Pajurek Juan Carlos

Juan Carlos Pajurek

Nunca fue compañero de Britapaja. Hubiera hecho una buena dupla con Manusovich o Palma. Por suerte, perteneció a una generación anterior a Pajuelo, Pajón y Telechea. El chiste obvio se podría repetir hasta el cansancio. Pero este ex delantero, que podría haber sido recordado sólo por el apellido, quedó en la memoria del futbolero por otra cuestión algo más lamentable: esta es la historia de Juan Carlos “el que quebró a Islas” Pajurek.

Nacido en Córdoba el 31 de enero de 1966, arrancó en Unión San Vicente. Allí, debutó con 17 años por la Liga Cordobesa, ganando la clasificación al Nacional 1984, su primer torneo grande, donde su equipo no conoció la victoria, quedando último en su grupo. Sumando sus pasos por Los Naranjas, Racing de Córdoba (1986/87) y Estudiantes de La Plata (1987/88), disputó 20 partidos en Primera División, marcando 4 tantos.

También jugó en España, El Salvador y Venezuela. De todos se llevó un recuerdo imborrable. En Europa, se lesionó gravemente. En Centroamérica, además de pasar fugazmente por el Deportivo Luis Ángel Firpo, vivió duros momentos: «Me decían que era un lugar bárbaro, que me iban a pagar bien. Si bien había buena gente, fueron dos meses duros, no me adapté. Era la época de la guerrilla: por ahí en la calle estaban los militares atrincherados y por las dudas te apuntaban. Se cortaba la luz, el agua… Una vez fuimos a jugar a Washington con una delegación de 25 personas y ocho decidieron quedarse como ilegales». En la tierra de Hugo Chávez y Catherine Fulop jugó en el Deportivo Táchira (1988/89), con el que disputó la Copa Libertadores, en la que llegó a marcar un tanto que no alcanzó para evitar la eliminación en primera ronda tras 2 empates y 4 derrotas, y en el Caracas FC (1990/91). Aquella vez, le tocó vivir de cerca el Caracazo, una serie de protestas del pueblo venezolano que dejó alrededor de 300 muertos y miles de heridos.

Volvió al país para jugar en Defensa y Justicia (1991/92). Una campaña mediocre en el Nacional B y poca participación para Pajurek. Es que las lesiones pudieron más, y a los 26 años le puso punto final a su carrera: “Luché contra un tobillo dos años”, relató años después, “pero no pude. Ya había puesto un videoclub, así que viví de eso”. Noventosidad a pleno.

Su momento de gloria (?) lo vivió el 26 de Octubre de 1986, en Avellaneda. Él mismo lo contó así: «Me tira un pase Chaparro, cuando Islas me sale trato de saltarlo, chocamos y al caer sentí el ruido y pensé que era yo… El sale fuerte, con una pierna adelante. Sus compañeros le pedían la roja al árbitro, que les contestó: «Cállense, que si tengo que echar a uno es al de ustedes, y cobrar penal».

El choque trajo secuelas importantes: para Luisito, rotura de tibia y peroné y seis meses de parate. Para Paju, esguince de rodilla y tobillo y un mes sin jugar. El delantero no trascendió y apenas quedó en el recuerdo por aquella desgracia y por el manto de sospecha que Islas puso siempre respecto de la intencionalidad. “Yo intenté hablar con él y no quiso”, continúa el cordobés. “Fui a Buenos Aires, lo llamé, primero me trató mal pero quedamos en que la íbamos a terminar, que sólo había sido un choque. Y salió diciendo que un primo mío lo había llamado para disculparse por mis dichos. Mentira. Después siguió hablando, pero yo no quise tocar más el tema, pese a que algunos me decían que le hiciera juicio. Luego nos enfrentamos una vez en la cancha, yo en el Pincha: sólo nos insultamos.”

El tiempo pasó, Islas continuó su romance con Arzeno jugando varios años más, Pajurek se hizo cargo de un bar en un shopping de Córdoba y las cosas se calmaron… o no tanto. “Cuando estaba en la T, él solía pasar frente a mi bar y un día lo paré. No me reconoció. «Te pido que no me nombres más», le dije. «Yo pienso que vos me rompiste y voy a seguir diciéndolo», respondió. «Seguí, pero yo no me callo más», contesté. Es que seguía hablando, entonces no me quedan dudas de que no está bien. Una vez acá le robaron y salió diciendo que dos cordobeses lo habían cagado, el ladrón y yo. Yo ya tengo hijos y no es lindo que te comparen con un chorro.”

La versión del ex arquero es un poco diferente: “Aquel choque con Pajurek fue tremendo, y por la doble fractura de tibia y peroné que me produjo pensé que no volvería a jugar. También me dolió que el tipo nunca me haya llamado ni para preguntarme cómo estaba. Una vez me lo crucé en un shopping de Córdoba cuando yo estaba en Talleres y nos saludamos fríamente, pero ya había pasado demasiado tiempo y no valía la pena revolver la basura”.

¿Ganador? (?)

Gavazzi Claudio

Claudio Fabián Gavazzi

Volante ofensivo que seguramente nunca imaginó que se iba a poner la “10” de River Plate a los 18 años. Todo gracias al conflicto de los dirigentes con los futbolistas profesionales del club. Lo cierto es que el pibe nacido el 25 de enero de 1965 jugó un puñado de partidos en ese equipo del Metropolitano 1983 y hasta convirtió un gol, en el triunfo 2-1 ante Platense por la 4º fecha. Con la vuelta de los titulares, perdió mucho terreno y quedó libre en 1985. Curiosamente, recaló en Platense, donde no tuvo continuidad y se marchó como había llegado: en absoluto silencio. Fueron, en total, 7 partidos en la máxima categoría del fútbol argentino

Tuvo su paso por el ascenso jugando en el Sportivo Italiano (formó parte del plantel que subió a Primera en 1986 aunque no jugó ni un minuto) y Deportivo Morón, antes de partir hacia Chile, donde vistió las camisetas de Cobresal (1988, fue compañero de Iván Zamorano y Franklin Lobos, unos de «Los 33 de Atacama»), Magallanes (1989, en la Segunda División) y Palestino (1990).

No hay muchas más precisiones sobre su insípida carrera como futbolista. Aunque en su profesión actual no parece irle mucho mejor: se dedica a la venta de automóviles y ha sido denunciado por maltrato a los clientes. Parece que la soberbia en los “10” de River es algo habitual.

(Gracias Diego)

Figueredo Diego

Diego Antonio Figueredo Matiauda

Nacido el 28 de Abril de 1982 en Asunción, desde pequeño se destacó como un enganche talentoso, pisador y con panorama, mismas cualidades que equilibró con lentitud, apatía, nulo carácter y escaso sacrificio. Por algunas de estas condiciones, que no vamos a subrayar para no herir susceptibilidades, se ganó tempranamente el mote de El Riquelme Paraguayo.

Siendo considerado la figura estelar de las inferiores de Olimpia, su lógico debut en la Primera guaraní se produjo en 1999. Previamente había sido el valor más destacado de la Selección Sub – 17 de Paraguay que salió tercera en el Sudamericano de Uruguay y que luego llegó hasta los Cuartos de Final en el Mundial de Nueva Zelanda, ambos torneos disputados ese mismo año.

Tras haber jugado un puñado de encuentros, su progresión se detuvo abruptamente durante los siguientes años y es por eso, sumado a algunas lesiones, que su nombre desapareció momentáneamente de los primeros planos; tal es así que se quedó afuera de la Selección Sub 20 que salió cuarta en el Mundial de Argentina 2001 y se mantuvo totalmente al margen de aquel Olimpia que ganó la Libertadores y que jugó la Intercontinental contra el Real Madrid en Tokio.

Luego de un 2003 para el olvido, donde sólo se limitó a jugar en Reserva y meter un Mal Pase a Sportivo Luqueño, su vida cambió completamente con la llegada del primer día del año 2004. Contra todo pronóstico, el técnico Carlos Jara Saguier lo incluyó en la lista de la Selección Sub 23 que jugó el Preolímpico de Chile. Además lo confirmó como titular y hasta le dio la camiseta número 10. Todo un arriesgado…

Claro que, para ratificar esa confianza, durante ese torneo Figueredo mostró un nivel acorde a un superdotado: fue la figura descollante del partido donde Paraguay eliminó al Brasil de Robinho, Diego y Maicon de la posibilidad de ir a Atenas y los periodistas lo eligieron como El Mejor Jugador del Campeonato, por encima de mostros como Tévez, Figueroa ó Mascherano. Se vislumbraba un nuevo astro…

Apenas terminado ese torneo, el 31 de enero, el Valladolid se lo llevó para España prácticamente sin poner un mango. Es que el jugador llevaba 10 meses sin cobrar sus viáticos y además tenia ficha de “aficionado” por lo que, pese al pataleo de Olimpia, la justicia le dio una gran mano. Figueredo firmó un contrato por cinco años y El Decano se perdió la chance de un traspaso millonario. De esta manera, nuestro homenajeado pasó de ir a entrenar en bicicleta a vivir en El Viejo Continente, tener un piso y manejar un auto. ¡Y todo en la misma estación del año!

Durante los últimos seis meses de esa temporada, la 2003/04, y so pretexto de la tan mentada “adaptación”, Figueredo apenas disputó escasos minutos de 8 partidos de La Liga de las Estrellas y su equipo se fue derechito a la Segunda División. Al menos, comenzó a tomarle el gustito a todo lo que tuviese olor a argentino al compartir plantel con El Chapulín Cardetti, Pablo Paz, Víctor Zapata, Catriel Orcellet, Albano Bizarri y Pablo Richetti.

Pese a la inactividad y al descenso consumado, su siempre enamorado Carlos Jara Saguier se la jugó otra vez por él y lo incluyó, junto a otros purretes, en la lista para la Copa América de Perú 2004 ¡Y otra vez le dio la camiseta número 10! Claro, el objetivo principal era ganar experiencia con vista a los Juegos Olímpicos de Atenas. En La Tierra de los Incas, el volante fue titular en la victoria sobre Costa Rica (3 – 1) y en el empate con Chile (1 – 1). Luego ingresó en los segundos tiempos tanto de la histórica victoria sobre Brasil (2 – 1) como de la contundente derrota ante Uruguay (1 – 3) que marcó la eliminación de los guaraníes de la competición.

Ya en los Juegos Olímpicos de Atenas, el volante jugó los seis partidos de su Selección incluida, claro, la derrota 0 – 1 ante Argentina en la batalla por la presea dorada, donde Figueredo tuvo la única chance clara para Paraguay y luego se fue expulsado por doble amonestación. Y ahí, triste, cansado, con la Medalla de Plata en su pecho, al ver festejar a Saviola, al Kily González y a Andrés D´Alessandro, entre otros, se dio cuenta de algo: a aquel plantel argentino Sub – 23 le faltaban baldoseros. Y fue en ese preciso momento que junto a Julio González, Ernesto Cristaldo, Diego Barreto, Julio Manzur y Saturnino Cardozo se juramentaron venir a esta tierra en algún momento de sus carreras para hacer justicia poética. O sea, para baldosear. Claro que Figueredo fue todavía más allá y, a partir de ese momento, su carrera se fue directamente al cementerio…

Para empezar, tuvo una temporada floja e irregular con el Valladolid en Segunda División (2004/05), tras lo cual su ficha fue dada de baja para poder sumar a otros extracomunitarios, en este caso, los uruguayos Curbelo y O.J. Morales. O sea, se lo querían sacar de encima a toda costa. Por esta razón fue cedido al Boavista de Portugal (2005/06), donde apenas metió 7 partidos en un año. Luego de otros seis meses colgado en Valladolid, Godoy Cruz se hizo de sus servicios, a préstamo y con opción, para el Clausura 2007.

El paraguayo llegó al Tomba, por expreso pedido del Chocho Llop, junto a Martín Arzuaga, Miguel Caneo y Salustiano Candia, para intentar lograr la titánica misión de salvar a los mendocinos del descenso directo. Y eso lo consiguieron, eh. Pero igual no se salvaron de bajar de categoría, claro. A todo esto Figueredo apenas jugó 8 partidos, sólo 2 como titular y el último recuerdo de él es sentado en el banco de suplentes en la Promoción contra Huracán que los condenó al Nacional B. Baldosa…

Luego de su experincia mendocina, Figueredo volvió otros seis meses al Valladolid y, para ratificar que se trataba de la peor inversión de los Blanquivioletas en toda la historia, pasó otros seis meses colgado y sin ficha. A principios de 2008 consiguió ser transferido a Cerro Porteño pero, para no perder la costumbre, en junio de ese año Osvaldo Ardiles le comunicó que no lo iba a tener en cuenta y lo colgó otros seis meses. En enero de 2009 se sumó al Everton de Chile, donde llegó a disputar un par de minutos en la victoria sobre Lanús por la Libertadores. Finalmente, su equipo, al igual que El Granate, se quedó afuera en la primera ronda y en julio Nelson Acosta… ¡si! lo colgó otros seis meses más…

A principios de 2010 regreso al club de donde había surgido, Olimpia, para durante un año conformarse con ocupar un lugar en el banco de suplentes muy de vez en cuando. Se ve que ese hecho fue demasiado stress ya que se pasó los primeros seis meses de 2011 descansando. Luego se unió un semestre al modesto Independiente de Campo Grande, otro semestre a Guaraní y otro semestre a Sportivo Luqueño. En todos estos equipos desparramó intrascendencia. Desde principios de 2013 y con poco más de 30 años, el mejor jugador del Preolímpico de 2004 está de vacaciones y busca laburo con un seductor video en You Tube. Si lo quieren contratar pueden hacerlo. Eso si, sepan que cada tanto le gusta hacer La Gran Nicolás Repetto. ¿Y a quién no? Triste pero real (Sad But True).

Dacko Ariel

Ariel Sergio Dacko

Tener 20 años, ser rubio, de buen porte (?) y poder decir “yo juego en la primera de River”. Lujos que se pudieron dar Gustavo Lombardi, Maxi López o La Gata Fernández. Y, sobre todo estos dos últimos, lo supieron aprovechar con creces afuera de la cancha. Lo bien que hicieron: la vida del futbolista es efímera, y así como a veces asoma de un momento al otro, también puede desaparecer repentinamente. Que lo diga Ariel Dacko, sino.

Este marcador de punta derecho fue uno de los pibes que puso la cara en uno de los momentos más complicados de River: el Metropolitano 1983. Con el conflicto entre jugadores profesionales y dirigentes en su punto cúlmine, los chicos de las categorías ’63 y ’64 tuvieron que ocupar su lugar y disputar varios partidos de ese torneo. Para colmo, Dacko arrancó como suplente de Daniel Vélez, pero tuvo que ocupar su lugar cuando este se lesionó de gravedad.

Su aventura en el Millonario duró 6 partidos. A comienzos de 1984 quedó libre y firmó para Chacarita. En el Funebrero sumó la friolera de 1 partido jugado en el puesto del que Luis Abramovich era amo y señor. Se despidió de la Primera División para continuar su carrera en Douglas Haig y, posteriormente, actuar en el fútbol centroamericano. Los registros de la época son difusos (?) y solo alcanzamos a chequear un paso por la Asociación Deportiva Generaleña, de Costa Rica.

En su regreso al país, cerró sus días como número “4” jugando en las ligas del interior bonaerense. San Martín de Roberts y Sportivo Barracas de Colón fueron los equipos que supieron cobijarlo. Hoy, Dacko debe andar por los 50. Y todavía puede decir que en algún momento, a los 20 años, jugaba en la primera de River…

Caracoche Juan

Juan Francisco Caracoche

Cuando un joven deja su pueblo del interior para probar suerte en Buenos Aires, se produce en su seno una mezcla de tristeza y alegría difícil de explicar, como cuando muere un dictador carismático (?). Con el tiempo, el chico (generalmente tímido, bondadoso y un poco inocente) se va adaptando, aprende las nuevas costumbres y siente que sus sueños están cada día más cerca. A pesar de todo, el pibe, ya entrando en la adultez, no olvida sus pagos. Y espera algún día volver. Con fama, con dinero, con éxito, con un futuro asegurado. O simplemente, volver y punto.

Juan Caracoche, nacido en Navarro el 20 de enero de 1988, tuvo un sueño, lo persiguió y lo cumplió: ser futbolista. Desde que jugaba en el barrio se veía que iba a llegar, que condiciones no le faltaban. La primera confirmación se dio en 2005, cuando jugó el Campeonato Sudamericano Sub-17, donde Argentina no pasó de su grupo a pesar de contar con valores como el Papu Gomez, Juan Antonio o Lautaro Formica. La segunda, el 12 de abril de 2008: debut en la Primera División de Independiente, con triunfo 3- a 1 frente a Olimpo, en Bahía Blanca.

Con el Rojo jugó 16 partidos hasta su salida a mediados de 2009, alternó como marcador central y lateral, dejando siempre la sensación de que estaba para más. No supo convertir goles, tampoco sufrió expulsiones y ni siquiera llegó a sentirse como en casa: en esa época Independiente estaba construyendo su estadio y alternaba la localía en las canchas de Racing y Huracán. Caracoche nunca jugó en la cancha del equipo que defendía. El sentido de pertenencia era algo engañoso, y más para alguien que estaba a 120 kilómetros de su casa. Tan cerca, tan lejos.

En el segundo semestre de 2009 bajó una categoría para jugar en Sportivo Italiano. El Azurro, que acababa de ascender, cumplió una pésima campaña y volvió rápidamente a la Primera B. Antes de eso, el defensor había regresado a Independiente pero fue dejado de lado por el Tolo Gallego y se entrenó aparte del plantel, junto a Lucas Pusineri, Gastón Molina, Viola, Fernando Pérez, Vissio y Berriex.

Para peor, la distancia con los suyos se incrementaba: la temporada 2010/11 lo encontró en Juventud Antoniana, el equipo del optimista Pedro Monzón.  La profecía del Moncho no se cumplió (el Santo ni clasificó a la segunda fase del Argentino A), a Caracoche no le renovaron contrato, no arregló con ningún club y el último semestre de 2011 lo encontró sin equipo, con visitas cada vez más asiduas a su pueblo natal.

Su próximo paso fue aún más al norte: la Serie B de Ecuador lo vio jugar 7 partidos en el Imbabura (2012). Las cosas no salieron bien desde lo futbolístico, y la distancia se hizo sentir, por eso retornó a mediados de año para ponerse la camiseta del Deportivo Armenio. Una temporada con el equipo de Noray Nakis le alcanzó para decidir su futuro: dejar el fútbol y volver a su lugar en el mundo: Navarro.

La noticia causó conmoción (?) en los medios locales, y sorpresa en los que piensan que el futbolista se dedica a patear una pelota toda su vida y no tiene otra cosa en la cabeza: Juan Caracoche, a los 25 años, dejaba la comodidad de los vestuarios del ascenso (?) para dedicarse a un nuevo emprendimiento comercial: una moderna panadería con servicio de cafetería y confitería. “Tuve la oportunidad de seguir en Armenio y también ofertas de equipos del Torneo del interior, pero si bien no son cifras despreciables para un empleado común, tengo que pensar que si viajo diariamente, gran parte del sueldo se me va en eso y al final, con tanto sacrificio, no me rendiría. Ya he estado lejos de mi familia y no quiero trasladarla de este pueblo, por eso hoy, por ese dinero, no me conviene alejarme”. El pibe, hombre hoy, quería volver. Con fama, con dinero, con éxito, con un futuro asegurado. O simplemente, volver y punto. Y Caracoche volvió. Y punto.

Colliard Enrique

Enrique Eugenio Colliard

Mediocampista ofensivo de vincha y largo pelo rubio: un típico espécimen del fútbol de ascenso que tuvo su oportunidad en el exterior y en Primera División. Un jugador de buenas cualidades técnicas, especialista en la ejecución de la pelota parada pero con esa característica ineludible de todo “10” que se precie de tal (?): lo que el periodismo define como “irregular” y la popular como “pecho frío”. En definitiva, ni más ni menos que un jugador lagunero.

En lo que se refiere al under argentino, acreditó pasos por El Porvenir, (donde comenzó su carrera jugando en la B Metropolitana y también participó en el Nacional B dirigido por Caruso Lombardi), Tigre (2005, donde apenas jugó) y Los Andes (del 2006 al 2008). En todos los casos, salvo en la campaña 2001/02 con El Porve, la mitad de tabla fue su ambiente habitual.

Selló por primera vez el pasaporte en 1995, cuando el Deportivo Cúcuta lo contrato para jugar en la Primera B de Colombia. Siguió en ese país para jugar en el humilde Unicosta (1997). Volvería al Cúcuta en 2003, para disputar otra vez el torneo de ascenso. Como el Chori Dominguez y Cavenaghi, pero sin vender humo.

También supo pasear su tranco lento y cansino por el competitivo fútbol de Venezuela, donde pasó con mas pena que gloria por Trujillanos (2001 y 2003) y el Deportivo Táchira (2002, siendo suplente de colegas venezolanos y de Panchito Rivadero, con todo lo que eso implica). Su pico de rendimiento lo alcanzó en Unión Maracaibo: jugó la Copa Libertadores en 2004, dándose el gusto de convertirle un gol a José Luis Chilavert, o lo que quedaba de él.

Lo fundamental: su huella en la máxima categoría de nuestro país: 10 partidos en Platense (1998) y 13, con un gol, en Instituto (2004/05). De estos 23 encuentros, solo un par de veces disputó los 90 minutos.

Recién en 2013 volvería a un equipo de Primera División del Fútbol Argentino… en el Torneo Senior, para jugar con los veteranos de Banfield. Desde el banco de suplentes, acompañó a Héctor Godoy, Daniel Bilos y Fernando Cinto, entre otros. Eso si, siempre con su vincha y largo pelo rubio. Porque, a pesar de los años, hay costumbres que no se pierden.

Dos Santos Marco

Marco Antonio Dos Santos

Pocos futbolistas se dan el lujo de jugar una copa del mundo con la Selección Argentina antes de debutar en Primera División. Uno de ellos fue Marco Dos Santos, defensor central que integró el plantel que disputó el Mundial Sub 20 de México ’83. También pasarían por esto Leo Díaz (1991), Esteban Cambiasso (1997) y Sebastián Saja (1999), entre otros.

No son muchos los que tienen la fortuna de convertir el mismo día de su estreno en la máxima categoría. A Marco Dos Santos le pasó, con la camiseta de Boca Juniors, el 8 de julio de 1984. Algo similar sintieron Javier Saviola en 1998, Fabricio Coloccini en 1999 o Mariano Chirumbolo (!) en 2001. Para colmo, no fue cualquier gol: se trató de una perfecta ejecución de un tiro libre al borde del área, como los que años después serían marca registrada del Chino Tapia o de Juan Román Riquelme.

Esa misma jornada del Metropolitano ’84, un pibe de 20 años era el encargado de llevar la cinta de capitán del Xeneize. La responsabilidad, a cargo de Marco Dos Santos. Más adelante, tendrían el mismo privilegio jóvenes caudillos como Nicolás Burdisso o Sebastián Battaglia. Aunque dicen que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Jugar, por lo menos, más de un puñado de veces, porque la camiseta de Boca no es para cualquiera. Y, con estos colores, Marco Dos Santos superó en cantidad de partidos jugados a tipos que estuvieron en mundiales, como Abel Balbo o el mexicano Luis Hernandez.

Hasta acá, todo muy lindo. Pero si se empieza a hilar fino, vemos que no todo es como parece: en 1983 anduvo de paseo por México (no disputó ni un minuto de los seis encuentros de Argentina), un año después tuvo que salir de apuro a dar la cara con varios pibes más (la tarde del «fibronazo» contra Atlanta) y en total redondeó 5 partidos con Boca (1 empate y 4 derrotas) antes de pasar a Estudiantes de Buenos Aires y desaparecer del fútbol profesional.

Sin embargo, gracias a esa impune costumbre que tenemos de comparar sin ton ni son (?), hoy pusimos a Dos Santos a la altura de tipos que llegaron mucho más lejos. De nada, Marco.

Medina Gustavo

Gustavo Fabio Medina (Tele)

Hay leyendas que superan a la realidad. Historias que parecen ser insólitas y, sin embargo, las tomamos como reales. Por ejemplo, suponemos que al Jardinero Cruz se lo apodó así porque lo encontraron cortando el césped del estadio de Banfield (cuando en realidad ya jugaba en las inferiores del Taladro), o creemos que a Menseguez le dicen “Rayo” por su velocidad (!). En este reconto de suposiciones, incluímos a Gustavo Medina, al que apodaron Tele por su afición a la caja boba. Y si alguien tiene pruebas de lo contrario, que las presente aquí mismo y de paso nos arruina el post.

Nacido el 22 de noviembre de 1972 en María Juana, Santa Fe, de chiquito se entretenía con “El show de Carlios Balá” y “Señorita Maestra” mientras sus padres lo mandaban a la cama a la hora de “Susana y Alberto”. Ya en los 80’s, se trasladó a la ciudad más importante de la provincia y, entre entrenamientos y sábados con “Badía y Compañía”, fue escalando lugares en las inferiores de Rosario Central.

Su debut en las canchas de Primera División se produciría el 21 de marzo de 1993 frente a Mandiyú, en Corrientes. Ya eran épocas de “Grande Pá!” y “Ritmo de la Noche”. Mientras tanto, este potente delantero culminaba su campaña en el Canalla: 29 partidos y 4 goles en dos temporadas (incluyendo la Copa Centenario).

Su momento de gloria (?) fue en un partido contra Vélez, por el Clausura 1993: convirtió un gol que estuvo a punto de arruinarle el campeonato a los de Bianchi, aunque estos finalmente dieron la vuelta olímpica y la filial de Ferro “Gustavo Medina” nunca prosperó (?). Por lo menos se pudo ver en “Fútbol de Primera”.

Argentino de Rosario fue su próximo destino. En las pantallas, “Mi Cuñado” era líder en el rating. Y en la cancha, el Salaíto se quedaba al borde del ascenso al perder la final ante Tigre. Sin embargo, el Tele subió de categoría: en 1995/96 jugaría en el Nacional B para Central Córdoba, su tercer club rosarino. Y mientras la TV argentina evolucionaba con la aparición de las señales de cable y, posteriormente, las satelitales, la carrera de Medina iba en picada.

En 2002 se fue a Chile para jugar en Coquimbo Unido, con el que alcanzó los playoffs en el Torneo Apertura. «Aquí se pasa mundial» era el éxito en la televisión trasandina, conducido por la mujer de un ex presidente argentino. Cosas peores se veían acá.

El final de su carrera lo vio deambular por San Martín de San Juan y Juventud Antoniana de Salta. Ya era la época en las que las producciones de Pol-ka como “Soy Gitano” o “Padre Coraje” hacían furor.

Una vez retirado, se dedicó a la dirección técnica. Lo último que se supo de él fue que estuvo en Atlético San Jorge, cargo que ocupó hasta abril de 2013. Desde entonces, tiene más tiempo para ver las repeticiones de “Casados con hijos”.