biglieri y hasta Cristian Facebook Menéndez ocupaban todos los huecos libres en la delantera del campeón vigente.
Así y todo, Roberto Dovetta se las rebuscó para hacer de aquel Clausura 2008 su mejor torneo. En la jornada 12 ingresó por Germán Cano en la derrota por 3 a 2 ante Vélez y una semana más tarde, en su despedida, fue de la partida ante Arsenal de Sarandí (dura caída por 6 a 2 como local), mientras los titulares se guardaban para la vuelta por los octavos de final de la Libertadores ante Atlas de México.
Sin espacio en los planes de Luis Zubeldía, con varias lesiones y un mal pase a Olimpo de Bahía Blanca en el medio, continuó en la Reserva de Lanús hasta mediados de 2010, cuando quedó libre y se sumó a prueba a Ferro Carril Oeste, con el que ya había coqueteado en el verano. Con el conjunto de Caballito disputó algunas prácticas, un puñado de amistosos, pero después de 20 días le dijeron que se arreglaban con Gonzalo Abán y Facundo Sava, que muchas gracias, ahí tenés la puerta.
En septiembre de 2010, en otra de las triangulaciones a las que nos tiene acostumbrados el fútbol uruguayo, Progreso lo cedió a préstamo al Leganés, de la tercera división española, donde llegó sobre la hora junto al Vasco Mikel Arruabarrena. A uno le fue bárbaro y hoy juega en la Primera de España. El otro rescindió contrato a los tres meses. Adivinen.
De vuelta en Argentina, el verano de 2011 encontró a Dovetta en Mar del Plata. ¿De vacaciones? No. Bueno, puede ser. Pero también para sumarse a los entrenamientos de Unión de esa ciudad, que por aquel entonces daba pelea en el Torneo Argentino A.
Cansado de cagarse de frío en La Feliz, se fue a probar suerte al Venados de Mérida (2011), de la segunda división mexicana, donde se encontró con baldoseros de exportación como Andrés Carevic y Tomás Charles. Tras un par de semanas, no convenció al cuerpo técnico y le dieron el raje para liberarle el cupo de extranjero a otro viejo conocido nuestro: el camerunés ex River Many Essomba.
Otra vez acá, llegó sobre el cierre del libro de pases para convertirse en el último refuerzo de Brown de Adrogué (2011/12), del enorme Pablo Vicó. A lo largo de todo el año corrió de atrás a Gastón Grecco y Martín Minadevino y sumó unos escasos 256 minutos divididos en 13 partidos, en los que llegó a marcar 4 goles.
Lejos de quedarse quieto, a mediados de 2012 pasó a Racing de Olavarría, del Torneo Argentino A, donde parecía que se iba a comer la cancha conformando el ataque con el gordo Oscar Altamirano, al que conocía de Ferro, pero las lesiones lo tuvieron a maltraer y terminó perdiendo terreno con… Gonzalo Abán. Todo dicho. Ah, sí, a fin de año le comunicaron que prescindían de sus servicios.
En el verano de 2013, su representante se puso las pilas y le consiguió un pase al exterior. Estuvo a prueba en el O’Higgins del Toto Berizzo, pero terminó en el Curicó Unido, de la segunda división chilena. Todo marchaba relativamente bien hasta que el destino le puso enfrente a Deportes Concepción. Esa tarde, Curicó ganó 3 a 2, pero cuando el partido estaba 3 a 1, Dovetta, que había metido el tercero, ejecutó un penal directamente a las manos de… Carlos Kletnicki. Sí, manos y Kletnicki en una misma oración, increíble. Se ve que marrar un penal ante el ex arquero de Gimnasia LP lo desmoralizó, porque ya nada sería igual.
Después de aquel triunfo se lesionó y recién volvió en la final de vuelta por el ascenso a la A ante Universidad de Concepción. Apenas pudo jugar 20 minutos porque se resintió y salió llorando. “No lloraba tanto desde que falleció mi abuela en 2005. Lloré todo el primer tiempo, incluido entretiempo, y paré algo durante el segundo. Pero cuando terminó el partido, llorar fue inevitable”. Claro, el partido terminó 1 a 1 y como Concepción había ganado en la ida, se quedó con el boleto a Primera. Curicó tendría una vida más, y también la desperdiciaría, en la Promoción ante Cobresal (0-0 en la ida, derrota 0-3 en la revancha). La suerte de Dovetta ya estaba echada.
En 2014, de nuevo de este lado de la Cordillera, regresó a su primer amor: Sport Club de Cañada de Gómez, en la Liga Cañadense de Fútbol. ¿Cómo le fue? Que lo cuente él: “La verdad que en esta etapa me costó bastante adaptarme. En primer lugar porque nunca pude jugar en mi posición natural, en el área. Yo soy 9 de área y por ahí en el esquema que utilizamos tenía que jugar por afuera. Y después por el tema de las canchas y los entrenamientos sumado a que estuve bastante tiempo lesionado, lo que me impidió poder jugar tres partidos seguidos”. Sí, un éxito.
Sin embargo, a mediados de 2014, con 26 años y más clubes en el lomo que goles convertidos, pasó a Libertad de Sunchales, del Argentino A.
Desde este año, en su afán irrefrenable por conocer todas las categorías posibles, defiende los colores del Puerto San Martín de Santa Fe, en el Torneo Federal B, al lado de los ex Rosario Central Adrián de León y Renzo Ruggiero. Allí sigue hasta hoy. Mañana, vemos.